Vale sí, Lubitz fue quien estrelló el avión de Germanwings

Ha quedado demasiado claro que el copiloto del Airbus A320 de la compañía Germanwings estrelló el aparato a propósito. Hablemos sobre el exceso de información y su deformación hacia las teorías conspiratorias.

|
13 Abril 2015, 11:07am

"Demasiadas mujeres te vuelven asexual, demasiadas verdades te vuelven desconfiado". Esta frase que, de hecho, me acabo de inventar, nos viene perfecta para encabezar este artículo. Supongo —y si supongo mal este artículo ya no tiene sentido— que ya estaréis al tanto de toda esta movida del caso del Airbus A320 de Germanwings, todo eso del piloto suicida, ese tipo, el Lubitz, el LOCO. ¿Sí? Lo tenéis que conocer puesto que a través de los medios estamos viviendo una especie de goteo incesante, constante, diario y extremadamente articulado de información sobre el caso. Es casi precioso, tan quirúrgicoy delicado como una fina capa de cristales que encajan poco a poco formando un gran tapiz en el que se revela LA VERDAD. Todas las piezas se van colocando en su sitio, poco a poco, generando un mapamundi narrativo que nos lleva al único y terrible culpable de la tragedia: Lubitz, el nuevo Monstruo de Amstetten, el Monstruo del Cielo.

Paralelamente a la realidad de la prensa, que se utiliza como canal narrativo de una verdad —y que en este caso concreto ha funcionado de forma clara, concisa y con la cadencia diaria perfecta, algo digno del mejor equipo de guionistas—, existe otra dimensión conspiranoica. Estos dos canales funcionan en planos completamente distintos pero su existencia simbiótica hace que sean dependientes el uno del otro, pues si uno de estos desapareciera el otro sería el siguiente en morir. Cada uno de estos canales utiliza al otro para justificar su discurso. Es por eso que no sorprende en absoluto que ya hayan salido varias teorías defendiendo otra versión de los hechos acontecidos el martes 24 de marzo en los Alpes. Ya sabéis, están esas teorías de maniobras militares de la OTAN y el uso de un extraño láser o la de que el Gobierno francés creyera que se trataba de un secuestro y enviara unos cazas para derribar el avión en caso de no poder comunicarse con los supuestos secuestradores.

Lo único cierto es que a los dos días del incidente —y tras un generoso revuelo social— el Fiscal encargado del caso disparó la gran noticia: analizando la primera caja negra encontrada —la CVR (Cockpit Voice Recorder), que registra las comunicaciones en cabina— se deduce que el copiloto Andreas Lubitz estrelló el avión a propósito. En estas grabaciones se escucha como el capitán Sondenheimer golpea la puerta de la cabina y grita ese ya mítico "¡Por el amor de dios, abre la puerta!".

A partir de ahí, y en cadencia diaria, van apareciendo datos que refutan la hipótesis del suicidio: sale a la luz que Lubitz había recibido tratamiento psicoterapéutico hace años por "tendencias suicidas" y que en 2009 informó a la compañía de que había sufrido un episodio de depresión grave por el que se vio obligado a interrumpir su formación como piloto en la escuela de Lufthansa en Bremen. También ocultó que estaba de baja médica el día que cogió el avión —se encontraron un par de bajas médicas, de un psiquiatra y un neurólogo, rotas de forma dramática en su domicilio— y se encontraron varios medicamentos psiquiátricos que probaban "una enfermedad psíquica severa". Hay más: según la fiscalía encontraron en su casa una tablet donde había registrado que los días anteriores al "suicidio" el tipo buscó en Google "varias formas para suicidarse" y detalles sobre la cabina de pilotaje, así como información sobre laxantes —dato que apoya la hipótesis de que Lubitz le dio "algo" al comandante para que se largara de la cabina a cagar, generando un extraño vínculo con esto — y sobre medicinas para hacer orinar. En la caja negra también aparecía una conversación donde el capitán le comenta al copiloto que fuera preparando el aterrizaje a Düsseldorf y, entre otras cosas, este le respondía cosas como "ojalá" y "vamos a ver". Para cerrar aún más el caso se publicó que encima los Alpes era el sitio favorito del copiloto por donde volar y que Lubitz padecía un problema de visión que podía poner en peligro su capacidad para trabajar como piloto, cosa que le jodía profundamente puesto que su sueño vital era ser capitán de Lufthansa —empresa matriz de la filial de bajo coste Germanwings— en viajes de larga distancia. Todo encaja, ¿no?

Si bien es cierto que todas las teorías conspiratorias que han aparecido son una locura, esta información lanzada a través de los medios para asegurar la versión oficial de los hechos roza lo rocambolesco.

Porque, ¿dónde están esas primeras elucubraciones? Eso de que podía haberse tratado de un error técnico (la despresurización explosiva del avión) debido a que el avión ya tenía como 24 años y que un modelo similar de Airbus había sufrido recientemente un incidente similar. ¿Y todo eso de las reducciones de plantilla de Lufthansa y todas esas huelgas de los trabajadores referentes a la política salarial de la compañía? Todo eso ya no existe. Ahora solo está el loco. Cuanta más información salga sobre la teoría del suicidio más ficcional parecerá. Está bien que se nos haga pensar, que se nos presente la duda, pero esta trepanación informativa no debería ser tolerable.