Identidad

¿Está la comunidad LGBTQ preparada para la América de Trump?

"Ahora tenemos otros asuntos de los que preocuparnos, como si podremos seguir manteniendo todo lo que hemos conseguido hasta ahora".
30.11.16

Este artículo se publicó originalmente en VICE US.

A mediados de octubre, la historiadora Lillian Faderman comenzó a preparar notas para su intervención en la Feria del libro de Miami, un festival literario internacional al que cada año acuden cientos de miles de lectores y escritores. En el marco de este evento, Faderman tenía intención de disertar sobre su libro The Gay Revolution (2015) y sobre la lucha por los derechos del colectivo LGBTQ. Sin embargo, la inesperada victoria de Donald J. Trump la obligó a revisar el contenido de sus notas.

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"Tenía pensado hablar sobre la larga lucha que se ha librado para obtener igualdad jurídica, concluyendo con la victoria de Clinton y poniendo de manifiesto otros aspectos, como la necesidad de disponer de una ley federal que regule los derechos civiles", me contó Faderman, "pero ahora eso representa solo la guinda del pastel. Ahora tenemos otros asuntos de los que preocuparnos, como si podremos seguir manteniendo todo lo que hemos conseguido hasta ahora. Eso es de lo que voy a hablar".

Pero Faderman no es la única. A juzgar por la retórica nacionalista y contraria a la inmigración de la que Trump hizo gala durante toda su campaña, las minorías estadounidenses tienen sobradas razones para estar preocupadas. Tras el estado de alarma y pánico que cundió tras el resultado de las elecciones, las minorías sexuales y de género ahora temen sufrir un retroceso sin precedentes en la historia del país.

Esta situación plantea una incógnita, y es si la comunidad LGBTQ podrá volver a despertar el fervor radical que impulsó el movimiento liberador del colectivo entre las décadas de 1960 y 1980, aquella muestra de lucha reivindicativa que no ha vuelto a repetirse hasta la fecha.

Aunque los expertos no pueden hacer otra cosa que especular sobre los cambios exactos que podría poner en práctica Trump en un Congreso de mayoría republicana, no cabe duda de que el nuevo presidente tiene en su poder los medios para dar al traste con todos los derechos que ha costado décadas obtener. No olvidemos que Trump designó como segundo de a bordo a Mike Pence, signatario de la discriminatoria ley de "libertad religiosa" de Indiana y firme defensor de la idea de que el matrimonio igualitario acabaría provocando el "colapso de la sociedad". Una vez se hizo con la victoria, Trump puso a Pence al mando del equipo de transición.Entre otros nombres preocupantes del equipo del magnate y ahora presidente figura el de Ken Blackwell, a cargo de los asuntos de política nacional; Blackwell estuvo trabajando en el Family Research Center, un grupo de presión cristiano conservador que ha sido acusado por la ONG Southern Poverty Law Center de fomentar el odio hacia el colectivo LGBTQ. Quizá lo más alarmante de todo sea la promesa del presidente electo de aprobar la Ley de defensa de la Primera Enmienda, que permitiría a cualquier persona o entidad desde empresas a proveedores de servicios sanitarios ignorar la legalidad de los matrimonios igualitarios y negarse a ofrecerles sus servicios.

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Pese a ello, Faderman no pierde el optimismo. "Me niego a ser pesimista. No creo que la gente joven se vaya a quedar de brazos cruzados mientras les arrebatan sus derechos, incluso aunque no estén tan acostumbrados a luchar por ellos", afirma, añadiendo que Obama tampoco les dio motivos para tomar las calles y manifestarse. "Estoy convencida de que aprenderán a defender sus derechos, del mismo modo que en su época lo hicieron los jóvenes de Stonewall. Creo que de aquí surgirá una nueva generación Stonewall".

Los escépticos, sin embargo, argumentan que los jóvenes miembros del colectivo LGBTQ se sienten cómodos incluso felices con la situación actual.

Tomemos el ejemplo de los desfiles del orgullo: el colectivo LGBTQ de Nueva York salió a la calle para manifestarse por primera vez en 1970. Los participantes recuerdan el acto de valentía que supuso el simple hecho de reunirse bajo la bandera de la liberación. "En aquella época, nadie, absolutamente nadie estaba preparado para ver a un grupo de personas marchar a plena luz del día portando carteles que decían 'Soy maricón'", explicaba el dramaturgo Doric Wilson en el documental La rebelión de Stonewall. Hoy día, la cultura urbana ha asimilado la celebración del orgullo como un evento más, aunque posiblemente, entre tanta carroza patrocinada, se echa en falta ese aspecto de reivindicación política que una vez tuvo.

Pese al hito histórico que supuso la reafirmación del derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo por parte de la Corte Suprema estadounidense, son varios los líderes del colectivo que señalan que el activismo está demasiado concentrado en esa lucha, convirtiéndola en la única meta del movimiento de liberación gay.

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Mucho antes de la decisión del alto tribunal, los defensores de los derechos del colectivo LGBTQ ya aseguraban que la campaña a favor de los matrimonios igualitarios había consumido recursos inicialmente destinados a problemas menos vendibles, como el elevado índice de sintechos dentro del colectivo o los brutales asesinatos de personas transgénero, aspectos esenciales de las que un rapero cisgénero blanco seguramente no querría componer un tema. En un artículo de opinión publicado en 2013 en artículo de opinión publicado en 2013 en The Nation, un grupo de expertos sugería que la lucha por los matrimonios igualitarios demostraba poca visión de futuro y relegaba a un segundo plano otros problemas importantes, como la injusticia económica, racial y de género.

"¿Se sienten satisfechos los jóvenes? Probablemente, porque en la etapa que han vivido solo ha habido progreso", afirma el activista en defensa de los derechos de los gais y periodista Michelangelo Signorile. "Pero es importante ser conscientes de que la lucha nunca se acaba cuando perteneces a una minoría o a un grupo marginado". En otras palabras, el arco del universo moral podría curvarse en la dirección equivocada si dejamos de aplicar una presión continua.

Ese es precisamente el tema central de It's Not Over (2015), en el que Signorile advierte sobre "la ceguera de la victoria", la idea de que la comunidad LGBTQ no debería perder de vista los problemas de homofobia y transfobia por muchos logros que se alcancen en materia de derechos políticos, y de que nunca debe abandonarse el espíritu reivindicativo y de enfrentamiento.

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Y de activismo reivindicativo Signorile sabe un par de cosas. Durante los últimos años de la década de 1980, fue presidente de la comisión para los medios en la AIDS Coalition To Unleash Power (ACT UP, por su acrónimo en inglés), desde donde organizó sonadas protestas frente a la Agencia de Alimentos y Medicamentos estadounidenses (FDA), el Instituto Nacional de la Salud, el Ayuntamiento de Nueva York y otras entidades gubernamentales, criticándolas duramente por su impasividad ante la muerte de tantas personas a causa del sida.

Aquel capítulo del movimiento de liberación gay estuvo marcado por la resistencia firme. Los activistas militantes de ACT UP, junto con otros grupos, celebraron protestas de gran repercusión mediática, ya fuera cortando la circulación del Golden Gate de San Francisco, encadenándose al balcón de personalidades de la Bolsa de Nueva York o dispersando las cenizas de personas fallecidas a causa del sida en los jardines de la Casa Blanca.

Manifestantes de ACT UP en una protesta en el Instituto Nacional de la Salud estadounidense, en mayo de 1990. Foto cortesía de NIH History Office

Los desafíos a los que tuvo que enfrentarse la comunidad LGBTQ durante los ochenta era, naturalmente, muy distintos a los actuales. Pero, como dice Signorile, a toda generación le llega su aviso. "Algo que aprendimos en los ochenta, con Ronald Reagan y el sida, es que para llamar la atención de los medios hay que movilizarse y protestar", afirma. "Empezar a organizarse ya y dan un toque de aviso a la administración de Trump podría ayudar a evitar situaciones extremas en el futuro".

"Obviamente, pueden suceder cosas malas de todas formas; nadie sabe de qué es capaz Trump", señaló Faderman, quien confía plenamente en las masas de manifestantes y los grupos en defensa de los derechos civiles.

"Confío en nuestra capacidad de responder. Estamos mejor organizados como comunidad y tenemos más experiencia como activistas", afirma.

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Traducción por Mario Abad.