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Cultură

¿Te puedes mamar con cervezas “SIN”?

Un crítico gastronómico y una nutricionista comprueban si es posible emborracharse con un pack de birra sin alcohol.

Este verano quedé con una pareja de amigos. De repente, su hijo de año y medio agarró un vaso de cerveza y comenzó a beber. Miré a su madre como si hubiera caído una bomba atómica. “No pasa nada, es sin alcohol”. Ok, no pasa nada entonces. Ey, ey, ey… un momento. UN MOMENTO. La cerveza era sin alcohol, pero no era 0,0%. En la lata se advertía que el contenido alcohólico era inferior al 1%, pero algo tenía. Desde entonces, una pregunta ronda mi mente noche y día y me hace despertarme con sudores fríos: ¿Es posible pillarse un pedo con cerveza “sin”?

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En los 80, mis padres tenían un bar en Gijón. Los obreros de la mina y la siderurgia acudían cada tarde a perder el conocimiento trasegando bebida tras una larga jornada de curro. Cuando llegó la cerveza sin alcohol, muchos se agarraron a ella como un clavo ardiendo. Era metadona para birradictos: una bebida milagrosa con solo un quinto del alcohol medio en una cerveza normal. Para ponerme en la piel del Bukowski lactante y de aquellos héroes del proletariado, decidí comprar un pack de seis botellines “sin” en el súper y someterme a una sesión alcohólica intensiva. A plena luz del día. En casa. Solo.

¿Solo? ¡No! Para tratar de medir si las cervezas-para-todos-los-públicos hacen algún efecto en nuestro organismo elegí la tercera temporada de Seinfeld en DVD. Si me iba mamando, me iría descojonando más de lo normal, supuse. Para que el cien por cien de la responsabilidad del experimento no recayera en Jerry Seinfeld, compré un alcoholímetro digital en un bazar de la calle Fuencarral. Cuesta 20 pavos y te dice si tu aliento es de dragón o de corderito lechal. Antes de empezar con el experimento soplé para ver si todo estaba en orden. 0,0. Estupendo.

La cerveza “sin” utilizada (del Carrefour) especifica en su envoltorio que lleva menos del 1% de alcohol. Y está buena. No es de esas bajas en alcohol sin fuerza y con sabor chungo. Al abrirla, las burbujitas corrían presurosas a la superficie. Y de ahí a mi gaznate. Me bebo la primera en cinco minutos. El calor ayuda. Caen la segunda y la tercera en tiempo récord. En menos de 20 minutos ya me he tomado la mitad. Noto un cierto cosquilleo en la nariz. En la pantalla, George Constanza pierde su curro después de acostarse con la señora de la limpieza en la oficina. Me río. Me meo. Me meo literalmente. Le doy al pause y voy al baño.

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Aprovecho el momento para llamar a una nutricionista de confianza, Rosa María Espinosa, de ‘Menja Sa‘ (‘Come sano’, para los no catalanoparlantes). “Rosa María, ¿puede ser que vaya con el puntín, que esté un poco chispa?”. “Pues sí, las cervezas sin alcohol tienen menos del 1% pero alcohol, lo que se dice alcohol, tienen. Y las 0,0 también: hasta un límite del 0,09”. Vaya, vaya, así. “Estarás un pelín bebido e irás bastante al baño, ¿no?”, insiste. Pues sí. Cambio y corto, que vuelvo a orinarme.

Pongo a prueba por primera vez mi alcoholímetro digital. 0,2 gramos por litro. Mmm, así que así se sienten los abstemios que miran con desprecio tu caña fresquita. Ellos sí que saben. Pillarse un pedal con cerveza “sin” es como comerse una hamburguesa a paso de tortuga o practicar sexo a cámara lenta… sabes que estás yendo hacia un culmen de la satisfacción pero sin prisa, alargando la cuesta arriba hacia el clímax. Lo malo es que tu estómago se va llenando. Cada cerveza cuesta más que la anterior.

Abro la cuarta. La tomo mucho más despacio que las tres anteriores. Me veo el capítulo del metro de Seinfeld entero y aún no la he acabado. Hago por terminarla y visito el baño por cuarta vez. Al empezar la quinta me siento muy lleno. La barriga comienza a hacerse fuerte, a empujar el botón del pantalón y la sensación a estas alturas es ya de beber por beber. No puedo acabarla, la dejo a medias y, al levantarme del sofá noto que ya me acompaña un ligero pedete que implica visión tunelesca y lengua trapera.

Echo mano del alcoholímetro. Marca 0,5 gramos por litro. No estoy para conducir, desde luego. Pero sí para seguir viendo Seinfeld tumbado en el sofá. O para escribir este artículo.