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Cultură

El rayo de luz de Philip Seymour Hoffman

No conocí a Philip personalmente, sólo nos topamos unas veces a lo largo de los años, pero por lo que me han dicho, era una de las personas más dulces que ha habido.
5.2.14

Philip Seymour Hoffman en The Master.

No conocí a Philip Seymour Hoffman personalmente. Solo nos topamos unas veces a lo largo de los años. La primera vez fue en los inicios de los 2000, en un baño en el Teatro MCC, en el intermedio de The Glory of Living, una obra que dirigió y que protagonizó Ana Paquin. Nos cruzamos pero no nos dijimos nada. Le tenía demasiado respeto como para empezar una plática en un baño. Recuerdo que era el que más fuerte se reía así como el apoyo que daba a los actores. La segunda vez, fue en el 2006 en la fiesta anual de los Oscar de Jeffrey Katzenberg en el Hotel Beverly Hills. Ése fue el año que lo nominaron por Capote. Ya sabemos cómo le fue: ganó el Premio de la Academia por mejor actor y le rindió tributo a su madre en su discurso que aún rebota en mi cabeza.

Fue un buen año para los actores. El difunto y genial Heath Ledger estaba nominado por Brokeback Mountain y Joaquin Phoenix nos había volado la cabeza con Walk the Line. Pero fue Philip quien nos recordó el poder de un rayo de luz. Ayer en la mañana, alguien, sorprendido por cómo un actor que parecía tener el mundo a sus pies podía mandarlo todo a volar, comparó a Philip con Marlon Brando. Yo definitivamente no pienso que Hoffman haya lanzado todo a volar, pero estoy de acuerdo con lo otro. Philip, como Brando, tenía un poder innato. Su cara tenía el poder de un martillo emocional. Creo que él lo sabía y que lo usó como lo hizo Marlon Brando, cubriéndolo con un rayo de luz. Mira Nido de ratas, Salvaje, El Padrino, Último Tango en París, y verás un huracán escondido en el velo de un hombre elegante hablando poéticamente. Mira a Philip en Happines, Magnolia, Capote, Misión Imposible 3, Juego de Poder, y La Duda, y verás la fuerza de este actor en papeles de personajes supuestamente suaves, mientras te clava un golpe emocional tras otro con su conocimiento profundo de la humanidad. Como Marlon Brando, Philip se entregaba con la poesía de las emociones reales.

Philip nos bombardeaba, año tras año, con su magia constante, transformándose con cada presentación. Esto lo llevó a niveles de camaleones como Daniel Day Lewis, Meryl Streep y Benicio del Toro con su manera escultural de actuar. Por escultural me refiero a que sus personajes parecían tallados en él. Como decía Miguel Ángel de su propio trabajo: "Vi al ángel en el mármol y tallé hasta que lo liberé". Así es como se sienten los personajes de Philip, como si fueran gente real que vive sus vidas y fueron traídos a la pantalla a mostrar los aspectos más intensos de sí mismos. Pero Philip no solo daba realismo, sino que teñía a sus personajes con un toque de grandeza, lo que nos regresa a la idea de la escultura; sus actuaciones tenían una calidad lapidaria. Eran actuaciones sobrehumanas, pero bendecidas con una chispa interior de humanidad. Eran más humanas que lo humano.

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Sus actuaciones siempre servían a la película en la que estaban. No era un presumido, pero sus actuaciones brillaban dentro de su contexto, por eso, lo que normalmente recordamos de las películas con Philip, es la actuación de Philip Seymour Hoffman.

Philip Seymour Hoffman en Capote.

Descubrí a Philip en Perfume de Mujer. Pero fue su actuación  en Boogie Nights fue la que me tiró de espaldas. Míralo castigarse después de tirarle el pedo a Dirk Diggler (Mark Wahlberg) y verás uno de los momentos más emotivos de la película. Pero todo su trabajo es genial. Solo ve esa cara de "vete al carajo" que Philip le hace a Matt Damon en El Talentoso Señor Ripley cuando Matt y Jude Law ponen jazz en la tienda de música. Fue asquerosa y excelente. Mira su cara colorada y alegre mientras personificaba un sacerdote tomando vino en La Duda. Sin embargo, mi actuación favorita de Philip fue la de Lancaster Dodd en The Master. Es mi favorita porque es su mejor obra con su mejor colaborador, Paul Thomas Anderson. La actuación tiene un poder etéreo, de algún modo, superior a sus partes. Como Lancaster Dodd, era un genio y un loco, lo que muestra la mitad de la ecuación real de Philip Seymour Hoffman: ¿Genio? Sí. ¿Loco? No. Por lo que me han dicho, era una de las personas más dulces que ha habido.

La última vez que me lo encontré fue en Bar Centrale, un restaurante teatro, cuando llegó con un grupito que incluía a Chis Rock, Zach Braff y otro montón de grandes actores. Entonces había leído que Philip estuvo en rehabilitación por heroína. Me impresionó, porque no piensas que una persona que todos consideran genial tendría esos problemas. Pero fue algo tonto, porque a la adicción no le importa la personalidad. Es una enfermedad, no una cuestión de voluntad, clase, inteligencia o estilo de vida. No tengo idea de que le pasó a Phil antes de que lo encontraran muerto, pero un amigo me dijo que lo vio el día anterior y que se veía feliz. Esto me dice que Philip no era de los que se rendía. No tiró la toalla. Solo era alguien -—un alguien muy especial-— que estaba enfermo. Su muerte nos sorprende porque su grandeza lo hacía parecer invencible. Por lo menos, todo el increíble arte que nos dio le debería garantizar otra oportunidad.

Descansa en paz, Phil, vivirás para siempre en las llamas de tu trabajo que incendió nuestros corazones.