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Cultură

La CIA experimentaba con LSD como método de tortura

En su empeño por frenar el avance del comunismo en los cincuenta, la CIA quiso saber todo sobre la nueva sustancia descubierta por Hofmann unos años antes.

El LSD fue descubierto en 1943 por Albert Hofmann. En los años siguientes se hicieron experimentos con la sustancia en los Laboratorios Sandoz (donde trabajaba Hofmann), y a comienzos de los cincuenta comenzaron a utilizarla los investigadores y psicoterapeutas más abiertos a las nuevas tendencias. Se podría pensar que fue un grupo de drogadictos marginales quienes sacaron la droga de su contexto clínico, pero no fue así. En realidad, quienes lo hicieron fueron las autoridades estadunidenses.

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El presidente Truman había ordenado la creación de la CIA (Central Intelligence Agency) en el año 1947, dado que los estadounidenses, en su empeño por frenar la expansión de los soviéticos —que llegarían a apoderarse de media Europa con sus estados satélite— no repararían en medios, por lo que usarían técnicas de control mental y drogas que sirvieran como suero de la verdad con el objetivo de interrogar a los espías del bando contrario.

Y así, cuando se introdujo la sustancia en Estados Unidos, y tras comprobar que era eficaz en dosis ínfimas y que no tenía olor ni sabor que pudieran despertar sospechas, los servicios de inteligencia pensaron que les podría resultar útil. Por ello, la CIA deseaba saber todo sobre el LSD y sus aplicaciones, pero a principios de los cincuenta había poca información, y la que existía era de carácter clínico, que no era precisamente lo que buscaba. Cuando Allen Dulles, su director, nombró jefe de un nuevo programa a Sidney Gottlieb dio comienzo una nueva era en lo que a investigación sobre drogas se refiere. Fue el 13 de abril de 1953, fecha de nacimiento de la Operación MK Ultra.

De repente, sin saberse muy bien por qué, se pagaban grandes cantidades de dinero a científicos, clínicas y laboratorios. Durante varios años, mientras a la central de inteligencia le interesó el fármaco, a través de varias fundaciones-tapadera que supuestamente se movían por fines científicos —por ejemplo, la Josiah Macy Jr. y la Geschicker—, se subvencionaron numerosas pruebas.

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Sin embargo, para llevar a cabo sus planes la CIA necesitaba la materia prima, pero las relaciones con Sandoz, la empresa en la que trabajaba Hofmann y único productor, no fueron fáciles. Antes de que la central de inteligencia dispusiera de su propio LSD, no le quedó más remedio que acudir a la compañía suiza para proveerse, que además contaba con la patente exclusiva de la producción. Los estadunidenses temían que la Unión Soviética les comprara la droga. Para empeorar las cosas, en 1951 corrió el rumor de que los rusos habían conseguido cincuenta millones de dosis.

La CIA y el Pentágono firmaron un trato con Sandoz, pero seguía sin gustarles tener que depender del suministro suizo, así que pidieron a la compañía farmacéutica Eli Lilly, de Indianápolis, que produjera el deseado compuesto, lo cual consiguió en 1954 por síntesis química, sin utilizar ergot. Según parece, el citado acuerdo también permitía a los estadunidenses investigar sobre la síntesis de la sustancia.

La CIA empezó a experimentar con LSD a toda velocidad. Se saben sólo algunos detalles de esos ensayos porque en 1973, Richard Helms, su director en ese momento, ordenó destruir todos los documentos del proyecto MK Ultra; sin embargo, no todos se quemaron por estar almacenados en un sitio que no recordaban. Entre los experimentos destacan los de los doctores Ewen Cameron y Paul Hoch. Cameron fue presidente de la Asociación Psiquiátrica Americana, de la Asociación Psiquiátrica Canadiense y de la Asociación Psiquiátrica Mundial, y administraba a personas dosis elevadas de LSD y barbitúricos, junto con electrochoques de alta potencia, para conocer las reacciones de los sujetos a esta mezcla. Su deseo era desarrollar procedimientos eficaces de tortura y de extracción de información. Cameron había sido miembro del Tribunal de Nuremberg, donde se celebraron los juicios contra los criminales de guerra nazis y se redactó el código de ética que lleva el nombre de la ciudad, violado por él en numerosas ocasiones. Utilizó a personas que no podían negarse a ser sujetos de sus macabros experimentos: prisioneros, enfermos mentales, enfermos terminales.

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En cuanto a Hoch, Comisionado del Estado de Nueva York para la Higiene Mental, administraba inyecciones intraespinales de dosis elevadas de mescalina y LSD a pacientes psiquiátricos, que les causaban fuertes reacciones y unos efectos posteriores que se prolongaban durante tres días. También administraba la droga a pacientes, y después les hacía una lobotomía para comparar los efectos del LSD antes y después de la cirugía.

Pero tal vez el caso de mayor repercusión fue la muerte de Frank Olson, microbiólogo y miembro de los servicios especiales del ejército, que falleció mientras trabajaba para la CIA. Nadie, excepto los responsables y sus superiores, supo qué había ocurrido. A la familia se le comunicó oficialmente que se había tirado por la ventana con la intención de suicidarse, sin más explicaciones, y tuvieron que vivir varios años sin saber lo que sucedió en realidad.

Pasaron 22 años para que el mundo conociera la otra versión de los hechos, cuando la Comisión Rockefeller investigó las operaciones ilegales de la CIA. En 1975, el gobierno reconoció oficialmente el experimento al que había sido sometido Olson: se le había administrado LSD, sin su consentimiento, en una copa de Cointreau, y en pleno delirio se había arrojado por la ventana. El presidente Gerald Ford pidió perdón a la mujer y a los hijos de Olson, quienes recibieron 750,000 dólares de indemnización.

Sin embargo, no quedaban aclarados todos los detalles del caso, ya que por una autopsia hecha en 1994 a petición del hijo de Olson, Eric, se supo que el cadáver no mostraba las heridas de alguien que cae por una ventana, ni los cortes propios de unos cristales, sino una fuerte contusión en la parte frontal del cráneo, seguramente causada por un martillo. En realidad, el cráneo tenía tantas fracturas que era imposible haberlas hecho en una caída.

La CIA siguió interesada en esta droga hasta comienzos de los sesenta. Diez años después de dar comienzo el proyecto MKUltra y de muchos experimentos como los que hemos descrito, los directores terminaron por reconocer que la sustancia no les serviría para sus propósitos y terminaron su relación con el LSD. Otra consecuencia que tuvieron sus acciones fue que la sustancia salió del ámbito al que había estado limitada hasta entonces: los laboratorios y las clínicas de psicoterapia. No todas sus pruebas fueron con presos o grupos marginales, sino que también las hacían con voluntarios, que en muchos casos se ofrecieron para probar aquella nueva y extraña sustancia de la que sólo habían oído rumores. Uno de estos voluntarios fue el poeta Allen Ginsberg, y después del experimento escribió el poema "LSD". Como él, muchos otros intelectuales curiosos conocieron esta nueva droga gracias a la CIA.

J. C. Ruiz Franco es filósofo, profesor, escritor y traductor, se dedica a escribir sobre sustancias psicoactivas, acaba de publicar la primera biografía en español sobre Albert Hofmann, el creador del LSD y es el director del Proyecto Shulgin en Español.