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Cultură

Soy amigo por correspondencia de casi 50 homicidas y asesinos en serie

Después de cinco años de escribirle a estos delincuentes, aprendí que detrás de cada asesinato hay una persona y que todos los asesinos son muy diferentes. Sin embargo hay varias similitudes entre todos estos criminales.
4.8.15

El primero que recuerdo es Ted Bundy. Tenía cinco años, vivía en Florida y recuerdo que mis padres vieron el reportaje de su ejecución en la televisión. Unos años después, cuando tenía siete años, Danny Rolling andaba suelto. Recuerdo que mi madre me explicó que era un asesino en serie. "Mataba personas", dijo mi madre, "y en algunos casos las ponía en poses explícitas para impresionar a quienes encontraban los cuerpos".

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No sé por qué esos recuerdos me marcaron tanto, al grado que desarrollé una fascinación con los asesinos. Me sorprendía que, a pesar de que eran un espectáculo para el país —las noticias describían los asesinatos de forma explícita— en realidad yo no sabía nada de ellos. Y en un arrebato, le envié una carta a Richard Ramírez en 2009.

En cuando la envié, me olvidé de ella, al menos hasta tres semanas después, cuando revisé el correo y encontré un sobre con mi nombre. El remitente estaba escrito con letra ininteligible pero pude descifrar que venía de la prisión estatal de San Quentin.

La carta en sí era bastante aburrida. Escribió con un lenguaje bastante educado y relativamente normal, excepto en la parte donde me pidió que le enviara fotos de mujeres en la playa. Me preguntó qué tipo de autos me gustaban y qué tipo de música escuchaba. Si no supiera que era el "merodeador nocturno", habría sido imposible saber si estaba en la cárcel por un robo insignificante o una serie de asesinatos. En su carta escribió que le gustaba AC/DC. Cuando leí eso, mi estómago se revolvió porque me acordé sobre la gorra de AC/DC que, según un rumor, se ponía cuando mataba.

Desde entonces le he escrito a casi 50 personas que han cometido asesinatos en serie, en escuelas o masivos.

De todos los asesinos con los que platico por medio de cartas, sólo hay uno que puedo considerar mi "amigo". Barry Loukaitis tenía 14 años de edad en 1996, cuando entró a su clase de álgebra en la escuela secundaria Frontier, en el estado de Washington, con un rifle de caza y dos pistolas. Abrió fuego contra sus compañeros y su maestro. Tres murieron y uno resultó herido. Cuando le escribí a Barry, no sabía qué esperar pero resultó ser un hombre muy inteligente que ha pasado más años de su vida en prisión que fuera de ella. Tenemos muchas cosas en común: los dos somos ateos descarados; a los dos nos interesa la política; tenemos casi la misma edad y crecimos con los mismos videojuegos y las mismas películas. Lo que más me sorprendió de Barry fue que en realidad se arrepentía del crimen que cometió. Se niega a hablar con la prensa por respeto a sus víctimas. Ha tenido mucho tiempo para reflexionar y analizar la decisión que lo hará pasar el resto de su vida en prisión. Cuando le pregunté por qué lo había hecho, respondió lo siguiente:

En resumen, era un idiota. Me sentía aislado y no encajaba en ningún lado. Pero en vez de ver esto por lo que era y aceptar la individualidad, preferí ser agresivo con la gente. Tenía una actitud muy pueril de "ni siquiera valen la pena como amigos" para protegerme de sentirme rechazado. Sobra decir que adopté una identidad muy diferente a cómo era yo en realidad. En el fondo lo sabía pero lo ignoré. Traté de proyectar una imagen temible pero nunca actuaba acorde a ella. Cuando me retaban, me retractaba. Después de que pasó varias veces, sentí la necesidad de probarme a mí mismo que sí era lo que aparentaba. Y como resultado, maté a muchas personas.

También escribió que soñaba con poder regresar el tiempo para tratar de razonar con el Barry adolescente. "Además, suena cliché pero es cierto: necesitaba un modelo a seguir".

No sentí lastima por Barry. No hay duda que merece estar en la cárcel. Pero entendí su situación. Dijo que la culpa era insoportable y a mí me pareció una situación muy trágica. Nunca va a poder borrar lo que hizo pero, gracias a las cartas, pude conectarme con él a un nivel humano.

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Pero no todos los asesinos en serie son así. Mis cartas con Phillip Jablonski, un asesino en serie brutal que está en el pabellón de la muerte en California, ilustró la lógica grotesca de sus asesinatos. Phillip y yo nos enviamos cartas durante unos años y nuestras conversaciones siempre eran sobre sus fantasías de violencia y asesinato. Phillip es el estereotipo de asesino serial: presume sobre sus crímenes, habla sobre fantasías horribles y (para su desgracia) le envió a mi esposa una tarjeta de felicitaciones hecha a mano. Me sorprende cómo podía activar y desactivar su naturaleza increíblemente violenta a voluntad.

He tenido muchas pesadillas con Phillip. Es el precio por meterse en la cabeza de estos asesinos: a veces, se esconden en la tuya.

La mayoría de mis cartas eran aburridas. Leí historias militares y teorías sobre Dios de Robert Yates (el asesino en serie de Sponake, Washington). Hablé sobre deportes de combate con Marc Sappington (el vampiro de Kansas) y recibí recetas de cocina de Bill Suff (el asesino de prostitutas de Riverside). James Whitey Bulger me contó historias de Alcatraz y sobre la vida en general. También me advirtió —como si en verdad fuera necesario— que me alejara de la vida delictiva. También me dijo que si lo condenaban a muerte, su ultima cena sería un filete T-bone cocinado a término medio; ensalada con cebolla; una copa de vino o una Coca Cola.

Normalmente les mandaba el dinero correspondiente del correo y el tiempo en el teléfono para que pudieran escribirme y llamarme sin tener que usar sus recursos personales porque, a fin de cuentas, yo era el que los estaba buscando. Después de unos años ya había platicado con decenas de los asesinos más odiados y temidos de EU. Recibí cartas de Susan Atkins, Ed Edwards y Karl Myers semanas antes de que murieran. Por un tiempo, me envié cartas sin parar con Robert Bardo, el acosador y asesino de la actriz de Hollywood Rebeca Schaeffer. En sus cartas, me pedía desesperadamente información sobre sus celebridades favoritas. En muchos casos, los delincuentes que contactaba me pedían algo, como dinero o libros. Algunos, como Jack Spillman (conocido como "el carnicero hombre lobo") me pidió fotos de "chicas enfermas". En sí, todos los que contactaba querían algo de mí, así como yo quería algo de ellos.

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Mientras más hablaba con ellos, más aprendía y menos curiosidad sentía. Ahora, después de cinco años de escribirle a estos delincuentes, aprendí que detrás de cada asesinato hay una persona y todos los asesinos son muy diferentes. Barry Loukaitis le disparó a sus compañeros porque estaba deprimido y tenía un complejo de identidad. Michael Carneal estaba —y sigue— muy enfermo. Andrew Williams sufría de un bullying extremo. Todos se aislaron por completo antes de cometer sus delitos. La motivación de William Clyde Gibson era sexual y utilizaba drogas y alcohol para adquirir el valor para realizar sus fantasías. Tommy Lynn Sells actuó por la ira que desarrolló por una vida dura y Paul Reid por la codicia. Todos ellos mataron porque buscaban un cierto grado de poder y control. Esto no justifica sus delitos pero es información valiosa. Es importante tener una respuesta en vez de solo preguntarse por qué alguien mató a otra persona. Algunas cosas son iguales pero hay muchas diferencias entre estos criminales y sus crímenes. No es blanco y negro, como muchos creen. Y la respuesta no es tan fácil como decir que una persona es "mala" por naturaleza. Hay mucho más de fondo.

Con frecuencia me preguntan si siento empatía con los asesinos por las conversaciones tan extensas que he tenido con ellos. De hecho, esta experiencia ha incrementado mi sensibilidad hacia sus víctimas. Sus historias se han vuelto muy reales para mí. Ya no son solo un artículo en un periódico, una página en un libro sobre crimen o un segmento en el noticiero de la noche.

Ya no he platicado por cartas con asesinos últimamente pero acabo de completar mi primer perfil criminal y geográfico con la ayuda Maurice Godwin, en el archivo muerto del asesino en serie de Daytona Beach. También consulté un libro llamado Invisible Killer: The Monster Behind the Mask, que trata sobre un asesino en serie no muy famoso llamado Charlie Brandt. Mi interacción con diferentes tipos de delincuentes me ayudó a entenderlos como criminales porque me enseñó todo lo que no se aprende con los libros, tanto al platicar estrictamente sobre sus crímenes como al observar su comportamiento al principio, su forma de manipular, su interacción social, su vida personal y su pasado por medio de conversaciones cotidianas. Esta información me ayudó a saber más sobre estos y otros delincuentes. Ahora uso este conocimiento para atraparlos.

John Douglas, un criminólogo que solía trabajar para el FBI, dijo: "Para entender a un artista, es necesario observar su arte". Pero para entender el arte, también es necesario observar al artista. Y para entender un crimen, es necesario observar detenidamente al criminal.