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Noticias

Mi vida con grandes hombres

Unas extrañas vacaciones en el escondite de Mobutu en la selva.
22.8.12

Fotos cortesía de Robert Wiener

Mobutu Sese Seko y Robert Wiener posan para una foto de recuerdo en Gbadolite. Junio, 1993.

El mundo ha visto tiranos más demoníacos que el dictador de Zaire, Mobutu Sese Seko, incluso entre la legión de Grandes Hombres africanos que se hicieron con el poder y lo mantuvieron a sangre y fuego cuando Europa liberó al continente de su presa colonial. Pero ningún déspota ha sido tan colorido como Mobutu. Podría hacerse una excepción con Jean-Bédel Bokassa, de la República Centroafricana, que se autoproclamó emperador en 1977 y gozaba dándose festines con la carne de sus enemigos. Lo más cerca que Mobutu estuvo alguna vez del canibalismo fue pimplarse algún que otro vasito de sangre humana.

Mobutu tuvo 32 años bajo su bota a Zaire (conocida ahora como República Democrática del Congo) hasta su derrocamiento en 1997, y durante ese tiempo exprimió al país mientras él disfrutaba de un estilo de vida que hasta un verdadero emperador habría envidiado. En una ocasión, tras volar con Mobutu en su DC-8 particular desde Francia hasta Zaire, vi con estupefacción cómo inmediatamente enviaba el avión de regreso a la Riviera para recuperar una revista de moda que Madame Mobutu había olvidado.

En junio de 1993, Gary Striker, corresponsal de la CNN en África, quiso entrevistar a “Le Maréchal” acerca de lo que amenazaba ser una escalada hasta una verdadera guerra civil en el sudeste del país, mientras su ejército, que no había recibido paga en varios meses, saqueaba la capital, Kinshasha. Yo era el productor de Gary, pero oliéndome que jamás obtendríamos la verdad de labios de “El timonel” (Mobutu tenía una lista de títulos no oficiales más larga que la de la compra), yo tenía mis propios planes: quería el sombrero de Mobutu. Ese alegre, identificativo gorro de piel de leopardo que lucía en todas partes.

Cuando los militares empezaron a poner Kinshasha patas arriba, Mobutu huyó literalmente a las colinas, a su aldea natal de Gbadolite, donde había ordenado construir un suntuoso palacio presidencial en el mismo corazón del bosque ecuatorial. Por supuesto, llegar hasta allí –y convencer a Mobutu de que nos concediera una entrevista– presentaba unos retos hercúleos hasta para los estándares de África.

Yo había estado en contacto con los consejeros de Mobutu durante semanas mientras cubríamos otras noticias en Gabón: la segunda Cumbre Africana/ Afroamericana, celebrada en Libreville, la capital, además de la famosa colonia para leprosos de Albert Schweitzer en Lambaréné. El hospital seguía en funcionamiento, junto a un pequeño museo que albergaba su legendario órgano (con partituras de Bach) y otros objetos que habían sido propiedad del que fuera premio Nóbel de la paz en 1952. Suzanne, la guía del museo, era sólo una niña cuando Schweitzer dirigía el lugar, y nos dijo que el Gran Al, que creía que la puntualidad era una virtud, golpeaba salvajemente a chicos y chicas si llegaban tarde a clase; un jugoso chisme histórico que el Comité de entrega de los Nóbel obviamente pasó por alto. “Oh, sí”, insistía Suzanne, “nos abofeteaba MUY fuerte en la cara”.

Al volver a Libreville recibí confirmación de que Mobutu nos enviaría un avión que nos llevaría hasta su remoto puesto en la selva. Nos dieron instrucciones de que teníamos que estar en el aeropuerto a primera hora de la mañana siguiente, donde esperamos 14 horas un vuelo que nunca llegó. Otro momento WAWA (1). Dos días y 600 dólares en llamadas telefónicas después, estábamos otra vez en el aeropuerto… y de nuevo esperando. Al cabo de 12 horas comiéndonos allí los mocos, un 727 blanco con la distintiva librea roja y dorada de Zaire en su cola aterrizó y rodó por la pista. Menos de diez minutos más tarde estábamos por fin en el aire.

El lujoso jet había sido previamente propiedad del rey Hussein de Jordania. Constaba de una tripulación de dos hombres y una despampanante azafata zaireña. Nosotros éramos los únicos pasajeros. Intenté echar un vistazo al dormitorio y el baño privados de Mobutu, pero la azafata me informó de que aquello estaba “fuera de mis límites”. Era evidente que no de los suyos, en especial cuando “Le Patron” se encontraba a bordo. No hubo que insistir mucho para que admitiera que estaba orgullosa de servir –del modo que fuese– al líder de su país.

Emanaba vapor de la pista de arcilla roja en la que aterrizamos en Gbadolite. Se podía, a todos los efectos, oler África, una sensación que nunca deja de deleitarme. El trayecto en coche hasta el palacio de Mobutu fue corto, y una vez allí nos condujeron hasta un inmenso “salón” que parecía más adecuado para un jefe de estado europeo que para el líder de un régimen autoritario africano. La sala estaba abarrotada de mobiliario Luis XVI, tapices de Gobelin y pinturas de Renoir y Monet; en el extremo opuesto había un magnífico bar de caoba bien surtido con los mejores coñacs, calvados y otros licores. Todas las botellas eran del tamaño de una Balthazar de champán. Zaire es un país del que se reconoce su excepcional escultura, pero nada en aquel lugar tenía ni el más remoto aspecto africano.

He visto un buen número de extravagancias dictatoriales, pero ésta se llevaba la palma. Había algo decididamente retorcido en los gustos de Mobutu. Ninguna de sus posesiones sugería su herencia africana en lo más mínimo. Con todas sus bravuconadas acerca de la rica historia del continente y de cómo se habían librado para siempre del yugo del colonialismo, Mobutu había convertido su refugio en su pueblo natal en un simple reflejo de su codicia. Era el Gordon Gekko de África, y sus extrañas inclinaciones lo confirmaban.

Un camarero con guantes blancos sirvió bebidas mientras dos sicofantes presidenciales desgranaban el programa: más tarde cenaríamos con un ministro que estaba de visita y parte del clan Mobutu, pero no con “Le Chef” en persona. La entrevista había sido programada para las 10 de la mañana del día siguiente. “Su Excelencia está en su mejor momento por la mañana”, dijo uno de ellos. “Debemos hacernos cargo de su fatiga después de trabajar todo el día para solucionar muchos y lamentables problemas”.

Mi contacto y persona clave para llevar a cabo la entrevista, monsieur Bruno, reaccionó cuando me vio rodar los ojos. “Robert, por favor, créeme”, imploró, percibiendo mi incomodidad. “La entrevista se hará. Te lo garantizo”. Yo no dudaba de la sinceridad de Bruno; era un hombre animoso. Pero yo me había encontrado antes en situaciones similares, cautivo de los caprichos de déspotas con nulo interés en el concepto de tiempo. Mi cerebro se aceleró previendo otra ronda de pesadillas logísticas. Expliqué que era crucial que regresara a Gabón a media tarde para poder coger el último vuelo a Abiyán. Los hombres del presidente aseguraron que no sería un problema. En otras palabras, que cerrara el pico y disfrutara del espectáculo.

Antes de la cena vimos las noticias de la noche, que como de costumbre empezaban con un homenaje musical a “El guía”. La efigie de Mobutu apareció en pantalla, su cabeza flotando con donaire entre las nubes. Por supuesto, no se hizo la más mínima mención a la violencia que estaba desgarrando el país. Bruno y los demás parecían más interesados en los últimos resultados del fútbol, intercambiando vehementes especulaciones sobre las oportunidades de Zaire en la inminente Copa de África.

Se sirvió la cena, que hizo que me acordara de mi colega y antiguo corresponsal de la CNN Richard Blystone. Él y yo tonteamos una vez con la idea de escribir un práctico manual de frases para periodistas en el extranjero, con cada expresión traducida fonéticamente a numerosas lenguas y dialectos. En lo alto de la lista figuraba “Huuum… ¡Sabe a pollo!” Era una frase que repetí varias veces esa noche a medida que estofado y “manjares” locales aterrizaban en mi plato de porcelana con ribetes dorados. Gary –que tenía entonces más experiencia que yo informando desde África– le dijo con astucia a los camareros que era un “vegetariano estricto”, y apartó para sí unos cuantos tomates cocidos y maíz, comiendo sólo la parte interior de su pequeña baguette. Más de una vez me dirigió una mirada que parecía decir, “¡Que disfrutes del resto de la noche encerrado en el lavabo!”

Robert se pone encontacto con su cuartel general para informar: “¡Misión cumplida!”

Menos de 30 minutos después sentí que se me aflojaban los intestinos. Sabiendo que jamás lograría llegar a los postres, me llevé a Bruno aparte y salimos a fumar un cigarrillo. “Hay algo que me gustaría que hicieras por mí”, le susurré. “Dijiste que el presidente es el hombre más generoso que conoces”. Bruno asintió exageradamente. “Bueno… ¿crees que podrías conseguirme su sombrero?”

“¿Su qué?”, preguntó Bruno, creyendo no haber entendido.
“Ya sabes, su gorro de leopardo”. Bruno sopesó esta petición, una que a buen seguro nunca antes le habían hecho, y menos aún un periodista de visita.
“Estoy convencido de que tiene más de uno y para mí significaría mucho. ¿Tú qué crees?”
“¿Sería un regalo para ti?”
“Por supuesto. Y lo llevaría con orgullo”.
“OK”, dijo Bruno. “Déjame ver. Sabes, ya ha enviado un regalo a tu habitación”.

¿Un regalo? Me preguntaba qué podría ser. Durante el combate Rumble-in-the-Jungle entre Alí y Frazier, Mobutu había mandado a un grupito de bellezas zaireñas a entretener a unos cuantos reporteros seleccionados. Lo último que yo quería era un prostituta africana. “No… no es eso”, dijo Bruno riéndose, como si me hubiera leído la mente. “Es otra cosa. Pero muy especial”.

Un poco más tarde me retiré a mi dormitorio, iluminado por una lámpara en forma de palmera dorada que llegaba casi hasta el techo. Su decoración era una pobre imitación de barroco y rococó, con un estilo que podría describirse como Louis-Farouk. Habían dejado mi maleta a los pies de la cama. Tras revisar que estuviera todo y darme una ducha, me puse mi kikoy e intenté relajarme. Había sido un día muy largo.

El aire acondicionado zumbaba suavemente, Me serví una última copa y cogí un cigarrillo. Entonces reparé en una cinta de vídeo encima del televisor. La cinta no tenía estuche y estaba rotulada a mano con las letras “yhbw”. La introduje en la máquina e instantes después, cuando el título Young, Hot, Black and Wet! apareció en pantalla, supe que era el regalo de Mobutu. En aras de la discreción y la buena crianza omitiré entrar en detalles.

Me levanté como acostumbro, temprano y con necesidad de café. (Esto fue mucho antes de que empezara a viajar con una máquina portátil de espressos 2). Tras mis abluciones matutinas, a la hora del desayuno me encontré con Gary y con nuestro técnico de sonido, David. Supe que a Gary no le habían proporcionado entretenimiento en su habitación. David, por el contrario, confesó que había estado despierto toda la noche viendo YHBW una y otra vez hasta que se quedó sin Kleenex y papel higiénico.

A las 10 en punto apareció Bruno para decir que habría un pequeño retraso. Le reiteré mi preocupación por no llegar a tiempo de coger el vuelo a Abiyán. De nuevo se tomó mi preocupación con calma y me aseguró que podía contar con que el avión presidencial nos llevaría a tiempo. Después, cambiando de tema, me preguntó con algo de timidez si había disfrutado con la película. ¡Por su tono salaz, estaba claro que él la consideraba un clásico!

Sabiendo que un “pequeño” retraso era algo simplemente inexistente, le sugerí a Bruno que empleáramos el tiempo muerto haciendo algunas fotos del exterior del palacio. Aquella fortaleza en un espacio arrebatado a la selva era una destacable obra de ingeniería. Las espectaculares vistas desde las terrazas en varios pisos, y las fuentes que decoraban varios puntos del terreno, hacían que la propiedad recordara a una especie de Camp David congoleño donde “Le Roi du Zaire” podía nadar, relajarse y vivir con seis leopardos, la alegría y orgullo de su zoo particular. Siendo un hombre que claramente detestaba cualquier incomodidad, la pista de aviación privada de Mobutu era lo bastante larga como para permitir el aterrizaje y despegue del Concorde supersónico que a menudo fletaba para sus vuelos a Norteamérica y Asia.

Con todo su lujo, Gbadolite era también un santuario, tan alejado del caos de Kinshasha como podía estarlo Marte. No era extraño que Le Maréchal gustase de emplear este lugar de retiro como cuartel general hasta en períodos de relativa estabilidad. Y tratándose de su aldea natal, Mobutu concedía favores especiales a los lugareños, dándoles trabajos de escasa importancia como cuidadores de los terrenos, o encargándose del mantenimiento del palacio y las zonas para los invitados. Era cosa habitual que Mobutu atravesase el poblado en su Land Cruiser rojo, repartiendo fajos de billetes recién impresos entre un populacho que celebraba ansiosamente cada aparición suya. A diferencia de cualquier otro lugar en aquel vasto país, allí se veía a Mobutu como un benevolente salvador. Mientras tanto, en la capital, los soldados, sin haber cobrado en varios meses, se dedicaban al saqueo y el pillaje.

Poco después de las 11 estábamos de vuelta en el “salón”, donde el cambio de atmósfera se podía palpar. Dos edecanes aparecieron a toda prisa, anunciando con la respiración entrecortada que “Está viniendo”. Un instante después, Mobutu Sese Seko Kuku Ngbendu Wa Za Banga (“el todopoderoso guerrero que, por su resistencia e inflexible deseo de vencer, va de conquista en conquista dejando a su paso una estela de fuego 3”) irrumpió en la habitación. Iba vestido de forma casual pero con elegancia, con una colorida camisa de seda, pantalones negros, zapatos bien lustrosos… y la cabeza descubierta. Mierda, pensé. ¡No trae el maldito sombrero!

Le Chef dio la impresión de mirar a través de mí desde detrás de sus grandes gafas de montura negra cuando me tendió su mano carnosa. Mientras yo adhería el micrófono a su camisa, Bruno le explicó que esta “exclusiva” se vería a través de la CNN en todo el mundo. A Mobutu le importaba un carajo dónde se vería o quién podría verla, rechazando la obsequiosa explicación con un movimiento de la mano que dejaba claro que lo único que a él le interesaba era ir al grano cuanto antes. La entrevista duró 35 minutos y, a pesar de la insistencia de Gary, Mobutu no explicó nada relevante ni novedoso. La noticia era simplemente que estaba ahí, concediendo una entrevista.

Mobutu dijo que los informes de fuertes combates en el sudeste eran una exageración y minimizó los pillajes en Kinshasha calificándolos de “desafortunado contratiempo”. Y aunque admitió que “algunos” soldados no habían cobrado desde hacía tiempo, afirmó que se trataba de un error administrativo que se subsanaría pronto. Reiteró en varias ocasiones que tenía la situación bajo control y que no había motivos para la preocupación porque, al fin y al cabo, “Je suis Mobutu!” Cuando Gary le presionó acerca del aborrecible número de crímenes contra los derechos humanos en el país, soltó las habituales paparruchas sobre todos los problemas de Zaire, para después instruirnos acerca de los desafíos geopolíticos que suponía gobernar un país más grande que toda Europa Occidental. Para finalizar, nos aseguró su compromiso con la democracia, con que hubiera una variedad de partidos políticos en el país, y con su decisión de celebrar elecciones libres tan pronto como fuera posible.

Como era previsible, Le Maréchal estuvo a la altura de su reputación. Era encantador, agudo y expresivo. Se le podría perdonar a cualquiera que no estuviera familiarizado con la política zaireña que se quedara impresionado con su aplomado tour d’horizon. Por supuesto, todo lo que dijo, con la excepción de “Yo soy Mobutu”, era una absoluta patraña. No costaba imaginarle visitando Capitol Hill, como hizo a lo largo de los años, embaucando a incautos legisladores y comités de aprobación. El hombre era tan hábil y astuto como una comadreja.

Finalizada la entrevista nos dirigimos al exterior para filmar unas tomas de Mobutu oteando sus dominios. Bruno, mientras tanto, consultaba con sus colegas los pormenores de nuestro vuelo de regreso. Mientras David guardaba el equipo, Mobutu nos explicó que él era un hombre de corazón sencillo al que le causaba “un gran dolor” que la mayor parte de su país sufriera enormes penurias para sobrevivir. Poco podía saber él en ese momento que, con el fin de la Guerra Fría, sus días estaban contados. Occidente ya no le iba a necesitar más para contrarrestar la influencia soviética en África. Instantes después se retiró a algún lujoso rincón a responder a una llamada en su teléfono personal con conexión por satélite, que uno de sus lacayos tenía siempre cerca de él.

Bruno me preguntó si estaba satisfecho con la entrevista. Le respondí que no había estado mal y le pregunté a mi vez por el sombrero. Me dirigió una sonrisa de complicidad y justo en ese momento apareció de nuevo el Gran Hombre, acompañado por un mayordomo con una bandeja de plata. Encima de ella estaba el Santo Grial.

“Me han dicho que querías un recuerdo especial”, dijo Le Maréchal, sonriendo como un gato que se hubiera comido todos los canarios de una pajarería. “Con mis mejores saludos”. Y con estas palabras me hizo entrega de su gorro de leopardo confeccionado en Deauville, uno de los seis que poseía.

Esa noche, en un bar en Abiyán, bebiendo Stoli y más contentos que unas castañuelas, Gary y yo repasamos nuestra última aventura y estuvimos de acuerdo en la valiosa lección que ésta nos había reafirmado: en el periodismo, la persistencia lo es todo. Más aún: el que nada pide, nada obtiene.

Robert Wiener se ha dedicado al periodismo más de 40 años, cubriendo prácticamente toda guerra y revolución que haya habido en cuatro continentes desde Vietnam. Es autor de Live from Baghdad y coguionista de la película basada en su libro, Fuego sobre Bagdad. Wiener se retiró de su puesto como productor ejecutivo en la CNN en diciembre de 2001. Esta, su primera contribución a VICE, es también la primera entrega de su nueva columna, Mi vida con Grandes Hombres, que aparecerá una vez al mes en VICE.com

NOTAS

1. WAWA: West Africa Wins Again [África Occidental vence otra vez]. Cualquiera que haya cubierto noticias en África os podrá decir que el 90 por ciento del tiempo lo pasas esperando: visados, transportes, permisos, citas, lo que sea. Informar queda relegado al restante 10 por ciento.

2. Yo recomiendo la clásica Italian Bialetti Electric (110-230V).

3. La interpretación oficial del nombre completo de Mobutu siempre ha sido objeto de debate. No obstante, la mayoría coincide en que las conquistas a las que se refiere son puramente sexuales.