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Grosz (Berlín, 1893-1959) fue pintor expresionista vinculado al dadaísmo y a otras vanguardias, autor de una obra que el nazismo (que a él le pilló en los USA) tomaría como paradigma de lo que se llamó "arte degenerado".
5.12.11

UN SÍ MENOR Y UN NO MAYOR
George Grosz
Capitan Swing Grosz (Berlín, 1893–1959) fue pintor expresionista vinculado al dadaísmo y a otras vanguardias, autor de una obra que el nazismo (que a él le pilló en los USA) tomaría como paradigma de lo que se llamó “arte degenerado”. Grosz interesa, antes que como pintor, como dibujante, ámbito en el que desarrolló carrera en prensa y cuyos pormenores técnicos son para mí las partes más golosas de este libro, y es característica su mirada escéptica y crítica hacia todo lo que oliera a masa humana, a turba y a alienación colectiva. En estas “Memorias del pintor de entreguerras”, escritas en 1946, el autor de Ecce Homo se retrata ateniéndose a la imagen exacta que de él tenemos, señalando experiencias de infancia y juventud a las que atribuir su voz artística, como el gusto natural por los dioramas morbosos y el folletín sensacionalista, aquella vez que avistó un carromato de fenómenos circenses con las cabezas envueltas en trapos, su primer recuerdo como voyeur erótico y otras vivencias tremendas. Su discurso existencial, oscilante entre el arrebato nihilista y un humanismo burgués, viene muy bien para dar testimonio de una Europa a punto de la convulsión y propicia páginas de buena materia. Grosz no escribe como dibuja, pero su talento poético y para la representación emerge también a las letras, y aunque el libro es raro porque tiene una estructura un poco inaprensible y prioriza asuntos que parecen dejar otros en el tintero, trae constancia de lo único que, en el fondo, tiene que constar en un libro de su género: el recuerdo vívido y sentido de todos aquellos amigos.

UNA SEMANA EN EL MOTOR DE UN AUTOBÚS
Nando Cruz
Lengua de trapo En 1997, Los planetas, una banda andaluza que había hecho algo de ruido en la escena indie, encaraba la confección de su tercer disco mientras sus miembros iban y venían, se cruzaban, tramaban, consumían, se daban la espalda o se segregaban, se ponían de pie y se volvían a sentar e iban así gestionando, cada uno a su bola, su circunstancia personal. Pese a las dificultades, el disco que—según subtítulo—“casi acaba con Los planetas” resultó ser el de una generación, todo un discazo, un pedazo de pop al que no le puede soplar ni el consejo de redacción de esta revista, que es rudo y beligerante. [nde: Rubén, ¿pero a ti no te gustaban The Mission?] Nando Cruz, curtido en la prensa musical desde hace dos décadas, resuelve el making of de aquella obra en este opúsculo, un laborioso destilado de entrevistas, sonsacares e ingeniería periodística que, al modo amable de las biografías autorizadas, sin leña de árboles caídos ni exceso de especulación, tomando medidas a los personajes y procurando que a nadie le tire la sisa, dispone el culebrón con una legibilidad espléndida, nos da el recorrido, descifra una a una las canciones (descubriendo que no es romance todo lo que en ellas reluce), desliza pertinentes opiniones e interpretaciones musicales. El ejercicio, en principio, parece un poco triste, porque razonar la música es acabar tomándose la sopa fría, pero Nando trabaja muy bien sus trastos y resuelve con maestría de artesano, creciéndonos el disco en el recuerdo y devolviéndonoslo cambiado, igualmente efectivo pero más grande y más redondo, para que nos lo bebamos hasta la última gota. El libro lleva prólogo de Julieta Venegas, epílogo de Julián Rodríguez y es la segunda referencia de la colección Cara B, dedicada a explorar la historia de discos esenciales de la música popular española. Larga vida. RUBÉN LARDÍN

EL CANDIDATO DE LOS POBRES
Jules Vallès
Periférica Escribo esto justo cuando los últimos sondeos confirman a Rajoy como vencedor en las elecciones generales, una victoria que no por predecible deja de ser una puta mierda. Y me pregunto cómo reaccionaría Jules Vallès a esto. Puede que se expresara en términos parecidos a los míos, acaso no tan malsonantes porque él era un gran escritor. Quizá afilara el lápiz para empezar a desollarnos a todos por escrito por desmemoriados y por cobardes, o para clavárnoslo en el cuello… Tal vez sopesara, como en tantas ocasiones, liar el petate y empezar de nuevo “en un país donde el pan se consigue a punta de sable”, y si hay que morir se muere, pero con los pantalones subidos. O a lo mejor no hubiera hecho nada, porque la de Vallès era una personalidad contradictoria como pocas. Era, literalmente, hombre de armas tomar: participó en Nantes en las algaradas de 1848, se alzó contra Napoleón durante el levantamiento de 1851, estuvo en la cárcel, se batió en duelos, nunca dejó de ser prominente figura pública anti-bonapartista, se significó en contra de la guerra franco-prusiana y en 1871 defendió de forma activa la Comuna de París, huyendo por los pelos de ser fusilado. Un hombre con toda la barba, en todos los sentidos. Y un periodista y escritor de enormes recursos. El candidato de los pobres es una de sus novelas autobiográficas, de las que redactó varias abarcando distintos períodos de su vida. Esta se centra en las penurias de sus años mozos, cuando el trabajo escaseaba para la gente de letras (me suena) y la opción de arar el campo o morir en duelo, por hache o por be, nunca llegaba. Y su lectura es apasionante. Es un manual de vida: sobre cómo enfrentarse a ella y nunca jiñarse, de equivocarse y aprender, de mirar directamente a los ojos, de no cejar. Al parecer, 60.000 obreros acompañaron el féretro de Vallès cuando murió. Dudo que esto suceda con el prócer que nos vaya a pastorear, ahora o en el futuro. Si es que lo hay. JESÚS BROTONS