Una noche, en el verano de 1999, salté del Puente de Manhattan. No fue un intento de suicidio –tenía una cuerda para hacer puenting alrededor de mis tobillos. Pero seguía siendo un acto ilegal y no formaba parte de ningún paquete turístico ni era un ejercicio para fomentar el espíritu de equipo.Me acababa de graduar en la NYU y trabajaba de camarero en Atlantic Grill, en el Upper East Side. La noche en cuestión me comí unas 25 piezas de sushi exótico que los clientes habían dejado intactas en sus platos. Es un lugar al que van a comer los ricos y hacen pedidos de 200$ de sushi y se comen sólo la mitad. ¿Qué se supone que debía haber hecho? ¿No comérmelo?
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Sobre las once me repartí las propinas con los otros camareros y cogí el tren 6 para volver a Alphabet City, planeando beberme yo solo un pack de 12 cervezas Lowenbrau.Cuando llegué a casa, mi compañero de piso, Kiyash, estaba ansioso y sonreía.“Adivina qué voy a hacer esta noche”, me dijo.“¿Qué?”“¡Voy a hacer puenting desde el Puente de Manhattan!”En vez de preguntarle por los detalles le dije que iría con él y nos fuimos para encontrarnos con “un chico que tiene una cuerda para hacer puenting” cerca del acceso al Puente de Manhattan que hay en Brooklyn. Kiyash no conocía al tío de la cuerda, pero conocía a un polaco que lo conocía, así que fuimos a buscar a su amigo Dariusz a un bar.Dariusz nos explicó cómo ese día había descubierto que llevar un minúsculo bañador Speedo en la playa llama un montón la atención en Estados Unidos. Nos dio una convincente explicación de por qué los bañadores de slip son mejores y por qué los americanos son idiotas por no usarlos. Le dijimos que era una gran argumentación, pero que las mujeres americanas prefieren mantener el misterio en cuanto al tamaño del pene del hombre se refiere, aunque eso implique llevarte alguna desilusión después de beber vino frío en una casa alquilada en la playa.Después de hablar con Dariusz, fuimos a conocer al chico que tenía que enseñarnos a saltar del puente.Había unas 15 personas reunidas en una esquina de Flatbush Avenue esperando al tío de la cuerda. Para tratarse de algo totalmente ilegal e intrínsicamente peligroso, estaba siendo una operación con una buena publicidad. Tras unos minutos, “Tony” llegó y nos guió por Flatbush Avenue hacia la entrada del puente. Como el metro utiliza el mismo puente, nos ordenó que nos agacharamos si el metro pasaba para que los conductores no nos vieran. Tony me hizo llevar la cuerda en una bolsa grande. Pesaba unos 25 kilos.
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Cuando ya habíamos recorrido un trozo, nos dio a algunos de los “clientes” unos walkie talkies que estaban sintonizados con la frecuencia de la policía (nos había pedido que le dieramos 20$ cada uno). Nos pidió que estuvieramos atentos a cualquier conversación entre polis sobre “un gran grupo de gente colándose en el Puente de Manhattan con un equipo disparatado”. Nos dijo que iba a ser difícil escapar si quisieran arrestarnos, así que a lo que realmente teníamos que estar atentos era a si hacían alguna mención a “Truck 2 o Truck 6”. Nos explicó que esos nombres hacían referencia a “unidades tácticas anti-terroristas que primero nos matarían y después intentarían adivinar quiénes éramos”. Nos dijo que si escuchábamos que iban a enviar a esos grupos al puente deberíamos dejarlo todo, correr y no parar hasta que estuviéramos en Nueva Jersey. No sé si estaba contando la verdad, pero estuve atento durante las siguientes horas por si decían Truck 2 o Truck 6.Caminamos sobre el East River, tirándonos al suelo cada vez que venía un tren, y a 200 metros de la orilla de Brooklyn preparamos nuestra estación. La primera indicación que Tony nos dio fue descender un nivel del puente y, lo juro por Dios, inhabilitar las luces rojas del puente que dicen, “Hola. Soy un puente”.Estoy seguro de que hoy en día las leyes de Nueva York te patearían el culo en un santiamén, pero nuestra aventura tuvo lugar dos años antes de los ataques del 11/9, así que no nos parecía que a alguien pudiese molestarle demasiado que transformásemos una pieza vital de insfrastructura urbana en un parque de atracciones y hacerlo parcialmente invisible al tráfico aéreo.
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Entonces Tony sacó la cuerda y la ató a algo. ¿A qué? Imagino que a una pieza del puente. Tony preguntó quién quería ser el primero y un chico se ofreció voluntario. Antes de dejar que saltara, Tony le puso una grabadora en las narices.“¿CÓMO TE LLAMAS?”“[¡NOMBRE!]”“¿QUÉ ESTÁS A PUNTO DE HACER?”“¡SALTAR DEL PUENTE DE MANHATTAN!”“¿LO VAS A HACER POR VOLUNTAD PROPIA?”“¡SÍ!”“¡SALTA!”El chico saltó, gritando. Fue un grito muy fuerte durante una fracción de segundo, después fue más calmado, como si alguien hubiera bajado el volumen rápidamente. Miré por el borde y había desaparecido en la oscuridad. Inhabilitar las luces el puente nos había sumido en la más profunda oscuridad. Sinceramente, deseaba que la cuerda se hubiera roto y que el tío se hubiera caído al río. Estaba seguro de que había ayudado a morir a alguien. A alguien estúpido, como yo.Pero entonces Tony gritó, “¿Estás bien ahí abajo?” y el sujeto de prueba maulló un débil “Sí.”Justo después un coche de policía se detuvo en la orilla del río en Brooklyn. No había actividad en el radar, pero Tony susurró al saltador nº1, “Relájate unos segundos; no te muevas”. Kiyash y yo nos miramos, incrédulos. “¿No te muevas?” ¿Y qué pasa si se le ha subido toda la sangre a la cacbeza y explota? ¿Cuánto tiempo puede estar una persona colgada boca abajo sin morirse o sin quedarse gilipollas de por vida? ¿Qué pasa si los Truck 6 disparan un misil a su indefenso culo? Después de unos minutos aterradores, el policía se fue, sin vernos. Le lanzamos otra cuerda con un mosquetón, se la ató en la cintura, y lo subimos manualmente al puente.
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Llegó mi turno. Aunque había hecho una lista de al menos once razones por las que no debería saltar, la mayoría de ellas potencialmente fatales o catastróficas, accedí a que un extraño atara una cuerda al rededor de mis tobillos y saltar del puente a las tres de la mañana como habíamos planeado.Tony me pegó la grabadora a la cara.“¿CÓMO TE LLAMAS?”“ROB DELANEY”(Debo señalar que Kiyash se ha estado riendo de mi varios años por el miedo audible en mi voz cuando respondí a las preguntas de Tony)“¡SALTAR DEL PUENTE DE MANHATTAN!”“¿LO VAS A HACER POR VOLUNTAD PROPIA?”“¡SÍ!”“¡SALTA!”Salté. Observé Manhattan, dormido, en un abrir y cerrar de ojos, mientras caía en picado hacia la noche. Fue maravilloso y visceral, como si estuvieran borrando y reiniciando mi cuerpo y mi mente estuvieran para disfrutar de la majestuidad de la experiencia. Sentí como si fuera un nacimiento invertido mientras volaba hacia y entre la oscuridad, dirigiéndome hacia el río. Entonces la cuerda se tensó y me lanzó hacia el cielo casi tan rápido como había descendido. Llegué al puente, volví a caer y empecé una serie de saltos. Era como ser una gran esfera brillante mientras veía como se agitaban las luces de la ciudad. Me sentí plenamente apoyado y animado y querido por el sucio río, el feo puente, la preciosa ciudad, y la dudosa cuerda. Entonces Tony me lanzó la otra cuerda y después de que se balanceara delante mío unas cuantas veces pude cogerla, la até a mi cintura y mis compañeros me subieron de nuevo al puente.Entonces Kiyash y el resto saltaron, uno a uno. Finalmente recogimos cuando estaba saliendo el sol y nos fuimos a casa a dormir, llegando ya cuando era de día. No lo volvería a hacer pero me alegra poder decir que salté del Puente de Manhattan y que tu, estadísticamente, no puedes.ROB DELANEYhttp://twitter.com/#!/robdelaney
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