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humanidad contra la injusticia

FC Lampedusa, el club de mujeres que ayuda a integrar a refugiados

El FC Lampedusa de Hamburgo es una iniciativa de cinco entrenadoras que quieren dar a conocer el trato injusto de Europa hacia los refugiados a través del fútbol.

por Guille Álvarez
29 Noviembre 2016, 7:20am

Imagen cedida por FC Lampedusa Hamburg

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Fue por accidente, o así lo cuentan ellas. El FC Lampedusa de Hamburgo nació a partir del drama humano de los refugiados y gracias a la voluntad de cinco vecinas de la ciudad alemana. Hartas de cruzarse con centenares de personas abandonadas a su suerte en un campo de refugiados improvisado en la estación de trenes de su ciudad, decidieron fundar el club en invierno de 2012. Pensaron que el fútbol era la herramienta perfecta, un lenguaje universal que podría ayudar a comunicar mejor esa tragedia.

Alemania no es precisamente un lugar cálido, y las miles de personas que llegan a Europa con ganas de encontrar un futuro mejor siguen encontrando, a día de hoy, un frío atmosférico y, el que es todavía peor, el frío social. Así, con mucha improvisación y sin pensarlo demasiado, estas mujeres se pusieron manos a la obra y organizaron las primeras pachangas con un grupito de chavales que estaban instalados en la iglesia de Sankt Pauli, un barrio con una larga trayectoria de activismo social y, por supuesto, de fútbol reivindicativo. Empezaron jugando a fútbol sala en el pabellón municipal, pero el Ayuntamiento les dejó de apoyar y se pasaron al fútbol once en las instalaciones del FC Sankt Pauli.

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"No nos gusta hablar en términos de ayuda o integración, no creemos que sean las palabras adecuadas. Los refugiados son como nosotras, y no necesitan integrarse, lo que realmente necesitan es un trato humano y oportunidades reales de encontrar una vida mejor", explica Hagar Groetke, una de las entrenadoras de un equipo que en realidad es mucho más que eso.

De izquierda a derecha: Bárbara, Nico y Hagar, gestoras y entrenadoras del FC Lampedusa Sankt Pauli de Hamburgo. Foto de Guille Álvarez

El club es un 90% fútbol y un 10% reivindicación política, explican las tres entrenadoras que quedan al frente de un proyecto que se inició a finales de 2012 y que, a pesar de los papeleos, las deportaciones y la falta de instalaciones, ha sobrevivido todo este tiempo. "Hemos creado un espacio que es una burbuja apolítica donde todo el mundo es bienvenido. En nuestro caso hemos elegido el fútbol para transmitir nuestra visión, pero lo principal es enseñar que se pueden romper las etiquetas que nos diferencian", comenta Nico, otra de las gestoras del proyecto.

Cuando hablan de etiquetas y visiones, ellas van más allá del ejemplo de los refugiados. Igual que combaten la xenofobia, también son el rostro que lucha por los derechos de las mujeres —y de los homosexuales, discapacitados y otros grupos minoritarios— en una disciplina nada acostumbrada a ver entrenadoras de chicos. Que ellas fueran las primeras en promocionar una iniciativa así dice mucho de lo que la figura de la mujer podría hacer por el fútbol y el mundo del deporte en general.

Contra el racismo, el sexismo y la homofobia, el Lampedusa es mucho más que un equipo de refugiados. Foto cedida por FC Lampedusa Hamburg

"Igual que no debería haber diferencias entre colores, tampoco debería haber diferencias entre géneros y orientaciones sexuales. Somos el equipo de la emancipación", reivindica Hagar, que define Lampedusa como una de las palabras más bellas que jamás ha conocido. Que el equipo haya surgido en Hamburgo y en Sankt Pauli tampoco es una coincidencia, ya que el FC Sankt Pauli es quizás el club de fútbol profesional más singular —y reivindicativo— del planeta.

La fusión de ambos era algo inevitable, ya que las tres mujeres llevan décadas vinculadas con los corsarios. Además de jugar al fútbol en su juventud, Nico, Hagar y compañía se encargaron de crear la división femenina del Sankt Pauli y de entrenar a sus primeros equipos. Ahora, gracias a esta relación, los refugiados pueden quedar un día a la semana para entrenar, divertirse y hacer piña, el objetivo final de la iniciativa.

Mooto, un somalí de 18 años, fue el capitán del FC Lampedusa en su partido en la ciudad deportiva del Barcelona. Imagen vía FCB / FAD

"Somos un buen equipo, me gusta porque son mi familia a pesar de que todos venimos de culturas muy diferentes", explica Mooto, un somalí de 18 años que está por las nubes con la visita que él y sus compañeros han hecho en Barcelona. El Lampedusa ha recibido el reconocimiento de los premios FAD City to City de la ciudad, que apoyan a proyectos de integración urbana de todo el mundo. Además de explicar su historia, los jóvenes futbolistas pudieron jugar un partido en la ciudad deportiva contra los juveniles de la confederación de peñas azulgrana.

"Mi vida es mucho mejor ahora, el fútbol me ha ayudado a conectar con gente de todo el mundo y mis compañeros son como mi familia", afirma Driton, un kosovar de 17 años. "El Lampedusa será el club de mi vida, aunque hay días muy tristes porque muchos amigos son deportados", comenta. Él podría ser el siguiente, y es que las regulaciones en Alemania y el resto de Europa ponen cada vez más complicaciones a los asilados.

Sean adultos o jóvenes, todos son víctimas de la incomprensión y una etiqueta de refugiados que les sitúa en una incómoda situación de provisionalidad permanente. "Hace poco le dijeron a uno de los chicos que tenía que volver a Iraq, y él ya no tiene a nadie allí, ya no le queda nada", se queja Nico. La injusticia del sistema —que en Alemania, por ejemplo, define Afganistán como un país seguro para devolver a los niños— se ceba en demasiadas ocasiones con estos jóvenes que a pesar de todo lo que han vivido no borran la sonrisa de su rostro.

"Refugiados bienvenidos" y "estamos aquí para quedarnos, estamos aquí para jugar", dos de los esloganes del Lampedusa. Foto de Guille Álvarez

"En un día normal somos unos cuarenta, pero en realidad somos un equipo de centenares. Los que ya no están con nosotros siguen formando parte de la familia, y gracias a las redes sociales podemos mantener contacto con ellos y saber qué tal les va de vuelta a sus países", explica Hagar, que no es una fan de las redes sociales pero les otorga un valor primordial en la difusión de su causa. En el equipo hay gente de todas las edades y nacionalidades, aunque curiosamente no hay chicas sobre el terreno de juego —las entrenadoras, a pesar de ello, remarcan que cualquiera que se acerque al campo puede unirse al equipo—.

Entre las incoherencias del sistema, está el hecho de que los chavales han podido a viajar sin problemas a Barcelona y, sin embargo, en Hamburgo no pueden ni pillar el metro para jugar un partido a las afueras de la ciudad. "A veces tenemos que dejar a jugadores en casa, pero en otras ocasiones decidimos olvidar las reglas y arriesgarnos a que nos pillen. Son chavales y no quieren hacer nada más que pasarlo bien", explican las entrenadoras, que son muy conscientes de que deben cumplir las normas para no arriesgar la estancia de sus pupilos en Alemania. La mayoría no tienen papeles, pero "no por ello dejan de tener derecho de vivir en nuestra ciudad o jugar a fútbol", comentan.

Los miembros del equipo, a pesar de formar parte de la generación Z y no parar de hacerse selfis en las calles de Barcelona, no se pudieron resistir a una buena partida de futbolín. Foto de Guille Álvarez

"Jugar en la ciudad de Messi y Neymar es un premio para los chicos. Es como haber llegado a la Champions", se enorgullecen estas tres currantes que sacan tiempo de su vida privada para ir más allá del lamento y tomar acciones concretas. "Esperamos que a la gente que le gusta el fútbol pueda darse cuenta de este problema y, a través de nuestro ejemplo, pueda reflexionar sobre si lo que está pasando en Europa con los refugiados es lo correcto", zanja Hagar, que ejerce de maestra de ceremonia en la sede de la peña del Sankt Pauli en Catalunya.

Después de explicar sus objetivos pedagógicos y trazar las líneas básicas del proyecto, los asistentes al acto y los jugadores comparten una buena paella antes de pillar el bus que les llevará a cumplir un sueño, jugar en can Barça. Cuando hablas con los chavales y ves cómo disfrutan jugando al futbolín, entiendes el mensaje de las entrenadoras: solo son niños, como lo fuimos tú y yo.

Sigue al autor en Twitter: @GuilleAlvarez41