Pueblo chiquito

Así es ser marihuanero de pueblo en Colombia

Fabián es un tipo normal de Paipa, Boyacá, que ha creado cuatro nuevas razas de marihuana
5.4.17

Bienaventurados los que carburamos protegidos por el relativo anonimato de la ciudad. ¿Pero qué hay de los otros, de los que no pueden disfrutar—ni tienen que padecer el karma de— sentirse tan solos?

¿Qué pasa, por ejemplo, con Fabián, un mechudo al que conocí hace unos meses en la Copa de la Marihuana de Cali, quien fuma y cultiva bareta como el que más, pero que lo hace en Paipa, un municipio en el que todas las calles están a menos de 15 cuadras de la Estación de Policía?

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Hace un par de semanas, Fabián me recibió en el campus de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, en Tunja, donde estudia, para contarme cómo es vivir y fumar marihuana en un pueblo colombiano.

"Aquí la cosa es breve con la marihuana porque, como dicen por ahí, al que estudia en universidad pública no le toca buscarla, le llega", me decía Fabián, mientras nos acomodábamos en un bohío que parecía haber caído del cielo para resguardar de la lluvia a los marihuaneros y los guitarristas de la UPTC. "Pero en Paipa la cosa es bien distinta", remató.

A pesar de haber conocido la marihuana cuando estaba en el colegio en Paipa, Fabián no la probó hasta un par de años después, cuando vino a Bogotá para estudiar en la Universidad Nacional, porque así es la vida. Luego de un par de semestres estudiando (y pegándolo) en Bogotá, Fabián recibió la noticia de una calamidad familiar que lo obligó a volver a su tierra. Un marihuanero de 22 años, moño en el bolsillo y pipa en el zapato, que volvía de una universidad con más de 40 mil estudiantes matriculados a la casa de su mamá. En Paipa, Boyacá, hogar de 27 mil personas y del Festival de la Ruana y la Almojábana.

"Mi mamá se dio cuenta rapidito, pero eso fue lo de menos. Yo fui abierto con ellos y ellos también conmigo; hasta me contaron la historia de un tío —en realidad un hermano de mi abuelo— que era  su primera referencia del hippie, y que cuando viajaba les encargaba que le cuidaran sus 'maticas de eneldo'. Y se las cuidaban", me contaba Fabián, quien bajo el seudoimo Faricur Grower ha participado en las copas de la marihuana de Cali y Medellín.

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De la maleta sacó un porro —"esto es Montaña con Leonsita Haze"— me explicó. En cuatro años como cultivador y criador obsesionado de marihuana, Fabián ha creado cuatro variedades de marihuana para el deleite propio y el de los suyos y ahora trabaja en una variedad especial para escaladores.

Y mientras el aguacero y una espesa capa de humo iban envolviendo las paredes del bohío de paja y barro, Fabián me fue contando como es que hizo todo eso desde un pequeño pueblo colombiano.

"En Paipa, como todo el mundo sabe, la policía no anda por ahí esculcando al que prende un porro ni llevándoselo a ninguna parte. Pero eso no significa que uno pueda fumar tranquilo. La verdadera terapia allá es la gente. Al final mi mamá se cansó de los chismes —que yo me estaba trabando con tal, que a mi hermano lo vieron fumando allá, que llegamos con los ojos rojos a la tienda de fulano— y nos propuso a mí y a mi hermano el siguiente trato: ella nos dejaba fumar en la casa sin problema, con tal de que no nos dejáramos ver por ahí quemando en el pueblo".

Es, pensándolo bien, exactamente lo contrario al trato que mi familia me ofreció la primera vez que asomó el pisquero en la sala del apartamento: "usted verá que hace por ahí, pero al menos en esta casa no va fumar esa vaina".

La de Fabián y su hermano gemelo fue sin duda una derrota moral:el viejerío chismoso les arrebató  el derecho a la calle y a la marihuana. Y a ambos al tiempo. Pero esta es una de esas historias del ingenio humano contra la adversidad, de la estricta moral boyacense contra la terca voluntad de un un grupo de bareteros boyacos.

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—¿Cómo así que cultivo de guerrilla?— le pregunté a Fabián

— Como la guerrilla:  en el monte— contestó el  cultivador mechudo y barbado.

"Cómo tampoco íbamos a montarle cultivo ahí en la casa a mi mamá —continuó— nos pusimos a investigar y dimos con el libro Marihuana en exterior: cultivo de guerrilla de Jorge Cervantes y la adaptamos acá".

Lean pa´que aprendan.

Básicamente, el cultivo de guerrilla consiste en construir varias materas con botellas plásticas cortadas a la mitad, llenarlas de tierra—o sustrato, como la llaman Fabián y los demás estudiosos de la jardinería—sembrar una semilla o esqueje de marihuana, llenar el fondo de la botella con pepitas de hidrogel, llevarlas hasta 'el monte' y colgarlas en la parte alta de algún árbol para esperar a que—tras meses de ir y venir hasta 'el monte' para hacerle mantenimiento al asunto— la magia suceda.

Cosa que tampoco es fácil.

"La técnica tiene varias limitaciones", me explicaba Fabián, mientras encendía un segundo porro (Montaña Sur con Crónica criolla.) "Primero, que la matera no es muy grande y cuando la planta comience a crecer, sumercé va a tener que transpantarla y segundo, que el cultivo queda expuesto a que un animal lo dañe o a que una persona lo encuentre y se lo robe, que creo que fue lo que me pasó un par de veces".

La primera vez que Fabián se internó en el monte con sus materas improvisadas fue hace ya cuatro años, y desde entonces mucho ha pasado con los marihuaneros y con el imaginario que tienen los colombianos frente a la mata de marihuana —que ha hecho un viaje del morral de los auxiliares de obra a la cartera de Amparo Grisales—.

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Hoy en día, Fabián y su hermano ya no son—o al menos no son solamente— los marihuaneros del pueblo. Hace parte del Colectivo Tomás Herrera Cantillo (por sus iniciales, THC), un grupo de estudiantes de veterinaria , agronomía, artes plásticas y biología de la UPTC, que se dedica a promover el autocultivo, el uso recreativo responsable y los usos medicinales de la marihuana entre los boyacenses.

Su producto estrella: glicerina de flores de marihuana que ayuda a "mejorar la calidad de vida" de pacientes que sufren de cáncer y epilepsia.  Además, sirve para dolores musculares (el hermano de Fabián sufre de  escoliosis).

Su clientela: señoras muy parecidas a las que le llevaban a la mamá de Fabián quejas de su hijo, el marihuanero.

 A la fecha, me dice Fabián, al menos 12 mujeres mayores de 50 años —entre ellas algunas profesoras y funcionarias de la universidad— se han interesado en los productos y servicios del colectivo fundado en 2014.

Según Fabián, su glicerina ha tenido buena acogida entre un público no marihuanero, ya que es elaborada partir  de variedades de marihuana que que al contener muy poco THC y mucho CBD no son psicoactivas. También ayuda el hecho de que, durante el último par de años , la marihuana en Colombia haya pasado del tabú a los pasillos del Ministerio de Salud (donde la llaman cannabis).

"Claro que si uno se le acerca a esas mismas señoras con un bareto de este calibre ellas se van de pa´ atrás, pero ya cuando usted les llega con un producto embotellado, etiquetado y un discurso bien montado, la cosa es distinta", me decía Fabián, quien sospecha que su pelo largo, su barba y su aire a Jesús de película de Semana Santa hacen parte de la buena sintonía que ha pegado con las comadres boyancenses.

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A pesar de que los ecos del boom marihuanero se hacen sentir incluso en los pueblos de las montañas de Boyacá, prender un porro sigue siendo un acto subversivo, incluso la capital del departamento.

Según Fabián, existen dos realidades opuestas a las que se enfrentan los marihuaneros tunjuanos: una es la de la UPTC dónde se fuma a gusto —así no le guste al personal de vigilancia y la institucionalidad de la universidad— y se protesta por el derecho a hacerlo con porro en mano, y otra es la que se vive de la puerta para afuera, donde el menor pisquero es considerado una provocación a los vecinos que suele desembocar en llamado a los señores policías del cuadrante.

A pesar de que ni Fabián ni ninguno de los otros miembros del colectivo haya sido retenido por la policía por andar fumando marihuana—cosa que sí pasa a diario en Bogotá—la amenaza ha suficiente para mantener a los marihuaneros de Tunja en una timidez relativa.

Fuera de la universidad no existen lugares publicos donde el consumo sea tolerado o al menos usual y tolerable —cosa que sí sucede en Cali, Medellín y Bogotá—. Hace unas semanas los organizadores de un festival de música alternativa en Tunja le ofrecieron a los miembros del colectivo THC participar con un stand pero retiraron su oferta días después "para evitarse problemas".

Y, a pesar de que Fabian y los demás miembros del colectivo prestan más o menos los mismos servicios que presta el grow shop que abre de lunes a sábado en un local a menos de 100 metros de esta oficina, hasta el momento no se han animado a conseguir un local porque "es mejor evitar llamar mucho la atención".

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—Y si se juntaran todos los marihuaneros de Tunja a pegarlo en la plaza principal, ¿por ahí cuantos serían? —le pregunté

—En la base de datos del colectivo tengo 45, pero seguro hay más.

—¿Y por qué no lo hacen y ya?

—Esa es una discusión que hemos tenido— decía Fabián en medio  de una espesa nube de bareta boyaca potente—. Conocemos la Marcha de la marihuana en Medellín y la Fumatón en Bogotá, pero no estamos de acuerdo con la segunda porque consideramos que, aparte del pisquero, no le deja nada a la gente.

Lo que sí estamos planeando —continuó— es un performance: vamos a salir un día veinte personas disfrazadas de planta y nos vamos a parar en varios lugares del centro de Tunja para exigir nuestro derecho a cultivar hasta veinte matas de marihuana. ¿Pero pararse así a fumarle en la cara a la gente de Tunja? Digamos que no se le mide cualquiera .