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la intención no lo es todo

Cómo arreglar el flagrante problema de las faltas en la NBA

Esta temporada, los play-offs de la NBA han sido escenario de multitud de faltas flagrantes. La liga las ha sancionado con dureza, pero... ¿no sería el momento de buscar una mejor fórmula para entenderlas?
26.5.15
Photo by Geoff Burke-USA TODAY Sports

Una gran parte del atractivo del baloncesto —y de los deportes en general— es la manera en la que sus reglas dan forma y orden al caos. Está claro que la naturaleza salvaje e imprevisible del juego es uno de los motivos por los que nos atrae tanto, pero por desgracia en muchos casos sólo podemos entenderlo en blanco y negro debido a sus normas.

En la pista, en el juego en sí, los resultados de una acción suelen tener solo dos lecturas para el público: ¿la pelota ha pasado o no por el aro? ¿Ha habido contacto del defensor con el tirador antes o después de la canasta? Sabemos lo que estamos viendo porque conocemos sus límites, podemos dilucidar exactamente lo que ha ocurrido, pero muchas veces no vamos mas allá.

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Excepto cuando se comete una falta muy dura, la interpretación de las violaciones suele ser compleja. Es necesario que abramos nuestra visión para comprenderla en su totalidad. Aunque las reglas oficiales de la NBA sobre las faltas antideportivas solamente evalúan su gravedad, para interpretarlas sería necesario tener en cuenta muchos más factores: la dureza del contacto, la posición, el movimiento y otros muchos factores que influyen de manera determinante en la interpretación del púbico. No es raro, por ejemplo, que una mueca de dolor termine convertida en un grito ancestral por obra y gracia de la cámara lenta: cuando Metta World Peace golpeó a James Harden con el codo en 2012, la discusión sobre el tema se centró en gran medida de si se trataba de un ataque intencionado o un simple accidente en medio de la celebración de un mate.

Más recientemente, cuando Kelly Olynyk dislocó el hombro de Kevin Love y lo dejó fuera del resto de los play-offs se generó un debate sobre si el jugador de los Celtics realmente intentaba hacer daño al alero de los Cavs o simplemente estaba "jugando a baloncesto". "No tengo ninguna duda en mi mente de que lo hizo a propósito", aseguró un indignado Love. Olynyk, por su parte, se defendió: "Yo no creo que pueda dislocar el brazo de alguien aunque quisiera. De hecho nunca haría daño intencionadamente a alguien".

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Hay que decir que a veces las cosas parecen muy claras. Por ejemplo, cuando Giannis Antetokounmpo chocó con Mike Dunleavy Jr. en sexto partido de la serie entre los Bulls y los Bucks, no hubo dudas de que existía una clara intención del griego de mandar al jugador de Oregon a la grada. También cabe suponer que la falta que le hizo J. R. Smith a Jae Crowder en la serie entre los Cleveland Cavaliers y los Boston Celtics —un gesto digno de Guile de Street Fighter que terminó en una sanción de dos partidos para el jugador de Nueva Jersy— era totalmente intencionada.

Muchas veces, sin embargo, las faltas más flagrantes caen en un limbo en el que se intenta juzgar la intención sin demasiadas herramientas. ¿Y si la NBA dispusiera de otro método para valorar estas faltas?

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En el sistema legal estadounidense existe un espacio entre lo premeditado y lo involuntario, un limbo en el que se reconoce que la intención no es un concepto absoluto. Este espacio está reservado para los actos de indiferencia que ponen a terceras personas en peligro. La idea es que los jueces puedan condenar también a aquellas personas cuyos actos podían terminar en graves daños (o incluso la muerte) a pesar de que su intención original seguramente no fuese lastimar a nadie.

"¡Ai, ai se eu te pego, Kevin!" — Foto de Bob DeChiara, USA Today.

A pesar de que en la NBA los jugadores jamás querrían provocar la muerte, esta definición de las acciones "involuntarias" podría ser perfectamente aplicable al baloncesto. ¿Quería Olynk hacer tanto daño a Love? Lo dudo, pero está claro que le golpeó a propósito. La intensidad de un partido, especialmente en los play-offs, exige que los jugadores adopten un cierto enfoque inconsciente, un instinto animal que les ayuda a sobrevivir y a tomar decisiones en un instante. Pedid a Chris Paul cuándo y cómo se le ocurrió meter la canasta ganadora frente a los Spurs: dudo que os diga que lo tenía todo planeado. Simplemente estaba ahí en ese momento y aprovechó la oportunidad.

Esta falta de premeditación suele estar presente en la mayoría de las faltas más duras que vemos. Dudo que Smith tuviera literalmente la intención de noquear a Crowder: me da la sensación de que simplemente subió el brazo con fuerza sabiendo que el jugador de los Celtics estaba ahí. No quería golpearlo directamente, pero tampoco intentó evitar el golpe en absoluto. Vistos así, es probable que muchos accidentes involuntarios lleven un pelín más de intención de la que pudiera parecer.

Hay que decir, en honor a la NBA, que la liga parece tener todo esto en cuenta a la hora de decidir los castigos. Olynyk será suspendido por un partido en la próxima temporada; Smith ya ha cumplido sus dos encuentros de sanción. El caso del público, en cambio, es distinto: más allá de la obvia parcialidad de los fans, da la sensación de que los aficionados juzgan al jugador con dureza: o bien quiso hacer daño o bien no quiso. No matices, no hay término medio.

Quizás todo esto se debe a la ignorante y primitiva manera de ver y entender el deporte como una fórmula binaria de posibilidad: o blanco o negro, o dentro o fuera. Hay un deseo humano, tan antiguo como inevitable, de ver siempre las cosas de una forma maniquea. A pesar de lo que nos pueda reconfortar la simplicidad de esta fórmula, hay que tener en cuenta que los deportistas viven constantemente al filo de sus nervios, en un lugar espinoso donde la concepción tradicional de la "intención" no existe —o si existe tiene una forma distinta de la habitual. Empezar poco a poco a entender también el gris como color, sin quedarse en la simple distinción entre el blanco y el negro, nos permitiría acercarnos más a lo que en realidad es el atractivo caos que domina los deportes en general.