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Antes de MSN Messenger y Fotolog ya teníamos otra red social: la agenda de la ESO

Frases de Blink182, fotos impresas, dEdicaTorias esCriTas aSí.
12 Septiembre 2019, 4:00am

En el año 2012 el entonces doctorando en Arqueología de la Universidad de Cambridge Mark Sapwell afirmó que en la Edad de Bronce ya había Facebook. Tras aplicar un modelo informático a 3500 imágenes de arte rupestres de las cuevas de Nämforsen, en Suecia, y de las de Zalavruga, en Rusia, concluyó en que esas rocas, pintadas allá por el 4.000 antes de Cristo, eran muy parecidas al muro de la red social de Mark Zuckerberg.

"Las pinturas que vemos hoy son el resultado de la culminación de distintos artistas que se respondían los unos a los otros a través del tiempo. Al igual que cuando alguien actualiza su estado en Facebook invita a formular comentarios, el arte rupestre parece muy social y también invita al debate", dijo entonces Sapwell, que añadió que en algunos casos parecía incluso que los dibujos, muchos de ellos réplicas exactas los unos de los otros, eran una especie de sello de aprobación, una suerte de protomegusta.


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La idea es eternamente nueva, como casi todas. Pero como la historia es en gran parte la historia del adanismo es inevitable pensar a veces que somos "los primeros en", los que "hemos aprendido a". Y los que nacimos del 90 en adelante fuimos, o eso pensamos, la primera generación que aprendió a socializar en paralelo en dos soportes: en nuestro caso, el analógico y el digital.

Primero fue el MSN, donde picábamos código para poner emojis o colores en nuestro estado; después vino Fotolog, donde dábamos rienda suelta a nuestra creatividad con collages e imágenes superpuestas previamente manufacturadas en el Picasa; después vino el Tuenti, la red social en la que aún no parecíamos y todavía éramos, inconscientes de que después vendría lo de la marca personal, la huella digital, la conversión de las redes sociales en aspiracionales en lugar de en testimoniales y todas esas vainas.

Pero antes de todo eso, mucho antes, existió un formato mucho más parecido al de las pinturas rupestres de las cuevas, una red social que precedió a Internet y sirvió como soporte físico de interacción y búsqueda de identidad para miles de adolescentes: la jodida agenda de la ESO. Desconozco si los chavales siguen teniendo agendas para escribirse mensajes y dibujarse cosas los unos a los otros en lugar de para apuntar los deberes, muy probablemente sí.

Pero es que para los que tuvimos 13 años antes de que se generalizara el ADSL, para los que heredamos un Nokia 3330 en cuarto de la ESO y le dábamos toques con él a nuestro crush cuando aún no teníamos más de 25 y llamábamos a alguien crush y sonaba ridículo, sino 16 y lo denominábamos "por el que estoy", para los que vivimos cuando para conectarse a Internet había que desenchufar el teléfono y aquello nos parecía el jodido Blade Runne__r esa fue nuestra primera y única red social durante mucho tiempo.

Recordemos. Al principio de curso, los que fuimos preadolescentes y adolescentes en los 2000 nos pillábamos una agenda en la papelería en la que nos comprábamos la ristra de material que necesitábamos para plástica. Las de Ágatha Ruiz de la Prada y Jordi Labanda daban caché. Y, durante los siguientes tres trimestres, nos dedicábamos a pasársela a compañeros y amigos, de nuestras clases o de otras, de nuestro curso o de otros, en los 5 minutos entre clase y clase.

En lugar de atender al profesor, esos compañeros nos las "dedicaban", nos escribían movidas que iban desde arengas de exaltación de la amistad ("Hola, neneta, ¿qué te voy a contar? Que eres lo mejor y que me alegro mucho de haberte conocido más a fondo este curso aunque ya no nos llevemos tanto") hasta letras de canciones de Green Day o Pereza, de Blink 182 o Pantera, de Violadores del verso o de El canto del loco, eso ya a gusto del consumidor.

Había quien se lo curraba y hacía dibujos ("te he hecho una pieza", te decía cuando te devolvía la agenda, entre Historia y Lengua, en el pasillo) y había quien taggeaba. Había quien te marcaba su cumpleaños en el santoral y quien rellenaba la parte reservada para las comunicaciones con los padres con los términos y condiciones del botellón programado para el siguiente fin de semana. Había, incluso, quien imprimía alguna foto hecha con una de esas cámaras digitales de dos megapíxeles y te las pegaba. Y por supuesto había quien añadía comentarios a las publicaciones de otros, subrayaba, hacía círculos o contradecía lo que había puesto el anterior.

Porque eso era lo que convertía la agenda de la ESO en una red social: que había interacción. Que cuando alguien te la dejaba para "dedicársela" —imagino que en otros institutos se llamaba de otra manera pero así era como se le decía en el mío, un saraut para toda la peña del IES Alpajés de Aranjuez— leías antes lo de los demás, muy probablemente comentando con el del pupitre de al lado quién y qué había escrito.

La agenda de la ESO era, como ahora son las redes sociales, un medidor de lo que molaba uno. Las dedicatorias eran los likes, las gente que había intervenido en ella la lista de seguidores. Y esa búsqueda de la identidad de uno mismo a través de la otredad era otra de las cosas que la convertían en una red social.

En mi agenda de tercero, que corresponde al año 2005/2006, tengo un trozo del chapado de la Yamaha Aerox de un colega que iba a mi clase. Tuvo un accidente y me regaló un pedazo del 46 -por Valentino Rossi- que decoraba su moto y se desprendió. Otro de los amigos que me dejó un dibujo en aquella agenda también tuvo otro accidente, esta vez de coche. Corrió menos suerte. Murió.

Cada vez que veo su dedicatoria -"Arriba Family, muerte a los pijos"- paso la página muy rápido y recuerdo cuánto discutimos y cuánto nos quisimos durante los años que pasamos juntos, desde los 6 hasta los 18, porque también vino conmigo al colegio. Justo después de la página que él decoró hay otra en la que se lee una letra de La Polla Records que me escribió, "María la punki", a la que me hace mucha ilusión ver cada vez que voy al bar que ha montado con sus padres. Luego hay otra con una pegatina del Che Guevara a la que le pinté orejas de Mickey y sobre la que escribí "ríete de los mitos" y muchos textos iNtercaLando miNúscuLas con mayúScuLas.

Tengo frases de Nach manuscritas por personas con la que evito cruzarme cuando vuelvo al pueblo porque me da tanto tedio ponerles al día como pensar en que un día Nach nos pareció un "poeta urbano". Tengo dedicatorias de gente de la que puedo decir que llevo más de diez años sin ver. Pero también tengo un billete de metro que pegó en ella el que ahora es mi compañero de piso, "Jejejes" y "TKMS" escritos de manera preirónica, dibujos de la gente con la que estuve el fin de semana pasado y el anterior y con la que seguramente estaré el que viene.

E inevitablemente tengo también, cuando la veo, en la estantería de madera oscura de casa de mi padre, una falsa sensación de que antes las cosas eran distintas, de que antes los adolescentes éramos distintos. Pero la abro y se me pasa en cuanto comparo lo que hay en su interior con los tuits de mis primas pequeñas. Uno es definitivamente mayor no cuando le dicen señor por primera vez ni cuando se emociona con las ofertas del Mercadona sino cuando las movidas de su adolescencia empiezan a ser susceptibles de nostalgia. Pero esa es otra historia, también eternamente nueva.

Sigue a la autora en @anairissimon.

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