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Ilustración por Emily López
Actualidad

“La pregunta más frecuente que nos han hecho hasta el día de hoy es “¿y conociste a Pablo Escobar?”

Se nos implantó “la vacuna” [extorsión] por parte de grupos paramilitares y cuando no pudimos pagar, la amenaza llegó. Por esto nos fuimos de Colombia.
29.8.19

Tres de los diez países de los que proceden más solicitantes de asilo en todo el mundo son latinoamericanos. En colaboración con la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), publicamos una serie de testimonios de jóvenes que han tenido que dejar su país por inseguridad, amenazas y discriminación, buscando refugio en otros territorios para poder sobrevivir.


Recuerdo el año 2010 como uno de los más difíciles. Recuerdo cuando mis padres llegaron a la habitación a decirnos que debíamos irnos. Mi casa ya no nos resguardaba, era el lugar que nos exponía. Por ello, había que cambiarla lo más rápido posible. En los 90, nací en una pequeña ciudad del Atlántico colombiano, Sincelejo-Sucre. Un día decidimos mudarnos a una ciudad más grande, Montería-Córdoba. Sucre y Córdoba han sido departamentos muy afectados por el conflicto armado. El abandono del Estado permitió que grupos armados se formaran y que enfrentamientos entre paramilitares y guerrilleros se dieran sin control. En ese mismo contexto crecieron mis padres, sin embargo, ello no era razón suficiente para no querer superarse. Mis padres trabajaban como comerciantes independientes, el mercado se desenvolvió bien en las pequeñas poblaciones de los dos departamentos. Como todo comerciante de la zona (o cualquier persona que sacase provecho económico de allí), se nos implantó la vacuna (extorsión) por parte de grupos paramilitares. Llegó un punto que no pudimos pagar y la amenaza llegó. Por esto nos fuimos. Por esto dejamos a nuestra familia.

El viaje a Ecuador fue de dos días y medio en bus sin descansar. Fue terrible, mi hermana y yo nos mareamos mucho. El sur de Quito nos recibió con un frío tremendo. Las ONGS fueron muy importantes en nuestro comienzo, sin ellas no hubiéramos tenido ni con qué arroparnos. Haber llegado en julio fue conveniente, tuvimos el tiempo suficiente para hacer todos los papeles e ingresar al nuevo año lectivo escolar que empezaba en septiembre. Las leyes de Ecuador han sido de mucha ayuda para la población refugiada, pues tienen los mecanismos de respuesta necesarios para personas como nosotras que no teníamos cómo sustentar años de estudio anteriores. Desde mis 13 años trabajo. Empecé en una peluquería haciendo “sangricure” (así le pusieron mis jefes, ya que cortaba mucho los dedos cuando hacía manicure). Desde esa edad tuvimos casos de xenofobia y discriminación, ya que aparte de ser mujer, soy colombiana. La fama que las narconovelas nos han dado ha sido desastrosa. La pregunta más frecuente que nos han hecho hasta el día de hoy es “¿y conociste a Pablo Escobar?”

Al acceder a servicios públicos o privados tuvimos el problema de documentación. Las personas no reconocían la validez de la visa de refugiado que el mismo Estado otorgaba. Debía estar siempre preparada para decir el mega discurso sobre derechos que pudiera convencerlos de proveernos los servicios. Afortunadamente, hace pocos años se creó la nueva Ley de Movilidad Humana que nos otorga una Cédula de Identidad que solventa este problema. Aunque el acceso al sistema educativo fue fácil y rápido, conforme subíamos de nivel teníamos más barreras. En Ecuador, todas las personas pueden acceder a la educación universitaria. Sin embargo, esto ha sido un reto para toda la población, ha habido un gran porcentaje de tanto nacionales como extranjeros que no alcanzaba cupo y no estudian. Me arriesgué por el sector privado y por la mejor Universidad del país, la Universidad San Francisco de Quito (USFQ). El Programa de Diversidad Étnica (PDE) de la USFQ permitió que ingresara a estudiar. Fundación de las Américas y ACNUR tienen un proyecto con el PDE para becar a personas refugiadas. En 2019, somos siete los refugiados que estudiamos en la mejor institución de Ecuador para ser profesionales.

Han pasado nueve años desde que salí de Colombia. Aunque mi vida ha cambiado para mejor, no puedo decir que la situación social de mi primer país también lo haya hecho. El proceso de paz permitió que las FARC cesen actividades, sin embargo, las disidencias y el narcotráfico han hecho que las víctimas del conflicto sigan incrementando. Los líderes sociales están en peligro debido a su militancia, deben escoger entre su vida, la de su familia y el bienestar de la comunidad. Los desplazamientos forzosos no han acabado, al contrario, siguen debido a estos grupos que carecen de organización, objetivo y recursos.

Tengo más recuerdos de mi vida en Ecuador que en Colombia. Me considero ecuatoriana, sobre todo quiteña. Tanto ha sido el impacto de ambas culturas, que mi propio acento es un “mix” que confunde a los demás. He podido viajar para estudiar, viajar para representar a la comunidad refugiada en América Latina, tengo la dicha de amar lo que estudio y tener a mi familia viva. Ahora estoy haciendo prácticas en una Organización Internacional y a la vez finalizando mi carrera. Sé que algún día volveré a Colombia y me quedaré por un tiempo. Me gustaría que muchos refugiados puedan tener las mismas oportunidades que yo. No es fácil salir de la situación de vulnerabilidad, requiere de muchos años, sin embargo, no deja de ser una situación posible de cambiar.

Conoce más de ACNUR y el procedimiento de asilo en diferentes países.