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mundial de fútbol femenino

Futbolistas femeninas nos cuentan cómo es salir con una compañera de equipo

Hablamos con jugadoras profesionales sobre cómo es que tu compañera de equipo sea también tu novia.

por Ruby Lott-Lavigna; traducido por Mario Abad
12 Junio 2019, 3:30am

Merel van Dongen (izquierda) del Ajax Women con su compañera de equipo y novia Ana Romero (derecha). Foto: Laurens Lindhout/Soccrates/Getty Images

Actualmente, no hay futbolistas abiertamente gais en ninguno de los equipos masculinos ingleses de primera división, y los pocos jugadores (que, de hecho, son literalmente cuatro) que salen del armario suelen hacerlo cuando ya se han retirado. Sin embargo, en el fútbol femenino hay muchas jugadoras lesbianas o bisexuales declaradas, tanto a nivel profesional como comunitario: de Karen Bardsley a Lucy Bronze, ambas en la selección inglesa de este año, y muchas otras deportistas internacionales como Nadine Angerer, que capitaneó a la selección alemana, o Megan Rapinoe, en Estados Unidos. El fútbol femenino ha propiciado una cultura de aceptación sin precedentes en comparación con sus homólogos masculinos, lo cual resulta liberador para las jugadoras, que no tienen ninguna necesidad de sufrir la amenaza de la homofobia en su carrera profesional, aunque también puede generar situaciones realmente complicadas.

Por ejemplo: ¿cómo es jugar a nivel profesional con alguien que también es tu pareja? ¿Es imposible mantener tu vida sentimental y tu trabajo separados cuando salís juntas al campo cada varios días? ¿En qué medida puede afectar eso a tu rendimiento?

“Si te va bien la temporada y con tu pareja, todo es genial, pero si una de las dos deja de jugar porque se ha lesionado, cada día puede ser un infierno, porque lo mismo que hace feliz a una supone una tortura para la otra”

Ana Romero, futbolista española que ha jugado en equipos como el Sevilla, el Rayo Vallecano, el Espanyol, el Barça, el Ajax o el Valencia, ha tenido que lidiar con el mundo de “las citas en el fútbol” desde que conoció a su compañera de equipo, Merel van Dongen, pocas semanas después de fichar por el Ajax. Tras casi tres años saliendo, Romero y Dongen ahora juegan juntas en el Real Betis. “Está bien, porque haces lo que más te gusta y también lo que más disfrutas”, me cuenta Romero por teléfono, “aunque a veces es complicado, cuando tú no juegas o no te lo estás pasando bien y tu pareja sí”.Compartir una pasión y una profesión que pueden elevarte el ánimo o hundírtelo es el mayor de los retos, según Romero: “Si te va bien la temporada y con tu pareja, todo es genial, pero si una de las dos deja de jugar porque se ha lesionado, cada día puede ser un infierno, porque lo mismo que hace feliz a una supone una tortura para la otra”.

Aparte de su relación personal, a Romero a veces le cuesta gestionar las presunciones de la afición. Los análisis después del partido son la norma, pero que alguien te acuse de que hayas jugado mal porque has tenido follón en casa no es plato de buen gusto de nadie: “Todo el mundo lo sabe [lo de su relación], pero no hablas del tema en redes sociales por miedo a que la afición empiece a decir que como estamos juntas nos pasamos el balón la una a la otra o que hemos jugado mal porque habremos discutido”.

“Obviamente, todo el mundo sabe que estamos juntas”, continúa, “pero al final es tu profesión, y cuando entramos en el campo, solo somos compañeras de equipo”,

england goalkeeper Karen Bardsley
La portera ingles Karen Bardsley. Foto: PHC Images / Alamy Stock Photo

Lo de jugar con tu pareja no es algo exclusivo de las deportistas profesionales. Debido a la popularidad de los partidos femeninos y la visibilidad del colectivo LGBTQ a nivel profesional, cada vez son más las futbolistas que deciden jugar junto a sus parejas.

“Creo que empecé a jugar cuando tenía, no sé, cinco o seis años”, me cuenta por teléfono Louise Selsby, que trabaja en la Asociación Inglesa de Fútbol. Mi novia, Roanna Fawcett, y yo nos conocimos gracias a unas amigas en común. Es superdeportista y le gusta probar de todo. Hemos dado toques en el parque, pero nunca hemos jugado juntas”.

Hace cuatro años, ambas decidieron fichar por el Lambeth Allstars —un equipo comunitario femenino del sureste de Londres— y hasta el momento han jugado ya varios partidos de liga y una final de copa juntas. Si bien los partidos de las ligas de un sábado se desarrollan en un ambiente de menor presión y escrutinio público, el reto de intentar que el deporte no afecte a tu relación sigue presente. Pero ¿qué otros problemas puede conllevar el hecho de que la compañera de equipo a la que abroncas por haber fallado un pase resulta ser tu novia?


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“Por lo general es genial y es muy importante”, me explica Selsby, pero al principio, cuando empezamos a jugar a 11, tuvimos que sentarnos a hablar del tema de la comunicación. Como la conozco tanto, es fácil que se me escape un comentario como ‘Esa no ha sido muy buena’ o alguna observación más cruel. Fue lo que nos pasó, un poco, en el campo, y ella me dijo que no funcionaba así, que necesitaba un refuerzo positivo o se hundiría más.

"Así que tuvimos esa conversación desde el principio y yo me contuve”, prosigue. “Ahora, cuando nos enfrentamos en los entrenamientos, me sigo cabreando, pero cuando jugamos juntas, procuro darle apoyo y felicitarla cuando hace algo bien”.

Roanna —que no lleva tanto tiempo jugando como Selsby— coincide en que es importante trabajar en la comunicación respecto a los temas más delicados.

“Jugar a fútbol con mi pareja es prácticamente lo único que conozco. Es genial y es divertido tener a esa persona animándote y apoyándote, pero si la cagas, te van a criticar a saco”, me cuenta. “Si te suelta algún moco en el campo, puede que te lo tomes más a pecho que si te lo hubiera dicho una amiga. Pero la peor parte es cuando Slesby falla muchos goles y tengo que consolarla durante dos días seguidos mientras llora sin parar hasta quedarse dormida”.

"A mí me hizo bien salir del armario —fue fácil—, pero el fútbol se volvió desconcertante por su culpa. Dejé de tener un espacio propio para concentrarme e ir a lo mío porque no dejaba de pensar en ella , y además jugábamos en la misma posición, por lo que era un poco duro”.

Otro problema: ¿quién se queda en el equipo si hay ruptura? Por muy emocionante que sea compartir tu mayor pasión con la persona a la que amas, romper con tu compañera de equipo tiene que estar muy alto en la escala de rupturas jodidas. ¿Dejarlo con la chica que trabaja en el piso de arriba? Chungo. ¿Romper con tu compañera de equipo, con la que juegas en el mismo campo, con la que entrenas casi a diario? Un infierno.

“La ruptura fue muy dura porque teníamos que vernos al día siguiente y todos los días durante semanas y meses”, me cuenta Johanne Fridlund, futbolista profesional que, junto con su ex, jugaba con el equipo noruego de primera división Vålerenga. “No tuvimos el espacio personal necesario para superar la ruptura con normalidad… Fue duro, pero éramos amigas y lo seguimos siendo, y pudo haber sido peor”.

Además de muy desagradable emocionalmente, una situación así podría causar un gran perjuicio a nivel profesional. ¿Cree Fridlund que su relación o el fin de la misma podría afectar a su carrera?

“La respuesta es que todavía no lo sé”, confiesa. “A mí me hizo bien salir del armario ⎯fue fácil⎯, pero el fútbol se volvió desconcertante por su culpa. Dejé de tener un espacio propio para concentrarme e ir a lo mío porque no dejaba de pensar en ella , y además jugábamos en la misma posición, por lo que era un poco duro”.

La cultura de tolerancia que reina en el fútbol femenino es un aspecto clave para muchas de las parejas que se crean en ella. Esto queda patente en los partidos: mientras que a los masculinos acuden mareas de chicos que se lanzan insultos unos a otros, a los de mujeres acude un público más joven y diverso que genera un ambiente un millón de veces mejor para la afición, sea de la sexualidad que sea.

“Hay mucha gente de la comunidad LGBTQ, desde las jugadoras a la afición o los entrenadores, por lo que se da un ambiente abierto e inclusivo de forma natural”, me cuenta Selsby. “Creo que todo el mundo se siente bastante cómodo, lo cual genera un ambiente relajado, sin prejuicios, que es lo que a mucha gente le gusta del fútbol. Al menos es lo que a mí me gusta”.

Esta actitud inclusiva también puede facilitar a muchas mujeres su primera relación homosexual, como es el caso de Fridlund: “Cuando nos conocimos, yo todavía no había salido del armario”, recuerda. “Éramos buenas amigas, pero la mayoría de la gente en el fútbol femenino sabe que hay personas gais y que es de lo más normal, así que todos lo entendieron. Para mí fue muy positivo, un entorno seguro en el que salir del armario”.

Fútbol femenino: el mejor lugar en el que encontrar el amor verdadero, una compañera de equipo o ambas cosas.

@RubyJLL

Este artículo apareció originalmente en VICE UK.