La pesadilla inmobiliaria

La pesadilla inmobiliaria del mes: vive en una caja por 590 euros al mes

Has vivido toda tu vida en cubos así que por qué vas a cambiar ahora.

por Pol Rodellar
07 Marzo 2018, 5:00am

Montaje vía Idealista y el usuario de Flickr maelvillafranco

'La pesadilla inmobiliaria del mes' es una sección en la que denunciamos los abusos más flagrantes y los pisos más sorprendentes del mercado inmobiliario en España. Si te has topado con algún palacio similar, escríbenos a esredaccion@vice.com.

¿Qué es?: Es una especie de camarote de 35m² que se vende como “estudio” cuando todo apunta a que el propietario quiere que alguien viva ahí (tiene una cocina equipada y un baño). Es un bajo interior y no tiene ninguna habitación.
¿Dónde está?: Está en el barrio gótico de Barcelona, extremadamente céntrico, es por esto que los míseros 35m² te van a costar casi 600 euros al mes. ¿Cuánto cobras? Vaya, se te irá más de la mitad del sueldo en esta mierda, pero bueno, así es vivir en Barcelona.
¿Qué se puede hacer por ahí?: Esta es una zona de borrachera juvenil, por lo que toda la semana tendrás que lidiar con turistas borrachos, algo normal en Barcelona, pero los fines de semana incluso tendrás que soportar a postadolescentes catalanes borrachos, que son lo peor del mundo pues se pasan la noche hablando de la mierda que aprenden en sus carreras universitarias y se creen listísimos. La zona está rodeada de tabernas dedicadas al bebercio, de esas que sirven vasos enormes de plástico. Sitios con nombres como “El Agüelo”, “El Tonell”, “El Corral” o “Casa Jacinta”, sitios con los suelos y las mesas de madera eternamente pegajosas.
¿Cuánto cuesta?: El estudio sin habitación cuesta 590 € al mes, más de la mitad de tu sueldo seguramente. Este piso es lo que hace que no puedas comprar las barritas de pescado Pescanova y tengas que comprarte las barritas de pescado de marca blanca, esa fina línea entre el rico y el pobre.

Creo que lo que más me está indignando de esta sección es todo ese arsenal de locales diminutos que aparecen constantemente en el mercado de alquiler a precios excesivos y que se ofertan como “estudios” pese a tener el evidente fin de albergar hogares, de ser viviendas para las personas. Es este eufemismo tan escupible y tan heredero de las formas y usos del capitalismo lo que me parece más despreciable, esa incapacidad del arrendador y de las plataformas de venta de pisos de aceptar la naturaleza enfermiza del mercado del alquiler.

Si un “estudio” está equipado como una vivienda y es flagrantemente evidente que se pretende alquilar como vivienda, debería llamársele vivienda y no de estudio, para así evidenciar la precariedad, por el amor de Dios.

Pero hablemos del cubo que nos atañe hoy.

Te has pasado la vida viviendo en cubos. Cuando naciste tuviste un problema con el corazón y tuviste que estar un tiempo en una incubadora. Ese fue tu primer cubo. De ahí pasaste a una cuna blanca con unas tortugas que colgaban del techo, he ahí tu segundo cubo. Al hacerte mayor tus padres te prepararon esa habitación en la que pasaste infinitas horas encerrada, evadiéndote de la realidad y escuchando a Bad Religion mientras pensabas que si por alguna remota posibilidad pudiera existir un Dios ahí arriba, irías directa al infierno por escuchar un grupo cuyo logo era una cruz tachada. Ese fue tu tercer cubo. Luego vino la habitación de la residencia universitaria y luego el piso compartido con Miranda. Todo cubos.

Siempre has vivido en cubículos limitados, cuartos cuadrados sin pasillos ni habitaciones adicionales. Solo cuatro paredes perpendiculares con una cama, una estantería y un perchero, en fin, como un lagarto en un terrario, sin demasiadas opciones de movimiento.

Pero ahora las cosas han cambiado, conseguiste un curro mínimamente decente y empezaste a buscar un hogar. Creías, en un alarde de esperanza, que por fin había llegado ese momento tan esperado de salir del cubo y vivir una vida decente.

Pero no.

En el mercado inmobiliario que se amolda a tus posibilidades económicas solo hay cubos. Cubos y más cubos, como ese en el que te metieron cuando naciste, como todos los cuartos de pisos compartidos y como ese ataúd en el que te meterán en posición fetal. En este mundo nadie puede escapar de los cubos.

Ahora, cuando vuelves a casa con un tío con el que te has liado y que te quieres follar, le sigues diciendo eso que siempre les habías dicho a los tíos que te ligabas y que te llevabas a tu cuarto para follártelos cuando eras una jovenzuela que compartía piso: “te aviso con tiempo, vivo en un cubo”.

“Vivo en un cubo” resuena dentro de tu cabeza como un mantra luciferino. Te destruye por completo porque te recuerda que siempre has estado viviendo en cubos. Abres la puerta de tu casa y el tipo comenta “Pues es verdad que vives en un cubo”, pero al tipo le da igual porque él también vive en un cubo, como casi toda la gente de Barcelona. Te lo cuenta e, indecentemente, te tranquiliza saber que la gente está igual de mal que tú y que tu cubismo no es una excepción. Ambos subís las escaleras hacia la cama, poco a poco y ahí folláis. Folláis en un cubo. Como todo el mundo. Y mientras, Barcelona se va desintegrando poco a poco.

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