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mentiras

Mi novia me mintió durante un año y medio diciéndome que tenía cáncer

'Es la última vez que voy a ver el mar', me dijo una vez mientras mirábamos un atardecer en Jávea. Todavía hoy se me cae el alma a los pies cuando lo recuerdo​.

por Jorge Santos; ilustración de Teresa Cano
27 Marzo 2019, 5:00am

Ilustración por Teresa Cano

Fue durante mi etapa universitaria, son unos años peculiares ya que eres suficientemente adulto como para creerte independiente pero demasiado inexperto como para serlo de verdad.
Marta* y yo éramos compañeros de clase. Ella era un poco empollona y yo el típico jeta que pedía apuntes, así que empecé a pedirle ayuda con algunas asignaturas.

Fuimos intimando un poco más, hasta el punto de que algunos viernes por la noche me fugaba de allá donde estuviera de fiesta para ir a buscarla porque “se estaba aburriendo”. Esto se convirtió en nuestro ritual. A eso de las tres de la madrugada iba a buscarla y nos quedábamos hablando en el coche hasta que se hacía de día. Como era inevitable terminamos enamorándonos.

Los meses pasaron, y en las vacaciones de Semana Santa empezó la catástrofe. Un día mientras yo cenaba con mi familia, Marta se desmayó en la calle. Me dijo que todo estaba bien, que habría sido una bajada de azúcar.

Por aquella época, yo intercambiaba mails con un primo suyo, Javi. Fue él quien me dijo que en las pruebas habían visto una manchita en el cerebro. Me pidió que no le dijese nada, que ella le había hecho prometer que no me lo iba a contar. Unos días después se confirmó la noticia, era un tumor.
Un poco aturdido hablé con ella, le dije que no entendía por qué me lo había ocultado. Ella respondió que no quería asustarme hasta tener algo en claro, y que cuando le dijeron que era un tumor no sabía cómo decírmelo.


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Los siguientes meses fueron una montaña rusa. A veces éramos tan optimistas que el tumor parecía del tamaño de un grano de arroz y otras veces pesaba tanto que parecía imposible levantarse de la cama.

Marta decidió llevar el tema en secreto tanto tiempo como pudiera. No quería sentir ese trato lastimero que te da la gente cuando sabe que estás enferma. Afortunadamente con la quimioterapia no se le cayó el pelo (Yo no sabía que no se caía en todos los casos, pero por lo visto así es.) y pudo mantener el secreto hasta el final. Y así pasaron ocho meses, hasta que cayó la bomba. Sin avisar, sin vaselina. Cayó con todo su peso, aplastando cuanto encontró a su paso: metástasis. El tumor era inoperable e intratable. No sabía que unas palabras pudieran doler tanto. Solo llorábamos. Y yo no podía dejar de pensar en una cosa: la muerte.

Poco a poco vas asimilando la información, buscas alternativas, te niegas a tirar la toalla, y finalmente, aceptas lo inevitable. Éramos jóvenes y un poco estúpidos. Hacíamos algunas cosas muy poco apropiadas, como ver Un paseo para recordar o Noviembre Dulce para prepararnos. Viéndolo con perspectiva, era una tortura, pero en ese momento parecía una buena idea.

“'Es la última vez que voy a ver el mar', me dijo una vez mientras mirábamos un atardecer en Jávea. Todavía hoy se me cae el alma a los pies cuando lo recuerdo"

Finalmente los médicos se atrevieron a dar una fecha. Seis meses. Nuestro mundo terminaba en seis meses. Normalmente, cuando planificas algo para dentro de seis meses, parece que es dentro de una eternidad. Cuando lo que estás planificando es la muerte, ese tiempo se reduce a unos pocos días.

Por lo general mi padre es una persona bastante generosa, pero en este caso generoso se queda corto. Puso a nuestra disposición sus ahorros para intentar que los últimos seis meses de vida de Marta fueran de película. No puedo decir la cantidad que nos gastamos, porque realmente no la sé, pero durante cinco meses vivimos como estrellas del rock. Viajábamos allá donde le apetecía, comíamos en los mejores restaurantes y comprábamos todo lo que le hacía ilusión. Básicamente vivíamos en un carpe diem constante. Pero nunca logras sacarte de la cabeza la realidad. “Es la última vez que voy a ver el mar”, me dijo una vez mientras mirábamos un atardecer en Jávea. Todavía hoy se me cae el alma a los pies cuando lo recuerdo.

Se acercaba el verano, y poco a poco se nos gastaban los minutos, un mes, solo un mes. Era sorprendente lo bien que se la veía para estar tan cerca del final, pero lo cierto es que estaba radiante. Un fin de semana en que ella estaba en la playa con su familia recibí la llamada. Milagro.
Las pruebas decían que la mayoría de tumores habían empezado a remitir, y que posiblemente se estaba curando. En un primer momento me invadió la euforia, pero rápidamente se me empezó a agolpar la información en la cabeza. Durante el año y medio que llevábamos con este tema, yo había tenido mucho tiempo para leer al respecto, y hay una cosa en la que todos coinciden. En el punto en el que ella se encontraba, no hay vuelta atrás.

Empecé a buscar más información, casos similares, pero nada. Había artículos sobre curaciones milagrosas, claro, pero ninguno en una revista especializada o en algún foro fiable. De repente me di cuenta de algo. Nunca había hablado con nadie de su familia a cerca del cáncer. Solo con su primo Javi, que vivía en París y al que no conocía en persona. Es un tema muy delicado, y normalmente no llegas diciendo: “Hey, como veis el cáncer de Marta”. Además yo apenas pasaba tiempo con ellos, así que no tampoco hubo muchos momentos para hablar del tema.

Tome una decisión difícil. Llamé a su tío para preguntarle, y mis peores pesadillas se confirmaron. Todo era mentira. El cáncer, su primo Javi… todo. Una brutal y cruel mentira. Una mentira que me había hecho llorar como no he llorado en mi vida, que me había hecho sufrir de una forma inimaginable, que había dejado a mi padre sin nada ahorrado. Una mentira realmente jodida.
Llevaba mucho tiempo preparándome para perderla, aunque no de esa forma. ¿Cómo alguien es capaz de jugar con un tema tan delicado? ¿A cuántas personas más les habrá pasado algo parecido? Esto me ha llevado a reflexiona en profundidad sobre las mentiras. Qué nos empuja a utilizarlas y cuál puede ser su repercusión.

Todos hemos utilizado la típica mentira piadosa para no ir a una boda que nos mataba de pereza o hemos puesto excusas por llegar tarde a una reunión: “Se ha estropeado el autobús”. Mentira, te has dormido malamente. ¿Dónde está el límite entre excusa, mentira piadosa y mentira cochina? Hablé con la psicóloga clínica Ana Martín sobre el tema. "La mentira es un descubrimiento tanto en el plano cognitivo como en el plano emocional. De hecho, un elemento que caracteriza a muchas patologías, es la incapacidad de mentir", me dice.

"Los mentirosos patológicos son aquellas personas en las que la mentira se hace persistente y empieza a interferir en todas las áreas de su vida"

"Los niños pequeños no pueden mentir, porque no tienen adquirida la teoría de la mente. Esta teoría consiste en que descubrimos que tenemos estados mentales internos, que son separados de los estados mentales de otras personas. Si piensas en esta capacidad, realmente lo que estamos dando a entender es que tomamos conciencia de que tenemos un mundo interno no visible a los ojos de los demás, y a partir de esto —de un concepto de intimidad mental— surge la capacidad pata mentir. Porque yo elijo qué parte de mi mundo interno comparto con el otro. En ese sentido, yo puedo elegir compartir una parte de mí que no es cierta, pero que el resto no lo sabe".

Me cuenta también que para entender que es un mentiroso patológico tenemos que entender primero desde qué punto de vista lo estamos analizando ya que "la mentira no existe como patología", pero que a los mentirosos patológicos podemos tomarlos como aquellas personas "en las que la mentira se hace persistente y empieza a interferir en todas las áreas de su vida. Esto puede ocurrir en muchos perfiles de personas distintas. Habrá personas que mientan desde una conciencia más elevada de la mentira y personas que mienten con la misma frecuencia, pero desde una conciencia menos elevada de su mentira".

De hecho, Ana Martín considera que el nivel de culpabilidad tiene que ver con el nivel de conciencia de su propia mentira: "generalmente cuando a nivel identitario tenemos un concepto de uno mismo relativamente integrado, podemos mentir y ser conscientes de ello. Hay personas, sin embargo, que pueden contarte algo muy diferente respecto de lo que les ha ocurrido, y no son plenamente conscientes de ello. Esta reinterpretación de las cosas desde un lugar diferente al que se ha vivido, tiene que ver con su estado emocional. Este sería un ejemplo de cómo una persona estaría incurriendo en mentiras constantemente de forma poco consciente. Ahora bien, también se puede incurrir en mentiras constantemente siendo plenamente consciente de ello pero no dejar de hacerlo porque no te interesa".

Puede ser difícil que estas personas dejen de mentir, según Martín, "en el caso de aquellas personas que tienen una conciencia baja de sus mentiras, se debe trabajar primero en hacernos conscientes de la mentira, y después trabajar en dejar de repetir esa conducta. Pero lo más importante es el verdadero deseo de dejar de mentir. Por lo general, este perfil de mentiroso, está más relacionado con personas que tratan de manipular la información de cara a los demás para su propio beneficio. Cuando una persona hace esto desde un lugar consciente, es poco frecuente que tenga intención de cambiarlo".

Después de la conversación con Ana, entiendo las mentiras como una herramienta que podemos utilizar a nuestro antojo, pero igual que un martillo puede ser muy útil para poner clavos, también puede ser letal según las manos que lo sujeten. Otra peculiaridad de las mentiras, es que solo lo son para el que las cuenta. En mi caso, viví un cáncer desde dentro, con casi todas sus implicaciones.

Aunque parezca sorprendente, viéndolo con perspectiva no cambiaría nada de esa etapa. Me hizo aprender y reconstruir completamente mi escala de valores. Y con la posterior —y necesaria— terapia, he sido capaz de canalizar aquellos aprendizajes positivos que se pueden sacar de una situación tan jodida. Eso sí, me he vuelto un poco más escéptico.

*Se ha cambiado el nombre para preservar su anonimato.

Sigue a Jorge en @mrgeorgesantos.

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