Politică

No hablar de VOX no hará que deje de crecer

¿Tienen razón los que piden un cordón sanitario, también comunicacional, alrededor de VOX o se trata tan solo de la táctica del avestruz?
Santiago Abascal de VOX
Santiago Abascal. Fotografía por Jon Nazca/REUTERS

"Aquel que no debe ser nombrado" era la forma que los protagonistas de Harry Potter utilizaban para referirse a lord Voldemort, el archienemigo de la saga. La fantasía infantil creada por J. K. Rowling recogía así la tradición esotérica que otorga al lenguaje propiedades casi mágicas: lo que no es nombrado no existe, lo que no existe no nos puede dañar. Con VOX, el partido ultraderechista que ha conmocionado la política española desde su exitosa irrupción en las elecciones andaluzas, está ocurriendo algo parecido.

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La pasada semana compartí en mis redes la entrevista que Ana Iris Simón realizó en esta misma publicación a un joven vecino de Villaverde afiliado a VOX. Lo hice calificándola de desoladora, porque lo que allí se expresaba marcaba una potencialidad, una posibilidad de futuro, de cómo las ideas ultras pueden ocupar vacíos que la política de izquierdas, postrada ante la imposición posmoderna, ha dejado entre la clase trabajadora. Algunos lectores entendieron la intención de la pieza —que rebatía con datos al entrevistado—, otros muchos manifestaron su descontento no por la realidad, sino por la entrevista que reflejaba esa realidad.

¿Tienen razón los que piden un cordón sanitario, también comunicacional, alrededor de VOX o se trata tan solo de la táctica del avestruz? Como en cualquier tema de cierta complejidad, la respuesta no es sencilla, pero sobre todo encierra un debate que trasciende el propio asunto y que refleja nuestra manera de entender la política y, por extensión, nuestra capacidad de relacionarnos con lo ideológico.


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En las tertulias se lleva años afirmando que el centro político, ese lugar más o menos mitológico, es el único espacio desde el que se puede crecer. Sin embargo, parece un hecho que los ultras han utilizado el conflicto como herramienta de penetración en la opinión pública. El centro no es una posición en el espectro ideológico, contrariamente a lo que se pueda creer, sino una imposición de las ideas dominantes, que por lo general suelen ser conservadoras.

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Mientras que los partidos progresistas han rehuido ese conflicto, intentando ser más de centro, más respetables, los ultras han asumido que había un espacio sociológico a la derecha que se podía ocupar. Mientras que a los progresistas el conflicto les viene marcado por un sistema económico creador de desigualdades, los ultras aprovechan temas como la inmigración, el feminismo o el nacionalismo para crear una narrativa de excepcionalidad, de peligro inminente que solo ellos pueden afrontar.

Los progresistas eluden esas desigualdades económicas por no saber cómo solucionarlas creando una agenda en torno a temas identitarios, los ultras juegan a la trampa de lo políticamente incorrecto, a ser los únicos que se atreven a decir lo que no se puede decir. El resultado es que esa imposición llamada centro está hoy posicionada mucho más a la derecha que antes de su aparición.

"Con Podemos, la reacción de algunos fue parecida: aludir a una conspiración para fomentar al partido morado en demérito de las protestas populares"

Ese conflicto ultra, ese modus operandi, está lleno de medias verdades, de exageraciones, de datos cogidos con pinzas o directamente de mentiras. Da igual, porque consigue su objetivo en la medida que ocupa conversaciones, desde las que se dan en los bares hasta las que suceden en los medios, pasando por las redes. Si bien es cierto que los grandes grupos de comunicación tienen un sesgo evidente hacia posiciones conservadoras, lo que les hace blanquear a VOX más por sus relaciones con el Partido Popular que por una afinidad natural hacia los de Abascal, la aparición continuada de este partido tiene más que ver con un fenómeno de mercado: se escribe o se habla sobre lo que da más audiencia.

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Por supuesto que se podría hacer de otra manera, pero que la izquierda espere que los grandes medios vayan a tener unas posturas democráticamente responsables demuestra una cierta puerilidad. Al fin y al cabo, con Podemos la reacción de algunos fue parecida: aludir a una conspiración para fomentar al partido morado en demérito de las protestas populares, cuando tan solo lo que había era una necesidad mediática de legitimarse en un momento en que el centro se había desplazado hacia la izquierda.

En este contexto, pretender sustituir la palabra “vox” en las redes sociales por algún emoticono, utilizar metáforas más o menos ocurrentes o directamente obviar las noticias que generan los ultras es más producto del desconcierto que de ninguna táctica. Parece razonable no compartir las noticias falsas generadas desde sus foros, lo que no va a evitar que se distribuyan por los grupos de mensajería instantánea como la peste negra en el siglo XIV. Por otro lado, ir a apagar los fuegos rebatiendo con datos los incendios emocionales que provoca VOX es como pretender ganar un partido de fútbol corriendo detrás del balón.

La conclusión a la pregunta que nos hacíamos unos párrafos atrás parece responderse: es cierto que centrar la discusión política en sus astracanadas reaccionarias solo les engrandece como organización, sobreestimando su presencia real en la sociedad y sus capacidades. Pero parece, más que incierto, inútil pretender obviarlos, hacer como si no existieran cuando la realidad es que ya están aquí, más que VOX, las propias ideas ultras, las cuales ya son compartidas sin demasiados reparos por la dirección popular de Casado y con matices por algunos sectores de Ciudadanos, que anda tan o más descolocado que la propia izquierda.

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"Si la izquierda quiere tener alguna posibilidad de sobrevivir en el siglo XXI, debe apostar por la guerra asimétrica, por aceptar el conflicto"

Ahora, aquí debería venir ese decálogo comunicativo que todo buen analista se ocupa de sugerir a la izquierda. El problema, del que nadie parece darse cuenta, es que en último término el virus ultraderechista no es una cuestión de formas y sí de fondo, de relación con la política. Parece evidente que la izquierda debería dejar las campañas de Telegram y centrarse en las de WhatsApp, asumir que la sociedad se parece más a Forocoches que a Twitter y cambiar misticismos y deconstrucciones por sindicalismo. Pero sobre todo abandonar ese viejo sueño surgido de los años noventa que puede competir de igual a igual en algo llamado mercado electoral.

Los propios movimientos de Errejón y Carmena, prescindiendo del concepto "partido" para sustituirlo por una plataforma de personalidades, son la traslación directa del neoliberalismo anfetaminado a la política, es decir, su uberización. No hace falta organización que les arrope, ni militantes, ni programa, ni eje ideológico en el que situarse. Tan solo carisma populista, significantes vacíos y grandes dosis de imaginería amable en las redes sociales. Y puede que en el corto plazo tengan razón: es más fácil obtener un resultado electoral notable haciendo seguidismo de lo que hay más que enfrentándolo. El problema es que a largo plazo esto nos conduce a la Italia electoral, donde hay ultraderecha, derecha, socioliberalismo y populismo, ya ni siquiera con apellido progresista y coaligado con los ultras.

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Si la izquierda quiere tener alguna posibilidad de sobrevivir en el siglo XXI, debe apostar por la guerra asimétrica, por una donde no importe tanto lo que digan los ultras o la posición comunicativa que se adopte ante sus acciones, sino la aceptación del conflicto, esto es, de la ruptura de los marcos que el proyecto totalizante de lo neoliberal ha impuesto desde hace cuarenta años en nuestras sociedades. En términos futbolísticos: hay que recuperar el balón, tener un estilo claro de juego y hacer soñar a los aficionados con que se puede aspirar a todo.

Para ello, la primera condición es recuperar la idea de que si para las opciones políticas conservadoras puede bastar con una política de comunicación, para la izquierda es necesario que esa política se viva en primera persona del plural. Un nosotros que encuentre un agregador lo suficientemente potente que sea capaz de incluir a personas muy diversas pero que se encuentren vinculadas por algo que afecte dramáticamente a sus vidas. No se trata de arrinconar a las especificidades y sus problemas, sino de saber que por encima de nuestras identidades al final la cartera, el código postal del sitio donde se vive, es lo que acaba marcando nuestras posibilidades. El ascensor social del fordismo está roto y las escaleras fuertemente vigiladas.

"Hoy casi nadie está a salvo, hoy casi nadie puede hacer planes a largo plazo, hoy todo lo que nos contaron como seguro es casi un lujo al alcance de muy pocos"

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Ese agregador socioeconómico no puede quedar tan solo reducido, de nuevo, a un conjuro esotérico donde se recuperen las expresiones y la imaginería de clase del siglo XX, del trabajo industrial, sino a las formas actuales en las que la precariedad se expresa mediante la indeterminación. Hoy casi nadie está a salvo, hoy casi nadie puede hacer planes a largo plazo, hoy todo lo que nos contaron como seguro es casi un lujo al alcance de muy pocos, hoy el trabajo está tan desregulado que ya no se distingue lo que es jornada laboral y tiempo de producción. Hoy no importa tanto decir clase trabajadora como que esa clase se perciba a sí misma como aquellos desposeídos de su propia capacidad de conducir su vida por los senderos que desean, aun siendo por unos muy limitados.

Vivir la política va más allá de una campaña electoral, del lenguaje empleado, de tal acción decidida utilizando los medios de comunicación digitales. La política es conversación, pero sobre todo para la izquierda debería ser vivencia a través de la organización diaria de la lucha por la vida, como diría Baroja. Hay un catálogo infinito de problemas en los que la experiencia de la lucha antidesahucios puede ser aplicada, con la condición necesaria de vincular todos esos conflictos a uno general: el caos y la indeterminación que el neoliberalismo ha provocado y que a duras penas mantiene amordazados ya con sus sueños aspiracionales.

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Teniendo la iniciativa en el juego y el estilo, nos hace falta el horizonte, el qué es lo que se quiere ganar, pero también a qué se puede aspirar. Si el objetivo es la permanencia —y ahora la izquierda es todo lo más que puede permitirse— es absurdo hablar de la grandilocuencia de la revolución, del cambio total de paradigma económico. Sí es posible, por contra, apelar a un sencillo programa de mínimos como el que Jeremy Corbyn está postulando en Reino Unido: trabajo, salud, educación, transporte, energía, seguridad y banca pública. No como la resistencia en las ruinas del Estado del bienestar, sino como la ofensiva for the many, not the few. Horizonte, conflicto, orgullo.

Que durante casi todas las aventuras de Harry Potter no se nombre a Voldemort no impide que al final el personaje protagonista alcance un necesario punto narrativo donde el enfrentamiento entre contrarios se hace inevitable. De poco servirá no nombrar lo que se teme cuando lo que se teme es ya una realidad. Y si la izquierda tiene algún sentido histórico es precisamente este, el de transformar la realidad, no encontrar maneras más amables para nombrarla.

Daniel Bernabé es autor de "La trampa de la diversidad: Cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora", puedes seguirlo en @diasasaigonados.

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