A estas alturas de la vida, en que todas las modas musicales dan desconfianza y generan poca sorpresa (en buena medida por el vehemente afán de los artistas por detonarlas), un disco nuevo de Ernest Greene, conocido por su nombre de batalla como Washed Out, probablemente será recibido con desgana y hasta cierto desdén.
Washed Out sufrió de esa maldición que ha acompañado a muchos músicos que hacen esto que han tendido en llamar el chill-wave, en la que se genera una expectativa desmedida en redes gracias a buenos temas sueltos, para luego ¡pum!, que el debut esté de regular a malo, lo cual le pasó un poco a su debut con el mítico sello de Seattle, Sub Pop, el Within and Without de 2011. Demasiada pulcritud y ambición para alguien que hace electrónica pop de corte low-fi casetero.
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Greene parece haber entendido los vicios e inconsistencias de hace dos años y vuelve a la carga con Paracosm (Sub Pop), un disco que a la primera pasada por el reproductor parece no develar mucho más allá de lo mismo: dreampop alivianador, letras dulces y capas amablemente pachecas, con psicodelia suave, que han tenido a bien patentar artistas del calibre de Toro y Moi, Panda Bear o El Guincho, en donde las secuencias y el sintetizador son tu mejor amigo, las olas del mar y los besos son más sabrosos y todo es bello. Pura buena onda.
Sin embargo, ya con detenimiento, Paracosm es un disco refrescante, que se percibe poco pretensioso y hasta un tanto distintivo en comparación con sus contemporáneos. Nueve cortes que no rebasan la hora de duración, crisoles sonoros que remiten a un caleidoscopio morado, con flores vivas en color, como las de su portada. Un disco cursi, empalagoso y revitalizante, en el mejor de los sentidos, que no es para todos los moods. Tal vez se reciba mejor si uno no escucha música como si de olimpiadas de la innovación artística se tratara, más bien es un disco extremadamente pop, sensorial y con ese aroma a tele vieja y a nostalgia acumulada debajo de los párpados.
Parte de la vuelta de tuerca que se escucha en Paracosm viene de los nuevos instrumentos y la producción que Wahed Out incorpora en este nuevo disco que se presume con más sentimiento que pensamiento. Su instrumentación se recarga en el uso del Hammond Novachord y el Melotrón como colores predominantes, para tejerlos de forma preciosa (esa es la palabra), sobre la paleta electrónica y secuenciada que viene de las máquinas de Ernest, que lo mismo detonan en trabajos cuidados en el detalle de las baterías y los ritmos, que imágenes psicodélicas y fractales agradables.
Paracosm suena a eso que a algunos escuchas les irrita, que es el emparentamiento con el término vintage, pero que en la práctica y en suma resulta bello y dócil, un instrumento apto para el ensueño y la fantasía. Éxtasis molido y refinado, convertido en esencia etérea y paisajes tranquilizadores. Los ecos que emiten las piezas melancoliquísimas de Washed Out son altamente pegajosas y hasta más pensadas. Digamos que es el disco con el que el artista debió haber arrancado, porque la producción de su álbum pasado no alcanza los picos estilísticos que logra en Paracosm, que se parece más a aquel debut formidable con Feel It Around en 2009, que a la pasteurización melosa de su LP debut.
Acá, Washed Out se toma su tiempo para reafirmarnos que la onda es sentirlo todo, como olas y viento, dejarse ir y ponerse dócil. Aunque puede desentonar a ratos y seguir dando bandazos que se perciben ligeramente con calzador, como en “Falling Back” que ya suena a apresurado relleno, Paracosm es un disco atinado y altamente pop, que seguirá jugando en la media tabla en la que lo tiene su evolución musical, y que pasará desapercibido para los rastreadores del hype. Como sea, Washed Out tiene con qué y su nuevo disco está mucho mejor. Disfrutémoslo.