Selfies, autógrafos y Hugo Chávez: Así es asistir a un mitin de AMLO
Politică

Selfies, autógrafos y Hugo Chávez: Así es asistir a un mitin de AMLO

AMLO llegó a Coyoacán en un auto pequeño, con el puño derecho fuera de la ventana y una sonrisa de quien se sabe arriba de las encuestas.
María Villasmil
fotografías de María Villasmil
22.5.18

Artículo publicado por VICE México.

Nací y crecí en Venezuela. Durante 18 años viví en carne propia el gobierno de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Tuve que hacer trueque de productos básicos (jabón de baño por harina de maíz precocida, leche en polvo por mayonesa, y mantequilla por aceite) para poder comer tres veces al día, y tuve que ajustar mi horario por los recortes de energía eléctrica y agua diarios (a veces de más de cuatro horas para la luz, y uno o dos días con el agua).

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Toda mi vida me he sentido mucho más cómodo con ideas de izquierda porque son congruentes con quien soy y lo que pienso, así que cada vez que aparece un candidato con tendencias de izquierda e ideas que seducen con traspasar la línea del populismo presto muchísima atención.

Desde que me mudé a México —hace año y medio—, me preguntan: “Diego, ¿AMLO es igual que Chávez? ¿México se va a volver Venezuela?” Cada que escucho esto me pongo triste y mi angustia aumenta. ¿Qué creen? No puedo leer la mente de Andrés Manuel, además, Venezuela y México son dos países muy distintos, con maneras de hacer política diferentes y economías o momentos históricos opuestos. No se pueden comparar situaciones políticas de países a la ligera.

En Venezuela tuve la oportunidad de asistir a muchos mítines, tanto de oposición como de gobierno, y más de una vez me asomé a ver qué diablos decía Hugo Chávez o Nicolás Maduro en sus concentraciones. En cuanto supe que AMLO tenía agendadas algunas visitas en la Ciudad de México, no dudé en ponerme los tenis más cómodos y asistir.

“¡Viva Chávez!”, me gritó Carlos Franco, representante de Morena, en las afueras de la plaza de Coyoacán, al sur de la Ciudad de México, al darse cuenta de mi acento venezolano. Me acerqué a Franco con mi teléfono para grabar su opinión sobre Chávez y AMLO, pero negó completamente su discurso de admiración de hace sólo unos segundos y dijo que AMLO y Chávez no se parecían: “AMLO es civil y Chávez era militar. Yo no veo similitudes entre el caudillismo de Chávez y el liderazgo de Andrés Manuel”, concluyó.

El mitin en Coyoacán lo noté como un evento pequeño, casi íntimo. La plaza tenía cerca de 200 sillas y sentí que era más acorde a un candidato a gobernador o delegado, no de una persona que según algunos medios lidera las encuestas de los candidatos a la presidencia de México. A mi alrededor pasaban parejas con las manos entrelazadas y perritos hermosos, y una versión instrumental de “La bikina” ambientaba el lugar mientras esperábamos la llegada de AMLO. Había mucha felicidad y optimismo en la gente y no me siento bien en lugares así porque siempre espero lo peor. O sea, era un mitin de un candidato presidencial, no Woodstock.

¿Habrá cambiado la manera de hacer política en México? Muchas veces me comentaron sobre el millón de personas que AMLO metió en el Zócalo en el 2006 y que era un candidato de masas. En el 2006 no existían Instagram ni Twitter y la manera de hacer política no era posicionar memes en Twitter, como lo hace Tatiana Clouthier. ¿Habrán pasado de moda los mítines? ¿Valdrá más viralizar alguna propuesta que contársela a los ciudadanos en carne y hueso?

AMLO llegó en un auto blanco y pequeño, de cuatro puertas, con el puño derecho asomado por la ventana del asiento de copiloto y una sonrisa de quien se sabe arriba de las encuestas. Bajó del auto con un tumbao curioso, se tomó varias selfies con las personas presentes, firmó autógrafos como si fuera un rockstar y siguió su camino sumergido en gritos: “Es un honor, estar con Obrador”. Mal cántico. Muy aburrido y predecible. Cámbienlo ya, por favor.

Escuchar algunas de las propuestas de AMLO me hicieron recordar al Hugo Chávez de 1998: su fijación con “volver a los campos mexicanos” para producir más producto nacional y dejar de consumir tantos productos importados; también la Golden Gun de Hugo Chávez, con la que ganó sus primeras elecciones, “bajar los salarios de los de arriba para subir a los de abajo” y nombrar muchas veces a “la mafia del poder”, que en idioma Chávez sería “la burguesía parasitaria” o “los amos del valle”.

Estas cosas me hicieron mucho ruido, ya que estoy de acuerdo con que en México, Latinoamérica y el mundo hay una desigualdad de salarios brutal y obscena, pero para poder subir salarios hay que tener respaldos económicos que avalen estas subidas. Subir salarios porque sí, es una medida muy populista que en todos los casos termina como inflación desproporcionada, como la que vive mi país. En 20 años de chavismo en Venezuela han existido 45 aumentos de salario mínimo. ¿Resultado? Inflación estimada para el cierre del 2018 en 12,633 por ciento, según la firma Aristimuño Herrera & Asociados.

También me di cuenta de divergencias gigantes entre Chávez y AMLO, mientras una pareja bailaba cerca de mí, como si estuviéramos en una fiesta hippie. El tono de voz de AMLO es suave, como de terciopelo, y cuando trata de alzar su voz parece lo más tierno del mundo. La autoridad y totalitarismo de Chávez daba miedo a toda Venezuela, cuando sacaba su lado militar y amenazaba de meter preso a alguien de oposición, llamándolo “desgraciado y mil veces desgraciado”, temblaba el país. AMLO parece que ni le levanta la voz a su TV cuando falla.

AMLO llama a su gente, “un movimiento” en el que “caben todos”: ateos, católicos y libre pensantes. Chávez llamó con nombre y apellido a su movimiento: La revolución bolivariana. La palabra revolución, gracias a Chávez, quedó satanizada en Venezuela y está prohibido para cualquier candidato adverso al gobierno usarla. Tampoco AMLO ha dicho que tiene ganas de expropiar cosas a dedo o dependiendo de su humor, ni se le ha ocurrido hablar sobre algún tipo de control de cambio, que quizás fue el daño más grande que pudo hacer algún presidente de la historia contemporánea a Venezuela.

Conocí a José Rosario González de 65 años, vendedor de parafernalia de AMLO, “vendo en cada mitin [de los candidatos], pero Obrador es el que más vende. Voy a votar por todos los candidatos de Morena porque quiero un cambio, por todo lo que nos han estado robando”, me contó. Mientras me probaba una gorra, vi cómo varias personas tomaban playeras y las compraban. La temática más común en las tazas y playeras de AMLO eran la paz y el amor: corazoncitos, símbolos de paz y frases como “te AMLO”.

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Vi muchas sonrisas a mi alrededor que me confundieron. No suelo asociar políticos con sonrisas porque de donde vengo, la mayor parte del tiempo los políticos venden soluciones para resolver emergencias terribles. Nadie se ríe, he visto más lágrimas que otra cosa. “No sé si voy a votar, pero supe que AMLO iba a estar aquí y vine porque vivo a dos cuadras. Sería bueno darle mi voto a alguien que no sea del PRI o el PAN, pero quiero saber qué propone. ¿Eres de dónde? ¿Venezuela? ¡Entonces me podrás decir si es como Chávez o no!”, me dijo Antonio, un joven de 30 años con una guayabera blanca y lentes oscuros.

“Es importante venir a mítines porque así [los ciudadanos] nos sentimos con voz y voto. Sí esperaba que viniera más gente, pero el clima no ayudó y la gente se asustó. La debilidad de AMLO es su forma de hablar, es lo que lo está afectando en los debates. Ahí es dónde lo andan atacando. AMLO tiene buen criterio y lo ha demostrado, ¿o crees que todos los que estamos aquí qué andamos haciendo?”, me dijo Jesus Uribe, de 49 años, “Si te pones a analizar las cosas que ha hablado AMLO son cosas buenas, pero si tú lo interpretas diferente pues son malas. Yo no creo que va a ser un mal para el país. Aquí no hay acarreados, ni un quinto le ofrecen a la gente. La gente que ves acá, es porque quiere el cambio". No pude contrarrestar su discurso, ya que por más que quise tomarme un agua, un refresco o comerme una torta patrocinada por Morena, no encontré a nadie del partido que me regalara una.

Mientras AMLO hablaba, seguí encontrando cosas parecidas entre su discurso y el de Hugo Chávez de 1998. Andrés Manuel me parece una persona sumamente tranquila, mientras que la voz de Chávez me llenaba de miedo.

AMLO se bajó de la tarima entre los cánticos de su canción horrible. Se metió a su auto blanco, que parecía tener de unos 20 a 30 años de vida, apurado porque tenía que seguir su apretada agenda. Mientras yo, un ser humano con una agenda mucho menos apretada, que tiene más de Netflix e Instagram que crear propuestas para ser presidente de un país, decidí ir a comprar un helado de mango que un amigo me recomendó que vendían frente a la plaza. Al helado le doy diez de diez.

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