De estrella nacional a enemigo del gobierno: el pionero del rock en Irán, Kourosh Yaghmaei, sigue con su lucha

Tras 27 años de censura, el genio de las guitarras de los 70 ha publicado el disco que le prohibieron crear.

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13 Diciembre 2016, 8:10am

Ilustración de Stephanie Santillan.

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Cuando Kourosh Yaghmaei empezó a trabajar en su disco Malek Jamshid a principios de los 2000, estaba prácticamente recogiendo los escombros de su carrera musical.

Desde 1970 no había actuado ni en la radio ni en televisión. La revolución iraní de 1979 había traído consigo un nuevo gobierno islámico que tomó duras medidas contra su música, y muchos de sus amigos y familiares habían decidido abandonar el país. Incluso dentro de su estudio de paredes rosas situado en su piso en Teherán, tenía problemas para expresarse, por culpa de una ventana que daba a la autopista y le obligaba a grabar de noche para evitar el ruido de los coches.

"Puede parecer increíble, sobre todo para artistas que trabajan con la música, que grabara 'Malek Jamshid' en una habitación de mi piso sin ningún sistema acústico, sin equipo de sonido ni micrófonos profesionales, amplificadores u otros elementos necesarios para la grabación", recuerda Yaghmaei.

Yaghmaei necesitó dos años para acabar el disco, trabajando con un presupuesto limitado y con cualquier equipo que tuviera a mano. Pero tuvieron que pasar otros 12 años para que lo pudiera publicar. Años que pasó luchando contra las autoridades para obtener los permisos necesarios para publicarlo. Malek Jamshid por fin salió este verano —sin haber conseguido los permisos— en un pequeño sello con sede en Los Ángeles.

En un país que regula la música de forma estricta y a menudo arbitraria —donde los artistas tienen que pedir permisos para actuar y publicar discos y las leyes prohíben que las mujeres actúen como cantantes solistas—Yaghmaei ha sido víctima del impacto directo de la autoridad estatal. El músico, que ahora tiene 69 años, logró el éxito comercial en 1970. Luego llegó la revolución iraní de 1979, el país se transformó en una república islamista y Yaghmaei pasó de ser estrella nacional a enemigo del estado. Prohibieron su música, le embargaron sus ingresos y su nombre dejó de aparecer en la prensa. Aunque los artistas iranís de hoy en día han conseguido burlar las leyes del gobierno, la experiencia de Yaghmaei le ha dejado una sensación amarga y una gran frustración, y su lucha es una muestra de los efectos mortales que la censura puede tener sobre las mentes creativas.

"Nunca podrías imaginar el daño emocional irreversible, el daño económico, la angustia y la tortura psicológica que tuve que sufrir a lo largo de todos esos años", me dice Yaghmaei en una de sus escasas entrevistas, escribiendo por e-mail desde su casa en Teherán con ayuda de un traductor.

"¿Puedes hacerte una idea o llegar a aceptar que te quiten los 27 mejores años de tu vida, cuando puedes dar lo mejor de ti a tú país, y que te torturen y castiguen quitándote todos los ahorros de tu vida?".

Cualquier músico iraní actual conoce el nombre de Kourosh Yaghmaei. En los 70, fue uno de los dioses de las guitarras en Irán, un atractivo rockero que, con su larga melena y bigote francés, parecía el George Harrison de después del Sgt. Pepper, y conseguía mezclar a la perfección el psycho rock del estilo de The Ventures con letras melancólicas con influencias de los poetas persas del siglo XXI.

Nacido en 1946 en el seno de una familia acomodada —uno de sus antepasados lejanos fue un popular poeta y su abuelo era un rico terrateniente—, Yaghmaei se introdujo en la música desde pequeño cuando su padre le regaló un santur, y empezó su primer grupo con unos amigos en su adolescencia. Escuchaban vinilos de importación de grupos como los surf-rockeros de Washington The Ventures, se hacían llamar The Raptures y tocaban canciones de sus grupos favoritos de garage rock y de la British Invasion. Más tarde, formó un grupo con sus hermanos y poco después de cumplir los 20, Yaghmaei escalaba las listas de pop nacionales con baladas como "Gole Yakh", un hit melancólico de 1973 sobre un amor que sigue vivo a través de los inviernos más duros.

"Cuando estás conmigo, el viento se lleva mi soledad / Las flores del invierno crecen en mi corazón", canta Yaghmaei en su farsi natal, con una voz que gana intensidad mientras su hermano Kamran toca acordes llenos de dolor con la guitarra eléctrica. Con un piano y percusión suave, "Gole Yakh" ha resultado ser su canción más perdurable, y hoy los artistas más jóvenes le atribuyen el mérito de haber ayudado a asentar las bases del rock iraní.

"Era uno de los tipos que sabía mezclar bien la música occidental y la oriental", dice Ashkan Kooshanejad, un músico afincado en Londres que graba música electrónica experimental bajo el nombre de Ash Koosha, y que fue protagonista de la película de 2009 Nadie sabe nada de gatos persas, sobre la escena musical underground de Irán. "Todo el mundo le respeta, no era un hortera".

Pero aunque la música de Yaghmaei le hizo cosechar muchos fans, también le convirtió en objetivo de los islamistas que tomaron el poder a finales de los 70. La revolución empezó como un levantamiento popular contra el monarca Mohammad Reza Pahlavi, que contaba con el apoyo de los EE.UU. y que junto con su padre había sometido al país a políticas de modernización y desarrollo nacional, con un gobierno que aplicaba mano dura y censuraba a muchos artistas pop en el proceso. Cuando el régimen del sah colapsó en 1979, Ayatollah Ruhollah Khomeini, el líder islamista que acababa de volver del exilio, tomó el poder e instauró una nueva república islamista.

Según Kevan Harris, un sociólogo de la Universidad de California, Los Ángeles, que estudia la política y cultura iranís, los líderes del nuevo gobierno estaban decididos a acabar con los artistas con influencias occidentales como Yaghmaei, en un intento de frenar el desarrollo del poder americano y europeo, como parte de un discurso nacionalista más amplio que en ese momento se desplegaba en Irán y muchos otros países.

"La cultura de masas de los Estados Unidos tuvo un doble efecto en el periodo de postguerra, por una parte estaba el espíritu de liberación y por otra la importancia del poder norteamericano", dice Harris. "En los 70, casi cada país del Tercer Mundo tuvo un movimiento que pedía la recuperación de la 'autenticidad' y los 'valores nacionales'. Los islamistas formaron parte de este discurso, pero se convirtió en algo mucho más grande que Irán".

Según Yaghmaei, cuando llegó el nuevo régimen, las autoridades acabaron rápidamente con la música. Le prohibieron publicar discos, viajar y actuar en directo, y le llamaban a declarar constantemente ante los Tribunales Revolucionarios recién instaurados, donde los supuestos opositores al régimen eran juzgados y en ocasiones ejecutados. Durante los primeros años tras la revolución dice que también tuvo que rendir cuentas en la prisión de Evin, un popular centro de detención en el nordeste de Teherán que cuenta con su propia sección para prisioneros políticos.

Yaghmaei tuvo tres hijos antes de la revolución, pero el gobierno embargó sus fondos y le obligó a ocultarse en el underground, durante 27 años que tuvo que pasar luchando contra largos periodos de censura. Ahora reconoce que pudo haber hecho muchas cosas para sortear la normativa: sobornar a los funcionarios, escribir canciones para otros artistas o marcharse del país sin más. Muchos otros artistas abandonaron Irán tras la revolución y se establecieron en comunidades de exiliados en grandes ciudades como Los Ángeles. Su hermano Kambiz se mudó a Europa y su hijo Kaveh, que también es músico, ahora vive en Vancouver, Canadá.

Pero Yaghmaei decidió permanecer en su país natal, manteniéndose fiel a sus principios aunque eso implicara el riesgo de que le arrestaran por ganarse la vida dando clases de guitarra.

"Creía que cambiar mi carrera era un claro insulto a la música y a mí mismo, además de la negación de mis raíces culturales", recuerda Yaghmaei. "Ahora, cuando miro hacia atrás, me alegro de no haber sobornado a nadie ni haber cedido ante las presiones, sino que viví esos 37 años con honor. Creo que incluso en una batalla desequilibrada, es mejor resistir que rendirse".

A finales de los 90, el gobierno iraní llevó a cabo una serie de reformas políticas con la elección del presidente Mohammad Khatami. Surgió una nueva generación de artistas del rock iraní, y tras años de silencio, Yaghmaei obtuvo el permiso del gobierno para publicar un disco de estudio titulado Sib-e Noghre'e, o La manzana plateada. El proyecto le volvió a situar bajo el foco de atención y le generó unos ingresos más que necesitados, pero su lucha contra la censura del gobierno persistió. Aunque todo el país podía disfrutar del pop y jazz de occidente, muchos grupos de rock todavía ensayaban en el sótano y tenían que pasar por un estricto proceso de aprobación por parte del gobierno, dirigido a cualquier rockero, mujer y otros artistas que quisieran lanzar un disco o actuar para el gran público.

Al principio, dice Yaghmaei, le prohibieron poner su cara en la portada del disco. Luego, cuando acabó Malek Jamshid, tuvo que esperar más de una década para recibir la respuesta del Ministerio de Cultura y Orientación Islámica sobe el permiso de publicación. Noisey intentó en varias ocasiones ponerse en contacto con el Ministerio Iraní de Cultura pero no consiguió obtener ninguna respuesta.

Yaghmaei dice que el disco pasó muchos años cogiendo polvo en una oficina de archivo del Estado. En algún momento, según dice, las grabaciones originales y copias en CD salieron de la oficina y las autoridades dijeron que habían desaparecido. Este verano, el sello de LA Now-Again Records por fin sacó el disco en formato digital y en CD.

Now-Again había reeditado previamente viejo material de Yaghmaei en un pack de tres LP con un diseño precioso bajo el título Back from the Brink, pero la verdad es que el nuevo disco no tiene la magia de sus viejos temas. La canción que abre Malek Jamshid, "Key To Miaei (When Do You Come?)", suena como la sintonía de inicio de una teleserie imaginaria de los 90, con unos bajos digitales a lo Seinfeld y guitarras de rock pesado. En "Ghatar (Train)", un ritmo latino se abre paso entre unos teclados dramáticos y las letras en farsi, como si fuera una versión persa de "Smooth", el hit de Carlos Santana y Rob Thomas de 1999. Yaghmaei parece ser consciente de la calidad de su música, pero se defiende diciendo que como la mayoría de estudios en Irán no cumplían con los estándares en ese momento, tuvo que supervisar el disco en su piso, afrontar varios problemas técnicos y trabajar con un equipo limitado, que incluía una guitarra, un teclado Roland y su apreciada guitarra eléctrica, Ovation Breadwinner."Espero que los que escuchen el disco tengan en cuenta estas limitaciones básicas", dice.

Pero la pasión y política de Yaghmaei sigue patente en su trabajo. El disco toma su nombre de un rey de la mitología persa, que según la leyenda gobernó el mundo durante cientos de años y cubrió a sus súbditos de todo tipo de invenciones y necesidades. En los comentarios del artista, Yaghmaei habla sobre las dificultades que tuvo su familia durante los años que siguieron a la revolución, pero también nombra a varios poetas que le han influenciado, instrumentos tradicionales y conquistadores mundiales de la historia persa. Por e-mail, escribe largo y tendido sobre el conquistador persa Ciro el Grande y defiende que el violín (instrumento común en la música clásica de occidente) es una copia de un instrumento de cuerda de Oriente Medio y Asia Central llamado rebab. Destaca una visión orgullosa (y, según el sociólogo Harris, nacionalista) de su país natal, una visión que contrasta mucho con el actual gobierno, al tiempo que reclama una influencia global.

"Hemos visto y oído hablar de países que intentan robar los nombres de poetas, filósofos, artistas, etc. de otros países porque su historia carece de una cultura rica y de este modo intentan compensarla", dice Yaghmaei. "Pero nunca hemos visto a un país que tire por la ventana sus bienes culturales o artistas, los niegue o los esconda. Está claro que en una carrera de caballos, si detienes a los caballos más fuertes y potentes, cualquier burro puede ganar la carrera. Un país sin sus artistas y eruditos es un país muy desafortunado".

Eothen "Egon" Alapatt, el dueño de Now-Again, dice que las ventas de Malek Jamshid han sido escasas. En un principio ni tan siquiera quería sacarlo, pues el sello se centra básicamente en la reedición de material antiguo. Pero al final lo vio como una oportunidad para que Yaghmaei pudiera compartir sus experiencias.

"Él representa a mucha gente, no solo en Irán, sino en todo el mundo: Indonesia, Zimbabue, Nigeria, Etiopia, en todas partes", dice Alapatt, recordando que muchos artistas han de enfrentarse a una lucha similar contra la censura de su país. "Es triste pero cierto. Hay mucha gente ahí fuera que no es capaz de hacerse escuchar, y esta es mi única oportunidad para, de algún modo, hablar en representación de todos ellos".

A lo lardo de los años, los estudiosos han asegurado que incluso algunos medios de comunicación financiados por el Estado han acogido la música pop y occidental. Mientras tanto, los artistas han ido estableciendo emocionantes escenas underground, que a menudo son literalmente underground, como deja claro el director Bahman Ghobadi en Nadie sabe nada de gatos persas. Este emotivo documental de ficción, que se desarrolla en Teherán, sigue a Kooshanejad y a su compañero de grupo, Negar Shaghaghi, mientras se mueven por los locales de ensayo y estudios escondidos en sótanos, azoteas e incluso en un granero. La película se estrenó en 2009, en pleno apogeo de las manifestaciones del Movimiento Verde contra la reelección del presidente Mahmoud Ahmadinejad. Desde entonces ha tomado posesión un nuevo presidente, y algunos músicos iranís aseguran que la normativa se ha relajado un poco. The Quietus informó hace poco sobre el aumento de artistas de techno experimental afincados en Teherán, y el músico Siavash Amini dijo a la revista que él y sus compañeros artistas todavía tienen que pedir permisos para actuar, pero los consiguen con facilidad en parte porque tocan música instrumental.

Raam, un cantante y compositor que solía estar al frente de Hypernova, un grupo de indie-rock afincado en Nueva, volvió hace poco a Teherán y ahora actúa bajo el nombre de King Raam ante un creciente público. Dice por e-mail que prefiere con creces ser músico en Irán que competir con un millón de otros grupos en Nueva York.

"Volver a casa ha sido el mejor paso que he dado. Fue mi pequeña versión de 'Searching for Sugarman'. El resto del grupo se quedó en Nueva York, pero yo estaba hasta las narices del tipo de vida hípster cliché (sin ánimos de ofender o generalizar; el problema de NY es que hay demasiado talento)", dice. "Aquí en casa estoy marcando la diferencia", pero Ashkan Kooshanejad, aka Ash Koosha —que se vio obligado a pedir asilo en Inglaterra después del estreno de Gatos persas, y no ha vuelto a casa desde entonces— dice que el problema con el sistema de Irán es que da el poder a las autoridades para acabar con cualquier artista provocador que consiga lograr demasiada popularidad. Esto supone una limitación para las ambiciones de la gente, que lo tienen difícil para pasar de un nivel local o nacional.

"No voy a hacer algo a medias solo por conseguir un permiso. Porque me he estado dejando la piel", dice. "Si notan que hay algo de sentimiento en tu música y que está logrando conectar con más gente, acabarán con ella".

Hoy, Yaghmaei se gana la vida a duras penas en Teherán, sobreviviendo gracias a una herencia que recibió de su abuelo. Como Irán ha vivido un momento de nostalgia por los años anteriores a la revolución, ha podido disfrutar de un pequeño renacimiento con su música. Sellos como Now-Again y Finders Keepers han reeditado muchas de sus canciones, acercándolo a un público más amplio. Su música se puede comprar online, podemos ver vídeos de sus años de gloria en YouTube y al año pasado el joven DJ Kasra V le dedicó todo un programa de dos horas en la emisora de radio online londinense NTS Radio.

Ahora que Malek Jamshid por fin está en la calle, Yaghmaei dice que no le preocupa la respuesta negativa que pueda recibir del gobierno, pues el daño ya está hecho.

"A los seres humanos nos han dejado caer en este mundo sin preguntarnos. La calidad y estilo de vida es diferente en los diferentes países, y en ocasiones son también contradictorios", dice. "Pero basándome en mi vida, no puedo decir que esto sea vivir. Quizás puedas llamarlo 'pasar por la vida'".

Traducido por Rosa Gregori.