Para comer bien en Cuba tienes que comer como cubano

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Para comer bien en Cuba tienes que comer como cubano

Si viajas a Cuba, debes comer como lo hace un cubano, en los lugares a donde los cubanos suelen ir. No te gastarás más de $20 pesos a la semana —lo que es serio, porque eso puede ser el salario mensual de algún local—.
26.11.15

Si quieres ser un simple turista, te gastarás una fortuna comiendo en La Habana.

Pero si tu presupuesto es más austero, debes comer como lo hace un cubano, en los lugares a donde los cubanos suelen ir. No te gastarás más de 20 dólares a la semana —lo que es serio, porque eso puede ser el salario mensual de algún local—.

La comida es cosa seria para los habaneros, la mayoría de ellos empiezan su día sin saber lo que comerán. Cuba es un caso de supervivencia. Tienes ron, café y cigarros y puedes lograr sobrevivir con un poco más que eso.

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Nota: comer como un cubano, requiere mucha paciencia y ser un maestro con las conversiones, porque en Cuba existen dos tipos de moneda. Un peso cubano (CUC) equivale a 26 pesos cubanos (CUP) lo que es un dólar americano.

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Día 1

Llego a La Habana en la tarde y voy a la famosa heladería Coppelia, frente del icónico Hotel Habana Libre y el famoso Cine Yara, en el barrio El Vedado.

La heladería está en un edificio modernista de los años 50 que luce como su una nave espacial en el centro y rodeado por diferentes espacios para comer. Los empleados de la heladería controlan las filas de habaneros y dejan pasar a grupos de cinco o de seis, dependiendo del espacio que se vaya liberando adentro.

"Los extranjeros entran por allá", me dice uno de ellos, señalando una caseta pequeña al lado de la interminable fila. Le digo que yo quiero comer mi helado en la zona común, con los cubanos. "¿Qué?, ¿quieres esperarte en la fila?" me pregunta asombrado. Sí, le digo. "Es cosa tuya, mi hermano. Los turistas van por allá".

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Después de 45 minutos, estoy por fin dentro. Me siento en el bar, con sus sillas antiguas estilo diner americano. La mujer que me atiende me mira con mala vibra y me dice: "No tenemos chocolate, solo vainilla". Cuando le digo que vainilla es mi sabor favorito, nota mi acento de mexicano y me dice que me vaya al área para extranjeros. La ignoro y le pido dos bolas de helado de vainilla que ella espolvorea con algo sintético a lo que los cubanos llaman "galleta". El sabor no es bueno.

Los cubanos no esperan que, como turista, comas en los mismos lugares donde ellos comen. Se extrañan de verte entre ellos y te miran como pensando: '¿Qué carajo hace este yuma aquí?'yuma es la forma en la que los cubanos llaman a los extranjeros—. Pero después de un rato, se acostumbran a que estés allí.

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En la mesa de al lado hay una joven mujer comiendo 5 bolas de helado de vainilla. "Eres valiente al comer aquí", me dice casi en un susurro. "Estos helados saben a mierda".

Termino de comer e intento pagar con un billete de cinco pesos CUC. Cuando lo ve, la empleada se enoja mucho. Agita sus brazos vigorosamente y me rezonga: "Querido, no tengo dinero suficiente para darte cambio en pesos cubanos (CUC), es demasiado. Por eso te dije que fueras al área de dinero extranjero". La chica con la que platicaba antes ofrece amablemente pagar por mi helado. Agradezco y la mujer accede de mala gana.

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Día 2

Muchos cubanos asumen que todos los extranjeros que visitan la isla tienen mucho dinero. Y, comparado con el cubano promedio, lo tienen. El salario mínimo de un cubano es el equivalente a 10 dólares al mes. Algunos llegan a ganar 60 dólares al mes. Si tengo 40 dólares en mi bolsillo, poseo el equivalente a tres salarios: el de un barrendero, el de un conductor de autobús y el de un cosechador de caña de azúcar.

A la hora del almuerzo, voy a "Variedades Obispo", en la calle Obispo, la más concurrida de La Habana Vieja y donde puedes comer con poco dinero. Me siento en la barra y una mesera con minifalda se acerca a mí. Se llama Yoinet.

"Dime, papi. ¿Qué te sirvo?", me pregunta con picardía.

Le digo a Yoinet que quiero un platón con todo: pollo frito, ensalada y papas. La observo servir mi comida y noto que sus larguísimas uñas están tocando el arroz, pero no digo nada. "Aquí tienes papi, tu pollo", me dice sensualmente. Es una pierna, porque la pechuga es difícil de conseguir en los lugares para cubanos.

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Llamo a Yoinet y le pido la cuenta: 40 pesos cubanos —1.30 dólares—. Tengo un billete de 3 CUC, así que le digo que guarde el cambio. Sus ojos brillan de felicidad.

Antes de irme, me percato que un hombre del otro lado de la tienda está sirviendo sándwiches de cerdo por 10 pesos CUP (50 centavos de dólar). Le pido uno. Toma el pan, lo abre, le pone un poco de sal y le agrega una mínima porción de carne con un poquito de vinagre. Cuando le entrego un billete de 5 CUC, se enoja muchísimo. "¡No, no puedes tener uno! Aquí no aceptamos billetes tan grandes", me dice y tira el sándwich a la basura. El gerente del lugar se acerca y discute con el hombre. Le dice que me sirva otro sándwich gratis. Le digo amablemente que no es necesario.

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Día 3

Hasta ahora he gastado 3 dólares, pero he sufrido mucho el trato con la gente.

La comida cubana es muy similar a la de otros países de la zona caribeña, como Colombia, Venezuela, Haití, Puerto Rico y la República Dominicana. Los platos más emblemáticos incluyen cerdo asado, yuca con mojo y arroz congrí.

En La Habana muchos restaurantes ofrecen cajitas. Son las mismas cajas de cartón que encuentras en cualquier fiesta cubana, usadas por la gente para llevarse a casa un itacate —sobrantes de comida—. Siempre que te vas de una fiesta cubana, alguien seguramente te va a preguntar: "¿Cojiste cajita?"

Si pides para llevar en la mayoría de los restaurantes, obtienes una cajita. En estos días, te dan una cuchara o un tenedor de plástico, pero en el pasado tenías que sacar una pequeña esquina de la caja y usarla como un cubierto. Para la carne tenías que usar tus manos. Siempre te daban arroz, yuca, o papa con cualquier otra carne que tuvieran –que siempre era cerdo—. Eran relativamente baratas a 1.50 dólares por caja.

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Día 4

Decido comprar mi propia comida y prepararla en la cocina del pequeño apartamento que alquilé. Para eso voy al mercado callejero en la calle 17 y la calle K en El Vedado.

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Es viernes y el mercado está lleno. Hay una gran variedad de frutas, vegetales y granos, pero no hay carne. Las únicas proteínas disponibles son pollos enteros que cuestan 80 CUP (cerca de 3.20 dólares); y cerdo, el que cuesta entre 75 y 90 CUP el kilo, (alrededor de 3 a 3.60 dólares) dependiendo del corte.

Un vendedor nota mi interés y me pregunta que es lo que busco. Cuando le pregunto qué tiene, me dice que en la "izquierda" –una forma de decir "mercado negro"– puedo obtener cualquier cosa que quiera. "Puede llevarse carne por 20 CUC por kilo (20 dólares)",dice, "y langosta por 30 CUC (30 dólares) por kilo".

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Esta conversación puede hacer que este hombre termine en la cárcel. La venta ilegal de estos productos provoca multas y condenas de dos o tres años en prisión. La ley cubana incluso prohíbe matar vacas sin el permiso del gobierno. Te pueden dar hasta 10 años de cárcel por hacerlo. La condena para matar a una persona es de siete años.

Hay un área separada dentro del mercado para productos que el gobierno subsidia a través de la llamada libreta de racionamiento, que fue instituida hace 52 años para ayudar a la economía familiar. Cada cubano tiene derecho a: cinco huevos, 0.25 kilos de aceite, 2 ½ kilos de arroz, 1 ½ kilos de azúcar blanca, un paquete de café, un kilo de sal cada seis meses y 125 gramos de frijoles.

Desde hace dos años, algunos de estos productos se "liberaron" y los cubanos deben recurrir a comprarlos de esa manera, es decir, a un precio ligeramente más elevado. Por ejemplo, un cartón de huevos completo cuesta 35 CUP (1,50 dólares).

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Los costos en general me parecen bajos, pero para un cubano con un salario estándar que no tiene parientes en el exterior, los precios son demasiado altos. Los cubanos que tienen familia viviendo en el exterior, sin embargo, pueden respirar un poco mejor en estos días. Un cambio aplicado durante la reconciliación reciente entre Cuba y los Estados Unidos fue el de aumentar la cantidad en dinero que los parientes en los Estados Unidos pueden mandar a Cuba, de 500 a 2000 dólares por mes.

No pude encontrar agua para beber en el mercado, pero me recomendaron que hirviera agua de la canilla. Compre una piña, un kilo de tomates, media papaya, un kilo de frijoles, un kilo de patas de cerdo, media caja de huevos, boniato, papas, y una lechuga por un total de 8 dólares.

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Day 5

El café es una religión aquí. Hay siempre café caliente en cada casa y es lo primero que te ofrecen. En la calle el café y los cigarrillos están siempre disponibles.

Camino frente a una panadería cerca de la calle Galeano, en el centro de La Habana. Dos mujeres que la atienden me llaman para que entre. "Ven aquí, papi. Prueba este pan y dinos que piensas" dice la más joven. Lo pruebo. Sabe como cualquier otro pan, pero horneado muy bien. Me ofrecieron café amablemente: pan y café negro.

No esperes que te den leche con tu café en La Habana. Si no puedes vivir sin ella, tienes que ir al supermercado de moneda convertible, donde un litro de leche cuesta 3 CUC. Y ni siquiera es fresca.

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En la panadería, los clientes entran, algunos pagan con sus libretas de racionamiento. "Un pan de la libreta de racionamiento cuesta 0.15 CUP", explica la mujer detrás del mostrador. "Cada cubano puede comprar uno, como el que te dimos, por día. Y también puedes comprar la misma pieza "liberada" –cuesta 1 CUP", agrega.

"Hay cubanos que sólo comen pan. Querido, créeme, lo importante es mantener tu estómago lleno, aunque sea sólo con harina".

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Day 6

Cuba es una isla, así que no tendría que haber problemas para encontrar pescado, ¿no? Bueno, no exactamente.

Es común ver a gente en el malecón pescando para su propio consumo, aunque hay carteles que lo prohíben. No usan los riles modernos tampoco. Una buena cuerda de nylon con rocas en una punta y anzuelos caseros hace bien el trabajo.

En el camino cerca del Hotel Riviera, un hombre de mediana edad llamado Omar está enseñando a su nieto cómo tirar una línea. Le pregunto qué tipo de peces pesca allí. "No hay mucho", me dice. "A veces un pargo o un barracuda. Necesitas mucha paciencia, pero es lo que es".

Le pregunto si hay algún lugar en el que pueda comprar pescado fresco en la ciudad. "Oh no", me dice. "Es muy difícil, ya verás. La industria de la pesca en el país está en ruinas desde que los rusos nos dejaron. Todo va al mercado negro y es accesible solo para unos pocos".

Justo entonces, el niño le grita a su abuelo —aparentemente atrapó algo—. Omar se le acerca y nota que en efecto el hilo de nylon está tenso, pero pronto se suelta. "Lo perdimos", dice.

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Día 7

En la esquina de la calle Paseo, cerca de la Plaza de la Revolución, veo un restaurante andrajoso y sucio lleno de ancianos. Cuando entro, todos me miran con la ya usual expresión de: '¿Qué mierda hace él aquí?', pero ya estoy acostumbrado.

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El restaurante sirve hamburguesas. Me dicen que son de carne y queso, pero no me dicen de qué tipo. "Son 5 pesos (alrededor de 20 centavos)"me dice una mesera. Esta vez tengo el sentido común de tener suficiente moneda local. Cuando saco los billetes, todos los ojos están en mis bolsillos, pero cuando notan que mi dinero no es convertible a pesos, todos vuelven a sus comidas.

La hamburguesa no sabe para nada a carne. Es una masa compacta, mezclada con soya que tiene gusto a carne, creo. Como mi hamburguesa amablemente, intentando que no se note que me parece horrible. Me voy diciendo adiós a todo el mundo, aunque nadie me responde.

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Antes de irme, conozco a un hombre llamado Alfredo que gana su vida conduciendo un almendrón —así llaman a esos taxis antiguos que ves en las fotos de Cuba—. Le pregunto por qué los cubanos son tan difíciles con todo el mundo –extranjeros y compatriotas por igual—. Un poco de rabia le inunda la cara y me doy cuenta de que lo hice enojar.

"Coño, compadre", me dice. "Es que estamos hartos, chico. Estamos cansados de ser vistos como unos comemierda, entonces tratamos mal a todo el mundo, especialmente a nuestros compatriotas."

"No queremos parecer pobres", dice. "Creo que nuestro orgullo nos hace maleducados e irrespetuosos".

Al final de mi semana en La Habana, sólo gasté 18 dólares americanos –el salario de un periodista cubano—. Si tuviera que vivir como un cubano, tendría menos de 5 dólares por semana, no sólo para comer, sino para vivir en general. Si tuviera que vivir así, puede que también viva enojado.