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Fui a una fiesta en Madrid en la que solo sonó 'Africa' de Toto durante 3 horas y media

Lo que ha unido Toto que no lo separe el hombre.

por Patri Di Filippo
17 Diciembre 2019, 5:00am

Un chico que hubiera ganado el premio a la mejor caracterización de haber existido ese premio. Todas las fotografías por la autora

Valoro mucho la estupidez. No hablo de ser torpe mentalmente, sino de aquella estupidez épica, decadente y, sobre todo, consciente de sí misma. Ese sentimiento que nos lleva a hacer cosas como prenderse fuego en el pelo unos amigos a otros como ritual de beber, jugar a tirarse cosas a la propia cabeza o hacer un lip dub como reivindicación política. Se trata de una estupidez esencialmente humana. Porque, paradójicamente, lo que nos diferencia de los animales, nuestro rasgo evolutivo más fuerte como homo sapiens, es precisamente la capacidad de hacer algo que no tiene ningún sentido ni finalidad. El hacer algo solo porque se puede hacer. La voluntad de entregarse al absurdo y hacerlo a pecho descubierto, en definitiva.

¿Qué lleva a decenas de personas a reunirse un jueves por la noche en un angosto local de Madrid para escuchar la misma canción en bucle durante tres horas y media por segundo año consecutivo? La estupidez, dicho como el mejor de los cumplidos y sin atisbo de ironía. Nada más. Bueno, sí: que la canción escogida para tamaño acto idiota fuera "Africa", de Toto. 4 minutos y 58 segundos (en su album version) de pura excelencia musical, una de esas canciones cuyos estribillos nacieron para poder ser cantados a brazos abiertos y que el grupo supo calibrar perfectamente con estofas melosas. Una canción que es, en sí misma, un acto de estupidez.



Casi 30 años después de su publicación nadie sabe todavía de qué va, y frases geográficamente imposibles como “As sure as Kilimanjaro rises like Olympus above the Serengeti” no ayudan. Pero a nadie le importa: como todo acto estúpido, esto no va de entender, sino de sentir. En este sentido, lo de la otra noche fue algo totalmente inútil: no estábamos ahí para demostrar nada ni hacer algo artístico. La entrada era gratuita, así que tampoco fue un acto benéfico como la otra única vez que un puñado de gente se reunió para escuchar Africa de Toto en bucle.

Pero precisamente en su absurda inutilidad residía el encanto. En una sociedad donde se nos insta a producir constantemente –ya sea dinero o significado– y donde el utilitarismo atraviesa hasta las relaciones personales, esas tres horas y media fueron un involuntario reducto de resistencia.

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Dos colegas anónimos viviéndolo mucho

En realidad, nadie sabe exactamente cuántas veces sonó la canción. Ni siquiera Pedro, uno de los ideólogos del sarao, quién cada vez que los últimos acordes de la canción empezaban a sonar sacaba del bolsillo de su camisa un trozo de papel y un lápiz, escribía una rayita y los volvía a guardar. Si no me equivoco, llegó a contar 36, aunque las matemáticas apuntan a que el número debería haber sido otro. Y qué no; no se trataba de contar. “Siempre me flipó el tema, pero en 2018 empecé a escucharla por todas partes. Ibas a un concierto y, entre grupo y grupo te ponían Africa, que no pegaba nada”, me cuenta Pedro. “Me parecía el momento para hacer algo así, pero no tenía los medios. Un día se lo comenté a Rigo (Pex) y me dijo: “Yo te consigo la sala”. Y aquí estamos por segundo año ya”.

Mientras tanto, "Africa" sigue sonando. Son las doce y algo de la noche, y en el Alevosía empieza a ser difícil abrirse camino entre el gentío. Incluso empieza a formarse cierta cola para subirse al escenario a cantarla en modo karaoke. “Es el segundo año que vengo y cada vez me lo paso mejor”, cuenta Sandro. “Cada vez hay más gente y más buen rollo. Es la mejor canción posible para ponerla en loop”. Horas después, mi amigo Rafa lo corrobora. “Conforme ha ido avanzando a noche, la gente se sabía más la letra y había un ambiente de fraternidad, todos nos queríamos. Todos éramos África”, sentencia.

Llega un momento en el que la noche empieza a replegarse sobre sí misma, a convertirse en el bucle de un bucle. Desde el minuto uno hasta el final, cada vez que la canción termina, todos gritamos: “¡Otra, otra, otra!” y exultamos con los brazos en alto cuando vuelve a empezar. Absolutamente cada vez. Incluso las conversaciones empiezan a ser las mismas. Mismas apreciaciones (“¡es la mejor canción del mundo!”, o “la intro es clavada a "Solo se vive una vez" de Azúcar Moreno”) y también mismos chistes: “¿oye, y qué canción van a poner ahora?”, “¡me flipa esta canción, jamás la había escuchado!”, etcétera. Thomas Bangalter, que hizo del loop infinito un sello discográfico, estaría orgulloso.

Un chico me dice que ya no sabe cuánto lleva aquí dentro. Que pueden ser dos horas, un día o un año. Quizá hayamos descubierto una teoría de la relatividad que podría desbancar a la de Einstein. “El año pasado, días después de la fiesta al gente me decía que seguía escuchando 'Africa' de Toto incluso donde no era. Sonaba un móvil en el autobús, y les sonaba a 'Africa'. Pasaban por delante de unas obras, y les sonaba a 'Africa'”, dice Pedro. “Puede que acabe afectando a nuestra salud mental. Pero, si somos felices, ¿a quién le importa?”

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La autora con dos amigos en modo “Este muerto está muy vivo

Cabe decir que, en la recta final, no todo el mundo está tan contento. Empiezan a notarse los efectos de romper un récord que jamás saldrá en las cabeceras de los telediarios y que nadie se molestó en cromometrar. En una esquina de la sala diviso a un chico sentado en un taburete, algo alicaído. “No puedo más. Hay demasiadas versiones del mismo concepto, me va a explotar la cabeza. Quiero salir ya”, me confiesa suplicante. Mi amiga Celia tampoco está demasiado impresionada. “En mi pueblo ganamos el récord Guinness del gintonic más grande del mundo previamente conseguido por Snoop Dog, así que esto es nada”, afirma.

“En mi vida había escuchado esta canción, y ahora me parece que la gente que jamás la ha oído merecería morir”, dice un chico llamado Ferran. Se lo piensa mejor: “Morir… ¡o convertirse en zombie! Yo amo el rap, el blues y el rock, pero voy a subir a cantar esta obra maestra que está al nivel del mismo Chopin”, prosigue. Más tarde Ferran y yo descubrimos que estábamos en la misma clase durante el primer semestre de universidad en Barcelona. Nunca habíamos hablado, ni siquiera nos acordábamos el uno del otro, y ahí estábamos seis años después en un antro de Madrid cantando una y otra vez "I bless the rains down in Africa". Lo que ha unido Toto que no lo separe el hombre, querido amigo Ferran.

A las 02:54 de la mañana, "Africa" empezó a sonar por última vez. Triunfantes, todos los que ahí quedábamos nos subimos al pequeño escenario a cantarla como si fuera la primera vez que sonaba y no la cuarenta y pico. Algunas camisetas volaron y muchas gargantas fueron declaradas difuntas. Porque no importaba importaba que tras la puerta nos esperase una noche gélida como pocas, ni que en unas 4 horas empezaran a sonar los despertadores.

Estábamos ahí juntos, haciendo algo estúpido, algo tremendamente estúpido y bello. Y me pregunto si, al fin y al cabo, no son las cosas bellas y estúpidas que hacemos las que hacen que la vida, incluso en una fría noche de invierno, parezca un poco más amable.

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