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Música

El rey lagarto de salón

De todas las figuras absurdas que la escena pop alemana ha producido, y hay montones, Christian Anders es sin duda la más ridícula.
1.12.10

De todas las figuras absurdas que la escena pop alemana ha producido, y hay montones, Christian Anders es sin duda la más ridícula. Incluso aunque sólo te creas la mitad de lo que se dice sobre él en su biografía oficial, Anders hace parecer a otros excéntricos tan fascinantes como una muesca en la pintura de la pared. A Anders se le tiene como el más egocéntrico, agresivo, lascivo, promiscuo y maníaco ser humano que jamás haya empuñado un micro frente a una cámara de la televisión germana. En la década de los 70, siendo él un veinteañero, Alemania tenía en Anders uno de sus mayores talentos: diez álbumes, millones de discos vendidos, portadas de revistas, legiones de mujeres. Un ídolo nacional vestido con trajes de fantasía, de hipnóticos ojos azul celeste y coleta rubia reverberando a la luz de los focos. Una estrella con un cinturón negro en karate que cantaba lentas, melodramáticas canciones sobre rupturas, soledad, deseo y ambigüedad espiritual y que, para incrementar la sensación de irrealidad, se negaba a sonreír. Compró un Rolls-Royce dorado en el que se hacía conducir por toda Alemania ataviado con una capa de terciopelo sobre los hombros y un cetro dorado en la mano, despilfarrando todo su dinero en juegos de azar. No tardó en apodársele “el Mozart de las putas” tras declarar que se había llevado al catre a dos mil mujeres. Por si todo esto fuese poco, Anders abusaba físicamente de las personas próximas a él (incluyendo, en una fiesta de Navidad, a su hermana embarazada), escribía libros increíblemente malos y fue presentador de un programa de radio en el que convencía a los suicidas en potencia de que no se mataran. En bancarrota a comienzos de los 80, Anders voló a Los Angeles, donde, animado por unas cuantas devotas damas benefactoras, se convirtió al budismo, rebautizándose como Lanoo y escribiendo varios libros más, esta vez afirmando que él podía unir a todas las religiones del mundo. Acompañado de un enjoyado intérprete de sitar, apareció en televisión vestido con una larga túnica de lino. Una década o así más tarde, Anders empezó a dejarse ver por Alemania de nuevo, sólo que esta vez propugnando teorías conspiranoicas casi antisemitas sobre el sistema monetario, el origen del SIDA y los Illuminati, un grupo que Anders afirmaba que llevaba gobernando el mundo desde el principio de los tiempos. En unos clips llegó a reclamar la pena capital para la canciller Angela Merkel y prisión para Helmut Kohl. Recientemente, en Berlín, Anders celebró su concierto de regreso frente a 42 fans acérrimos, 822 asientos vacíos, y un servidor. El cantante, ahora con 64 años de edad, desgranó sus canciones ante una colosal proyección de su avejentado careto. A su voz le faltaba fuerza, así como al volumen general, pero hubo aplausos, al principio débiles para después ir en aumento, por parte del anciano público. Pese a quedar muy lejos de sus recitales de antaño, Christian Anders era todo sonrisas al finalizar. Nos invitó a ir con él a su camerino, donde distribuyó una ronda de cigarrillos Moods mientras su esposa y mánager, Birgit, sorbía vino tinto de una taza. En la mesa, frente a nosotros, había un pastel de gominolas con forma de osito que una fan había hecho para él. Vice: Usted ha tenido la parte que le toca de trifulcas en su vida, Sr. Anders.
Christian Anders: Bueno, ya sabes, alguna que otra, aquí y allá. ¿Qué consejo le daría a un cobarde como yo para la próxima vez que alguien me diga que le repita algo en la calle?
En primer lugar, no muestres miedo. Aparte de eso, amaga por arriba y golpea por abajo. Yo hago como que te voy a dar en la cara, y entonces, ¡bang! Te rompo una tibia. ¿Es cierto que, a comienzos de su carrera, golpeó en defensa propia a un tipo con una guitarra eléctrica y lo mató?
Mmmm… ¿Qué te lleva a preguntarme esto? Lo leí en su biografía autorizada. Alguien le atacó con una cuchilla afilada.
¡Ja, ja! Eso fue hace largo tiempo. Yo era joven, recién cumplidos 20 años, pero sabía lo que estaba pasando. Intentó abrirme la frente de un tajo. Yo no veía más que sangre, así que reaccioné. No recuerdo exactamente lo que sucedió. Escapé de allí. Imagino que no era usted lo que podríamos llamar un pacifista.
La violencia es parte de la existencia humana. En mi musical Taro Torsay me fijo en la vida en el ghetto en Chicago. Generalmente mi música habla de problemas; la mayoría de mis canciones de éxito no tienen finales felices. Da la impresión de que hay más gente que se separa que gente que se une, de lo contrario yo no habría vendido más de 20 millones de discos. ¿Qué tipo de música le gusta escuchar cuando está en casa?
A menudo, clásica. Sinfonías que yo mismo he compuesto. Pero con las sinfonías no se gana dinero. Pasé meses componiendo mi sinfonía Malibú, y tardé 15 minutos en escribir una canción pop, “Zug nach Nirgendwo”. Son los arreglos los que pueden ocupar meses. A menudo necesitas alcohol o esto o aquello para permanecer en pie. Pero no todo ha sido trabajo, ¿no?
Claro que no, pero la gente no ve el esfuerzo volcado. En mi música yo hago todos los arreglos y escribo hasta la última nota. Ahora las cosas ya no se hacen así. Asumo que se refiere a la época que arranca a finales de los 70, cuando su éxito empezó a disiparse en su Alemania natal.
Obtuve mi último éxito en 1980, y entonces me fui a América. ¿Por qué lo hizo, exactamente?
Deseaba poner distancia. El negocio, en general, me estaba haciendo muy infeliz. Dediqué mucho tiempo a aprender sobre budismo y política. Desarrollé mi teoría de un sistema fiscal libre de intereses. Nuestra economía actual es una completa catástrofe. Alemania está acumulando deudas enormes y todo el dinero que debemos, antes o después, habrá que devolverlo. ¿No estaba usted mismo en deuda cuando se marchó a Estados Unidos?
Debía una cantidad en concepto de impuestos, alrededor de medio millón de marcos. Nada serio, mis royalties cubrían los pagos. Por ejemplo, yo produje y dirigí la película Die Todesgöttin des Liebescamps, que me costó un millón. Entonces yo ganaba 3.000 dólares por noche, así que hubiera podido sufragar los costes fácilmente; en vez de eso, dije que cogieran la parte que les correspondiera de los royalties generados. Disfruté del tiempo que pasé en Estados Unidos. Me sumergí en el budismo. Tenía mi propio grupo al que dar clases.

¿Le gustaba la enseñanza?
Yo era demasiado divino. Los estudiantes empezaron a adularme y a pretender que me estableciera como su gurú. ¿Y eso no le interesaba?
Para nada. Se me prometió un castillo en una playa en México con lujosas casas móviles. Se suponía que tenía vivir allí con todos mis pupilos. Una responsabilidad enorme; sentado en un trono dorado, objeto de adulación… ¿Un auténtico trono de oro?
Bueno, de plástico pintado de color dorado, pero me parece que captas mi punto de vista. Era demasiado, mucha responsabilidad. Me daba miedo no ser capaz de seguir adelante. Me gustaría hablar de algunas de las mujeres que ha conocido en su vida. ¿Diría que a alguna llegó a explotarla?
Dios, no lo sé. Sí, es posible. Pero siempre tuve un objetivo. Siempre quise ser alguien. Su anterior mánager, Ann Busse, con quien usted se iba a casar y más tarde cometió suicidio…
Esas eran las personas a quienes yo atraía, la gente que me acompañaba. Mi mánager, Frau Busse… Fueron circunstancias trágicas. No era una mujer de buena salud. Estos son acontecimientos trágicos que en su momento opté por suprimir de mi vida. Pero también hizo algo de dinero gracias a ella, ¿no es cierto?
Sí, pero también ella lo hizo. A esta mujer le di 5 millones de marcos alemanes. Siempre fui muy generoso. Me producía gran alegría hacer felices a los demás. Echando la vista atrás, ¿hay algo de lo que se arrepienta?
Soy un devoto budista. No conozco el arrepentimiento. Todo lo que sé es que uno vive de acuerdo a su karma. El por qué de que una persona actúe de un cierto modo con otra, incluyendo a veces utilizarla o causarle algún perjuicio, tiene sus raíces en el karma. Esto lo sé como budista. No puede saberse lo que una persona hizo en sus vidas anteriores. ¿No es eso una excusa para nunca tener que pedir perdón por nada?
Yo pido disculpas constantemente, pero sólo porque eso es lo que hay que hacer. Si uno se siente tratado de forma injusta, puedes estar seguro de que él o ella también fue injusto en un momento u otro. Todo lo que haces te será devuelto antes o después. ¿Cómo? ¿Y por quién?
Por quien sea. Y quien piense así evitará de forma natural el mal karma. Si entiendo el karma y, a pesar de eso, actúo de modo injusto, es una forma de masoquismo. Lo único que haces es joderte a ti mismo. ¿Que te lleven por todo el país en un Rolls-Royce dorado juega en contra de la redistribución kármica?
Aquello eran niñerías. Los días del Rolls-Royce no eran nada. Por supuesto, una cosa es cierta: como artista, has de desarrollar un gran ego. Las cosas son imposibles para quien no tenga un gran ego, ya se trate de un artista, un luchador, un actor o un hombre de negocios. Este ego también puede ser tu perdición. Yo era muy egoísta, pero también estaba muy centrado en mi objetivo: quería ser el número uno y seguir siéndolo. ¿Y qué se siente cuando ya no se es el número uno?
Oh, llegó un momento en que eso fue exactamente lo que deseaba. ¿De verdad?
Sí. Quería escapar. Fue como decir, “Ya he tenido suficiente; no comer otra cosa que caviar no puede ser bueno para nadie”. Así pues, estos días ya no hay tanto caviar.
Sí, las cosas se han calmado un poco, pero estoy volviendo a empezar con esta canción, “Gespenstertadt Remix”. En realidad queríamos llevar una vida tranquila, pero de repente el tema subió al número uno en las listas de DJ’s y allí se quedó 13 semanas. 50 semanas en total en la lista de éxitos, así que me dije, “¿Por qué no? Vamos a ver qué ocurre”. ¿Qué más podemos esperar de usted? Sé que recientemente hizo algo para la televisión.
Un concierto en un cantón de Nordrheim-Westfalen, ante dos mil personas. A comienzos de mi carrera ofrecí allí mi concierto más exitoso, 25.000 personas. En Berlín es distinto, pero quería hacer la prueba. Quizá pronto hagamos algo más grande aquí. Esperémoslo. Una cosa más antes de que le deje con su público. ¿Podría firmarme un autógrafo para mi abuela?
Claro, faltaría más.