Cultură

Nos encontramos con Juan Villoro en Barcelona para hablar de literatura

Juan Villoro dicta sus clases al estilo Bob Dylan. Un alumno de la maestría en que recibió una, lo entrevistó largamente sobre literatura, periodismo, y la obra que estrena en Barcelona: "El filósofo declara".
18.11.16

Juan Villoro dicta sus clases al estilo Bob Dylan. Es sabido que cuando el músico se sube al escenario empieza a tocar casi sin aviso: una canción detrás de la otra. Lo que importa es la música, no la introducción del artista. Sólo hay una breve pausa en la que presentan a la banda y luego siguen. Villoro también se detiene: en su cátedra de cuatro horas ofrece un descanso de diez minutos en el que aprovecha para tomar agua. El resto de la clase es un solo discurso, finamente hilado, que va desde la relación de los cuatro evangelios con las formas del periodismo, hasta el problema de la verdad después de Auschwitz.

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Dos razones lo traen de vuelta en la última semana de octubre a Barcelona —ciudad en la que vivió durante la década pasada––: se estrena su última obra de teatro, El filósofo declara, y viene a participar en un homenaje que hay por el décimo aniversario del fin de la revista Lateral. Aprovecha su paso por la ciudad para impartir una clase magistral sobre crónica a los alumnos de la maestría en Creación literaria de la Pompeu Fabra, de la que soy parte.

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Un par de estudiantes aprovechan su visita para concertar una entrevista. Después de un exhaustivo ejercicio depuran la batería de preguntas y llegan una selección de 12 (y dos más, por si queda tiempo). Esperan cubrir un abanico de temas que van desde el Ejército Zapatista, pasando por el Barça de Luis Enrique, hasta la percepción que tiene el mexicano sobre el triunfo del No en el plebiscito colombiano. Les han dado 15 minutos para la entrevista.

Los estudiantes, el uno mexicano, el otro colombiano, lo esperan impacientes a la entrada del salón.

— Pinche Villoro. Ya llegó tarde. Como los mexicanos: siempre llegamos tarde.

Al fin aparece, justo sobre la hora: altote como acostumbra, maletín de cuero, la barba rasurada, camisa roja a cuadros y pantalones cafés. "Son sólo unas preguntas, ¿verdad?", dice él y los dos estudiantes asienten mentirosos. Empiezan hablando de literatura.


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— Con los años, ¿qué libros han pasado la prueba de una o varias relecturas?

— Me gustaría pensar que muchos. Desde Los tres mosqueteros de Dumas o El Quijote; La isla del tesoro de Stevenson, y algunos libros de Julio Verne; Robinson Crusoe o El Ulises de James Joyce, que es uno de esos libros que lees cinco veces: las primeras cuatro no entiendes nada y la quinta crees entender más. Pues muchos. Creo que la relectura es divertida, es esencial. Entonces hay libros que por suerte se mantienen como tal.

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— ¿Como cuáles?

— Acabo de participar en un homenaje a José Agustín. El primer libro que yo leí verdaderamente por gusto fue su novel Perfil, que leí cuando tenía 15 años. No la había vuelto a leer y ahora que se cumplieron 50 años de la publicación hubo un homenaje. Me atreví a leerla. Digo me atreví, porque yo tenía una idea totalmente romántica de esa primera lectura y no quería mancillarla con las pedanterías del lector adulto. Quería mantener la sorpresa del lector adolecente en esa novela. Y la relectura fue muy grata. No fue una desmitificación sino una confirmación de esa vitalidad del libro. Resistió la prueba del tiempo. Yo creo que hay siempre ejercicios de relectura.

— Claro…

— Una cosa que sí me pasa, que me parece muy sorprendente, es que al releer los libros en el ejemplar en el que lo leí la primera vez, ver los subrayados que yo hacía a la distancia me parecen muy idiotas. Yo digo "a ver, a quién se le ocurre que esta era la frase interesante". Realmente yo hacía que Balzac escribiera muy mal. Lo que subrayaba en Balzac era una tontería ¿qué tenía yo en la cabeza? Entonces sí discuto mucho con mi selección de frases. Hay autores que nunca he subrayado, como Borges, porque tendría que subrayarlo todo, tendría que ser subrayado con brocha.

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En la clase, Villoro les dice a sus alumnos fugaces que hacer teatro es dificilísimo. Porque entre la idea que tú tienes y que eso se ponga en escena hay muchas dificultades de por medio, cosas que no controlas y que necesitan mucho apoyo. Lo que lo lleva a invitarlos a una obra suya que se está presentando en el Teatro Romea, dirigida por Antonio Castro y adaptada por Patxi Larrañaga. Si ustedes no van al Romea, dice, va a ser una tragedia.

El filósofo declara es una comedia de la neurosis, dice Villoro: trata de las maneras en que gente pretendidamente muy inteligente puede ser bastante idiota. Hay ciertas formas de la torpeza humana que solo puede hacer gente muy inteligente. Es la historia de varios filósofos, amigos y enemigos, que se encuentran al final de su vida. Una comedia sobre cómo la filosofía florece sobre todo cuando está abonada con sentido común (y mucho humor).

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Casi en contravía de su autor, uno de los personajes de la obra exclama: "la filosofía no es para las especies menores. O eres guatemalteco o eres metafísico".

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— ¿Te pasó con Rayuela de Cortázar? ¿Resistió la relectura?

— Bueno, Rayuela es un libro que ha resistido cierto tipo de relectura. Entiendo por qué esa novela fue tan importante, y tan significativa para mí y para mi generación, pero creo que es una novela que ha envejecido mucho. Al menos en referencias culturales que se han perdido y hoy suenan muy esnob. Igual una postura intelectual, bastante conservadora por momentos, porque Cortázar era muy elitista: un vanguardista muy exquisito. Toda su idea del lector hembra, como lector cobarde, no solo es una idea antifeminista sino misógina. La idea del intelectual como en una torre de marfil, exiliado en Paris. Que no se deja tocar por emociones. Entonces yo creo que sí ha envejecido bastante. Y curiosamente las novelas que pretenden ser muy novedosas muchas veces son las que más rápido envejecen precisamente por eso.

Los entrevistadores asienten y dejan que Villoro siga.

— Es inagotable el tema. Yo creo que todos los buenos libros me han seguido gustando de cierta manera. La relectura siempre te lleva a reconsiderar el libro. Pero en un libro como El Quijote pues siempre encuentras sorpresas maravillosas. Digo, es un ejemplo demasiado obvio.

Dice Villoro y redondea el tema de la relectura diciendo que cada vez más se le agiganta el García Márquez periodista y cada vez lo deslumbra menos el García Márquez de gran derroche imaginativo.

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La diferencia entre escribir ficción y no ficción, dice Villoro en clase, es la relación con la materia misma de la escritura. Cuando uno escribe crónica uno está tan acelerado porque se tiene que terminar rápido y está condicionado por el espacio. Lo cual está muy bien, dice, porque hay resultados literarios a los que sólo llegamos por presión. Si yo no hubiera tenido la presión de escribir una crónica en dos días, probablemente no hubiera escrito nada de lo que escribí. En ese sentido, estas cuestiones coercitivas que tienen el periodismo acaban siendo paradójicas formas de la libertad. Lo mismo que ocurre con la métrica en poesía. Si vas a escribir un soneto tienes que tener catorce versos que son como catorce rejas de una cárcel que establecen un mapa. Dice Villoro, y empieza a recitar los dos primeros versos de un poema en alejandrinos de López Velarde.

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— En una entrevista que tuviste con Diego Enrique Osorno sentenciaste que algunos escritores se han convertido en sus propios discípulos o en su propia parodia. ¿Te preocupa esto?

— Mucho. Ahora, yo creo que hay varias cosas que le pasan un escritor con el paso del tiempo. Una de ellas es como el agotamiento de la fuente. Todo artista está en la búsqueda de un lenguaje propio y una vez que lo domina corre el riesgo de agotarlo. Uno ve de pronto la retrospectiva de un pintor, de sus últimos 30 años, y ve que está haciendo variaciones sobre el mismo tema. A veces esto es apasionante. Pero a veces es muy aburrido: el tipo estaba reiterando todo. Qué poca aventura personal.

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— ¿En literatura?

— Y en la literatura pasa lo mismo. Tú ves hace 30 años que un gran escritor, Vargas Llosa, sería un ejemplo, estaba sorprendiendo con formas novelísticas. Ahora escribe novelas que pueden ser correctas o medianas. Y hay un agotamiento de la fuente. Incluso en un grandísimo escritor. ¿Cómo librarse de eso? Es difícil. Ha habido autores, como Borges, que mantuvieron un nivel de tensión frente al idioma extraordinario, a pesar de que no podía ver, fue un caso excepcional. O como Italo Calvino que murieron en su plenitud de creatividad.

Él responde como si de antemano hubiera sabido la pregunta. Como si tuviera las respuestas preparadas.

— Hay escritores como Lampedusa o Saramago, —sigue él— que son escritores casi de tercera edad. De florecimiento muy tardío. El gran tema es que uno no sabe cuál es la vida que tiene, porque no podemos dominar los plazos de nuestra vida. Porque no sabemos cuánto vamos a vivir. ¿Roberto Bolaño hubiera escrito tanto y tan desaforadamente de ese modo si le hubieran garantizado que iba a vivir 90 años? Probablemente no. Él sabía que tenía una fecha próxima de muerte, no sabía bien cuál era. Tenía que cumplir todo a gran velocidad.


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La revista Lateral, fundada por el húngaro Mihály Dés, circuló durante 11 años. Tenía como sede Barcelona pero sirvió de lugar de encuentro entre España y América Latina, entre América y Europa. Por sus páginas pasaron plumas como las de Mathias Enard, Jorge Carrión o Gabriela Wiener. Fue la primera en publicar a Ricardo Piglia en España. Y donde apareció la primera entrevista que se le hizo a Roberto Bolaño. Escritores que hoy son referentes, como el español Robert Juan-Cantavella o el colombiano Juan Gabriel Vásquez, fueron jefes de redacción de la revista. Casa de América Cataluña organiza un homenaje a los diez años de cerrada la revista. En la charla están presentes Carrión, Dés, Juan-Cantavella y Villoro.

Este último es el encargado de abrir el homenaje. Y dice que por ese tiempo, cuando se fraguó la idea de Lateral, no eran conscientes de la originalidad que representaba la revista en el mundo editorial. Que sabían que estaban fundando una república de la imaginación pero que sólo visto en retrospectiva pueden entender lo importante que fue esa publicación. Una de las características de una revista, dice Villoro, es que es una cofradía de amigos, es un lugar donde se reúnen afectos. Todos bajo el cobijo de Mihály Dés. Por eso Villoro concluye en su intervención que una revista se convierte en una escuela cuando ejerce el arte de la anticipación. Dice y le agradece a Dés, casi entre lágrimas, por ese tiempo y la revista.

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Enrique Vila-Matas dice que la prosa de Villoro está sembrada de relampagueantes frases aforísticas que puntúan sus textos a modo de inspirados latigazos. Y uno puede pensar que se está refiriendo tanto a la prosa escrita como a la oral:

…hay gente que tiene relaciones paranormales con el Che Guevara…

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…es peligroso cuando el novelista es más inteligente que su novela…

…no hay nada más serio en el mundo que un niño jugando…

…el grado de felicidad que produce la escritura no se corresponde necesariamente con la calidad…

…un vicio del periodista es que mientras las cosas empeoran, la crónica mejora. Eso es tremendo ¿no? Te vuelves un sibarita del desastre…

…los jefes de redacción son las más incontrovertibles de las musas…

…en ocasiones hay que emborracharse por rigor al oficio periodístico…

Dice Villoro con la naturalidad de quien camina y juega con unas llaves entre el bolsillo (o con lo que suena a llaves repicando en el bolsillo izquierdo de un pantalón).


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— Alguna vez dijiste que criticar el infierno es tan importante como inventar el paraíso. ¿Cómo conllevas la literatura y el periodismo en un país como México donde la profesión es una de las más peligrosas?

— Bueno yo no soy un periodista que esté en la línea de fuego, que es donde hay mayor peligro y sobre todo en provincia. Pero ciertamente México es un país, al igual que Colombia, sumido en la violencia y en los riesgos que hay para ejercer el periodismo. Yo respeto mucho al periodista y al escritor que se evade un poco de la realidad y que tocan temas que no tienen que ver con la actualidad. En lo que a mí toca he querido ser testigo de la circunstancia, no cerrar los ojos ante el horror y al mismo tiempo poder reinventar posibilidades para la ficción. Creo que una de las cosas más graves que podrían pasar es dejarnos vencer en la capacidad de imaginar.

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Villoro se adelanta a los entrevistadores antes de que lo interrumpan. Por fortuna para ellos.

— Hoy en día el acto de fabular, de ejercer el sentido del humor, la sensualidad, la celebración tiene un elemento rebelde, de disidencia. No hay algo tan complicado hoy en día como sentirse bien, porque la realidad parecería conspirar contra esto. Es muy importante mantener esta reserva de ducha y de felicidad. Y ese ha sido uno de los grandes propósitos del arte. Vemos por ejemplo la gran pintura del renacimiento pero todo eso surgió de una sociedad convulsa, desigual, contradictoria, profundamente injusta. Ejercer este doble trabajo de retratar el horror y criticarlo corre al parejo de imaginar cosas que niegan el horror. Calvino decía el infierno ya está entre nosotros, no necesitamos morir para conocerlo. El problema es encontrar algo dentro de este espanto que no sea horror, defenderlo, abrirle espacio y tratar de que perdure. Y el arte tiene que ver con eso.

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Al día siguiente, en el evento de la revista Lateral, Villoro y los otros dos se vuelven a encontrar. Terminado el homenaje y ya con copa de vino en mano, el escritor se les acerca a sus fugaces alumnos del día anterior. Hablan de revistas literarias, de suplementos culturales. Aunque España tiene sus revistas, dice, en América Latina las hay mucho más y de mayor peso. Menciona alguna buena revista española de nombre inglés y dice que es una pena el anglicismo. Luego cuenta un chiste:

Hay un español condenado a muerte al que le preguntan por su último deseo antes de morir. Entonces el español responde que desea aprender inglés. Claro, es inteligente el español, no lo matan porque nunca termina aprendiendo bien el inglés.

Todos ríen.

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A los interesados que viven en Barcelona: El filósofo declara se presenta en el Teatro Romea hasta el 11 de diciembre.

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Santiago no es guatemalteco ni metafísico. Aparece por acá.