FYI.

This story is over 5 years old.

Cultura

Montar 'El Rey Lear' en la Colombia de los setenta fue un acto revolucionario

Está bien: puede que ya no salgas de casa por andar viendo House of Cards. Pero en Colombia aún hay un combo que cree que hacer teatro transforma a la gente. Conoce a uno de sus maestros: Héctor Bayona.
4.8.14

Una de las muchas razones que mi papá me daba para no volverme actriz era que nadie podía vivir del teatro. No era esa la razón que más lo angustiaba, pero ahora, ocho años después de su muerte y con su preocupación aún presente, puedo concederle que es muy difícil vivir del teatro. Debo confesar que, al menos por el momento, no logro vivir por completo de esta profesión, aunque lentamente son muchos más los aspectos de mi vida que orbitan alrededor de las tablas –este blog, por ejemplo–. En todo caso, he llegado a preguntarme quién es el culpable de que yo ande en este momento haciéndome una serie de preguntas que, de haber estudiado otra cosa, con seguridad no me estaría haciendo.

Por lo general, todos tenemos un profesor, maestro o modelo, que bien, de manera directa o indirecta, se convierte en el guía de lo que podríamos llamar nuestra vocación. Por mi parte, puedo señalar dos culpables: María José Rentería (mi profesora de teatro del colegio) y Héctor Bayona, el director del grupo de teatro en la Universidad de los Andes, del cual hice parte mientras estudiaba literatura en dicha universidad. Sin embargo, Héctor es una persona que contradice completamente la observación de mi papá, pues vive solamente del teatro. Repito: exclusivamente del teatro.

Héctor Bayona es un hombre bajito, delgado, divertido, de un humor permanente. Además, es un “cachacazo”. Y siempre tiene guardada una risita que suelta incluso después de fuertes aseveraciones, lo que genera una extraña duda, pues pareciera que con ello pudiera alivianar hasta el más grave de los asuntos. Aunque para Héctor el teatro es algo fundamental y trascendente, da la impresión de que nada en realidad es tan absolutamente serio. En la historia de vida de este hombre de teatro, el humor y el juego están presentes y son de sus herramientas más útiles.

Lo llamé para cuadrar una entrevista, pero Héctor es complicado y nunca tiene un segundo. Se rió. Me dijo que lo dejáramos para el mes entrante. Pasaron dos. Seguía ocupado, pero al parecer, iba a poder abrirme un hoyo diminuto dentro de una agenda muy tupida. Nos encontramos finalmente en el Teatro Libre de Chapinero. Mientras fui su pupila, no solo fui actriz del grupo, sino también la asistente de dirección del mismo. En esa época, el orden de las cosas era: saludo, regaño, risita y todo de vuelta a la normalidad. Esta vez no fue la excepción. Me saludó, me regañó por no haber vuelto a ver sus obras. Se carcajeó. Arrancamos.

Héctor es miembro fundador del Teatro Libre, que el año pasado cumplió cuarenta años de existencia. Según me explica, él vive del teatro, aunque no solo como actor, sino también de las muchas labores que a partir de allí ha podido inventar. Además, asegura que cuenta con la suerte de haberse topado en su camino con Ricardo Camacho, fundador y director del Teatro Libre. Me cuenta que no sabe de qué vivía en los primeros años. “Afortunadamente no me acuerdo”. Se ríe. Piensa un poco más y me dice que por ahí hacía algunas cosas que le permitían vivir: hizo un par de diseños escenográficos para el Teatro Nacional, dictó uno que otro taller y fue payaso durante varios años, animando fiestas infantiles en el Hotel Cosmos 100.

“En el Teatro Libre siempre pensamos cómo hacer para ganarnos la vida sin tener que ir a pedir cacao en la televisión, porque ese ha sido un principio nuestro. No porque odiemos la televisión per se. Eso es una estupidez, ¿cierto? No. Es más bien por la manera cómo se hace y porque teníamos un ejemplo negativo que fue el TPB, ya que el director se fue a trabajar a la televisión; entonces los actores dijeron ‘¿y nosotros qué?’, y lo siguieron. Así se acabó el TPB”. Y es de entender que no quisieran seguir ese ejemplo pues en el relato de Héctor puedo notar una especial admiración por ese grupo. Dice que gracias a las obras de vanguardia y los clásicos que montó, “puso en evidencia la necesidad de un teatro de gran calidad que se alimentaba de lo mejor del teatro universal". Un propósito que él recogió.

Le pido que volvamos a los inicios, que me explique cómo fue que decidió volverse actor. Me cuenta que al salir del colegio estaba completamente perdido, que por varios años y a pesar de la furia de los de su casa, se dedicó a decorar cerámica a mano. Ya desesperada, su familia lo “extraditó” a Cúcuta donde vivía un hermano mayor y allá comenzó a trabajar en una litografía. Fue durante esa época, en medio del calor y a punta de cerveza con sus compañeros de trabajo, que tuvo una epifanía, se preguntó qué estaba haciendo con su vida y decidió regresar a Bogotá a estudiar pintura. No lo aceptaron en ninguno de los lugares a los que se presentó. Recientemente, se había abierto la Escuela Distrital de Teatro, dirigida por Enrique Osorio y pensó que algo tendría que ver eso con la pintura y que era la manera de ponerse a hacer algo mientras podía volver a presentarse en las escuelas de arte. Héctor había visto algo de teatro del TPB y eso le interesaba, también había visto las obras del colegio que le parecían perfectamente espantosas, aunque de la época del colegio también rescataba las películas que les proyectaban en las tardes culturales. Recuerda con especial fascinación las de El Gordo y el Flaco, Chaplin y los Hermanos Marx. El caso es que hizo la entrevista de admisión: “yo no dije sino bobadas y algunas cosas ahí como para lucirme, como para impresionarlo (se ríe). Bueno, me dejaron entrar”.

Durante esos años (1970, 71 y 72), Héctor se fue formando, no propiamente como actor, sino como líder político. Era el momento justo del movimiento estudiantil, acababa de pasar mayo del 68. Héctor se metió al Movimiento Obrero Independiente Revolucionario (MOIR) y terminó dirigiendo la subversión dentro de la escuela. Por esos días la mayoría de instituciones educativas estaban en asamblea permanente. A todos los revoltosos los fueron echando de las escuelas y universidades en las que estaban. Y fue entonces cuando Ricardo Camacho, quien por esos días era el Jefe Nacional del Frente Cultural del MOIR y quien había sido expulsado de la Universidad de los Andes por lo mismo, se le ocurrió que quería vivir del teatro y armar un grupo profesional. “¡Oh, sorpresa cuando me dice a mí! Él me había visto actuar en todas esas obras de campaña” –obras que se iban presentando de barrio en barrio para atraer adeptos–. “Éramos, digamos, el cebo para que la gente se reuniera y el político pudiera echar su discurso después”.

Lentamente, pasaron de hacer teatro panfletario o de propaganda y fueron convirtiéndose, de manera empírica, en el grupo que son actualmente. Un grupo que se interesa por revisitar los clásicos, por descubrir las problemáticas que allí se esconden, que cree ciegamente en el teatro de autor y en el teatro dramático. Comenzaron a especializarse en diferentes áreas del quehacer teatral: voz, dirección, movimiento, dramaturgia… Actualmente aún se mantienen seis miembros de la formación original. “De verdad, no sé de qué vivíamos. Almorzábamos en distintas casas de compañeros. De verdad, esa no era una preocupación para nosotros. Éramos hombres libres. Totalmente”. Camacho era muy inquieto y tenía la convicción absoluta de lo que estaban haciendo, de que tenían que crecer y formarse con lo mejor (él mismo viajó a Londres a estudiar y prepararse para dirigir la compañía que había inventado y que lideraba).

Fue así como viajaron por toda Colombia, moviendo sus obras por las zonas más ajenas al teatro y a la vez más ávidas de alimentarse de él. “En esa época no había un empresario que nos llevara de gira, el empresario era la organización política y gracias a eso conocí todo el país y conocí a su gente, pues nos alojábamos en sus casas”. Para Bayona, hay un importante giro en la manera en la que el Teatro Libre entendía y hacía teatro cuando Ricardo Camacho propuso montar El Rey Lear. Entonces la base de la militancia del MOIR les dio la espalda pues afirmaba que montar Shakespeare era la entrega total a la burguesía.

Le pido a Héctor que revise lo que ha sido su vida hasta este momento y que me diga si ser actor, en la manera en la que ellos lo proponen, es un acto político. “Sí, porque si revisamos todo nuestro repertorio, vemos que son obras que tratan los problemas fundamentales del ser humano. Y por otro lado, es un hecho político en la medida en que damos a conocer el legado de la humanidad, porque este es un país muy joven, muy ignorante. Yo estoy de acuerdo con los jóvenes que quieren cosas novedosas, pero conozcan y aliméntense. No en vano esto tiene una historia: el teatro universal. Creo que podemos y debemos aprender de eso. Me parece que un acto político y revolucionario en esos términos es haber montado El Rey Lear en Colombia y haber puesto en escena una cantidad de autores de la dramaturgia internacional de los que aquí no se tenía ni la más remota idea”.

Si a estas alturas el lector ha visto las fotos de Héctor y no lo reconoce, debe revisar si la palabra  “actor”  le resulta un sinónimo de “actor que aparece en la pantalla gigante o en la chica”. Si es así, lo invito a ir a teatro, movido más por el riesgo de hacerlo que por la certeza de encontrarse con una cara conocida, o un elenco de “cartel”, como llaman a los actores famosos, pensando que eso es una garantía de algo.

Sofía Arrieta es actriz y bloguera de En Órbita, donde se publicó originalmente este texto.