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Podemos, el musical

Acto de cierre del proceso de constitución de Podemos en el Teatro Nuevo Apolo de Madrid, donde actuaban Los Morancos y 50 sombras de Grey, el musical. Y sí, fue emocionante.
17.11.14
Todas las fotos de Liliana López

Las señoras de 50 sombras de Grey, el musical, con su aspecto de amas de casa en los EE.UU. de los años 50, amenazan desde la fachada del Teatro Nuevo Apolo, Tirso de Molina, Madrid, a todo el que pasa por delante, junto a dos enormes figuras de Los Morancos, todavía más amenazantes, que parece que, directamente, se van a arrojar sobre el personal.

Debajo de este panorama, a las puertas del teatro, se arremolinaba el sábado una pequeña multitud a eso de las 11 de la mañana. Esto no es un musical, pero al final cantaron hits de Mercedes Sosa y Lluis Llach, que dicen que eso de verles cantar les molesta mucho a "ellos". Gorros, abrigos, anoraks, cámaras, micrófonos. Una mujer de mediana edad mostraba a las televisiones una foto impresa en papel arrugado. Era una imagen de las asambleas que se celebraban en la cercana Puerta del Sol, durante la acampada del 15M. "Quién nos iba a decir que todo aquello se iba a convertir en un partido político -decía-. Yo estoy encantada".

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El partido político, claro está, es Podemos, que ese día y en ese teatro celebraba el acto de clausura de su Asamblea Constituyente, esa que transformaría el movimiento social en un partido como-Dios-manda, con todos los riesgos y ventajas que tal tránsito podría traer. A la ​primera Asamblea asistimos hace un mes para comprobar si los seguidores de Podemos, los que forman los círculos, eran, como muchos cuentan, antisistemas-proetarras-bolivarianos. La Tesis Eduardo Inda se demostró falsa. Ahora, en la ceremonia de cierre, queríamos fijarnos más en lo que sucedía sobre la tarima, en lo que decían los dirigentes y en la estructura interna de este fenómeno político.

​Si la anterior cita se celebró en el Palacio de Vista Alegre, en el barrio obrero de Carabanchel, una antigua plaza de toros donde se congregaron algunos miles de personas, en esta ocasión ocurría en un pequeño y abarrotado teatro a la italiana, con aspecto de bombonera, no muy lejos de otro teatro, el Teatro del Barrio, en Lavapiés, donde en enero Pablo Iglesias dio un paso al frente y presentó a Podemos al mundo. Y el mundo (al menos el mundo político español) no volvió a ser el mismo.

A esos tiempos primigenios, pero no tan remotos, se remitió un Pablo Iglesias, que entró al lío templado, en tono cálido y amistoso, porque estaba entre amigos y también porque su modelo de Podemos había triunfado en las votaciones. No era el Pablo Iglesias metralleta y encorajinado que vemos en otras ocasiones (a Jordi Évole le dijo en Ecuador que tenía que cambiar ese tono, pero que era un método de defensa contra aquellos que le ponen a caldo por doquier). Habló de eso, de los comienzos en el Teatro del Barrio, de los que le ponen a parir desde la izquierda y la derecha, de lo difícil que había sido todo eso. Conseguir los 50.000 primeros apoyos fundamentales para empezar, presentarse a la europeas, sacar cinco eurodiputados, comenzar a trabajar en Bruselas. Difícil, sí, pero todavía es el comienzo. Lo verdaderamente difícil, dijo, venía ahora: "será cuando gobernemos".

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En realidad, el programa de Podemos tiene muchas similitudes con lo que debería ser el programa de un partido socialdemócrata, si la socialdemocracia no se hubiera disuelto hasta hacerse inofensiva en el neoliberalismo. Podemos parece buscar un Estado de Bienestar fuerte, como ese que se creó en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, cuando la amenaza soviética podía extenderse como un sarampión por Occidente y convenía tener contentos a los trabajadores de este lado del Telón de Acero, no fuesen a revolucionarse. En el evento se habló incluso de un nuevo New Deal europeo (lo dijo Alexis Tsipras, de Syriza), que a base de inversión pública bandease la crisis, al modo de Rooselvet en la Gran Depresión, y se citó a Joseph Stiglitz y Paul Krugman. Muchas de las propuestas de Podemos, incluso las más aventuradas, estaban ya en los programas de gente tan poco sospechosa de antisistema o comunista como Olof Palme en la Suecia de los 70 o François Miterrand en la Francia de principios del 80. Muchas se encuentran también en otros partidos nacionales, del PSOE a UPyD.

Podemos no pretende crear una República Socialista Soviética en España. Y cada vez menos, desde que van rebajando las pretensiones de su primer programa económico, que seguramente se moderará más hasta las elecciones. (Hay quien compara, incluso, a Pablo Iglesias con aquel joven Felipe González que tanto ilusionaba en el 82. En este caso su mano derecha (o izquierda), el tipo duro, ácido, combativo, que cae mal a muchos y hace el trabajo sucio, no sería Alfonso Guerra, sino Juan Carlos Monedero). Por todo esto Iglesias habló del miedo, de los cuentos de viejas, y de que ese miedo es una mala estrategia porque "está cambiando de bando". Ahora son "Ellos", ese enemigo acérrimo de Podemos, los que tienen miedo, según explica el ya secretario general. Y cuando dicen "Ellos", dicen los oligarcas, las grandes corporaciones que abusan, los ricos que no quieren contribuir, la casta, "los sinvergüenzas" y "los golfos".

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Al final, aunque Podemos trate de venderse como un partido transversal entre la izquierda y la derecha (y es cierto que un porcentaje no desdeñable de sus posibles votantes viene del PP), este es un discurso plenamente izquierdista. El explotado contra el explotador, la lucha de clases, el motor de la historia, ya saben. Podemos, que ha dejado de ser un movimiento social para ser un partido, tiene ahora una Comisión de Garantías Democráticas formada por diez personas que velará por la transparencia y luchará contra la corrupción en el partido. El Consejo Ciudadano, está formado por 62 personas que serán su núcleo central. Viéndoles subir al escenario, la otra mañana, se veía una imagen de ilusión, juventud y preparación que contrasta, y mucho, con el aspecto adocenado de la plana mayor de los dos grandes partidos tradicionales.

En la cabeza Pablo Iglesias, como secretario general, y su equipo más cercano: Iñigo Errejón, Juan Carlos Monedero, Carolina Bescansa y Luis Alegre. Esta opción ha ganado por una abrumadora mayoría del 88% de los votos, 95.311 votos, frente a unos competidores que no llegaron, ninguno, al millar. De los afiliados, eso sí, solo ha votado un 40%. Así Iglesias consigue llevar a cabo su modelo de partido con una sola cabeza fuerte, frente a otras propuestas más participativas y, en principio, más acordes con el espíritu original de la organización, como la liderada por el físico Pablo Echenique, que también, por cierto, fue vitoreado muy deportivamente por el respetable.

Había en aquel teatro el sábado un all star de la justicia social. Iglesias, antes de su intervención, mencionó a todos los representantes de países, partidos o movimientos sociales afines que estaban allí presentes. Ada Colau, de la Plataforma de Afectados por Hipoteca y de Guanyem, o Diego Cañamero, del Sindicato Andaluz de Trabajadores, embajadores latinoamericanos, compañeros de partidos afines europeos (entre ellos Alexis Tsipras de Syriza, Grecia, y Marisa Matías del Bloco de Esquerra portugués, que tuvieron su speech), la jefa del sindicato de limpiadoras griego (que había sido atacada con ácido), representantes de la marea verde por la Educación o de la blanca por la Sanidad, representantes del movimiento estudiantil o de Juventud Sin Futuro (la organización que prendió la mecha del 15M), palestinos, saharauis, y hasta trabajadores de Coca Cola y representantes de Facua o Cáritas.

Y, cómo no, sobre el escenario, las sempiternas intérpretes en lengua de signos. La verdad, mientras Iglesias iba enumerando a todos estos colectivos y el público los iba reconociendo con fuertes aplausos, daba la impresión de que allí, entre toda aquella gente y si Podemos ganaba las elecciones, todos íbamos a ser cuidados y a nadie nunca le iba a ocurrir nada malo. Y sí, era emocionante.

Afuera, en los grandes carteles, también estaban Los Morancos.