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—¿Qué cosa? —inquirió de nuevo Julio huyendo de aquellos ojos escrutadores.
—Me queda poco tiempo de vida… muy poco. Julio quiso replicar algo, pero Débora le interrumpió:
—Lo sé. No pretendas engañarme… Pronto te quedarás sólo; y no volveré a molestarte.Julio sintió una extraña sensación de bienestar que le subía hasta los labios, y para disimular la sonrisa que ya se dibujaba en ellos corrió hasta la tía Débora.
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—No, no. Todo lo contrario; este calor es sofocante —dijo Julio al tiempo que intentaba despojarse del abrigo.
—¿Qué haces? —clamó entonces Débora con alarma. —No puedes hacer eso, en esta casa hay muchas corrientes de aire. Haz el favor de cubrirte.
—Es que me ahogo —protestó el joven. Pero ella meneó la cabeza con desaprobación.
—No vas a darme ese disgusto, ¿verdad? Tú no quieres que la tía Débora se disguste contigo. Anda, siéntate junto a mí.

—No, no mucho… estuve con unos amigos.
—Bien, bien —comentó ella dulcemente. —La juventud debe divertirse. Dime, Julio, ¿tienes novia? Jamás me has hablado de ella.
—No —respondió él secamente. —No tengo.
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—No, te he dicho que no tengo… —afirmó Julio, sin hacer caso de la grosera insinuación de la mujer. Ella reparó en el acento duro de aquellas palabras y se mordió los labios, pero poco a poco su expresión volvió a suavizarse.
—Bueno, si tú lo dices… te lo creeré. Aunque hace un par de noches me pareció ver una mancha roja en tus labios. Era carmín, ¿no es eso?
—Sí, tal vez —replicó Julio, furioso.
—¿Y no ha ocurrido lo mismo hoy? —preguntó Débora al tiempo que con un movimiento brusco le levantaba la cara. Entonces se inclinó sobre él y mantuvo el rostro a unos centímetros del de Julio. Su aliento fétido le entró al joven por la nariz, y Julio hizo un brusco movimiento.
—Tía, tengo sueño, déjame ir —clamó, suplicante. Ella volvió a sonreír.
—Eres un ingrato —dijo. —Sabes que paso las horas esperando tu regreso y tú me escatimas unos minutos de tu compañía… ¡Vete si quieres! —dijo al fin soltándole la cabeza violentamente.Pero Julio no se movió. Había recordado que la fiesta de esa noche había agotado sus recursos. Necesitaba dinero para el día siguiente. Y aquello Débora lo cobraba con muchas horas, con muchos minutos de tortura.
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—No, no puede ser así —comentó Julio por decir algo. Débora le obligó entonces a verla de nuevo.
—Tú sabes que cuando yo leo algo en los ojos de los hombres no me engaño. Lo sabes, ¿verdad?Julio cerró los párpados para evitar seguirse contemplando en el fondo de aquellas pupilas cargadas de odio. Débora continuó ahora suavemente:—Por eso yo conocía bien a Estela, ¡pobrecilla! Trataba de ocultarme las cosas, pero yo lo adivinaba todo; sin moverme de aquí, sabía cuánto había hecho, sabía con quién había pasado la noche… ¡Todo, todo!— La voz de la mujer se ahogó como un suspiro y hubo una larga pausa. Julio le estrujó las manos hasta hacerla palidecer. Luego el relato se reanudo:
—Debes querer mucho a tu madre, Julio. Ella era buena. Aunque un poco atolondrada. Sólo pensaba en su comodidad, necesitaba dinero y lo buscaba como fuera. ¡Era muy joven! Siempre se lo censuré; no me ha gustado nunca cómo las gentes persiguen las monedas… desprecio a los hombres, a quienes el dinero convierte en mendigos, en esclavos, en algo sucio e innoble.El sueño empezaba a huir de los ojos de Julio, y una cólera impotente se estremecía en su interior. Sabía que aquel párrafo estaba dedicado a él, pero ya nada le importaba. Esperaría. Esperaría siempre aunque la vieja fuera a vivir mil años.—Sí, tía, sí —comentó en voz baja.
—¡Tía! —repitió la mujer —con cierta amargura en la voz. Es triste pensar que a pesar de todo cuanto te he querido, no he sido para ti más que eso. Lo menos que podía esperar era que me quisieras un poco, yo he velado por ti como si fueras mi propio hijo.
—He cuidado de ti como una verdadera madre, ¿no es verdad?
—Sí, tía, sí, lo sé… —murmuró Julio.
—Entonces —chilló la vieja —llámame así… ¿lo harás verdad?Hubo una larga pausa. Julio había palidecido y los labios le temblaban ligeramente. Sintió que el pelo se erizaba en su cabeza.—Lo harás, ¿verdad? —chilló la vieja con desesperación.
—Sí —respondió Julio mansamente. —Lo haré… Cuando Débora le obligó de nuevo a mirarle de frente, encontró los ojos de Julio humedecidos por el llanto. Entonces sonrió triunfalmente.
—Eres un buen niño —dijo. —Estás conmovido… —Y le besó largamente, mientras el cuerpo de Julio se sacudía en convulsiones de cólera.
—¡Dilo! ¡Dilo! ¡Quiero oírlo! —siguió la mujer cada vez mas excitada. Y pegó entonces su oreja a los labios de Julio. El hombre cerró los ojos; comprendió que había llegado el momento definitivo, que no podía caer nunca más bajo, y mientras pasaba por su mente el recuerdo de Estela murmuró quedo, muy quedo:
—Madrecita… madrecita.Débora estalló en una risa histérica, feroz, entrecortada. Tomó la cabeza de Julio y la apretujó contra su pecho a tiempo que los senos marchitos le ofrecían la repulsiva blandura de su proximidad. Julio quedó luego, ahí recargado contra la silla de ruedas, con los ojos muy abiertos como si así quisiera ahuyentar la pesadilla que estaba viviendo. La mano de la mujer volvió a acariciarle la cabeza con indescriptible suavidad una y otra vez.Las manecillas del reloj se desplazaron lentas, muy lentas. Al fin, la vieja pareció cansada de su posición.—Vete a dormir —dijo palmeándole las mejillas, debe ser muy tarde.Julio se levantó mecánicamente. Ya no sentía calor aunque su cuerpo estaba empapado. Dejó con repugnancia un beso en la frente de la mujer y trató de alejarse, pero ella le tomó por las solapas y le besó en los ojos.El primer paso que dio rumbo a la puerta le costó un trabajo infinito. Los miembros le dolían de un modo terrible, resultado de su larga estancia sobre la alfombra.—Julio —llamó entonces Débora, —¿adónde vas? Te has olvidado de algo importante… ¡Eres un chiquillo! ¿Cómo quieres vivir sin pensar en el dinero? Apuesto a que no tienes un solo centavo. El hombre negó con la cabeza mientras permanecía balanceándose como un péndulo a mitad de la habitación.
—Anda toma el que quieras, hay algunos billetes es ese cajón.Julio llegó hasta la cómoda y extrajo de una de sus gavetas un puñado de billetes; cuando pasó de nuevo al lado de Débora ésta le sujetó por el abrigo.—Ven aquí —dijo de nuevo atrayéndole hacia ella. Julio cedió a la presión y pronto estuvo de rodillas ante la enferma.
—No tendrás felices sueños si no te santiguo—. Y empezó a persignarle, mientras Julio, con los brazos sobre el pecho, oprimía fuertemente los billetes.
—Que Dios te bendiga —dijo ella mientras hacía la señal de la cruz sobre su frente, y sus dedos temblaban de ira y de desprecio.Julio se levantó de nuevo; marchó hacia la puerta y desde ahí se volvió. La comedia de aquella noche llegaba a su fin.—Buenas noches —murmuró. Hizo una pausa y después, casi sobrecogido de espanto, asqueado de sí mismo, agregó: —Buenas noches… ¡Madrecita!
—Buenas noches, hijo —repitió la anciana. Y clavó la vista en el hueco de la puerta por donde Julio había desaparecido. Luego le escuchó andar por el pasillo y entrar finalmente en su habitación. Unos ruidos leves le denunciaron que Julio se desvestía. Luego la casa quedó sumida en un silencio profundo, en una dulce quietud, en una serena tranquilidad.Cristian Cueva es escritor y documentalista. Trabaja en Mórbido Film Fest y actualmente está realizando un documental sobre Carlos Enrique Taboada.