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Cultura

La pequeña muerte: vida y amores de un necrófilo

Siempre me ha dicho que no es anormal, que la gente se siente atraída por diferentes cosas y a mí me atraen los cadáveres.

por Daniel Oberhaus
29 Octubre 2015, 4:24am

Todas las fotos cortesía de Jörg Buttgereit/Nekromantik

Hayden (por razones que en breve se entenderán obvias, ha preferido mantener el anonimato) tiene 18 años y nunca olvidará el momento en que se dio cuenta de que era necrófilo. La primera vez que estuvo en contacto con un cadáver fue cuando asistió al funeral de una amiga, a los 14 años.

«Sentí el toque frío de su piel en mi mano incluso horas después de haber estado en contacto con ella y me puse a pensar en cómo sería poder tocarla siempre. Estaba helada y tenía los ojos en blanco, muy abiertos y sin expresión», recordó Hayden.

«Aún puedo ver la forma en que la luz incidía en su cara, haciendo que pareciera que estaba dormida, aunque sus ojos tan abiertos estaban muertos», continuó. «Pensé que podría ahogarme en ellos. Sentí el impulso de enredar la mano en su pelo, entrelazar mis dedos con los suyos, dejar que mi piel se amoldara a la suya y sentirla eternamente. Me quedé con la sensación de que todo había terminado muy rápido».

Cuando Hayden evocaba aquel episodio, me aseguraba que a la vez lo invadía un sentimiento intenso de rabia y culpa. Trató de hacer entender lo que sentía a los demás, pero solo obtuvo un rechazo frontal.

La censura explícita de la necrofilia -o el elemento tabú que rodea a su práctica- existe desde que el ser humano se esfuerza por codificar los comportamientos sociales apropiados. Pese a ello, la necrofilia ha desempeñado un papel muy importante en el imaginario de estas mismas sociedades. Tomemos, por ejemplo, el caso de Aquiles, quien al parecer perpetró actos necrófilos con la reina amazona Pentesilea tras haberle arrebatado la vida. O de Herodes el Grande, de quien se dice que conservó a la segunda de sus diez esposas en miel y mantuvo relaciones sexuales con ella durante los siete años siguientes. Algunos eruditos afirman que Carlomagno era dado a las prácticas necrófilas. Y si buscamos un referente más moderno, La Bella Durmiente también está cargada de connotaciones necrófilas.

Quizá pueda encontrarse en la prevalencia de estas tendencias necrófilas –ya sea en la fantasía o llevadas a la práctica- la justificación de la existencia de leyes explícitas para regular esta conducta. Tal vez la necrofilia es más común de lo que estamos dispuestos a aceptar. Al fin y al cabo, el sexo y la muerte siempre han estado vinculados, incluso idiomáticamente (en francés, la petit mort, o «la pequeña muerte» es hoy sinónimo de «orgasmo»).



La primera vez de la que se tiene constancia del uso del término «necrofilia» en su sentido moderno se atribuye al psicólogo Joseph Guislain, quien acuñó el término en una ponencia en 1850. Lo utilizó para referirse al necrófilo francés François Bertrand, a quien un tiempo antes habían acusado de exhumar y mutilar varios cadáveres en cementerios parisinos. Pero no fue hasta que el término se canonizó en la revolucionaria obra Psychopathia Sexualis, de Richard von Krafft-Ebing, cuando su uso empezó a extenderse.

Pese a ello, en la comunidad psiquiátrica la necrofilia sigue estando en una zona de estudio marginal, en parte por su carácter demasiado insólito y prohibido como para investigarla de forma rigurosa. Ni siquiera el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, autoridad máxima en el ámbito del diagnóstico psiquiátrico, la incluía hasta que publicó su edición de 2013. (En ediciones anteriores, la necrofilia estaba en la categoría de «Parafilia de tipo no especificado»).

En 2009, Anil Aggrawal, profesor de medicina forense del Hospital Universitario de Nueva Delhi, propuso un nuevo sistema de clasificación para la necrofilia, práctica que él mismo describió como «una de las más extrañas, insólitas y repugnantes». Su sistema, basado en diez niveles, es, con mucho, el más detallado que existe sobre la necrofilia hasta la fecha y se explica con sumo detalle en su libro Necrophilia: Forensic and Medico-legal Aspects.

«El principal escollo en el estudio de la necrofilia es la falta de documentación y la escasez de casos», me explicó Aggrawal. «No he logrado superar esas dificultades por completo, aunque lo he intentado».

A diferencia de intentos anteriores por clasificar la necrofilia, como el estudio realizado en 1989 por Jonathan Rosman y Phillip Resnick, que dividía esta práctica en dos grupos -«necrofilia auténtica» y «pseudonecrofilia»-, Aggrawal descubrió que, de hecho, existía un amplio abanico de tendencias necrófilas. A partir del estudio de docenas de casos de todo el mundo, el sistema de Aggrawal contempla desde las fantasías sexuales más contenidas hasta los actos de necrosadismo más extremos.

En el extremo más suave de la clasificación se encuentra la Clase I, que incluye a personas que practican juegos de roles, los «necrófilos románticos» y los que fantasean con ello sin llegar a cometer ninguna infracción desde el punto de vista legal. Son personas que se excitan con juegos sexuales con sus parejas, como fingir que están muertos, que los resucitan a través del sexo o que son vampiros. En la Clase II se incluyen los necrófilos románticos que son incapaces de aceptar la pérdida de un ser amado, como la viuda de la que se descubrió recientemente que había estado un año durmiendo junto al cadáver en descomposición de su marido.

Siguiendo con la escala, están los fantaseadores necrófilos, o de Clase III, que se excitan imaginando situaciones en las que haya cadáveres, desde visitar un funeral o un cementerio a mantener relaciones frente a un ataúd o experimentar sensaciones eróticas tras ver imágenes de cadáveres.

A partir de este punto, entramos en el ámbito de la necrofilia en el sentido clásico, que incluye a personas que llevan a cabo prácticas sexuales con los muertos. Como bien indica el esquema de Aggrawal, existen infinidad de formas en que se pueden materializar dichas prácticas, desde la obtención de placer sexual con el simple hecho de tocar un cadáver (Clase IV) a masturbarse mientras se mutila un cuerpo (Clase VI) o los necrófilos homicidas (Clase IX), tan desesperados por mantener relaciones con un cadáver que son capaces de matar para cumplir su fantasía.

Ponte a hablar de un asesinato violento durante una cena y todo el mundo participará en la conversación; menciona la necrofilia y la mesa entera se quedará en silencio.

Según Aggrawa, es relativamente común que, con el tiempo, un necrófilo vaya avanzando en esta escala. En su libro cita numerosos casos de personas que habían tenido fantasías necrófilas y que acabaron buscando trabajos en los que pudieran estar en contacto con cadáveres con el fin de poder hacer realidad sus deseos.

Hayden, de hecho, me dijo que un día tiene intención de dedicarse a una profesión que le permita estar cerca de los muertos con frecuencia. «Soy consciente de que no puedo consumar mi deseo, al menos no sin acabar arrestado», afirma. Sin embargo, también confiesa que no le preocupa que sus fantasías se traduzcan en algo más tangible. En su caso, «con poder tocar me basta».

«A la mayoría no le hace gracia la idea de que alguien toquetee su cadáver, y menos que mantenga relaciones sexuales con él. Esta reacción me hace mucha gracia: al fin y al cabo, ya no necesitan su cuerpo para nada», me dijo. «La verdad es que creo que no debería estigmatizarse tanto el asunto. Los medios y la justicia lo exageran muchísimo».

Stoya lee Necrophilia Variations, de Supervert, hasta que alcanza el orgasmo

Carla Valentine es conservadora del Museo Bart de Patología y fundadora de Dead Meet, un sitio web de citas y punto de encuentro de profesionales de la industria de los muertos. Con su proyecto, Valentine espera lograr que la gente supere la repulsión que provoca el tema de la muerte y esté más receptiva a hablar de ello. Una forma de hacerlo es «facilitando el acceso a la necrofilia».

«Con "facilitando el acceso a la necrofilia" quiero decir que tengo una perspectiva objetiva al respecto y animo a los demás a hacer lo mismo», explicó Valentine. «A muchas personas les resulta menos chocante enterarse de casos de tortura y asesinato con personas vivas que saber que a alguien le atrae la idea de un encuentro sensual con los muertos. Ponte a hablar de un asesinato violento durante una cena y todo el mundo participará en la conversación; menciona la necrofilia y la mesa entera se quedará en silencio».

Si bien Valentine no se identifica como necrófila, sus escritos muestran su fascinación por el punto en el que se encuentran el sexo y la muerte y, en especial, la forma en que la necrofilia se manifiesta en la cultura popular. Una parte importante del trabajo de investigación de Valentine implica el análisis del origen y la evolución de las actitudes culturales respecto a la muerte y el acto de morir. Una de las cuestiones más acuciantes en las que profundiza es la razón por la que el concepto de la necrofilia causa tanto rechazo y, sin embargo, queda reflejado de formas muy diversas en la cultura popular, sobre todo en adaptaciones de lo que ella denomina «neonecrofilia», o en las relaciones con los muertos vivientes, como en la película Crepúsculo.

«¿Por qué en Occidente aborrecemos la muerte y los muertos hasta el punto de que no podemos concebir la idea de la intimidad con un cadáver?», se pregunta. «He preguntado por qué es un tema tabú y la respuesta ha sido, "Si te soy sincero, soy capaz de imaginarme a mí mismo torturando a alguien y tratándolo como un esclavo sexual, pero no puedo imaginarme practicando sexo con un cadáver". ¿Qué significa esto?».



Sólo al margen de la cultura encontramos trabajos como las películas Nekromantik, de Jörg Buttgereit, o Necrophilia Variations, de Supervert, ambos testigos de la perenne atracción hacia los retratos de una perversión sexual macabra. El último resulta particularmente interesante, ya que es una colección de viñetas que parecen haber sido extraídas directamente de la clasificación de diez niveles de necrofilia de Aggrawal y reinterpretadas por Bataille o el Marqués de Sade.

También hay sectores emergentes que intentan envolver a la muerte en un halo de romanticismo fabricando artículos como perfumes con aroma de «funeraria», Fleshlights de vampiro y flores que parecen penes y huelen a carne en descomposición. Tal vez sean indicativos de algo más que una atracción por lo gótico kitsch, pero para Hayden estos artículos definitivamente satisfacen su fetiche.

«Existe un mercado en torno a este fetiche que provee de todo, si sabes dónde buscar», me dijo Hayden. «Creo que hay una oferta bastante amplia de artículos relacionados con la necrofilia. Lo que te puedo decir es que no es de las cosas más raras que puedes encontrarte».

Hayden me aseguró que, hasta ahora, ha satisfecho sus impulsos necrófilos de otras maneras, como escribiendo poesía e historias de ficción basadas en sus fantasías. Cuando eso no basta, recurre a internet, concretamente a la red profunda, en la que abundan las páginas repletas de tesoros para aquellos que comparten sus intereses sexuales.

«Encontré una página dedicada exclusivamente a imágenes de cadáveres bien vestidos en ataúdes», dijo. «Es una buena fuente de inspiración cuando trato de organizar mis pensamientos».

La gente se siente atraída por diferentes cosas y a mí me atraen los cadáveres.

La pregunta, sin embargo, es si esta es una forma saludable de desahogarse para un necrófilo o si es algo que solo agrava e intensifica el deseo de interactuar sexualmente con un cadáver de verdad.

«La necrofilia puede pasar de un primer grado a otro más avanzado, por lo que los sectores que se dedican a satisfacer las fantasías de los necrófilos muy posiblemente están contribuyendo a que ese hábito se acentúe», me explicó Aggrawal. «Creo que la mejor manera [de lidiar con los impulsos necrófilos] es ponerse en contacto con un psiquiatra o un psicoterapeuta. Hay una serie de estrategias que se pueden emplear para ayudarlos».

El terapeuta de Hayden inicialmente sugirió que asistiera a un grupo de ayuda para diversas parafilias, pero Hayden me aseguró que aquello solo agravaba la ansiedad y la incomodidad que sentía por sus deseos y dejó de ir. La mayor fuente de apoyo para conciliar sus deseos tabú, añadió, ha sido su novia.

«Ella lee todos los poemas y las historias sobre necrofilia que escribo; incluso me envía canciones o textos que encuentra sobre el tema», dijo. «Siempre me ha dicho que no es anormal, que la gente se siente atraída por diferentes cosas y a mí me atraen los cadáveres».

En Psychopathia Sexualis, Krafft-Ebing sugirió que el hecho de que una mente sana demuestre o no tendencias necrófilas era una cuestión todavía por resolver y un tema que requería una investigación más exhaustiva. En los cerca de 150 años que han pasado desde su publicación, da la sensación de que la comunidad psiquiátrica hubiera declarado esta pregunta resuelta, con un rotundo «no».

Tiene sentido: la historia está plagada de historias salvajes sobre actos necrófilos, y la mera idea de fornicar con un cadáver es suficiente para hacer que la mayoría de la gente sienta náuseas. Pero, como Valentine y otros están dispuestos a demostrar, puede haber otra cara de la historia, en la que la necrofilia no es algo que deba ser temido e ignorado, sino algo que muy bien podría abrir un debate fructífero y proporcionar información valiosa sobre la verdadera naturaleza de nuestras actitudes culturales hacia el sexo, el amor, la vida y la muerte.

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Traducción por Mario Abad.

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