Cemento y neón: fotos de una feria de extrarradio española

El olor a dulce y frito, la música atronadora de las atracciones y los chillidos de los niños agitados por fin te trasladan a algo tan obsoleto que nunca pasa de moda.

Cuando era pequeña las ferias a las que me llevaban mis padres los domingos cuando era la fiesta mayor del pueblo eran lo más cerca de Disney World que podía estar. Aún así, la mirada infantil convertía un descampado custodiado por bloques de hormigón y arquitectura carcelaria en un ambiente azucarado donde exponerse con placer a los peligros de los torpes montajes de las atracciones.

La preparación para "ir a la feria" antes era un ritual familiar. Mi madre me ponía la mejor "muda", que quizá coincidía con "el chándal de los domingos", mientras mi padre esperaba en el sofá ojeando un folleto de ofertas del súper. Entonces bajábamos, aprovechando para sacar la basura e inevitablemente dejar un aroma putrefacto en el ascensor minúsculo que se mantendría cálidamente durante horas.

Ir ahora hacia la feria se asemeja más a llegar a unas muy humildes Vegas: los niños pasean por ella con los ojos cansados ya de pasar todo el día frente a las pantallas táctiles, por lo que las luces de neón no provoca el extraño efecto narcótico que nos causaban a los que crecimos en los 80.

De camino, como avanzando por el desierto de Mojave, vas intuyendo la ubicación de la feria escondida entre cemento a través del hilo suave al principio, y estridente después, de las voces distorsionadas de los feriantes.

Los árboles van desapareciendo para dar paso a un lugar artificial, desértico en cualquier otro momento, donde todo el mundo parece haber pertenecido siempre.

Al acercarte, el olor a dulce y frito, la música atronadora de las atracciones y los chillidos de los niños agitados por fin te trasladan a algo tan obsoleto que nunca pasa de moda. Los padres, casi todos tatuados ahora, no piensan en si el carrito del bebé es de temporada de verano o invierno, en si la pedagogía Montessori es la mejor para que el niño libere todo su potencial o si la cena completa su ración de 5 frutas al día.

Las ferias de extrarradio siguen manteniendo ese realismo absoluto que las diferencia de los parques de atracciones perfectamente preparados. La bruja protagonista del famoso tren es un hombre pakistaní cansado y los payasos no son actores, sino personas normales disfrazadas que te dejan ver con total honestidad los efectos de estar dentro de un traje asfixiante durante más de ocho horas. Los juegos de fuerza son la terapia de adolescentes que necesitan sacar su ira acumulada, mientras la ropa tendida en las ventanas ondea animándolos como banderas de una ciudad que solo existe durante esa noche.

Aún así, es reconfortante saber que todavía puedes saltar hasta romperte los tendones, comer un hot dog con patatas por dos euros servido por una rubia que sostiene un cigarro entre los labios o hacerte una foto con un Mickey de mentira (si es que hay alguno de verdad).

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