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Cultură

Las emanaciones de shiva

Tengo un amigo llamado Anthony que estudió caligrafía en China. En su último día de clases, antes de entregarles sus certificados, el maestro de caligrafía brindó un discurso muy sincero y lleno de insultos
13.1.12

Tengo un amigo llamado Anthony que estudió caligrafía en China. En su último día de clases, antes de entregarles sus certificados, el maestro de caligrafía brindó un discurso muy sincero y lleno de insultos, en el cual les dijo que nadie de ellos debía decir que él había sido su maestro. Dijo que hacerlo sería como comer algo delicioso en un restaurante de cinco estrellas, y al día siguiente señalar la mierda resultante y decir el nombre del chef.. Digo esto desde el principio para explicar por qué voy a ser un poco ladina sobre este viaje que hice a Bali, y los motivos de mi viaje. Digo, soy budista, pero no quiero decir quién es mi maestro porque no soy una alumna ejemplar. Como sea, este verano impartió un curso en California, y en el tercero o cuarto día, durante la comida, la gente le hacía preguntas informales sobre su vida. Estábamos reunidos en el pasto, unos cuarenta de los cuatrocientos presentes, y él estaba sentado en una banca. Un joven dijo que visitaría Asia y quería saber a qué países ir. “Marruecos, Shangai…después India”. Una mujer china como de mi edad, tengo 35, preguntó cómo debería escoger una pareja, y en lugar de responder, el maestro le pasó la pregunta a uno de sus estudiantes mayores, que dijo: “No se debe escoger. Al escoger, se les ahuyenta. Se debe esperar a ver qué sucede.”. Sonaba a basura hippie, así que cuando el maestro nos observó, yo miré con desaprobación. El maestro sostuvo mi mirada durante un segundo, y supe que lo dijo como un buen consejo, y que lo que el otro hombre dijo, era cierto. Después dijo, con voz baja: “Deberías ir a Bali a hacer una ofrenda a…” y no pude escuchar el nombre. Hablaba con la mujer china, no conmigo. Quise levantar mi mano para preguntar, pero me ganó la timidez. Unos meses después contacté a la secretaria de mi maestro y le dije que iría a Bali a hacer ofrendas a una deidad, por algo que más o menos había escuchado, que VICE me había comisionado un artículo y que partía en tres días, pero que no estaba seguro de la deidad. Dijo que preguntaría. Cuando estaba en Corea, al cambiar de aviones, recibí un correo de ella. La respuesta era una palabra: “Shiva”. Creo que tal vez esa anécdota les ilustre de qué tan poco pueden confiar en mí para que les explique cualquier cosa. No podría explicar nunca una religión complicada. Pero intentaré compartir mi entendimiento del Budismo. La idea, como yo la entiendo, es despertar, terminar la constante falsa ilusión. Por falsa ilusión me refiero a ver algo que no es real y pensar que es real. Y esto, según el budismo, es todo. No sólo los arcoiris o los sueños, sino todo. Esto no significa que un día, si pudieras despertar y no estar dentro de la falsa ilusión, todo desaparecería y tendrías un halo, pero en lugar de eso y haciendo uso de un ejemplo pequeño, la manera en la que observas las figuras, cambiaría para siempre. Para dirigirse hacia un despertar los maestros utilizan cualquier método a la mano. Las mentes flojas, autodenominadas escépticas, pueden ponerse en acción a través del método de la creencia. Esta es mi interpretación, así que para destruir este arrogante y autosatisfecho estado mental que acepta todo lo que le han dicho y confunde esa aceptación por escepticismo, un maestro puede introducir una creencia supersticiosa y extraña. Y el estudiante trabajaría con eso, abriría su mente escéptica, y el profesor le diría: “Vamos, en realidad no crees en eso”, y así sucesivamente, quitando capas de estados mentales cerrados, hasta que ya no queda nada. Así que ese es más o menos el principio, creo, que me llevó a aterrizar en Bali a la 1 AM. Había un chofer esperándome. El camino al área del primer templo estaba a unas tres horas. Se llamaba Pura Ulu Danu Bratan. Lo escogí buscando un templo en honor a la diosa hindú Parvati, pero también es un templo mayor de Shiva. Tenía un templo más grande para la diosa del lago y del río, Dewi Danu, y uno más pequeño para Shiva y Parvati. Este templo más pequeño es sólo accesible en lancha. Ahí hay varias estatuas de Shiva, Parvati y Buda. Había visto fotos del lugar en la red y pensé que podría comprar flores para ofrendar ahí mismo. Tampoco había dormido bien, así que no podía pensar con claridad. Una vez que llegué, pude ver que no podría comprar flores y que el templo más pequeño en honor a Shiva, normalmente accesible por bote, estaba fuera de nuestro alcance por la marea baja. Me paré en la orilla opuesta al altar, pensando en lo que podría hacer. El templo estaba a sólo 10 metros de mí. Una mujer de mi edad, un poco más baja, se acercó. Sostenía una cámara hacia mí, así que me acerqué para aceptarla, pensando que quería que le tomase una foto. Lo negó con un gesto y tuve que posar con sus tías para varias fotos. Hasta sonreí. Cuando terminamos, la chica me agradeció, y le dije: “Permíteme preguntarte algo. ¿Sabes si se puede ir a ese templo?”. Me dijo que sí. Le pregunté cómo y me señaló con su mano. Le dije: “Acompáñame y muéstrame”, pero me señaló una segunda vez, apuntando hacia una de las orillas del río. Después dijo: “De nada” y se alejó. En el lugar que ella había señalado, en el lodo a la sombra del templo, había un grupo de niños descalzos, pescando. Bajé a la orilla opuesta a donde estaban, y pude ver el lodo por donde habían caminado. Había una sección de suelo expuesto por la marea baja, y pensando que me llenaría de lodo, respiré y titubeé para dar el primer paso; me hundí hasta la altura de mis rodillas. Por casualidad, en el avión hacia este lugar, leí un ensayo sobre un escritor que pasó un tiempo con recolectores de lombrices en Maine. El ensayo incluía varias escenas horrendas donde el escritor se hundía en el lodo y se imaginaba morir, se había hundido hasta su cintura, creo, y el lodo succionaba sus talones; pero aún con esto en la cabeza, en lugar de hacer pausas para sentir lo desagradable, caminé hacia la otra orilla y a las escaleras que normalmente salían del agua, durante la marea alta, escaleras que te llevan al templo. Tenía conmigo un par de ofrendas que había traído de casa: una bolsa de seda con piedras semipreciosas y un iPod con un par de discos de St. Vincent, a quien admiro porque para mí es la mujer ideal en el sentido de que puede ser vulnerable. Me criaron para creer que una mujer no debe aceptar mierda de un hombre. De alguna manera creo que eso estuvo en el aire durante toda mi crianza, y a riesgo de molestar a algunas personas, creo que eso está equivocado. Creo que, de hecho, la fuerza de una mujer es su vulnerabilidad, y que todo el discurso de la chica dura en editoriales o películas sobre chicas duras en relaciones con hombres, solo me confunde. Con St. Vincent y la vulnerabilidad, pienso en una versión en vivo de la canción “Marry Me” que frecuentemente veo en repeat en YouTube. Creo que ella sí está en lo correcto. No tenía más cosas y pensé al respecto durante el camino, sobre lo que podía ofrecer, y pensé que tal vez le podría ofrecer una historia, la de la primera vez que me enamoré. Así que hice eso. Me senté y le conté la historia sobre enamorarme de la persona equivocada, y que me rompieran el corazón, o por lo menos, pensé al respecto, y después pensé para mi misma: “¿Por qué no hacerlo?”. “No lo sé”. “Es una historia hermosa”. Me encontré con mi chofer y regresé al hotel. Al día siguiente, mi chofer y yo hicimos arreglos para visitar varios templos menores y después ir al templo principal en Bali, en Besakih. Pero en la mañana, mientras esperaba su llegada, me puse a conversar con el dueño del hotel. Le dije que estaba en Bali para hacer ofrendas a Shiva y me dijo que, si ese era el caso, realmente tenía que ir a un pequeño templo en la cima de la montaña del otro lado de la cordillera. Me lo señaló, del otro lado de la cordillera, la segunda montaña más alta en Bali, sólo un pico negro en la distancia. Su inglés no era muy bueno, así que tal vez no entendí bien, pero parecía decir que la montaña era ling y el lago de abajo era yoni. No sé mucho sobre esas cosas, excepto que ling significa pene y yoni significa vagina. Parecía ser el lugar donde yo debía estar, así que le dije: “OK, voy a ir”. Pude ver que eso lo tomó por sorpresa. Me ayudó a encontrar un guía local, y me dijo varias veces: “el templo es muy sencillo”. Me alentó a llevarme un almuerzo preparado de la cocina del hotel, cortesía personal, y me dijo algo sobre una cueva, y cómo bajaba hasta el fondo del mundo, y cómo eso representaba el ciclo de la vida hindú. Creo que también dijo que esa cueva, en la cosmología hindú, representaba el centro del mundo; pero no podía entenderle completamente, así que sólo dije sí con mi cabeza, un poco confundida. Le dije a mi chofer varias veces que era crucial que nos detuviéramos a comprar flores. Aún así, cuando vi un par de puestos a orillas del camino, no le dije nada. Asumí que tenía un plan. Cuando llegamos al final del camino pavimentado y llegó la hora que me subiera a la motocicleta con mi joven guía, mi conductor me preguntó: “¿No compró flores?”. Le debí haber contestado: “¿Qué chingados te pasa? Te dije que necesitaba llegar por unas”, pero sólo le dije desganadamente: “No”. “Aquí puede conseguir algunas. Él debe tener”. Debí haber hecho algo, después de venir hasta este lugar a hacer ofrendas, pero me sentía estupefacta. El dueño del hotel me había dicho que la caminata era de una hora y media, pero en el camino el chofer me explicó que eran siete horas. Era Bali. Estaba desorientada. Y así me subí a la motocicleta para comenzar el ascenso a la montaña. Mi guía tenía unos 20 años. Vestía una sudadera con gorro, estampado a cuadros rojos y negros, y agujetas metidas en sus tenis. Cuando llegamos al final del camino de tierra, estacionó su moto junto a una choza y entró; ahí platicó algo con el dueño. Partimos caminando. Después de dos millas, llegamos a un pequeño sendero en la montaña. El sendero estaba a nuestra izquierda, y seguía hacia arriba. A nuestra derecha había un campo, donde un joven vestido con manta recolectaba flores azules con una guadaña. Mi guía dijo algo y me señaló al joven. Dije que sí asumiendo que compraríamos flores. Habló con otro chico, que a su vez le habló a otro, el cual nos guió montaña arriba. De nuevo, sé que debí haber dicho “Hey, quiero comprar flores”. Claro, ninguno hablaba inglés, pero me pude haber comunicado con las manos. En lugar de eso, seguí a los dos chicos montaña arriba. Después de un tiempo, comenzaron a hablar entre ellos, le dí un poco de dinero al que no era mi guía, y regresó montaña abajo. No puedo decir que sucedió mucho cuando llegamos a la cima. A unos cuatrocientos metros del templo comienzan otros templos más pequeños, casi imperceptibles, y nos detuvimos en cada uno de ellos. Mi guía había llevado una ofrenda floral típica de Bali, y como yo no tenía otra cosa, ofrecí mi comida en partes: primero mi plátano, después una naranja, después un contenedor de fruta, después crepas de arroz, y finalmente un sandwich de queso. En cada parada, pedía por la misma cosa: Permíteme encontrar un hombre. Permíteme ser bañada en atención masculina. Quiero un bebé. Cosas así. En el templo principal había una estatua pequeña de un león que había perdido su cara y tenía una bufanda de seda atada a su cintura. Creo que el león era un protector, y a un lado estaba Shiva en persona, una pintura cubierta con una pieza de tela. Rezamos en el lugar y después pasamos al otro lado de la colina, por un camino tan pronunciado que tuve que bajarlo apoyándome con manos y pies. Seguimos así durante ocho metros y nos detuvimos en un árbol envuelto en tela estampada en cuadros blanco y negro. Podía ver la cueva desde ahí, y podía ver que era maravillosa, pero mi guía no me dejaba ir más allá de la tela. Incluso pensó que me escaparía, así que me tomó de la mano y me dijo: “no es bueno”. No sé si fue porque no debía acercarme, o si era peligroso, pero sólo nos quedamos ahí mirando, y después subimos, y de nuevo durante un momento, nos sentamos a rezar. Sentados así pensé: “¿En serio quiero un novio?”. En ese momento, no pude evitar pensar que no. Soy una persona extraña y solitaria, y no se cómo tener a alguien cerca de mí. Al día siguiente, fui a una gran peregrinación, haciendo ofrendas en dos templos pequeños, y después partiendo hacia el templo principal en Bali, el Templo Madre de Besakih. En esta ocasión, hice que el chofer me llevara al mercado, donde compré ofrendas. El chofer trató de escoger una canasta para mí. Escogió una modesta, del tamaño de un plato, pero le dije que quería una más grande. “No”, me dijo, “con esta será suficiente”. Me estaba quedando sin oportunidades de hacer las cosas bien. Mis ojos se clavaron en la canasta más grande de la tienda. No estaba segura de que fuera para hacer ofrendas, después supe que sí. Dije: “Tres de esta”. Pasamos casi una hora comprando frutas y flores para llenar las tres canastas. Fue suficiente para llenar toda la cajuela del carro, pero aún así, me costó trabajo hacer que se vieran generosas. Hicimos ofrendas en los primeros dos templos, después en el camino al último, le pedí al chofer se detuviera en un puesto de mangos, donde compré 11 kilos. Cuando llegamos al estacionamiento en Besakih, llené la canasta. Coloqué los mangos, la sandía y un par de piñas, después flores, postres y frutas más pequeñas. Era muy pesado y el conductor y el guía local me dijeron que necesitaría ayuda para cargar la canasta por las escaleras. También me dijeron que no debería cargar la canasta frente a mí, sino balancearla en mi cabeza. No me gusta hacer que otras personas carguen cosas. También sentí que mis ofrendas no eran tan bonitas como quería, así que parte de mi ofrenda sería cargarla yo misma. Y lo hice durante cinco tramos de escalera de piedra. Estaba nublado y la lluvia amenazaba. Entramos a un pabellón de piedra, donde había una ceremonia en curso. El guía local me dirigió para que dejara mi canasta en la parte trasera y a la izquierda del lugar, pero el sacerdote local me vio y me guió a que me sentara junto a él. Todos los presentes, tal vez unos 75, habían llevado ofrendas, muchos en canastas como la mía, pero ninguna tan pesada. Con una señal, todas pasaron al frente, todas mujeres, y todas llevaron las canastas a una escalera que llevaba al templo de Shiva. Cada una dejó su canasta en la escalera y se alejó, yo hice lo mismo en mi turno. Una de las ayudantes del templo, toda vestida de blanco, llegó y comenzó a hurgar entre mi canasta, pero el chofer la detuvo. Él me preguntó: “No quieres conservar nada de esto, ¿cierto?” y le dije que no, así que ella me dio unas cuantas frutas, para comer después como bendición. También me dieron tres tragos de agua bendita y arroz, me tocaron en la frente y el pecho, y me dieron unos granos para comer. Y recé o pensé: “Quiero un esposo. Quiero un bebé. Que lluevan hombres”. Y llegó la hora de partir. Verán, en mi última noche, me hospedé en la casa de huéspedes de una mujer que vivía entre el Templo Besakih y el aeropuerto. Antes de mi viaje, cuando estuvimos en contacto por email, le platiqué un poco sobre mi proyecto. Fue antes de que supiera algo de mi maestro, así que le había dicho que le haría ofrendas a la diosa del amor. Me respondió y me dijo que me uniera a ella en una ceremonia local, donde conocería a una diosa encarnada. La ceremonia se llevó a cabo en una pequeña aldea, a 45 minutos de Ubud. Se llevó a cabo en un lugar de piedra, donde dos patios cuadrados eran divididos por un angosto pasillo. Uno de los patios cuadrados tenía varias plataformas para sentarse bajo techos balineses estilo pagoda. El de la izquierda estaba adoquinado y era para invitados de honor, brahmanes de alto rango. El otro, a la derecha, era de cemento y estaba menos protegido de los elementos. Los locales se sentaban ahí, al igual que un grupo de mujeres de falda y sarong rosa. Después me enteré que ellas eran la banda, era una ocasión especial, un grupo de mujeres para celebrar al invitado de honor. Ella, la diosa, era una mujer de 25 años nacida en la aldea. Había vivido una vida ordinaria. A la edad de 21 dejó Bali para ir a Singapur a buscar trabajo; pero no había conseguido ni una sola entrevista. Cuando regresó a Bali, se deprimió. Su padre, un sacerdote local, se compadeció y le comenzó a enseñar lo poco que sabía. En muy poco tiempo, me platicaron, comenzó a entrar en trances muy profundos, donde se comunicaría con lo divino. Lo divino le explicó que su vida mundana había terminado, y que el avanzar era cumplir su papel de receptáculo de esa divinidad. Su misión, abreviada, era salvar al mundo. Esta historia era vista con mucho escepticismo, me platicaron. En Bali, una sociedad hindú, los brahmanes son exclusivistas, por ponerlo de una manera simple, y no creían mucho en la historia. Pero después la examinaron y su entendimiento era aparentemente cierto, y conocía todos los mudras, o gesticulaciones. También me dijeron, y esto me hizo sentir incómoda, que hablaba 11 idiomas, uno de los cuales se llamaba Astra. ¿Soñé eso? Creo que lo soñé, me decían que era el lenguaje de las estrellas. Así que estábamos en ese lugar; eran las 6 PM. Mi anfitriona, creo, había entendido de mi postura y expresión que la estaba soportando sólo por buena voluntad, y eso la irritó, así que comenzó a hacerme comentarios hostiles. Dijo que proyectos como el mío, desde que salió el libro Eat, Pray, Love sucedían todo el tiempo. Le dije: “Yo no he leído ese libro”. Me dijo: “En cuanto apareció ese libro, te encontrabas a mujeres caminando por ahí, en Ubud con él bajo el brazo. Siempre decían cosas como: “Ay, es un libro fabuloso”, y todas pensábamos “sí, claro”. Yo le repetí, “Nunca lo he leído”. Ella dijo: “Sólo porque Elizabeth Gilbert conoció a un hombre en Ubud, todas las mujeres solteras del mundo vienen pensando que encontrarán su hombre”. Alguien llegó con pequeñas tazas de té, endulzadas con miel. Un gallo pasó por ahí. No le quedaba mucho tiempo en este mundo. Parte del ritual incluía un sacrificio, algo sobre lo que yo prefería no estar muy enterada. Hasta ese momento, yo y otra mujer éramos las únicas no nativas de Bali; pero mientras se acercaba la hora de la ceremonia, varios occidentales llegaron al lugar. Todos de blanco. Uno tenía un tatuaje en su frente, el contorno del ojo que todo lo ve. Mary me explicó que administra una agencia de viajes que vistaba lugares como Mongolia, Tibet y Bhután. Lo escuché hablando con un amigo suyo, mientras que la chica de la aldea, la cual recibiría el rango más alto de Brahman esa noche, el rango de alta sacerdotisa, era envuelta en terciopelo. Él dijo: “¿Son nuevos esos cristales? Te ves especialmente brillante esta noche”. Entre los locales había un tipo que se veía muy cool. No era, en ningún sentido, un hombre guapo, pero estaba completamente en orden. Contrario a los otros invitados, que la mayoría había vestido de blanco, el vestía colores obscuros, un gris casi negro, y su sarong le quedaba perfectamente. Llegó y se sentó junto a mí cuando Mary se puso de pie y se presentó. Yo le dije: “Me gustan tus lentes”. “Ah, estos”, me dijo, “los compré en Francia en 1991”. Me explicó que los había comprado en un show de John Galliano. Me dijo que cuando los había comprado, adquirió tres pares y les reemplazó el lente, que era de color verde, por otros de piloto, color naranja. Dijo después que Galliano había visto sus lentes y dijo que había tomado una buena decisión; que estaban mejor color naranja. Hablaba mucho. Me platicó que era un psiquiatra, estudió en Alabama, y habló sobre un trabajo de investigación que hizo de neuromecánica que lo había llevado a obtener una posición de consultor en el Departamento de la Defensa de Estados Unidos. Me llevó a la parte trasera a observar las ofrendas que estaban apiladas desde el suelo hasta el techo, llenando completamente la habitación, para después regresar a nuestras sillas. En el trono a la cabeza del pabellón, la ceremonia había comenzado. El tipo de lentes, cuyo título era Gusti, dado a él por el brahmán local, le preguntó a uno de los occidentales detrás de nosotros: “¿Sientes la energía?”. El occidental dijo que sí. Después Gusti me observó: “Qué tal tú. ¿Puedes sentir la energía?”. Le dije que no podía. Me tomó de la mano. “Voy a abrirlo para ti”, dijo, y me pidió que respirara profundamente. Le obedecí. Respiramos varias veces así y dijo: “¿Qué tal ahora?”. Me sentí mal de decirle que no. Después me enteré de que es el gran defensor de la sacerdotisa, cuando dije eso, pude ver claramente que estaba un poco irritado; pero no quería molestarme, así que simplemente dijo: “Bueno”, se puso de pie y se retiró. La ceremonia involucraba cantos y bailes elaborados. La alta sacerdotisa se sentó dándonos la espalda. Tenía una espalda hermosa y una manera de moverse igual de hermosa. Estaba erecta pero no tiesa. Sus movimientos eran rápidos, entrenados, como un bailarín confiado de su arte y en la cúspide de sus habilidades. Cuando lanzó una flor, ésta salió volando de sus manos antes de que pudiera darme cuenta de que ella se había movido. Pero no podía sentir nada en absoluto. Gusti regresó después de una hora y se sentó a mi lado. Me señaló algunos de los brahmanes sentados en el lado izquierdo. Me dijo: “Deberías fotografiarlos. Son iguales en rango a ella, pero son Vishnuitas, así que son muy humildes”. Le dije: “Sí, sí, claro” y me lo repitió. Lo repitió unas cuantas veces, así que saqué mi cámara y llegamos juntos a una posición donde les podría tomar una foto. Seguía repitiendo eso de que eran vishnuitas, y finalmente caí en cuenta y lo miré de frente. Le dije: “¿Con qué dios está asociada ella?”. “Shiva.” Le pregunté: “¿Cuál es su relación con Shiva?” y me contestó, “ella misma tendría que explicártelo, es muy complicado”. Tal vez mi expresión reveló algo que le agradó, pero estoy segura de que algo sucedió en mi conversación sobre ella, porque después me reveló: “Ella es Shiva y el Buda combinados”. La piel se me puso de gallina, y si no durante todo el día siguiente, por lo menos hasta el final de esa noche, sentí que estaba en la presencia de algo terrible y divino, y recé, con mucho fervor, para que esta chica me ayudara a encontrar un hombre. Después de regresar de Bali comencé un seminario de guión en la Escuela de Cine de Seattle. Uno de mis compañeros estudiantes se clavó conmigo, y dos veces asistió a clases con una camiseta de Shiva de colores horribles. Su email era sydart@----.com [sic]. Le dije que no me interesaba. Me dijo que era casado. Otro de mis compañeros de clase parecía muy gay; pero me contó una historia de media hora de sexo salvaje con una chica de cuando tenía 13 años. Me dijo que pensaron que ella estaba embarazada, y en un arranque de histeria adolescente, trató de hacerla abortar sacando al bebé a golpes. Tuve un enamoramiento de 24 horas después de eso. Me gustó su mirada fulminante. Le dije: “Déjame olerte”, y se acercó abriendo su camisa. Olía poderosamente humano. Un par de días después, un atractivo bartender en un lugar cerca de mi casa me dijo que fuera el próximo viernes y dijo que me enseñaría a jugar dominó. Hoy es domingo, voy a ir el viernes. Vivo con mi mamá y realmente no conozco a nadie en Seattle, así que un par de veces he abierto perfiles en sitios de citas en línea. Siempre me rindo y los borro después de un par de días, porque los servicios de citas parecen estar llenos de extras que trabajan en escenas de encuentros deportivos o centros comerciales. No sabía que había tantos hombres que hablaran como la televisión. Hubo un tipo de ese servicio que no era como los otros, a quien contactaba por teléfono. Era abierto y guapo, le gustaba tomar riesgos y sentirse vivo. Nos mantuvimos en contacto; pero los dos estábamos temerosos de encontrarnos en vivo. Comencé a escribir un cuento corto sobre nosotros, situado en un café internet en Hong Kong. La chica, supongo que yo, tenía 16 y estaba un poco pasada de peso, y el tenía 40 y estaba enfermo, siempre sentado en la misma computadora todo el día. Le mostré lo que llevaba. Estaba segura de que me consideraría loca; pero no fue así. Me dijo que quería saber qué sucedía al final. Le dije que los personajes se debían encontrar; que eso no lo podía inventar. Mi mamá estaba fuera de la ciudad, así que lo invité a casa. Era alto, de hombros amplios y pecho grueso, algo que me gusta en los hombres. Era hermoso, y tenía una voz suave y profunda. Me platicó sobre muchas cosas, como sus ideas sobre extraterrestres. Me planteó un argumento muy racional a favor de su existencia, y por qué no visitan la Tierra. “Tal vez si lo hacen”, le dije. “Tal vez toman la forma de humanos”. “Sí”, me dijo. “Se me ha ocurrido eso”. “Tal vez yo soy una”. Me dijo: “¿Y si todo esto es un holograma? Si lo es, por favor dime; pero no me muestres tu cara si es muy horrible”. Tuve que permanecer en silencio y no contactarlo durante varios días después de eso, porque escuché que no es buena idea decirle a un hombre qué tanto te gusta.