Cultura

Mi padre era un pederasta y yo le mandé a la cárcel

Mi padre es un hombre malo, pero todavía tengo que luchar contra la tristeza de haberlo metido entre rejas.
24 Mayo 2016, 3:00am

Todas las ilustraciones de Joe Frontel

"Necesito que me guardes este secreto", dijo ella.

Era 25 de abril de 2012. Yo estaba comiendo con mi hermana al sol en la terraza de un café. Me cuenta que nuestro padre ha estado abusando de mis cuatro hermanas pequeñas delante de mis narices durante los últimos 20 años. No pensaba decírmelo, me dijo, hasta que nuestro padre muriera, para evitarle la vergüenza a nuestra familia. Pero como acababa de heredar una gran cantidad de dinero e inmediatamente le había pedido a mi madre el divorcio, había pedido la custodia de nuestra hermana más pequeña, que entonces tenía 16 años. Mi hermana me dijo que quería que yo trabajara desde las sombras para que mi madre conservara la custodia de la pequeña ‒y sobre todo, que no le dijera absolutamente a nadie lo que estaba pasando.

No podía creer lo que había oído. Jamás se me habría pasado por la cabeza que mi piadoso devoto padre fuera capaz de abusar de sus propios hijos. No obstante, en aquel mismo momento, supe lo que tenía que hacer. Si mi padre estaba violando a sus hijas, mi padre tenía que irse. No pensaba mantener aquel secreto.

Llamé a los servicios de protección infantil aquella noche para enterarme de lo que tenía que hacer. Me pidieron que hablara con mi madre antes de llamar a la policía. Esa noche la llamé y le pedí que fuera a verme. Mientras esperaba a que llegara, sentí como si estuviera siendo poseído por un iracundo viejo demonio. En cuanto llegó, le pregunté si sabía que aquello estaba ocurriendo. Ella miró al suelo. "Sí", dijo en voz baja. "Pero caeré con mi marido. Dios lo ha puesto a mi cuidado".

Perdí la cabeza. Le grité tan fuerte que se me escapaba la saliva de la boca. Se me descompuso la cara de la rabia y la desesperación. Ella seguía mirando al suelo, sin decir nada, con la boca cerrada. Me encaré con ella, maldiciendo y acusándola e interrogándola. ¿Cómo pudo dejar que le hicieran eso a sus propias hijas?" le preguntaba.

Aquello duró horas, y mi madre se negaba a ceder o colaborar. Al final, yo estaba demasiado cansado para continuar. La eché de allí con la promesa de no parar hasta ver a mi padre en la cárcel por lo que había hecho. Se fue en silencio, sin decir una palabra. Cerré de un portazo cuando salió.

Quince minutos después, llamaron a mi puerta. Era mi madre.

"Tu padre lo ha confesado todo, necesito que vengas conmigo a la comisaría para poner la denuncia. No quiero hacerlo por teléfono", dijo finalmente.

Aún recuerdo a mi madre sentada en el parking del juzgado, apoyada en su coche. Un agente le tomaba declaración con calma. Cuando volvimos al apartamento de mis padres, ya había allí un enjambre de policías uniformados.

No le arrestaron aquella noche, pero le obligaron a abandonar su casa. Unas semanas después, escapó de Estados Unidos con 20.000 dólares de la cuenta conjunta de ahorros de mis padres. Un tiempo después envió algunas cartas a mis hermanas el Día del Padre, alegando la falta de apetito sexual de mi madre como justificación para haber abusado de ellas.

Parecía estar comenzando una nueva vida, con un perfil de LinkedIn y un montón de publicaciones en su muro de Facebook sobre sus aventuras en su nuevo país. Tuvimos que mirar impotentes como nuestro feliz padre alardeaba de haber escapado a la justicia. Pero finalmente volvió a Estados Unidos.

Mis padres eran tremendamente religiosos. Vivían su vida a través de la devoción y una estricta observancia de la Biblia. A mis hermanas y a mí nos educaron en casa y nos criaron en la pobreza en una granja de Kentucky. No había una iglesia lo bastante conservadora para mis padres, así que practicaban el culto en casa con nosotros y algunos conocidos que tampoco estaban contentos con los excesos de la iglesia moderna. Pasábamos la mayor parte del tiempo en casa. Los hobbies al aire libre y la vida social no existían.

Mi padre era emocionalmente distante y físicamente abusivo pero yo le quería. Crecí aislado del mundo y con una gran falta de afecto físico, y me daban envidia mis hermanas, que pasaban un montón de tiempo en el regazo de mi padre y parecían recibir un montón de abrazos y de cariño. Luego me enteraría de que, cada vez que veía a mi padre abrazando a mis hermanas, normalmente en la mesa de la cocina o por la noche cuando jugaban a la consola, él tenía las manos en sus braguitas. Por la noche, cuando mi madre y yo nos íbamos a dormir, hacía cosas peores. Más tarde me daría cuenta de que había presenciado cómo abusaban sexualmente de mis hermanas delante de mí durante 20 años.

Mientras mi padre estaba en la cárcel del condado esperando su juicio, parece que intentó rebatir los cargos que se le imputaban. Se declaró no culpable y empleó sus últimos recursos en un caro abogado. Yo temía que realmente consiguiera librarse de los cargos. Si lo hacía, estaba convencida de que su primer acto como hombre libre seria conseguir un arma y matarme mientras dormía.

Perdí la cabeza. Tenía una pesadilla recurrente todas las noches: perseguía a mi padre por un enrome laberinto (a veces era una casa enorme llena de interminables habitaciones y pasillos, a veces un complejo industrial, y a veces las sinuosas calles empedradas de una ciudad de Europa del Este). Él corría delante de mí, siempre a escasos centímetros de mi alcance. A veces caía bocabajo y se colaba por un respiradero o una grieta y entonces saltaba sobre mí con las manos extendidas para estrangularme. Solía despertarme de esos sueños ahogado en un grito.

Tenía constantemente ataques de pánico y flashbacks tan intensos que me desmayaba y apenas recordaba lo que había pasado justo antes. El detonante era impredecible. A veces, una escena de cazadores de ciervos o de la vida rural en una película me provocaba un flashback y entraba en estado de catatonia. Era incapaz de moverme, incapaz de hablar, casi incapaz de respirar. El mundo a mi alrededor desapreció, y fue sustituido por alucinaciones de la vida en la granja con mi padre. A veces, me despertaba en mitad de la noche ahogándome. Sufría episodios de disociación, ataques de ansiedad y pensamientos suicidas a diario.

Mi relación con mi esposa y mi familia se deterioraron rápidamente. Mi madre se hundió, e intentó ceder la custodia de hermana pequeña al Estado mientras trataba de encontrar un empleo para reemplazar los ingresos que aportaba mi padre. Mi relación con mis hermanas era tensa. El único amor que habían conocido, por disfuncional que fuera, había venido del hombre que yo les había arrebatado. Trataron de solucionar las cosas, pero se negaron a acudir a terapia o pedir ningún tipo de ayuda, y prefirieron aguantar estoicamente el dolor. Lo pagaban conmigo, supongo que porque era un objetivo fácil. Me acusaron de ser emocionalmente nocivo y mentalmente inestable.

Tras un año intentando mantener unida a mi familia, no pude más. Tuve que irme. Conseguí un trabajo nuevo y me mudé a Seattle. Un par de meses después, la que había sido mi esposa durante siete años empezó a tener una serie de affaires y después me dijo que habíamos terminado. Nos divorciamos. Cuatro meses después, estaba viviendo con sus padres en Tampa, Florida, dejándome solo en una ciudad nueva. Por aquel entonces, mi familia había dejado de hablarme completamente.

Perdí la fe durante aquellos días y caí en un frío ateísmo. Estudié ciencias de forma compulsiva durante más de un año, leyendo libros de Richard Dawkins y Carl Sagan. Me vi todos los capítulos de NOVA y Cosmos que pude encontrar. En realidad, me alejé de la religión durante una temporada, pero caí al borde del nihilismo. Concentrarme en los átomos y las moléculas y en la interminable cantidad de suciedad y gases del universo ‒cosas reales‒ me ayudó a mantener los pies en el suelo cuando sentía que todo lo que alguna vez había conocido era mentira. En ausencia de nada ni nadie a quien rezarle, caí aún más en el desánimo.

Me entregué al sexo, las drogas y el heavy metal para tratar de mitigar el dolor y librarme de las pesadillas. Ponía Nine Inch Nails a toda potencia en mi coche y recorría conduciendo las carreteras secundarias del oeste de Washington. La marihuana, el alcohol, el MDMA y las setas alucinógenas me ayudaban a mantener a raya al menos las peores pesadillas y me proporcionaban una efímera sensación de felicidad y tranquilidad. Incluso me sepulté bajo kilos de trabajo ‒lo que fuera con tal de distraerme. Era un desastre sudoroso, sobrepasado de trabajo y desquiciado. Engordé rápidamente y dejé de dormir, y me metía en el cuerpo cualquier cosa para llenar el horrible vacío que había en mi interior.

Pasaron dos años. Mi salud mental empeoraba según se acercaba el juicio de mi padre. Recibí una llamada de la fiscal del condado de Spokane la mañana del 4 de septiembre de 2014. Fue breve. Me dijo que mi padre se había declarado culpable de todos los cargos y le habían impuesto una condena de 160 meses. Lloré toda la mañana, experimentando todos los sentimientos posibles. Fui el único miembro de mi familia que testificó contra mi padre en la audiencia de sentencia algo más tarde ese mismo mes. No me guardé nada en mi testimonio contra él. Esperaba que la juez le impusiera la condena más larga que la ley contemplara. Lo hizo.

Ahora mi padre vive en el centro penitenciario Coyote Ridge, en el este de Washington. No he hablado con él desde la noche que llamé a la policía.

Las relaciones entre padres e hijos son complicadas incluso en las más ideales circunstancias. Millones de años de evolución han alimentado un instinto que obliga a los hijos a aprender de los padres, a parecerse a ellos, pero también a rebelarse contra ellos, a ser diferentes, a ser una fuerza de cambio en la tribu. Yo rasgué la tela del orden social con una motosierra, y pagué las consecuencias. Por muy mal hombre que fuera mi padre, aún sigo lidiando con la culpa de mandar al hombre que había querido y admirado durante tanto tiempo a una jaula abarrotada y violenta donde, como pedófilo, su vida estaba constantemente en peligro. Sé que está donde merece estar, y sé que el mundo es un lugar más seguro con él entre rejas pero aun así, no me deshago de la sensación de dolor por haber sido yo quien le ha metido ahí.

Con el tiempo, no obstante, he empezado a experimentar cierta sensación de curación. Ahora tengo más días buenos que malos. Me siento cómodo estando soltero por primera vez desde mi divorcio, y ya no me meto en relaciones codependientes para sentirme seguro.

¿Puedo perdonar a mi padre? ¿Merece perdón? ¿Qué podría decirme, a mí o a cualquiera, que pudiera restituir lo que hizo? A veces tengo el impulso de recorrer el largo camino de las polvorientas autopistas del este de Washington para ir a visitarle, solo para mirarle a los ojos, para verle con el uniforme de la cárcel, bajo el yugo de un guardia. ¿Pero qué puedo sacar de ver a mi padre, un hombre viejo y roto que solo ha cumplido dos años de su sentencia?

Pienso en todas aquellas noches en la granja de Kentucky cuando mi padre se quedaba despierto hasta tarde, memorizando con los ojos empañados versos de la Biblia acerca de bañarse en la sangre de Jesús para el perdón de los pecados. Si aquello era una señal de que era consciente de su culpa, fue la única que mi padre mostró jamás.

NOTA: Esta historia se ha modificado para proteger la identidad de ciertas personas implicadas.