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Drogas

Los porros son la hostia pero no sigamos fingiendo que fumar maría no te puede joder

Fumetas: es hora de admitir que fumar porros a diario no hace mucho bien al cerebro, que digamos.

por Charlie Graham-Dixon
15 Febrero 2019, 4:00am

Foto por Jake Lewis 

Este artículo se publicó originalmente en VICE Reino Unido.

En el carnaval de Notting Hill del año pasado —antes de que la cerveza Red Stripe, el ron caliente y las drogas blandas me arrebataran la consciencia general de lo que pasaba a mi alrededor— vi a unos adolescentes fumando un porro. Como siempre me suele ocurrir cuando me llega el olor a maría, me vinieron a la memoria mis años de adolescente, una época que recuerdo muy feliz aunque no soy capaz de concatenar los acontecimientos de forma coherente.

En seguida mi cerebro quedó atrapado en la clásica trampa: mi instinto pedía un porro, pero mi parte consciente sabía que fumármelo sería una malísima idea. Que esos inocentes chavales uniformados de Nike que tenía delante se transformarían en un aterrador caleidoscopio de demonios barbilampiños.

Y nuevamente me sorprendí pensando en el legado a veces placentero, otras preocupante, casi siempre desconcertante, que la marihuana ha dejado en mi vida. Y es que, amigos, la maría puede ser una pasada, pero no finjamos que fumarla a menudo no tiene repercusiones.


MIRA:


Mi primer peta no fue especialmente memorable; empecé a fumar a los 16, principalmente con los colegas. Y cuando hablo de “fumar” no me refiero a lo típico de darle un par de caladas de vez en cuando, no. Me refiero a fumar todo el tiempo. Todos los días, al salir de clase, nos íbamos al parque o —si nos sentíamos especialmente motivados— nos subíamos a un árbol en Hampstead Heath y nos colocábamos. Estoy seguro de que muchos de vosotros tenéis recuerdos similares de vuestra adolescencia.

A veces fumábamos costo y acabábamos con agujeros en la ropa de las chinas que se nos caían; pero normalmente era maría, esa que tus padres dicen que es más fuerte que lo que tomaban tus padres en su época. Y llevan razón: la maría que se vende ahora es cinco veces más potente que aquellos Thai sticks que se llevaban antes.

Pero no todo el mundo tiene la misma experiencia con la hierba. Y buena prueba de ello es la ingente cantidad de estudios contradictorios al respecto —los que aseguran que el cannabis provoca esquizofrenia o los que dicen que no, que imposible—. La maría es beneficiosa para algunos y no lo es para otros. Sin embargo, no puedo evitar pensar que hay cierto sesgo de confirmación entre los que aseguran que les hace “bien”.

La mayoría de los porretas que conozco te dirán que son capaces de colocarse y seguir con sus vidas sin sentir pereza, paranoia o ansiedad. Si los presionas un poco, te reconocerán que no siempre es así y que muchas veces experimentan más ansiedad y paranoia la mañana después de haber fumado que si no fuman nada. O que no pueden evitar pensar que el consumo excesivo está de algún modo relacionado con ese periodo de transición, el pasar de ser un chaval de 15 a uno introvertido de 25.

Obviamente, todo esto tiene carácter, cuanto menos, cualitativo: no hay nada registrado ni calificado médicamente. Pese a ello, la gran cantidad de gente que ha sentido lo mismo que yo es prueba suficiente de que habrá más gente a la que le pase lo mismo pero que prefiera guardar las apariencias delante de sus amigos.

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Foto por Jake Lewis

Cuando pienso en ello, no hay duda de que yo era uno de esos chavales. Vivía cerca de un amigo en el norte de Londres y casi siempre acababa en su casa, fumado, tirado en el suelo y agotado solo de pensar en que tenía que hacer el viaje en bus de vuelta a casa. Sabía que probablemente sobreviviría al trayecto, pero no podía evitar estresarme al pensar que cada tío que me cruzara por el camino podría ser un zumbado dispuesto a darme un puñetazo en la garganta y robarme el Nokia.

Esta dinámica continuó durante años: fumaba y lo disfrutaba (o al menos eso creía), y luego me preparaba mentalmente para salir a la calle y enfrentarme a los degenerados sedientos de sangre que me esperaban ahí fuera. Ese comportamiento extraño y paranoico empezó a convertirse en la norma y lo acepté como el precio a pagar por el aparente disfrute de fumar maría con los colegas.

Aún hoy me pregunto si la maría me hacía pensar y actuar de un modo concreto o si era mi forma de ser en aquel entonces. Me inclino a pensar que los colocones magnifican los pensamientos negativos que ya tenemos, y ahora me doy cuenta que de joven ya era un chaval bastante ansioso y nervioso. Así que fumar hierba no ayudaba nada. Pero yo sentía que tenía que participar de ello, porque a esa edad, encajar es más importante que tu salud mental. ¿Cómo podía negarme al ofrecimiento?

Incluso hoy día no me extraño cuando me entero de que alguien de los que conocía entonces ha sufrido un episodio psicótico por las drogas. Me limito a encogerme de hombros y pensar en cómo eran de jóvenes, cuando los conocía. ¿No eran un poco raritos, o es que se les ha ido la pinza del todo con la hierba?

Supongo que he tenido suerte de haberme alejado de la marihuana antes de que fuera demasiado tarde. Yo creo que mucha gente fuma simplemente para olvidar sus preocupaciones y se niega a reconocer que los episodios de ansiedad y paranoia son reales.

No soy para nada antidrogas ni voy a juzgar a nadie por fumar maría. Tampoco pretendo decir que el cannabis es inherentemente perjudicial (sus beneficios médicos son numerosos y merecen que se les dediquen artículos).

Lo que digo es que si fumas mucha hierba y sufres episodios de ansiedad y paranoia, tal vez podrías plantearte no fumar tanto. O al menos empieza por reconocer que lo que sientes es real en lugar de ignorarlo y liarte otro peta, porque, a la larga, tu cerebro te lo agradecerá.

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