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Pollas Sustitutivas, S.l.

Conoces a una chica guapa y, por alguna razón, se siente atraída. Empiezas a conocerla, ponéis vuestras bocas en sitios embarazosos, repartís los lados de la cama... Entonces llega el día en que te la juega, como si te atizara con un pez muerto en la...
1.12.09

POLLAS
SUSTITUTIVAS, S.L.

La Fun Factory de Alemania
fabrica consoladores a mansalva

POR CONOR CREIGHTON, FOTOS DE STEVE RYAN

Conoces a una chica guapa y, por alguna razón, se siente atraída. Empiezas a conocerla, ponéis vuestras bocas en sitios embarazosos, repartís los lados de la cama… Entonces llega el día en que te la juega, como si te atizara con un pez muerto en la cabeza: tu chica tiene un objeto que le da placer y al que profesa más cariño que a ti.

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Consoladores, penes de dos cabezas, colegas de chocho para los momentos solitarios de tu hermana, rellenadores de oquedades húmedas, folladores incansables, martillos conejeros, palas desfloradoras, espeleólogos de cavernas íntimas… tienen muchas formas, tantas como nombres. Y todas son igualmente amenazantes para la autoestima masculina. Así que una tarde de verano visitamos la fábrica de juguetes sexuales más grande de Europa para emprenderla a puñetazos con la mayor amenaza que ha tenido el pene de carne y hueso desde que Abraham inventó la circuncisión.

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for more photos of the Fun Factory Fun Factory está en una extensión de tierra cerca del río Weser, en Bremen, Alemania. El edificio aparece pequeño en el horizonte, al lado de un almacén de piezas de automóvil y de una fábrica de papel, dando la sensación de ser ese tipo de factoría prefabricada que construyen al fondo del decorado de una película. Pero cuando colocas tu cara contra el panel de cristal de la puerta, quedas atrapado ante un muro de color que tiene menos pecado que

La casa de la pradera

.

Los consoladores, como los coches y las chocolatinas, se producen en serie y los ajetreados operarios que los moldean, masajean y limpian no son los sudorosos falófilos que quizá imaginéis. Son tan normales como una madre alemana estándar, aunque sea una madre que, tras una visita sorpresa, haga la vista gorda a los artilugios de bondage que hay en tu salón.

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Fijémonos en Sabina. Cinco años trabajando aquí. Su vibrador favorito es el Dolly Dolphin, un soldadito de bolsillo basado en la sonriente nariz de botella de Flipper. Dolly es resistente al agua y no es tóxico (¡sí, mamás!) y viene equipado con un potente motor que hace que se retuerza y gima como una banda de versiones de Joy Division. Pero la producción de estos dispositivos es una lección de indiferencia. “Nuestro trabajo es el mismo que si produjésemos bolígrafos”, dice Sabina mientras sumerge sus manos en agua jabonosa. Al final del pasillo, las chicas rusas están metiendo estoicamente lo que un día será el mejor amigo de una chica dentro de un paquete inclasificable. Trabajar haciendo pichas de mentira es un trabajo duro, pero no triste.

La fábrica emplea tantos hombres como mujeres. Benni, de veintialgo, es uno de los empleados más jóvenes. Cuando está de fiesta, la gente que conoce cree que Fun Factory es una discoteca. Al explicarles que realmente es la génesis de la satisfacción femenina, sus nuevas amistades tienden a excitarse un poco. Pero, ¿trabajar en una fábrica de dildos consigue que folles? “Puede iniciar una conversación. Y para acostarse con alguien, lo primero es hablar. Así que en cierto modo sí, lo consigue”, dice Benni.

Mientras la fila empieza a recular y él sortea una pila de miembros de goma negros, torpemente admite tener un par de artilugios en su propio arsenal.

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Gunther es un par de décadas más viejo que Benni. Tiene fríos ojos azules de videógrafo experto en porno y mueve la cuchilla a través del exceso de silicona de los nuevos moldes como si despedazara arenques. “Es un trabajo”, dice Gunther. “No estoy avergonzado de lo que hago”. Ni nosotros lo hemos preguntado.

Gunther comparte lugar de trabajo con Fritzy, una mujer pequeña y ratonil que se sonroja cuando se le pide que hable en inglés pero que no mueve una ceja cuando un cargamento de chismes del amor baja rodando por la cadena de montaje. Está trabajando en un paquete de vibradores anales llamados Stubbys, que tienen un asidero de seguridad en la base para que los culos más entusiastas no los aspiren a sus países bajos. Nos dijeron que esto pasa lo suficiente como para que se haya convertido en una preocupación legítima. “Vemos fotos en internet todo el tiempo”, dice Fritzy, con sus manos furiosas metiendo motores en el interior de oscuros ejes de 17 centímetros. “Operaciones quirúrgicas, vibradores cubiertos de sangre… el músculo anal es muy fuerte. La gente no se da cuenta”.

Hacen unos 400 sustitutos de novios al día en Fun Factory, que ha estado produciendo juguetes sexuales para el mercado internacional desde 1995. En la industria, a este proceso le llaman“cocinar”: la silicona líquida se vierte dentro de un molde, se calienta y se enfría y después se saca y se ensambla.

Dirk, el director ejecutivo de Fun Factory, fundó la compañía con su antigua mujer. Hoy en día está soltero pero parece llevarlo bastante bien. “Muchas de las chicas que conozco saben de la empresa antes de conocerme a mí”, dice, llevando una combinación de tejanos y camisa que sólo un director ejecutivo de Europa podría llevar. Para decepción nuestra, añade: “En realidad, ésta es una atmósfera nada sexual. Aquí no tenemos los tabús normales, pero, aparte de eso, es un lugar de trabajo bastante normal”.

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Se lo preguntamos claramente a Dirk: ¿estos productos no son al hombre lo que el lavavajillas a los guantes de fregar? “El vibrador es tu amigo, no tu enemigo”, dice Dirk. Tiene el mismo tono de voz que adoptan los camellos cuando le pasan a chavales de diez años su primera dosis de mandanga. “Cuando vas a casa de una mujer y encuentras un vibrador enorme en su baño, deberías recordar que te ha llevado a su casa porque quiere acostarse contigo. Y si juega con ella misma es que se gusta a sí misma. Eso es lo realmente importante”.

Cuatrocientas pollas artificiales con motor al día, 150.000 al año, cada una con la habilidad de dar con el punto G igual que un cerdo encuentra una trufa. No debería sorprender que Fun Factory reivindique su aportación a los orgasmos. El secreto de Dirk es su grupo de control de calidad: 20 individuos (14 mujeres y seis hombres) de edades entre los 20 y los 45 que pasan sus días en pijama y zapatillas probando sus productos. Tras un periodo de cuatro semanas, el grupo presenta sus resultados y el equipo de diseño de Dirk decide seguir adelante o enviar el chisme que-podría-dar-placer al contenedor de debes-currártelo-más. Las iteraciones previas que no pasaron el corte fueron una línea de vibradores con forma de edificios famosos y otra que se inspiraba en un cocodrilo.

La funcionalidad es lo más importante, pero la personalidad no lo es menos. La gente desarrolla lazos emocionales con sus juguetes y la empresa recibe a menudo cartas desesperadas de clientas que buscan modelos descatalogados. Las idiosincrasias, dice Dirk, también van por regiones: a las belgas les gusta el color naranja pero no el rojo, las francesas disfrutan con el violeta suave pero no tocan el amarillo y las norteamericanas… bueno, les da igual el color. Compran cualquier cosa al alcance de su mano.

“El objetivo de la vida es la reproducción, y eso depende de la sexualidad”, dice Dirk mientras nos escolta hacia la puerta tras un largo día. El sol baña ahora lentamente la vieja ciudad de Bremen. “Y recordad”, nos dice desde lejos, “un juguete sexual nunca es un sustituto de un pene de verdad: es un añadido”.

Un añadido. Mientras nos vamos en coche, la frase basta para que nos abstengamos de dar la vuelta y prender fuego a la fábrica. El descaro casual de Fun Factory no ayuda a nuestros problemas de inseguridad. Saben que han ganado y están siendo condescendientes con nosotros. Sabemos que los vibradores no son el enemigo natural de los hombres. Son sólo uno más de los irritantes amigos de tu novia: están siempre presentes, están siempre a su lado y son un recordatorio constante de que tú eres tan prescindible como el tío atado al pene que ella usaba antes de usar el tuyo.