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literatura

Libros

Los grandes escritores van dejando atrás a sus contemporáneos, van aislándose a su pesar, se atrincheran en los muertos para ver el futuro con más perspectiva. Eso ha venido haciendo Houellebecq en títulos como
8.11.11

EL MAPA Y EL TERRITORIO
Michel Houellebecq
Anagrama Los grandes escritores van dejando atrás a sus contemporáneos, van aislándose a su pesar, se atrincheran en los muertos para ver el futuro con más perspectiva. Eso ha venido haciendo Houellebecq en títulos como El sentido de la lucha, La búsqueda de la felicidad o Renacimiento, demostrándose no sólo un culto y estupendo escritor sino el mejor novelista de lo que llevamos de siglo. La valija de El mapa y el territorio es la que ya le conocíamos a su autor: la falla existencial y cierta misericordia ante la imposibilidad—irrevocable—para comunicarnos, condición que los seres hemos alcanzado por cretinismo connatural. Dicho así suena a más de lo mismo e incluso a la vacuidad de casi toda la novelística, es cierto, pero prometo que esta historia de un pintor determinado a estampar su tiempo y nuestro devenir a partir de los oficios está muy lejos y muy por encima de la media. El mapa y el territorio parece una novela flácida en su comienzo, muy de cualquiera, pero en su crecimiento se va revelando mucho más compleja de lo que aparenta y logra emerger de entre la mediocridad contemporánea en un último tercio paródico y basado en clichés (pasaje que la crítica, curiosamente, está celebrando con absoluta seriedad) donde el mismo escritor se integra como personaje para—literalmente—atomizarse (esta operación contiene al menos un momento de genio absoluto, una idea excelsa de “un metro veinte de longitud”, una carcajada cósmica por la que respetaré y rendiré culto siempre jamás a Houellebecq). Tal vez no haga falta traer a una revista como ésta una novedad tan obvia como la que traigo, pero me parecía importante: El mapa y el territorio es un novelón de gran risa que aventuro llamado a perdurar, a sobrevivirnos. RUBÉN LARDÍN BARCELONA ON THE ROCKS
Fernando Muñiz y Sergio Fidalgo
Cara B Ediciones “Un recorrido personal por los bares más singulares de la ciudad.” De la ciudad con el chef más reputado del planeta y la peor hostelería del mundo, donde jamás se aprendió a tirar cañas ni se sirvió tapa de cortesía, pero una ciudad resistente y amable en ciertas parroquias, una ciudad que como todo desierto esconde oasis, bodegas y mesones de abolengo, secretos de barrio, asociaciones pajariles, bares sin televisor, sin turistas y con raciones, peñas futbolísticas y embajadas autonómicas, lugares estrambóticos de por sí, beneméritos o temibles, templetes con altares a Camarón o a un club deportivo desarrapado y hasta bares “Cynar”, que son aquellos que sacrifican el glamur a la disposición del legendario licor homónimo, brebaje de trece hierbas en el que predomina, cuentan, la alcachofa. Olvidémonos de las flores de un día del Born y de las recomendaciones de tendencias, alejémonos del centro, aquí están los garitos auténticos donde tomarse un vermú casero o echar la tarde a salvo de “modernos”. Lugares que, entre fenicios, franquicias y desdén, han acabado por convertirse en jubilosas anomalías. Barcelona on the rocks no es guía de consulta (el índice es caprichoso e inservible) pero tiene muy buen uso de aperitivo, de lectura grata y sencilla para abrir gana y sed, y es, sobre todo, un retablo de nuestro folclore con ecos de nuestra contracultura, sin resabios ni complejos, que celebra la profesionalidad y la cercanía tras la barra y canta un poco como un cisne desahuciado, lamentando las codiciosas gestiones consistoriales y la vejatoria prohibición de fumar que nos están matando la vida, la calle y la dignidad. RUBÉN LARDÍN NUEVA YORK, 8:45 A.M.
Simone Barillari (ed.)
Errata Naturae Uno no sabe si el arte imita a la vida o la vida al arte, o ambas a otra cosa, o si vida y arte no serán sino sofismas empleados para desviar nuestra atención de la única realidad posible, que es la muerte; ésa siempre está ahí. Tampoco sé tanto sobre la cosa ésa, el arte, como Stockhausen, quien afirmó que el atentado contra las torres gemelas había sido una obra de arte, o consecuencia del harte, o algo por el estilo; en cuanto a la vida, paso la mía delante de una pantalla, o sea que a lo mejor no existe. O es un pop-up en el ordenador del marciano que cayó en Roswell, mató a Kennedy, creó a los illuminati y dijo a la CIA que estrellara un par de aviones en las torres para así liarla en Oriente Medio. Conspiranoias, que es algo tan americano como los finales redondos en las películas. Lo de los últimos diez años ha sido de blockbuster, y nunca mejor dicho: torres abajo, santo cabreo, a por ellos mis valientes, en busca de Bin Laden, retroceder nunca rendirse jamás, aunque camine por el valle de las sombras y todo ese rollo, dónde se ha metido, señor creo que lo tenemos, el presidente se dirige a la nación: Osama Bin Laden está muerto y el mundo es hoy un lugar más seguro. Júbilo, traca, himno y títulos de crédito. Vaya guión. Vaya realización. El libro es mejor que la película: obra de periodistas de los que contrastan la información, se ensucian de polvo el traje y esquivan una bala, su arco cronológico abarca el dónde, el cuándo y el cómo de los pepinazos, el antes, el durante y el después. Lo lees y te enteras, de lo que hubo y de lo que hay. Y al final no gana nadie. Bueno sí, los periodistas: un Pulitzer por barba por narrar la vida, la muerte, sus circunstancias y su contexto con un arte y un nervio más propio de los tiempos previos al pop-up que de estos. JESÚS BROTONS