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Cultură

Para mí una hamburguesa con moscas, gracias

La Comisión de Población y Desarrollo de la ONU estima que en 2050 habrán más de nueve mil millones de personas deambulando por este sobrepoblado planeta. Millones se mueren ya de hambre, y con el cambio climático arruinando terreno cultivable y la...
15.11.11

Estilismo Culinario De Olivia Bergstroanm Bichos descongelados a punto de convertirse en mi cena. De izquierda a derecha: gusanos de cera, gusanos de la harina, grillos de tres semanas, langostas y una tarántula rosa chilena. La Comisión de Población y Desarrollo de la ONU estima que en 2050 habrán más de nueve mil millones de personas deambulando por este sobrepoblado planeta. Millones se mueren ya de hambre, y con el cambio climático arruinando terreno cultivable y la población en progresivo aumento, el número de hambrientos sólo puede ir a más. Así las cosas, no sería mala idea empezar a acostumbrarse a métodos alternativos de ingerir proteínas, en especial a la entomofagia. Existen más de 1.500 variedades de insecto comestible, generalmente más ricos en proteínas, vitaminas y ácidos grasos esenciales que la mayor parte de tipos de carne. Y, aún más importante: criarlos como alimento requiere una mínima fracción de los recursos naturales necesarios para producir ganado o cultivos. Decidí invitar a unos cuantos amigos a un banquete a base de bichos para chuparse los dedos. No dejaba de decirme a mí misma “No es para tanto, esas criaturitas son consumidas en la mayor parte del mundo; ¡hasta los franceses llevan siglos engullendo con alegría caracoles y hormigas au chocolat!”. Pero no podía evitar que fuese mi estómago el que caracolease. Sin tener ni dea de si debía comprar bichos vivos o muertos o cómo cocinarlos, le pedí consejo al famoso chef de insectos y autor de The Eat-a-Bug Cookbook, David George Gordon. David se ha pasado los últimos 15 años viajando por EE.UU., dando clases de cocina con insectos en las que lleva un gorro de chef con antenas y sirve los platos con un jovial “Bug appétit!” La autora cortándoles las antenas a los grillos. Si son más largas de medio centímetro, notas como si te hubieras tragado un pelo. David me explicó que la razón de que la mayoría de occidentales encuentren atroz comer bichos es que no han crecido con ello. “Si alguien me ofreciera un huevo y nunca hubiera comido uno antes, lo encontraría extraño”, dijo. Teniendo en cuenta que los huevos son los fluidos menstruales de las gallinas, no deja de tener razón. Tras darme meticulosas instrucciones sobre cómo cocinar insectos, nuestra conversación desembocó en cómo cree él que nos adaptaremos todos a la cocina con gusanos, langostas y arañas. “Lo más probable es que consumamos productos basados en las proteínas de los insectos, algo parecido a los productos de soja de hoy”, me dijo. “Las vacas, pollos y cerdos que comemos son producto de cientos de años de cría selectiva. Podríamos, de forma parecida, producir insectos súper-grandes, con más carne y menos armadura corporal”. Imaginad comprar una bolsa de cucarachas gigantes como si fueran patatas fritas con sal y vinagre. Ahora puede que os parezca repugnante, pero, en un futuro cercano, puede que los humanos insectívoros salten de contentos ante semejante golosina. No pasará mucho antes de que la escena de la cena de Indiana Jones y el templo maldito le haga la boca agua a los espectadores.

David me dijo que lo mejor para conseguir bichos, que por lo general deben estar vivos, es una tienda de mascotas donde vendan comida viva para reptiles y otros animales exóticos. La forma más humana de sacrificar a estas criaturas de sangre fría es meterlas en el congelador durante más de 48 horas. De camino a la tienda de animales intenté dar con alguans excusas válidas para necesitar tantos insectos diferentes y la tarántula más grande que tuvieran. Sin embargo, ya allí, la mujer detrás del mostrador actuó como si me pedido fuera la cosa más normal del mundo y me dirigió a una alacena en la parte trasera del local. Para llegar allí tuve que pasar al lado de los reptiles. Vi con horror cómo una salamandra grande y fea se zampaba un saltamontes entero en menos de un segundo, para después quedárseme mirando con su extraña jeta mortecina aplastada contra el cristal.