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Cultura

Aquila Non capit Muscas – Sofisma envasado al vacío

Quítate de la cabeza legarles tus MP3 a tus hijos.

por Jaime Gonzalo
01 Octubre 2012, 7:44am

Me preguntaba hace unos meses, en otra de las columnas que suscribo por ahí, qué iba a ser de mis discos y libros cuando el de la guadaña me llevara consigo. Por causas que no viene al caso detallar ahora, la conclusión era esta: “Siendo realista, lo más lógico es que todos acaben liquidados a peso, en manos de revendedores y finalmente engrosando las bibliotecas o discotecas de un desconocido”. Sórdido destino para las pertenencias de las que uno ha hecho acopio a lo largo de su existencia.

Por supuesto solo son objetos, mercancías, y como tales van perdiendo dimensión a medida que la vida te enseña que por ella se transita mejor con las alforjas ligeras, que al final lo único que tiene importancia es la huella y enseñanzas con que esos artículos han contribuido a hacer de ti lo que eres, lo que has sido. Excluido el fetichismo anal propio de coleccionistas, su principal valor es el sentimental, y quizá por ello produzca melancolía saber que van a quedarse desamparados, en el mejor de los casos adoptados en temporales centros de acogida, como lo estuvieron contigo, hasta que vuelvan a quedarse sin dueño. No ya por lo que significan en base a los recuerdos personales que en ellos subyacen almacenados, por los pedazos de esos otros tú que una vez fuiste y que te sobrevivirán encriptados en sus surcos y en sus páginas. Lo más triste es palmarla sabiendo que disgregado ese acervo, con él también te atomizas tú un poco más, si cabe.

Suertudas ellas, las nuevas generaciones, o gran parte de los que las forman, no van a arrostrar ese solipsista dilema. Ni para el caso ningún otro de aquellos en los que, fiscalizaciones de ciertas autonomías aparte, pueda redundar el dilema sucesorio. La tecnología, por la que cada vez se nos deja con menos haciéndonos creer que recibimos más, acude en su ayuda. Apple y Amazon, ya estarán ustedes al corriente, deciden unilateralmente por todos aquellos que han tenido la ocurrencia de comprarles música y lectura en una transacción digital: el usuario se lleva a la tumba el derecho al usufructo y sus posesiones se evaporan en el aire en el preciso segundo que deja este absurdo mundo. Bien empleado les está, por pagar a cambio de humo.

Por culpa del CD y posteriormente de otros formatos que como el MP3 han intensificado la velocidad de tráfico de la música suprimiendo la esencia de su permanencia, en la preservación de lo que antes se conocía como discoteca o biblioteca personal también concurre una elipsis de la relevancia física y plástica del formato, ese complemento que eran las portadas, y en última instancia del formato mismo, que ha devenido incorpóreo, para el caso inexistente. Hoy día la música, y la literatura, no se posee ni se palpa, se alquila en calidad de espectro virtual, escurridizo protoplasma abstracto, letras y notas cuya materialización o dematerialización sensorial decide un poder sobrenatural con autoridad infusa para dar y quitar. Ni siquiera puedes legárselas a tus hijos. No solo eso. Cuando quieran, y por las razones que consideren oportunas, las empresas expendedoras de contenido sin continente pueden introducirse impunemente en las bibliotecas particulares y sustraer, suprimir o si se da el caso alterar aquello que consideran de su exclusiva propiedad todo y haberlo vendido. Lo cual ofrece una infinita gama de posibilidades para que ese sistema acabe también convertido en un orwelliano instrumento de censura. Pero no vamos por ahí.

Imaginemos que en un futuro no muy descabellado ni lejano imitaran el ejemplo productores de otros bienes de consumo o necesidades básicas ¿Imposible, dicen? Lamento tener que recordarles que precisamente en estos momentos se está normalizando oficialmente una dramática metáfora de ese latrocinio: el estado nos arrebata aquello que le hemos pagado y que continuamos pagando, pretendiendo que creamos que todavía lo conservamos. Es decir, vacunados contra el horror vacui, pagamos sobre pagado.

Ante tamaña expropiación, lo de la fungibilidad a control remoto de una música que pensábamos poseer a buen recaudo deviene discusión residual. De hecho, hasta tiene su lado bueno. Dada la música vigente, hacer más evidente su liviandad es una manera de acelerar la transitoriedad de lo que no va a ninguna parte. Cuanto más corta sea la vida de esa música, menos molestará. Ah, ya, qué pasa entonces con los llamados “clásicos”. Cierto que también se precipita así un ciclo que desde nuestra perspectiva se nos antoja eterno, pero por otra parte ese ciclo es ineluctable, de todos modos llegará un día en que Dylan, Beatles o Tom Waits resultarán tan extemporáneos para futuras generaciones como Cicerón o Sófocles lo son para las actuales. Lo verdaderamente preocupante de todo esto, es que acciones como las emprendidas por Apple, Amazon y otros de los que trafican con nuevos trajes del emperador, suponen una importante batalla ganada por el control que sobre el individuo ejercen las megaestructuras en las que su ilusión de ser se disuelve. También nosotros nos volvemos cada vez más virtuales.

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