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Cultura

Ficción 2012 #3 - La camada

Todos esos hombres estaban desnudos, con las pollas empalmadas y bebiendo vino caro en la cocina. Hablaban de cosas que apenas entendía y se reían de mi jersey.
20.8.12

Todos esos hombres estaban desnudos, con las pollas empalmadas y bebiendo vino caro en la cocina. Hablaban de cosas que apenas entendía y se reían de mi jersey. Creo que ése no era exactamente mi sitio. Conocía los nombres de algunos de ellos pero no me sabía ni un solo apellido.

Los vi por primera vez en una presentación de un libro de mierda en una librería. No había mucha gente y estaban estos tipos bien vestidos sentados delante de todos los demás, mirando al escritor mientras leía un capítulo del libro. Recuerdo que pensé que quizás eran amigos del escritor o el editor o algo. Pensé que sería interesante conocerlos, ser uno de ellos. Los tipos se reían y tenían bromas internas. Daban bastante envidia. Entre rabia y envidia, la verdad.

Al terminar la lectura empecé a beber de las copas de vino que había en una mesa junto a los canapés y los frutos secos. Algún que otro ser solitario se acercó a charlar pero yo los ignoraba e intentaba que notaran mi indiferencia. Quería conocer a los hombres graciosos, no a los tipos como yo. No quería charlar con tipos sin amigos. Más tarde los hombres graciosos se largaron con el escritor y yo me fui a casa.

Semanas más tarde había otra presentación en la librería. Asistí con la única intención de volver a ver a esa gente. Antes me acerqué a un bar de la zona a beber algo. No quería aparecer sobrio por el evento. Cuando estoy sobrio soy extremadamente aburrido. De todos modos llegué demasiado pronto y tampoco estaba demasiado borracho. Esperé afuera mirando las cosas que había en la ciudad. Al no fumar tuve que improvisar algún tipo de juego para entretenerme hasta que llegaran las otras personas, así que me dediqué a contar los hombres que parecían homosexuales pero que seguramente no lo serían. Curiosamente el juego era terriblemente entretenido, mejor que un maldito cigarrillo. Bueno, supongo, nunca he probado un cigarrillo. El caso es que me pasó el tiempo volando. Poco a poco la librería empezaba a llenarse de gente pero esos tipos no llegaban. A partir de ahora me referiré a “esos tipos” como a “la camada”, ¿de acuerdo?

Resentido, entré a escuchar al pésimo escritor leer un pedazo de su novela de mierda, mirando constantemente a mi alrededor. Estaba realmente nervioso y quería largarme de aquel sitio, más que nada me sentí patético. Había ido allí solamente para intentar hacerme amigo de la camada. ¿Qué clase de tipo soy? Me largué silenciosamente y cogí una copa de vino antes de salir. Me senté en el suelo y seguí contando maricones que seguramente no lo eran. Entonces llegaron, con sus aires de grandeza, sus carcajadas y sus fuertes voces. Los odiaba. Pasaron a mi lado sin inmutarse, sin mirarme ni nada, como si no me conocieran. De hecho no me conocían, que yo pensara en ellos constantemente no quería decir que ellos supieran de mi existencia. Decidí entrar de nuevo. Los busqué y me senté a su lado, escuché de nuevo al escritor, que esta vez, entre las carcajadas de la camada, me pareció un escritor excelente. Me invitaron a tomar un poco de vino con ellos y charlar un rato sobre la lectura del autor.

De repente estábamos todos en un bar, bebiendo sin parar. La camada, el escritor y yo. Recuerdo muy poco de esa noche pero fue cojonudo. Estaba dentro, era uno de ellos.

A partir de ahí la cosa empezó a funcionar. Quedábamos en una librería, hubiese lo que hubiese y luego nos llevábamos al escritor a tomar unos tragos. A veces simplemente bebíamos, otras veces nos lo llevábamos a discotecas y nos metíamos cocaína. Otras veces terminábamos con prostitutas. La cosa se me fue de las manos y me convertí en alguien que no reconocía. De hecho, fue en ese momento, cuando estábamos todos en esa cocina, bebidos y ellos en pelotas y con las pollas duras, riéndose de mí, cuando me di cuenta de que todo era una gran mentira. En ese preciso momento dejé el vaso en la mesa y me largué por la puerta para nunca más volver a ver a esos tipos.

Este y otros relatos en el último número del Chuck, Historias cortas de hombres sin dinero, cobardes y calvos. Lo podéis pedir aquí.

Ficción 2012 #1: Cartas desde el más allá

Ficción 2012 #2: De cuando follamos en ese sofá