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Cultura

Mis 8 flipadas favoritas del Antiguo Testamento (aunque hay mil más)

Recorremos la primera parte de la Biblia para descubrir que es un libro mucho más loco de lo que creíamos.

por Kiko Amat
28 Agosto 2015, 3:13am

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Esaú y Jacob: Una de las grandes comedias de enredos de la Biblia. Es como una sitcom ambientada en gabinete de abogados, con un montón de jerigonza legal, pleitos interfamiliares y algo de travestismo. Oh: y lentejas. Esaú y Jacob son los dos gemelos nacidos de Isaac y Rebeca. Uno es, según testigos oculares, como un maldito grizzly, piloso, pelirrojo y malfollado, y el otro es un petimetre faldero ("prefería quedarse en casa") que parece el primer bailarín de Cats. Pues bueno, resulta que la gran rata de Jacob decide aliarse con su mamita –de quien era "hijo predilecto"; los padres israelitas eran así de imparciales- para sisarle los derechos de primogenitura al incauto de Esaú. Desconozco la licitud de dichos derechos, pero suenan a mezquindad típica de la legislación judaica, como la lapidación o los vetos arbitrarios de alimentos para jorobar al vulgo.

Primero, Jacob adquiere esos derechos a cambio de un plato de lentejas, lo que sugiere que Esaú no era una de las grandes mentes legales de su tiempo. Luego, Jacob se disfraza de Esaú (se echa encima una pelliza de oveja, vaya; tampoco era Lon Chaney) y le da gato por liebre a Isaac, que legitima la primogenitura tras zamparse los dos cabritos que le sirven. La parte de risa enlatada llega cuando, algo más tarde, aparece por la puerta el estulto de Esaú (el verdadero) y le ofrece dos cabritos asados más al viejo, que aún estaba tirándose pedos y dándole a la sal de frutas con un palillo entre los dientes. Y Esaú, poniendo su mejor cara de Joey Tribbiani, pregunta p-p-por su primogenitura, que como ustedes saben está bajo el sobaco de Jacob y camino de Las Vegas (el equivalente bíblico de Las Vegas, quiero decir).

Dios el tiquismiquis: Dejando de lado todos sus tics genocidas, psicópatas, veleidosos y perversos, el Jehová del A.T. me hace una gracia atroz cuando se pone quisquilloso y maniático. ¿Saben esos viejos viudos que les amargan la vida a las nueras con las pequeñeces arcanas a las que están acostumbrados, y cualquier desviación de la norma les arroja a un espumarajeante paroxismo de ira senil? Yahvé es así. Cuando Moisés, destrozado y en plena insolación desértica, acude a verle al inhóspito cascote que era la montaña de Horeb, un descampado inmundo que (para colmo) debía estar sembrado de áspides, Dios frunce el ceño, le mira los pies y –sin inmutarse por su periplo, ni hostias- le hace descalzar, como una yaya chinchona con el parqué recién fregado ("¡Me lo vas a poner todo perdido, Moisés! ¡Quítate ahora mismo esas chanclas pringosas!").

En otra ocasión, ya en Egipto, Dios alerta a Moisés y Aarón de que va a mandar la última de sus plagas: un ángel exterminador fulminará a todas las familias que no hayan grafiteado una X con sangre de cordero en la puerta de su choza. En teoría el tiempo apremia, y no es momento para polladas, ¿no? Pues Dios, como un superchef reinona y control freak, no deja que Moisés se largue sin antes especificarle el menú e-xac-to que desea que deguste esa noche el pueblo semita: "Animal será sin defecto, macho de un año (...), la carne asada al fuego, y panes sin levadura; con hierbas amargas lo comerán. Ninguna cosa comeréis de él cruda, ni cocida en agua, sino asada al fuego; su cabeza con sus pies y sus entrañas". Oído cocina. ¿Algo más, Dios? ¿Quizás el vino que debería acompañarlo? ¿Alguna cosita dulce para terminar? Tío: está en camino un PUTO ÁNGEL EXTERMINADOR. ¿Crees en serio que es el momento de sacar las 1.000 Recetas de Karlos Arguiñano?

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Adán y Eva: Un clásico, pero no por ello menos mondante. La parte del Paraíso Terrenal del Génesis y los dos primeros –y desprevenidos- realquilados de la Tierra nos muestra a Dios en su versión 100% delirante, siniestro, más pillao y caprichoso que nunca (y eso que acababa de levantarse; vaya mal humor matinal, pavo). Lo primero que hay que considerar es lo del arbolito del bien y del mal y la prohibición de comer de él, que le hace sonar como un payés avaro persiguiendo a perdigonazos a los zagales famélicos que comen de su peral. De hecho, y reforzando esta teoría, los Testigos de Jehová (siempre los más locatis) aducen que "Dios quería guardarse ese árbol para él" y punto, al modo Scrooge. Ni sabiduría, ni ciencia, ni leches; Dios quería los frutos pa-él, el muy agonías.

Luego está lo de la serpiente habladora (vale), a quien Dios castiga obligándola a andar sobre "su pecho".

No parece la peor punición que uno pueda arrojar sobre una serpiente, ¿no creen? Es como castigar a un putero regalándole un puticlub. Pero bueno. Él sabrá lo que hace, porque es DIOS. A mí, sin embargo, lo que me inquieta es: ¿Dónde se supone que estaba Dios cuando la serpiente tejía su vil plan? El Génesis solo nos dice que de repente Jehová "se paseaba en el huerto, al aire del día", y fue entonces cuando pilló a Adán y Eva en bolas, tras un seto. La pregunta es: ¿A dónde se había ido todo ese rato? ¿Estaba, acaso, echándose una siesta? ¿Cagando? ¿Había ido a crear otros planetas y se despistó una miaja de lo que acontecía en el nuestro? (lo que fortalecería la versión de la vida extraterrestre, por cierto). No sé, una de las gracias de ser una divinidad es la omnisciencia y la omnipresencia. Si cada vez que te agarra un apretón va a pillarte desprevenido un puto reptil y la va a liar en tus dominios, no sé yo de qué rayos sirve ser Dios, colega. Supongo que Jehová se relajó porque tenía de segurata al ángel de la espada de fuego, y sabía que pasase lo que pasase aquel bruto alado iba a repartir estopa entre los infractores.

Los gigantes: No pongan esa cara. En el A.T. no aparecen pistolas láser ni T. Rex ni xenomorfos (¿David luchando contra un Alien? Esa película iría yo a verla), pero sí GIGANTES. Como en Jack y las habichuelas, pero mejor, porque esto es palabra de Dios y, por tanto, verdad de la buena. Nos lo cuenta el mismísimo Yahvé en el Génesis 6:1-8: "Había gigantes en la tierra en aquellos días". Así, sin miriñaques. No especifica tamaño, atuendo ni potencial armamentístico, solo que se llamaban nefilim y eran hijos de ángeles díscolos + peliforras terráqueas. Una panda de hijos de puta, vamos. Pero no sufran: Dios, porque puede, se monta su particular Yo Ex Machina, y les sumerge con el resto de "hombres malos" en el diluvio universal. Y no crean que los ángeles fornicadores (padres ausentes, para colmo) se van de rositas, no. Jacob 6 es bien claro al respecto: a los ángeles que "no guardaron su propia dignidad" (quiere decir que se pusieron a chingar con abandono rocanrolero, como Axl Rose de gira), Dios les transforma en demonios y los confina en las "prisiones eternas" de su particular corredor de la muerte divino, a la espera del juicio final.

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La rampa de Moisés: Sí, como lo oyen: los grandes patriarcas bíblicos también sufren tirones musculares. Cuando los amalecitas atacan a los hebreos, Moisés apela de nuevo a su infalible bolsa de trucos divina (es hacer trampa, pero bueno) para que chamusque a todos esos mierdas esteparios. Mientras Josué está dando la cara y jugándose la vida en el campo de batalla junto a sus hombres, el escaqueado de Mo sube a un collado y se planta allí con los brazos en alto, como un pasmarote. ¿Y saben qué? Cada vez que baja los brazos, el pueblo de Israel pierde. Así que Moisés no tiene más remedio que dejarlos en esa postura tan poco confortable, qué remedio. "Y las manos de Moisés se cansaban" (Éxodo 17, 12). La escabechina del llano debió ser inhumana, pero la Biblia nos conmina a compadecernos de que se le haya dormido un brazo al vejete alpinista. De puta madre. Pero viene lo mejor: temiendo un esguince fatal, Aarón y Hur plantifican dos cantos rodados a cada lado del profeta, se apalancan allí, y le sostienen los brazos durante toda la contienda; con lo que Israel gana. Está claro que cualquier acto de los enchufados de Dios va a ser calificado de heroico en este libro, caramba.

Dios, el puteador de los judíos: Mierda, no sé, era SU DIOS. Su único Dios, para ser exactos, pues los muy primos se habían pasado al monoteísmo (equivalente de hacerte vegano y célibe en plena bacanal culinario-fornicatoria). Se suponía que Jehová estaba allí para echarles una manita, ¿no? Pues no. Si los israelitas no tenían suficiente con ser exterminados a manos de los filisteos, los madianitas, los egipcios, los babilonios y cualquier otro pueblo que pasara por allí vía tour operator, Yahvé les hace perrería tras perrería. Gratuitas, además. Hay un pasaje de Jueces en el que Dios ordena a Gedeón liberar a su pueblo de los madianitas, y es una de las pocas ocasiones bíblicas donde parece que los judíos van a masacrar a todo bicho viviente sin la ayuda de superchería mágico-celestial. Son 32.000 machotes, y armados hasta los dientes, contra 135.000 madianitas (les superan en número, sí, pero son pastores y están acojonados). A Jehová, sin embargo, como la esposa feúcha y celosa que es, no le agrada una pizca el asunto.

Obliga a Gedeón (mediante varias pruebas locas estilo Humor amarillo) a menguar sus divisiones hasta que el pobre imbécil se queda con solo 300 matados (a quienes no queda más remedio que vencer a los madianitas a trompetazos y rompiendo jarrones, como amas de casa en plena crisis de nervios).

¿Y lo de Job? Eso tampoco era necesario, Yahvé, tronco. En un acto de puro bullying, Dios matonea a Job (que le era completamente fiel, ojo) infligiéndole bellaquería tras bellaquería: lo cubre de chancros supurantes ("una sarna maligna"), le mata los 10 hijos (hay que ser bastardo...), le birla las ovejas y los camellos y, peor aún que todo ello, al final le manda la plaga definitiva: tres supuestos colegas que empiezan a criticarle como marujas venenosas, y encima durante un montón de versículos. Dios es muy, muy hijo de perra: sabe que cualquiera de nosotros preferiría la condenación eterna de fuego y azufre antes que soportar a tres "amigos" chismosos y vengativos especificando todos nuestros defectos a lo largo de una velada. Ante nuestras mujeres, como fue el caso de Job. Miserables...

Los sabios gabaonitas: No eran nada sabios. Todo lo que fueron capaces de tramar esos muertos de hambre de inteligencia elemental fue disfrazarse de peña "que vivía muy, muy lejos" (según la versión de El meu llibre d'històries bíbliques) para hacer la paz con Israel. Sí: los gabaonitas, ases de la diplomacia y la estrategia política mundial, demostraron su astucia calzándose sandalias ruinosas y echándose encima algunas zamarras apolilladas de piel de burro. Tosiendo cof-cof de vez en cuando. A decir verdad no sé quien es más cazurro, pues los israelitas, más sagaces que Sherlock Holmes y Hercules Poirot juntos, se tragaron sin rechistar el cuento de aquellos impersonators de refugiados que en realidad vivían tras un cerro vecino. Pero tranquilos, todo termina bien en el A.T., porque entonces aparece Josué de nadie sabe dónde colocándose bien el casco y, ni corto ni perezoso, DETIENE UNA PUESTA DE SOL para que sus aliados gabaonitas puedan vencer a los pérfidos reyes amorreos. Así: "Sol, quédate quieto en Gabaón; y luna, detente en el valle de Ayalón" (Josué, 12). O sea: con un par de cojones.

Todos los nombres y las edades del A.T.: Siento ser tan simplón, queridos lectores, pero díganme ustedes cómo sofocar la carcajada con un libro donde campan a sus anchas tíos llamados Putifar, Naftalín y Zebulón, y en el que los jubilados cascan a los 930 (Adán), 950 (Noé) y –¡el campeón del geria-a-a-átrico!- 969 (Matusalén, cómo no; y el pedazo-de-semental, encima, tuvo su primer hijo a los 187). Qué libro, amigos míos.