FYI.

This story is over 5 years old.

Cultura

Lógica anfetamínica: sexo en coca para zorras

Odio pensar en mi familia cuando estoy cogiendo, pero no puedo evitarlo.
13.8.12

A veces cuando tengo un pito dentro de mí no puedo evitar pensar en mi familia. Sé que suena asqueroso, pero no me refiero a pensamientos incestuosos. Mi papá nunca abusó de mí ni nada; nunca me ha tocado de una forma sexual. Si me tuviera que diagnosticar –lo que hago todo el tiempo dado que mis padres son psiquiatras– diría que se trata de episodios de culpa, o que algo me da vergüenza.

Como esa vez que tuve sexo en un baño (con un güey que según él, era guitarrista de ______), porque era una noche con puros jugadores de la NBA en la sección VIP y demás, así que asumí que el güey tenía que ser alguien importante para estar en el lugar.

Ahora que lo pienso, no me sé el nombre de un solo sencillo de ______, pero no importa. En fin, cuando estaba en ese cubículo dentro del baño, cogiendo con el güey que dijo que estaba en ______, pero que seguro era mentira, y el conserje se reía con otros güeyes en los lavamanos, y yo lo hacía sin condón (porque soy muy mala con esas cosas), y pensé en mi padre. ¿Qué pensaría si conociera este lado de mí?

No es que no deteste a mi padre; lo odio. Estudié en un internado para alejarme de él. No sé. Supongo que no importa, creo que es sólo ésta cosa rara en la que pienso.

Por cierto, viajamos en el tiempo y estamos en el 2002: mi nombre es Cat. Tengo 19 años, y tú tienes la edad que tenías hace diez años.

Mientras hablamos, son las 5am, y estoy cogiendo con un grafitero al que llamaremos Mikey, en mi departamento, en el centro de Manhattan. No estoy siendo asquerosa ni nada; es sólo por contexto. Me está cogiendo por atrás, sus manos en mis caderas, jalándome una y otra vez hacia él, mi culo se estrella contra su estómago, y tengo la mitad del rostro contra una almohada. El efecto de la champaña y el vodka con coca se comienza a desvanecer, pero Mikey no deja de drogarme con poppers por la nariz.

Tengo la boca seca y un sabor amargo, y tengo el mismo dolor de cabeza que tengo todas las noches, como si tuviera el cerebro inflamado. Así que no estoy en el mejor de los humores para pretender que estoy viviendo el momento. Y Mikey gruñe mientras estudio mi departamento en la calle 5, y aunque estoy completamente asqueada por mis pensamientos, no puedo evitar pensar que mi familia paga por todo lo que hay ahí adentro, además de mi colegiatura y todo lo demás, porque no quieren que viva en un barrio feo, que use el transporte público en la noche, ni que tome taxis manejados por hombres que podrían asaltarme, violarme y dejarme tirada bajo un puente sin ropa interior. Así que aquí estoy, cogiendo con un güey que creció en el Upper East Side y sin embargo habla como si nunca hubiera ido a la escuela, y además pasó una temporada en la prisión de Rikers por romperle un vaso en la cabeza a un jugador de la NHL (es en serio, salió en SportsCenter).

Y ésta noche, técnicamente esta madrugada, estoy pensando en mi infancia (hace diez años tenía apenas nueve), y me parece que es lo peor que puedes hacer cuando estás teniendo sexo con un güey que sólo te trata bien en el Suede, un lugar que siempre está hasta la madre, todos te asfixian y él está ahogado con sus tragos gratis. Pero no lo puedo evitar. Todos los museos del Smithsonian con mi padre, donde debía educarme sobre todos esos artistas y demás. Supongo que eso es algo que realmente valoro.

Es increíblemente desagradable pensar en tu padre cuando estás cogiendo, pero como dije aquella vez, y como me he repetido a mí misma desde entonces: “No pienses en papá”, y por supuesto esto sólo me hace pensar más en eso que no quiero.

Extraños recuerdos que tengo cuando estoy cogiendo de esa forma tan denigrante, pero que también me parece tan normal. Claro, soy una feminista, pero no odio a los hombres, aunque a veces sean unos cabrones. Y esto es lo que estoy pensando en este momento, y también pienso en lo mala idea que fue haberme metido coca en ese bar, el Pangaea, hace unas horas.

Definitivamente estoy saliendo de sus efectos, porque los malos pensamientos se acumulan en mi cuerpo; siento que la coca me deshidrató por completo, y no estoy nada mojada, y Mikey sigue escupiendo en sus manos y frotándome con su saliva para lubricarme, y supongo que ayuda, pero me parece asqueroso; prácticamente todos los güeyes con los que me he acostado han usado éste truco en algún momento.

Los hombres pueden ser unos pendejos; les encanta agarrarte por la cintura y llevarte hasta el maldito baño de hombres en los bares para llenarte de coca (en especial si son basura europea o algo asqueroso; aunque yo nunca consumiría drogas con alguien que tuviera un acento griego, primero muerta; sólo me acuesto con güeyes que crecieron en Nueva York). Y sí, las chicas son unas pendejas también, ¡porque todo mundo sabe que la coca es súper adictiva! Aunque la verdad es que consumo tanto Adderall que creo que ya no siento nada, jaja.

En fin, luego regresas al departamento de un güey en la calle Vesey, o por ahí, y cuando es hora de coger, el güey está completamente flácido e intenta meterte ésta madre que ni a pito llega, y cuando está convencido de que no va a funcionar te dice: “¿Por qué no te tocas un rato?” como si fuera tu culpa que tenga disfunción eréctil a sus 24 años. Y después lo intenta de nuevo, y te dice: “Tú arriba”, y todo es horrible, y dura literalmente 40 minutos. Y mientras amanece y su compañero de cuarto se levanta para usar el baño, te sentirás exhausta y adolorida, y te preguntarás si el mundo podría ser un lugar peor.

Supongo que nunca he tenido sexo lindo, excepto con un güey. El año pasado, cuando tenía 18, tuve una especie de novio, y era increíblemente lindo conmigo. Era un Kennedy, pero no uno de los tantos primos sobre los que siempre escuchas en televisión; su madre, una inglesa, acababa de morir. En fin, vivía en el Upper West Side y él y el spaniel de su mamá, Cavalier King Charles, eran súper lindos conmigo. Era muy divertido estar con ellos. Y además era inteligente; fue a Yale. Pero terminé poniéndole el cuerno con un tal _____ al que conocí en Soho. Sus padres tenían éste increíble dúplex junto a la tienda Missoni en Madison; todo el departamento estaba decorado como si fuera una habitación de hotel, y cogimos ocho veces en un fin de semana frente a un Chagall espantoso, y vimos dos temporadas completas de Los Sopranos en DVD.

Después de eso, ____ nunca volvió a contestar mis mensajes. Terminé por decírselo todo a Kennedy y, obviamente, me dejó. Le escribí varias veces, pero nunca me contestó. Estuve deprimida largo tiempo. Todavía salía a fiestas y demás, pero durante el día era una pobre bulímica. Sólo veía Sex and the City, aunque sé que es un programa estúpido, faltaba a clases y vomitaba (puros clichés, como donas y helado). A veces me siento como la chica de Malas compañías, y me preocupa. No sé. Creo que así son todas las chicas a las que conozco, aunque nunca lo admitirían.

En fin, Mikey está a punto de venirse, y se acerca la mejor parte del sexo: cuando acaba. Espera. También me gusta cuando me quito la ropa. Uso bras de encaje, y no importa lo cabrón que haya sido un güey conmigo (como hoy en el Veruka; Dios, qué cabrón, ni siquiera quiero hablar de ello), cuando llego a casa y me quito la ropa, el cabrón me da ternura.

Ésta noche Mikey estaba sentado en la cama y yo estaba parada, y mientras me quitaba el top, puso sus manos en mis caderas, muy delicadamente, y me jaló hacia él para besarme el estómago y quitarme el bra. Esa parte es todavía mejor que cuando todo acaba. “Ya casi me vengo”, está gruñendo mientras me jala. Le regalo unos gritos pornográficos para acelerar el asunto, y cuando por fin se sale y se viene sobre mi espalda, simplemente me levanto y me voy al baño a buscar una toalla.

Las manos me tiemblan. Tengo la boca seca y un sabor a Aspirina, así que abro el grifo y tomo un poco de agua con las manos.

Después me veo en el espejo durante un minuto. A veces es un poco extraño verte tan jodida. Cuando se desvanecen los efectos de todo, y te pega la cruda. Me veo como me vería un extraño.

Es como si se resaltaran los huesos de mi cara; tengo una mandíbula fuerte como la de mi padre, y una boca pequeña y los ojos grandes como mi madre. Pero estar cansada y desorientada es demasiado, así que regreso para ver cómo Mikey enciende un Camel; inhala y exhala. La luz del día se cuela entre las persianas, y lo veo buscar sus boxers, su playera y sus zapatos.

Sigue a Cat en Twitter: @Cat_Marnell

Anteriormente:

Lógica Anfetamínica