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Cultură

Una historia de fantasmas

Mi padre me desconoció, y durante un tiempo viví en una pensión para mujeres. Cuando se agotaron mis recursos, pasé varios años haciendo las cosas que tenía que hacer. Fue entonces cuando empecé a ver fantasmas negros.
5.7.13

Ilustraciones por Matsui Fuyuko. Todas las ilustraciones son cortesía de la Galería Naruyama.

Estoy segura que de haber aceptado cierta propuesta de matrimonio, mi vida quizá hubiera seguido un camino ordinario, pero rechacé esa humillación. Más tarde, cuando por fin la habría aceptado, mi pretendiente ya había fallecido. Fue de muerte natural.

Mi padre me desconoció, y durante un tiempo viví en una pensión para mujeres. Cuando se agotaron mis recursos, pasé varios años haciendo las cosas que tenía que hacer. Fue entonces cuando empecé a ver fantasmas negros.

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Mi madre recibió un reporte de mis circunstancias por parte de mi tía, y le suplicó a mi padre que me enviara a la ciudad, donde él tenía varios departamentos. Han pasado siete años, y su temperamento ha menguado. Aceptó bajo la condición de que mi madre me acompañara a la ciudad y supervisara sus propiedades.

Mientras yo crecía, mi madre disfrutaba de una vida social activa, pero eso cambió desde que empezó a sufrir eccemas. Le cubrían hombros, brazos, piernas, abdomen y rostro. Se bañaba en una solución de permanganato de potasio, pero eso sólo aminoraba la comezón y pintaba nuestra tina color índigo.

Ella se había convertido en una ermitaña y después en intelectual. En la ciudad, veía películas mudas por la noche. Veía poesía en sus viejas películas de fantasmas, y las veía una y otra vez. A mí no me gustan las películas de fantasmas, ni siquiera las de la época del cine mudo. Las veía ya entrada la noche, en su habitación, en su laptop, y en las mañanas me hablaba de los actores.

—Ichikawa Danjūrō IX era renuente a aparecer a cuadro, pero estaba convencido que hacerlo era un regalo para la posteridad. Se dice que supo canalizar a Tokinoriki muy bien. Hace algunos años volví a leer a Tokinoriki. Me vi forzada a leer fragmentos en la escuela, pero no podía pasar de las complejidades del protocolo de la corte, ni de la opacidad en la dicción de Taira. No sé qué ha pasado, pero el texto se ha abierto y ahora es como si hablara con un amigo.

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—Eso es fascinante—, le respondí. Una brisa sopló sobre un árbol afuera, y los pétalos cayeron sobre el comedor. Los fantasmas no son tan malos.

***

Yo ganaba cantidades considerables de dinero de forma irregular, haciendo de intérprete para extranjeros. Tenía una oficina al sur del antiguo palacio. Cada año, después de los 25, una mujer pierde valor. Después de los 31, se acabó el tiempo. En mi caso fue distinto porque yo estaba en contacto con los fantasmas negros.

Conocí a Edward por correo a través del agente de prensa de Murata. Su nota me sorprendió, incluso me confundió. La leí y la volví a leer una vez más. Sí, pensé. Está coqueteando.

Encontró un lugar en mis pensamientos, y me dio la impresión de que estaba desesperado y loco, como muchas personas solitarias. Es normal informar al traductor cuando se planea el folleto, por si hay malentendidos. De hecho, algunos clientes me piden que maneje esto y otras cuestiones organizacionales, pero sospechaba que Edward era diferente. Cuando envió su fotografía al departamento de diseño, pensé: Es guapo. Pero cualquiera puede parecerlo.

Durante nuestra primera conversación telefónica hablamos sobre la logística de su visita. Por la diferencia de horarios, hablé con él desde mi cama. Mi madre veía una película con música de piano a todo volumen en el fondo, y escuché algo nuevo en la voz de Edward. Era una inteligencia precisa. Le expliqué que, dependiendo de la duración de su estancia, lo normal sería que yo lo orientara sobre la ciudad.

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***

Edward comenzó a llamar con frecuencia después de eso. Debido al cambio de horario, siempre recibía sus llamadas por la noche. La tercera o cuarta vez que hablamos yo había estado bebiendo, y empezamos a hablar de cuestiones personales. Me habló de su historia con el alcohol, y de su recuperación. Yo le conté que vivía con mi madre en un departamento, y que no hablaba con mi padre.

Me dijo: —¿Por qué siempre me enamoro de mujeres inusuales?

—¿A qué te refieres?

Murata había hospedado a Edward en las afueras durante una semana y en la ciudad durante cuatro días. A pesar de que Murata había recomendado a un intérprete de inglés en la región, él y Edward no se entendieron muy bien. Además, Edward me contó que el inglés del otro traductor era bueno, pero no podía entender ciertas sutilezas, como el humor y el tono. Acordamos que sería mejor que yo fuera adonde estaban. Me dijo que hablaría con el agente de prensa en Murata y les pediría que nos instalaran en hoteles distintos, pero le dije que eso no sería necesario.

Es difícil mentirle a mi madre, porque es una mentirosa experta. Le dije que iba a viajar por trabajo, a traducir para un invitado de Murata que hablaría en el panel. —Se supone que es una mujer de negocios muy influyente.

Mi madre me respondió: —Si quieres ir a conocer a un hombre, me alegro por ti. Por favor, haz lo que sea necesario para cambiar tu situación.

***

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Desde el incidente, dejé de beber debido a una orden de la corte. Sin embargo, de vez en cuando, bebía en pocas cantidades con mi madre, o sola en un lugar a la vuelta de la esquina. Le confesé esto a Edward. Le dije: —Esta noche tomé vino con mi madre. Por lo general no disfruto tomar vino, pero a veces compartimos una botella. A mi madre le gustan los vinos blancos.

—Una botella entre dos personas no es mucho vino.

—Tomo más de lo que me corresponde; además, se supone que no debo tomar nada.

—¿Por qué no?

—La corte dice que no puedo volver a tomar. Traje un monitor en el tobillo durante un año. Sin embargo, hay otras opiniones al respecto. Me gustaría hablar de ello, pero lo tengo prohibido. Es la cultura.

Me dijo: —Me gusta tu forma de hablar después de una o dos copas de vino. Deberías tomarte una antes de que nos conozcamos. Todos somos humanos.

—Pero no puedo.

—¿Por qué?

—Porque tú no tomas. Creo que sería más saludable si ninguno de los dos toma cuando estemos juntos.

—Es verdad. No creo que sea saludable a la larga, para mí, si tú no tomas, pero la primera noche que nos veamos quiero que estés alegre y relajada. Creo que eso sería bueno para nosotros.

***

Tomé el tren al campo. El tren estaba lleno y tuve que permanecer parada. Un joven con su chamarra de la escuela comía papas y tomaba una lata grande de cerveza. Tenía el pelo crespo y piel agrietada. La barra en el vagón-comedor estaba repleta de hombres con trajes negros. Pedí un trago mezclado, pero mi adrenalina se superpuso al alcohol, y tuve que pedir otros dos para sentir algo. Después pedí un cuarto, pero no lo terminé. Siempre he sido enojona. A los 23 estuve en una relación con un hombre. Parecía una buena relación, pero siempre tuve una sensación curiosa. A veces escribía mensajes acostado, con su espalda bloqueando su pantalla. Con frecuencia salía a reuniones y regresaba con detalles ambiguos sobre lo ocurrido. Cuando yo sospechaba, él me acusaba. Esto duró dos años. Siempre tuve una sensación extraña, como si él pudiera darme algo que yo quería, pero no sabía que era. Una noche llegó con rasguños en la espalda y cuando le pregunté por qué, me dijo que deberíamos ver a un psicólogo. Era una mujer mayor y él la tenía completamente engañada. Le mintió sobre sus síntomas para recibir ciertos medicamentos. Cuando le conté sobre mis miedos, me dijo que se debían a mi mala relación con mi padre. Un día regresé temprano a casa del trabajo y lo encontré en la cama con una chica a la que yo había conocido hace mucho tiempo. Era una niña que no tenía ningún pensamiento propio. Siempre fue un poco más pobre y un poco más fea, pero siempre se lucía frente a mí.

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Le dije: —Al menos ya sé la verdad.

Me preguntó: —¿Y cuál es la verdad?

¿No es chistoso cómo esta simple conversación pudo llevar a un homicidio involuntario? Una vez, dos viejos que vigilaban el edificio de mi padre pelearon por un juego de ajedrez. Llevaban siete años trabajando juntos y eran mejores amigos, pero sus palabras se convirtieron en golpes y, sin premeditación ni intención alguna, uno mató al otro. Algo parecido pasó entre mi amiga y yo. Ella ha sido un vegetal desde aquella noche.

***

Edward era cinco centímetros más alto que yo. Tenía los ojos de un niño que me había humillado cuando era pequeña. Ese niño era hijo único. En una ocasión su madre intentó provocar un alboroto en la cancha de futbol. Rompió un pedazo de la valla y entró corriendo al campo de juego. Cuando alguien mencionaba eso al niño que me había humillado, éste se ponía rojo y gritaba: —¡Mentiras!— Eso era muy divertido. Otra cosa divertida: su media hermana tenía una discapacidad, y hablaba chistoso. En las tardes me divertía llamarla por teléfono. Su padre era uno de esos adultos que se sienten intimidados por los niños, así que durante mucho tiempo, cuando pedíamos hablar con ella, simplemente le pasaba el teléfono. Después podías imitar su voz. Pero luego de un rato, el padre se negó a pasarle el teléfono, así que lo atormentábamos a él. Imitábamos su voz, y eso era todavía mejor.

—Creo que te conozco—, dijo Edward. Le di la mano. Enrolló un brazo sobre mi cintura y me tomó por la cadera. Me dijo: —Me alegra que seas tan pequeña.

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Le dije: —Deberíamos ir por tu equipaje.

Las maletas subían por la rampa. Había una multitud alrededor de la banda.

—Estaba preocupado—, me dijo. —Tuve tanta suerte. Mi esposa anterior no era exactamente gorda.

Metió su mano bajo mi camisa y me apretó el costado. Metió sus dedos entre mis costillas. —Estaba pensando: ¿Qué voy a hacer si está gorda?

Me deslicé fuera de su brazo y le pregunté: —¿Cuál es tu maleta?

—Ésa—. Señaló una maleta desgastada. La recogió. Se veía pesada, y me di cuenta que era fuerte.

***

Ya le había explicado que no me era posible acostarme con un hombre antes del matrimonio, y al meterme en su cama del hotel, se lo recordé. Le dije: —Sólo puedo descansar junto a ti.

Me dijo: —Por supuesto—, y unos minutos más tarde yo estaba gritando. Luego me di cuenta que había gritado una profanidad. Fue algo que hice un par de veces esa noche.

Más tarde, estaba sobre él. Nuestro cuarto de hotel daba hacia el centro deportivo. El centro estaba cerrado después de las nueve, pero había dos personas negras ahí. Caminaban sobre una pista asfalto. Caminaban de una manera muy particular, lentamente y sin mirar a su alrededor. No rebotaban con cada paso. Era casi como si estuvieran flotando. Uno llevaba un abrigo con gorro hecho de satín. Edward dijo: —¿Qué miras por la ventana?

Hacia el amanecer me preguntó: —¿Te gusto?

—No estoy segura.

—No deberías coger con alguien si no te gusta. Al menos deberías esperar hasta estar segura—. No respondí.

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—Lo siento—, me dijo. —Creo que me merecía eso.

***

Su presentación a la mañana siguiente fue en el centro de conferencias TEC. Abrió con un chiste largo y complicado. No era posible traducirlo al público, así que dije: —El empresario contó un chiste, por favor ríanse todos.

Ya que no estábamos bebiendo, comíamos en restaurantes y veíamos películas. Una película era en 3D, y para bromear nos pusimos los lentes antes de los cortos, lo que nos hizo quedar como tontos frente a las demás personas en la sala.

—No estoy viendo los efectos—, dijo Edward.

—Yo puedo verlos—, dije, mirando mi mano.

—Espera, creo que ya veo algo—, dijo Edward.

Después me susurró: —Les preocupa que nos portemos así durante toda la película.

No habíamos pedido palomitas. El hombre a nuestro lado era gordo, y tenía una enorme cubeta de palomitas. Edward me sorprendió mirándola y me dijo: —Simplemente le pediremos a ese amigo de ahí—. Mis fantasmas se hicieron cargo. A los 15 minutos de empezada la película, el hombre salió de la sala. Dejó sus palomitas en la silla.

Dije: —Tómalas—, y Edward lo hizo.

Era una función de medianoche. Salimos después de las 2AM. Una figura extraña estaba parada en el descanso del cine, una mujer negra. Subió uno o dos escalones, contra el exterior de estuco del cine. Tenía unos 40 años. Llevaba un vestido negro sin forma. Podría haber sido indigente. Nos miraba.

—Mira—, dije. —Mira a esa extraña mujer.

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—Se parece a la mujer de tus sueños.

—Qué chistoso que lo menciones.

—Creo que es un hombre.

No dije: —Eso no es humano.

La mujer se movió, y pude ver que era una adolescente. Llevaba una camisa negra y shorts negros hasta las rodillas. Dije: —Hay que apurarnos y regresar al hotel. Tomemos un taxi.

Por fortuna pasó uno, y lo paré. Edward me siguió al asiento trasero. Pero nuestro conductor se metió en sentido contrario por una calle, después dio una vuelta indebida y nos llevó hasta un carril exprés. Quería decirle a Edward cosas que nunca deberían decirse. Hay cosas de las que nunca se debe hablar, así que simplemente dije una y otra vez: —Esto es extraño.

En el carril contrario, un Camaro se detuvo junto a nosotros. Manejaba hacia atrás, con el tráfico en su propio carril, iba paralelo a nosotros. Adentro había dos hombres negros y jóvenes, los dos se voltearon a saludarnos.

Dije: —Creo que debería parar—. Y Edward dijo: —Siento que he sido arrastrado hasta tu universo.

Le dije: —No hables de eso.

En cinco días vimos todas las buenas películas. Intenté llevarlo a un bar de anguilas del que había escuchado, de un poeta japonés, pero me perdí y no pude encontrarlo, así que pretendí que era mi intención mostrarle la torre inaugural.

***

El tercer día en la ciudad, después de que acordamos casarnos, cuando Edward iba a conocer a mi madre, empezamos a tomar.

—No quiero ir al bar del hotel—, le dije. —Es deprimente. Es temprano. Hay otros lugares. Deberíamos tomar un taxi hasta Rub A Dub. Esta noche hay reggae.

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Estaba lloviendo.

—Quiero comprarte una buena botella de vino—, dijo Edward. —No podemos hacer eso aquí. Quizá deberíamos probar el hotel.

—Mi madre nos espera pronto. Ya nos tomamos una botella, en cuatro copas.

Después de terminarnos la buena botella de vino, era hora de partir. Le mandé un mensaje a mi madre: —Tomamos vino.

—Hay vino en la casa—, respondió mi madre. —Lo compré para ustedes dos. Está en gabinete bajo las bolsas de basura.

Mi madre había reorganizado por completo los muebles y semi desmantelado el altar. Había aspirado y limpiado. Es una mujer muy limpia bajo circunstancias ordinarias, pero esta vez, el departamento estaba impecable hasta en el más mínimo detalle. Era evidente que se había parado en la mesa, quitado los cristales del candelabro, y remojado cada uno en una solución. Estaba mezclando la ensalada. La comida estaba lista en la barra, junto con otros bocadillos. Le presenté a Edward.

Dije: —Es un honor para mi madre conocerte.

—Por favor dile que el honor es mío. Dile que es aún más bella que su hija.

—Mi madre dice que halagas muy bien a una mujer mayor, y que por favor continúes. También pregunta si te gustaría tomar una copa de vino.

—Por favor dile que sí, y que muchas gracias por molestarse en hacer todo esto.

—Mi madre dice que los invitados son un gran placer. Dice que antes los recibía todo el tiempo, y que prefería, cuando era posible, cocinar y hacer todo ella misma. Dice que esa es la tradición aquí, pero ha escuchado que no es así en Estados Unidos.

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Mi madre fue a la cocina. Había comprado un aparato de 40 dólares para airear el vino. Venía en una caja brillante con modelos estadunidenses tomando vino.

—El vino necesita respirar—, le di una copa a Edward y se la bebió. Después dijo: —Tráeme más vino.

Bebió un poco, y después dijo: —Eddie Murphy era tan brillante en su juventud. Es simplemente brillante. Es un comediante brillante.

Le dije a mi madre lo que había dicho Edward.

Dijo: —Es verdad.

—Ya no los hacen así; sólo pregúntele a su hija.

Ella sabe. Su tono dejaba claro su significado, pero mi madre no entendió. Dijo, sonriendo: —¿A qué se refiere?

Dije: —Quiere decir que me acosté con muchos hombres cuando estaba sola, y tú y papá no tomaban mis llamadas. Quiere decir que soy una puta.

Mi madre se levantó y se fue a su cuarto. Cerró la puerta.

—Ves—, dije, —estás muy borracho e incomodas a todos. La hiciste enojar.

—Me doy cuenta.

—Creo que sería mejor que nos fuéramos.

Pedí un taxi. Mientras esperábamos, guardé los restos de la cena y limpié los platos y las ollas. Mi madre ya había limpiado la cocina, así que no había mucho que hacer. Cuando terminé, dije: —¿En qué piensas?

—Estoy intentando decidir si regresaré a las afueras.

—Oh.

—¿Enviarías mis cosas en las mañana?

—Sí.

—Estás empeorando las cosas.

Me asomé por la ventana

—Me avergüenzas—, me dijo.

—Me llamaste puta.

—Has tenido sexo con cientos de hombres.

—No cientos. Unos 30. Muchas mujeres lo han hecho.

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—Quizá ellas tienen la decencia de mentir.

Me levanté y fui a acostarme en mi cama. Todas las almohadas así como el edredón había desaparecido; mi madre debió tomarlas prestadas. Puse una toalla bajo mi cabeza. Media hora más tarde Edward entró, se acostó junto a mí y dijo: —¿Qué haces?

Nos abrazamos como niños. Dije: —Hueles a Chex Mix—. Eran apenas las 9PM. A la una, mis ojos se abrieron. Desperté a Edward y le dije: —Regresemos al hotel.

—¿Qué?

—Hay que regresar.

Pero se dio vuelta. Había bebido mucho, así que volví a dormir.

***

—¿Vendrás a practicar conmigo y Paciencia, o piensas quedarte en tu habitación con ese hooombre?

Eran poco más de las siete, y Edward y yo estábamos en la posición del misionero, porque creímos que haría menos ruido.

Dije: —Creo que me quedaré.

—Está bien—, dijo mi madre. Su tono era evidente.

Edward giró sobre su costado y empezamos a hablar.

—Supo—, dije.

—¿Cómo? —El sonido de mi voz.

—No, no lo supo.

Edward aclaró su garganta.

—¿Qué quieres hacer?— pregunté. —¿Por qué no nos vestimos y vamos por un café?

Bajamos a la bahía. Nos sentamos en una banca del parque, frente al mar. Dijo que entendía mi definición de deseo. Usó los nombres de filósofos que no reconocía, y dio una definición que no era mía. Era análoga, o una parte; pero no era mía.

Comenzó a insultarme. Hice los mismos comentarios que él. Me dijo: —Dejé a mi primera esposa porque no podía hacerla feliz. La mujer por la que la dejé no era especial en ningún sentido; la amaba porque la hacía tan feliz. Mi psicología es mucho más simple que la tuya: quiero ser amado. Si no lo soy, entonces…— hizo como si tirara una pedazo de basura con una mano.

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Dije: —Voy a regresar a leer.

—Está bien. Creo que me quedaré aquí un rato. No me moví. Se levantó. Se sentó en el piso y se tiró boca abajo en el pasto, usando sus zapatos como almohada.

—Hieres mis sentimientos—, le dije. —Entendí todo lo que dijiste, y siento asco. Por si no lo sabías.

—Entonces te sientes igual que yo.

Dije: —Vamos a caminar.

Caminamos por los alrededores. Una gaviota bebé estaba parada junto a una banca. Intentamos ver cuánto nos podíamos acercar. La gaviota estaba nerviosa y sintió nuestras miradas de inmediato. Nos miraba como depredadores. Entonces, casi como si fuera humana, intentó mirar hacia otro lado, como si quisiera convencerse de que estaba siendo paranoica. Dimos otro paso hacia adelante y esperamos. La gaviota no se movió. Dimos otro paso. El ave nos miró una vez más. Agitó sus plumas. Esperamos. Hizo un movimiento, consideró alzar vuelo, pero se quedó. Esperamos, esperamos, dimos otro paso, y se alejó volando.

Edward dijo: —¿Por qué crees que la gente se casa?

—Por muchas razones.

***

Edward escondía bebidas todo el día. Al final no regresamos al hotel. Al anochecer, se movía de forma extraña. Insistía en cargar mi bolsa. Se cayó de su hombro, se atoró en una silla, y casi se tropieza.

—Déjame cargarla—, dije.

—No—, se puso la bolsa una vez más en el hombro. La bolsa se deslizó de nuevo, se atoró en una silla, y fue arrastrada por el piso, por la puerta, sobre la banqueta hasta la esquina, en la calle, donde él pidió un taxi.

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En el carro, puso un poco de música racista en su teléfono. Le pedí que por favor la apagara. Escuchó la canción hasta el final, cantando y regañándome por haber elegido música tan racista.

Dije: —¿Crees que soy una mujer soltera de 36 años porque acepto a cualquier hombre que se me presenta? ¿Crees que no sé cómo estar sola?

—Acabas de demostrarlo—, me dijo. —Acabas de demostrarlo, porque cuando dijiste eso heriste mis sentimientos.

—Mm.

—Estás desesperada por un hombre y aceptarías al primero que se te ponga enfrente. No me amas, sólo aceptaste casarte conmigo porque quieres un bebé. Sabes que soy fértil.

Me acostó en sus piernas. Era después de la medianoche. Tenía miedo de estar sola con Edward. Estaba muy enojada. Le pedí que guardara silencio, y me dijo: —Estoy en todo mi derecho de escuchar música—. Me senté y le di direcciones al taxista hacia el edificio de mi madre. Edward, al escuchar mi tono y mis gestos, dijo: —Sólo busca ese que parece un motel invadido por indigentes.

***

Mi madre estaba dormida. Le preparé un poco de leche caliente a Edward. Cuando se durmió, vi su teléfono. Miré la pantalla. Estaba en contacto con una mujer llamada Sandra Williams. Ella le había escrito ese día: “Soñé que te casabas con una psiquiatra de 45 años”.

Escribí: “Qué chistoso. ¡Me pregunto por qué soñarías eso! :D”

Esperé, pero supongo que estaba dormida. Escribí: “Supongo que estás dormida, o teniendo sexo con tu perrito”.

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“La próxima vez que se venga, sofócalo como asfixia autoerótica y haz momos con carne molida de pito de perro. :D”

Un número, sin nombre, había escrito: “Sólo para que sepas, esto es una locura”.

Escribí: “¿Quién eres?”

“¿Es broma?”

“No”.

“¿Estás bien?”

“Sí. :D”

“¡¡Es la persona con la que llevas un año comprometido!!”

“¿Eso por qué es una locura?” escribí.

“Márcame cuando puedas hablar”.

“¿Es una locura que te ame?”

“¿Por qué dices esas cosas?”

Fui al baño. Encontré una pequeña caja de cristales de permanganato de potasio. Desperté a Edward y le dije: —Electrolitos.

—¿Qué?— Estaba saliendo de su borrachera en sus sueños. Quería que lo detuvieran. Levantó sus brazos hacia mí.

Dije: —Electrolitos, para la cruda. Saben horrible, pero te hacen sentir increíble al día siguiente.

—Mm.

—El único problema es que tienes que tragártelos todos. Todos estos—, le enseñé el montón.

Le dije: —Ponlos en tu boca, y antes de que puedas probarlos, trágatelos con esto—, le di una jarra de agua.

Hizo lo que le pedí. En la mañana estaba muerto. Querrás saber cómo seguí salir adelante después de eso. Mis fantasmas negros ayudaron y estaban felices. Creo que fue más difícil para los fantasmas de Edward. Durante un tiempo, antes de que la noticia de su muerte llegara a Estados Unidos, la pasé bien jugando con ellos en su celular.

Lee más en nuestro Especial de Ficción 2013.