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Fui a que Freud me psicoanalizase a través de la realidad virtual

El EventLab de la Universidad de Barcelona ha creado una aplicación de realidad virtual con la qué Sigmund Freud te ayuda a solucionar tus problemas.

Alba Carreres

Alba Carreres

Vídeo cortesía de EventLab

A veces hablo conmigo misma —interiormente, si no sería un poco problemático— sin darme cuenta. Si verbalizase todo lo que pienso creo que me caerían algunas hostias, aunque tengo que confesar que más de una vez he sido víctima de mi diarrea verbal. Mi lengua me traiciona.

Me considero una persona feliz por lo general, pero sé que lo sería mucho más si no pensase tanto en el futuro, si no me preocupara tanto por lo que puede pasar y disfrutara más del presente, sin estar con un "¿y si...?" permanente clavado en mi cerebro imaginándome el peor escenario posible para el resto de mi vida.

El miedo a lo que puede ocurrir mañana es un problema bastante común para la mayoría de los mortales, la palabra "fracaso" suele provocar vértigo a todo aquel que la escucha.

Yo durante el proceso de crear mi avatar para la realidad virtual. Todas las fotografías cortesía de EventLab

Para solucionarlo, quedé con el profesor Melvin Slater, codirector de Event Lab, de la Facultat de Psicologia ICREA, el grupo de investigación de entornos virtuales en neurociencias y tecnologías experimentales de la Universidad deBarcelona.

El objetivo era claro: quería ser psicoanalizada por el mismísimo Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis. El equipo de EVENTLAB lo haría posible.

No son pocos los que consideran que este tipo de terapia, basada en un minucioso repaso de los primeros vínculos de la infancia, la asociación libre y el poder aliviador de la palabra, puede corregir problemas y angustias de todo tipo. Para conseguir que Freud me psicoanalizase, la terapia a la que me sometería tendría lugar en un espacio de realidad virtual.

Lo primero que les hacía falta era crear mi avatar, una versión de mí misma que se parecía a un "Sim". Bernhard Spanlang, director técnico de la investigación y especialista en scanners corporales, me rodeó con su iPad y retrató mi cuerpo entero. Una vez escaneada tardaría menos de una hora en construir mi yo virtual.

Mientras lo hacían me enseñaron otros proyectos que están elaborando que realmente me fascinaron: estudios sobre racismo, comportamiento ante tu propia vida y muerte y conductas sociales afectivas de seres humanos que no se conocen entre ellos pero que se relacionan con otros avatares en 3D. En uno de sus proyectos, un hombre entró por la puerta de mi habitación virtual e intentó estrangularme, sentí tanto miedo cuando que incluso emití un grito ahogado durante un segundo sin darme cuenta.

Una vez mi avatar estuvo creado me enfundé en un traje de aquellos que siempre había visto en las películas futuristas. Fue bastante gracioso ver como de repente, al ponerme mal el calcetín con el sensor, tenía un pie mirando a cada lado. Rodrigo Pizarro, estudiante de doctorado de EventLab, me pidió mis medidas (altura, peso, número de pie...) y recalculó mi avatar de tal manera que se pareciera lo máximo posible a mi persona. Realmente lo consiguió, y también me colocó bien los pies de mi avatar.

Con el traje futurista

Al ponerme las gafas y los cascos perdí cualquier noción de la realidad no-virtual. Me encontraba en un salón. Miré mis manos y mis pies y mi visión fue el 100% real. Me miré al espejo que había justo en frente y al Sigmund Freud resucitado que estaba al otro lado de la habitación.

Había unas instrucciones en una pantalla situada en una especie de atril. "Mírate al espejo", pedía. Una vez vi que era realmente mi reflejo volví a mirar la pantalla. Las instrucciones me decían que explicara mi problema.

"Me considero feliz, de hecho soy muy feliz. A veces pero me preocupo demasiado por el futuro y pienso las cosas malas que me pueden pasar", dije.

De repente ya no estaba en el cuerpo de mi avatar. Lo veía desde la perspectiva de Sigmund Freud. Miré mis manos y eran las del padre del psicoanálisis. Sin esperarlo escuché el problema de mi paciente. Tenía mi aspecto y mi voz, y repetía mis mismas palabras. "Contesta a tu paciente", decían las instrucciones. Mierda, ¿y qué le digo yo ahora a esta loca? Me puse en el sitio de Sigmund y dije: "¿Tiene algún sentido preocuparte por algo que aún no ha ocurrido? Cuando te pase eso cuenta hasta tres [frase muy típica, lo sé], respira, y piensa en qué sentido tiene preocuparte por una imaginación tuya que has creado en tu cabeza a partir de tus miedos y que no es para nada real".

La pantalla se fundía a negro, como un parpadeo. Entonces volvía a estar dentro de mi avatar y escuchaba mi propia voz modificada, tres tonos más grave, diciendo mis palabras.

Dialogar con Freud mejora tu estado de ánimo

Y no lo digo solo yo. Es una de las primeras conclusiones del estudio realizado después de analizar el estado de ánimo de los veintidós participantes que se han sometido al estudio elaborado con el mismo mecanismo. Los principales problemas que plantearon los integrantes fueron la mala relación con un superior en el trabajo o el echar de menos a un amigo o familiar que había traspasado o marchado.

Después de someterse al psicoanálisis de Freud tenían que rellenar un cuestionario con indicadores de bienestar. Se eligió la representación virtual del Dr. Sigmund Freud tras encuestar a los participantes no implicados en el estudio y preguntarles qué persona popular escogerían para hablar de un problema personal. Una semana después se repitió el experimento pero en vez de ver a Freud, los participantes veían una copia de ellos mismos en el otro lado de la habitación virtual, de modo que la conversación virtual la tenían directamente con ellos mismos.

"Los resultados mostraron que los efectos positivos son mayores si te encuentras sumergido en el cuerpo de otra persona, parece ser que inmersos en la realidad virtual y desde la perspectiva de otra persona, los participantes ven sus problemas desde un punto de vista distinto", dice Melvin Slater.

Hablar con uno mismo en un mundo virtual podría servir para ayudar a las personas a afrontar sus problemas menores, como por ejemplo el exceso de autocrítica, la vergüenza, impulsos sin controlar, que en algunos casos pueden convertirse en enfermedades más serias e incluso pueden derivar en depresiones.

La intención es crear un pack para que los psicólogos pudieran tratar a sus pacientes gracias a la realidad virtual, con una aplicación en una tablet o un móvil, por ejemplo.

Las gafas de realidad virtual cuestan unos 500 euros, por lo que tampoco tienen un precio excesivo. La posibilidad de este tipo de tratamiento es posible gracias a la llegada de nuevos artilugios de realidad virtual inmersiva de alta calidad a precios más accesibles y a la gran expectativa de crecimiento de esta industria en los próximos años.

Cuando le pregunto a Melvin Slater acerca de la posibilidad de tratar enfermedades de mayor magnitud me contesta que se necesitan más estudios para considerar si tendría éxito este método.

Cuando me quité el traje y volví a ser yo misma y a vivir mi propia realidad, me sentí como más completa. Sí. Más feliz. Antes de empezar el experimento no tenía ni idea de las consecuencias que aquello podía tener respecto a mi estado de ánimo, y justamente las conclusiones fueron las mismas a las que llegó el estudio. De pronto ya no sentía miedo. Sin darme cuenta estaba sonriendo y valoraba cada instante viviéndolo como si fuera el último.

Sé que puede parecer estúpido, pero yo misma había conseguido resolver mis propios problemas. Nadie mejor que uno mismo se conoce mejor, y viéndote desde otro cuerpo que no es el tuyo es más fácil ver cuál es el mejor camino a seguir. Escuchar la respuesta adecuada desde un cuerpo ajeno es una experiencia reconfortante. Convertirte en Freud te hace sentir un poco como él. No sé muy bien cómo, pero veía mi problemática desde otro punto de vista, y reflexionando supe que la respuesta estaba en mi interior si ser yo consciente de ello.

Pensar que esta técnica puede ayudar a muchísimas personas a estar más cerca del bienestar me parece maravilloso. Parece una gilipollez, pero insisto, los resultados son espectaculares. Salí de aquel estudio pensando que el mundo sería mejor si pudiéramos hablar con Freud todos los días. Cuando escuchas tus problemas en boca de otro piensas: "¡Menuda estupidez!". Sabes perfectamente cómo solucionarlos, porque nadie, insisto, nadie, te conoce más que tu mismo.

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