—Thomas Mann, La montaña mágica.
La escombrera cubre alrededor de 70 hectáreas en las laderas de la Comuna 13 de Medellín. Según versiones de exparamilitares, en lugar hay entre 150 y 300 cuerpos enterrados. Todas las fotos por Juan David Duque.
Los familiares de por lo menos 96 desaparecidos tenían puestas sus esperanzas en la excavación de esa mañana. Así lo negaran, lo más probable es que cada uno de ellos sintiera una mezcla de miedo y ansiedad ante la posibilidad de un hallazgo que finalmente resolviera el misterio del paradero de sus seres queridos. A John Fredy Ramírez le habría gustado compartir aquella ilusión. Conocía de primera mano ese sentimiento. Su propia prima era una de las decenas de miles de víctimas de desaparición forzada en Colombia, y la incertidumbre sobre su paradero lo carcomía. Un sinfín de interrogantes y de recriminaciones lo asaltaban al pensar en ella. "Cuando se te arranca alguien en la desaparición forzada no te lo arrancan físicamente —me dijo una mañana de septiembre—. Te arrancan un pedazo del alma". Y si algo había aprendido en su tiempo en la Fiscalía era que sólo un objeto físico podía dar una respuesta definitiva a esas preguntas incesantes, la peor clase de tortura psicológica que podía imaginar. Los testimonios o las confesiones de los victimarios rara vez bastaban. Se necesitaba un cuerpo o una parte del mismo: un cráneo, un trozo de un fémur, una cadera destrozada, los fragmentos de cualquier hueso —sólo ello podía entregar la certeza capaz de poner fin a décadas de desasosiego y sufrimiento—.Había presión por todas partes. Todos deseaban que hallara algo y que lo hiciera pronto. Incluso su propio inconsciente parecía haberse sumado a las fuentes de tensión.
El calor aumentaba con el paso de la mañana. Gotas de sudor humedecían la tez morena de John Fredy Ramírez. El llanto de algunas mujeres resonaba desde el campamento de víctimas, una carpa blanca elevada sobre un terraplén a cerca de 25 metros de la excavación. Al otro lado del valle, Ramírez creía poder distinguir el parque del barrio Manrique entre cuyos árboles solía jugar de niño. Quizás se equivocó al aceptar este trabajo. No había un sólo precedente para esta clase de excavación, ningún ejemplo en toda la historia de la antropología forense como para copiar el procedimiento o aprender lecciones sobre cómo proceder. Las expectativas estaban desbordadas y la responsabilidad, sin importar lo que sucediera, recaería sobre sus hombros. A sus 47 años no necesitaba esa clase de presión.Los testimonios de los victimarios rara vez bastaban. Se necesitaba un cuerpo o una parte del mismo, sólo ello podía entregar la certeza capaz de poner fin a décadas de sufrimiento.
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John Freddy Ramirez, antropólogo forense del CTI de la Fiscalía, observa el progreso de las excavaciones en el Polígono 1 de La Escombrera.
La madre de Bernando Aníbal Cañas, desaparecido el 1 de diciembre de 2002, en el barrio San Javier de la Comuna 13 de Medellín.
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Años más tarde, miembros del Cacique Nutibara explicaron en las salas de Justicia y Paz el marco jurídico que permitió la desmovilización de los paramilitares en 2006, que la orden de desaparecer los cuerpos de sus víctimas venía directamente de sus comandantes, quienes querían evitar llamar la atención de las autoridades dejando tras de sí centenares de cadáveres. Los métodos de desaparición variaban en cada célula del grupo. Juan Carlos Villa Saldarriaga, conocido por el alias de Móvil 8, antiguo comandante de un grupo de choque, afirmó que sus hombres dieron con la posibilidad de utilizar La Escombrera casi por casualidad. En el día, varias empresas prestaban el servicio de remoción de escombros en la zona. Viendo cuán rentable era el negocio, el Bloque Cacique Nutibara decidió hacer lo propio en la noche. Luego del cierre del lugar a las seis de la tarde, Móvil 8 ofrecía precios preferenciales a los volqueteros que subieran al lugar a botar los desechos de la construcción. Fue entonces cuando se les ocurrió enterrar sus muertos en La Escombrera. Subían los cadáveres en las volquetas y, aprovechando la maquinaria en el sitio, cavaban hoyos para arrojar los cuerpos. Según la Fiscalía, para el momento de su desmovilización en noviembre de 2003, los miembros del Bloque Cacique Nutibara participaron en 390 desapariciones forzadas de personas de dentro y fuera de la Comuna 13. La práctica, heredada por grupos paramilitares como el Bloque Héroes de Granada, continuó hasta por lo menos el 2006.Móvil 8 ofrecía precios preferenciales a los volqueteros que subieran al lugar a botar los desechos de la construcción. Fue entonces cuando se les ocurrió enterrar sus muertos en La Escombrera.
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Una cruz de palo descansa sobre los desechos que cubren el Polígono 1 de La Escombrera. Para diciembre, más de un centenar de familiares de desaparecidos esperaba el resultado final de las labores de John Fredy Ramírez.
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Era inevitable recordarlo a diario. Yon Fredy, su hijo mayor, fue el único que estuvo a su lado desde el momento en que la guerrilla asesinó a su esposo en Farallones del Citará, su pueblo natal. Entonces un niño, Yon Fredy la acompañó en la travesía hasta Medellín luego de que las FARC los obligara a desplazarse. Juntos durmieron durante meses en el Parque Cristo Rey hasta que María Esperanza consiguió trabajo en un restaurante donde la dueña en ocasiones le regalaba las sobras del día. Afortunadamente, el niño no presenció la violación, pero sí la pudo apoyar durante su embarazo en las calles. Ya en la escuela, Yon Fredy se ganó el cariño de una profesora que la contrató como empleada del servicio y que luego le prestó el dinero para comprar el lote y el material de construcción con el que hizo su casa en Belencito Corazón.¿Y si no lo hallaban en La Escombrera? ¿Y si no hallaban ni un solo desaparecido al final de todo? Parte de la ayuda psicosocial intentaba prepararlas para ello, pero de igual modo sentiría el golpe. La excavación le había dado esperanzas, y no las perdería hasta que el antropólogo forense, cuyo nombre olvidaba, excavara y analizara cada milímetro de la montaña. Si no encontraban nada en el Polígono 1, pues que siguieran con los otros sin importar los costos. Después de todo, nadie le había pagado un peso por lo que sucedió con su hijo, por los casi nueve años que llevaba esperándolo, por los veinte o treinta más que seguiría esperándolo. Porque no había otra solución. La única manera de exorcizar su fantasma sería viendo y tocando lo que quedara de Yon Fredy.Entre tanto, lo seguiría viendo todos los días en su casa. Lo vería sentado en el comedor de vidrio donde tomaba agua de panela y comía mazamorra, su plato favorito. Lo vería en el que era su cuarto junto al equipo de sonido que le compró de regalo para su cumpleaños dieciocho, el mismo en el que escuchaba esas canciones en inglés que él llamaba clásicos. Lo vería en la sala donde cada 31 de diciembre la alzaba en brazos apenas llegaba a la casa. La ropa ya la había regalado, pero no tenía la fuerza para botar su cepillo de dientes, su toalla, y su pañoleta negra y roja de cuando prestó servicio militar. Necesitaba saber qué le sucedió. Necesitaba ver su cuerpo, lo que quedara de él. No había otra manera de seguir viviendo."La Escombrera es el símbolo de la desaparición forzada", me dijo Rubén Darío Pinilla, magistrado de la Sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior de Medellín.
Las madres de los desaparecidos subían diariamente al campamento de las víctimas en La Escombrera. Para muchas, la excavación era la única forma de resolver el misterio de la desaparición de sus hijos.