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Sexo

El porno de venganza se alimenta de tu hipocresía

Dentro del amplio espectro del porno no consensuado, el de venganza es uno de los más brutales por sus efectos psicológicos y sociales sobre la víctima. Aunque existen mecanismos para combatirlo, acabar con él dependerá de la actitud colectiva que tomemos
30.9.20

Hay algo deshumanizador en los sitios de “porno de venganza”. Quizás sea el odio palpitante y la brutalidad que puede sentirse en cada comentario o el hecho de que esas imágenes sexualmente gráficas, que exponen a alguien sin su consentimiento, representen un despojo de la dignidad. Tal vez sea presenciar cómo una jauría de extraños mordisquean la intimidad de otra persona, imaginan vejámenes, arrojan amenazas, sentencian, juzgan y piden que el ritual se extienda tanto como sea posible. “Puta infiel”, titula un usuario anónimo que publica la fotografía de una mujer que no pasa de sus 20 años y para estimular a los otros visitantes les anuncia: “Tengo mucha información de ella. Redes sociales y toneladas de nudes”. “Quiero ver que logras vengarte de  ella. Quiero un tributo ;)”, responde otro de los participantes. El posteo, hecho en agosto de este año, se lee en un sitio que busca revivir Anon-IB, el desaparecido foro dedicado a pornografía no consensuada cuyos creadores fueron arrestados por la autoridades holandesas en 2018.

¿Lo sabrá la víctima de la fotografía? ¿Habrá recibido ya de alguien ese aviso punzante de que su nombre y su cuerpo han sido expuestos? ¿Habrá leído esas palabras que buscan reducirle a un objeto? Si no ahora, es posible que muy pronto y los efectos serán devastadores.

Este tipo de abuso ha tenido lugar una y otra vez en distintos sitios pornográficos, foros, redes sociales e incluso medios de comunicación. Es una enfermedad de nuestro tiempo que se disemina con rapidez y crueldad ante la mirada de una sociedad tan moralista como contradictoria, según Manuel Armayones, Phd en Psicología e investigador del eHealth Center de la Universitat Oberta de Catalunya, un centro de salud digital. “Descargamos el video, pero además juzgamos a la persona que está en él” y eso, plantea, es lo que da lugar a una doble victimización de la persona afectada: “primero porque alguien ha develado ese aspecto de su sexualidad y segundo porque hay una sanción social que evidencia que las redes sociales son bastante conservadoras y agresivas con cualquiera que rompe sus normas”. Lo llamativo es que en muchos casos la sanción social va en contra de la persona que ha sido víctima y no tanto del victimario, “que pocas veces nos enteramos quién es”.

¿Hay alguien despierto?

Hunter Moore es un criminal y está marcado como “el hombre más odiado de internet”. Fundó en 2010 el sitio de porno de venganza IsAnyoneUp?, que alcanzó más de treinta millones de visitas al mes y fue vendido finalmente en 2012 a un grupo antibulliying. 

Culpable a todas luces, la destructiva inquietud de Moore, como la de muchos otros creadores de sitios similares, se alimenta de usuarios que vulneran la integridad e intimidad de otras personas, especialmente de sus parejas. En su cuenta de Twitter se puede leer un cínico trino reciente que no deja de tener algo de razón: “La gente me juzga como si fuera yo el que posteó sus fotos privadas en mi sitio isanyoneup, adivinen qué!!! las personas que amaban, las que les importaban y en las que confiaban fueron las que postearon. Todo lo que hice fue crear un sitio”, escribió. Sin embargo, hizo mucho más que eso. 

Su portal dejó de existir, pero las secuelas para las miles de víctimas, entre ellas varias menores de edad, son imborrables. “El daño psicológico [del porno de venganza] es muy grande y bastante permanente: tristeza, ansiedad, depresión, una sensación de irrealidad, pérdida de confianza absoluta, vergüenza y culpa son algunos de los efectos”, señala Armayones. A esto se adhieren el rechazo, la pérdida de empleo o la expulsión de instituciones académicas, las amenazas, más abusos y en algunos casos, violaciones. La exposición de las imágenes de la víctima usualmente va acompañada de su nombre, datos de redes sociales y en algunos casos información personal como dirección de residencia, empleador o institución educativa a la que pertenece.  

De acuerdo con un estudio desarrollado en 2014 en  Estados Unidos por el Centro para la Investigación Innovadora en Salud Pública (Ciphr) y Data & Society, uno de cada 25 estadounidenses había sido víctima del porno de venganza. Este informe también reveló que las mujeres tienen el doble de probabilidad de sufrir amenazas que los hombres, y una de cada diez mujeres jóvenes menores de treinta años había sido amenazada de ser expuesta.

¡Ah! ¡Tú eres la del video!

Nápoles es la tercera ciudad más grande de Italia. Sin embargo, en algún punto parece que todo el mundo se conoce. Eso y la aterradora capacidad de Internet para llevar gente que vive a kilómetros a una misma trinchera de consumo de información, polémicas y opiniones, hicieron que en 2018 el video íntimo de Antonella*, una camarera de una cafetería en el centro de la ciudad, fuera un polvorín para los comentarios de una comunidad indignada de dientes para afuera y lo suficientemente morbosa como para reproducir y compartir el material sexual.

Su expareja había publicado el video de ambos cuando la relación terminó. Se propagó en portales para adultos y las redes sociales hicieron lo suyo. En distintos buscadores porno los resultados eran abrumadores. Distintas versiones de la misma pieza, su intimidad editada y su nombre en todas ellas. En la escuela, un muro de vergüenza cayó sobre sus hijos de siete y ocho años. Su madre era “la del video”, la “actriz porno”, la “zorra”. 

Era como si todo el mundo tuviera algo que decir al respecto. En el café, algunos clientes llegaron a insultarla y entre sus familiares no faltaron los que —con la boca llena de un infalible moralismo— le preguntaban: “¿Cómo pudiste hacer eso?”. La situación aplastó a la víctima, como casi siempre, e intentó quitarse la vida en dos oportunidades. Eso también fue noticia, también se hizo viral.

Aquel bucle interminable de escrutinio llamó la atención del equipo de Julia Mariano, consultora en reputación en línea y derecho al olvido, que ha asesorado a víctimas de delitos similares en España, Italia, Reino Unido y Estados Unidos. Fueron ellos quienes contactaron a Antonella y asumieron el caso como un pro-bono. “Hay algo que podemos hacer”, le dijeron.  

El equipo de Mariano es una mezcla de abogados, comunicadores y geeks. Gente que sabe cómo combatir en internet los fenómenos que destrozan la intimidad de las personas. “Cada vez que salía un nuevo video de ella, enviaba mensajes de texto desesperada pidiendo que lo borráramos. Para ella era una pesadilla, sentía que no tenía fin”, recuerda la consultora. En la etapa aguda, cada dos días encontraban nuevas versiones de las imágenes en diferentes portales. Hoy ya no hay nada de ella en internet.

Sin embargo, eliminar o esconder información lesiva contra la dignidad y la reputación de alguien es una tarea compleja. En primer lugar, porque la velocidad de réplica de la pornografía es muy rápida, no solo en portales dedicados al tema y las redes sociales, sino en plataformas de mensajería donde es literalmente indetenible. “Todo lo que no tiene una URL trackeable, es incontrolable. Lo que tienes en tu teléfono, por ejemplo en Whatsapp y Telegram, presenta un cifrado, entonces no puedes bloquear que se comparta”, explica Mariano. De ahí que uno de los grandes desafíos sea identificar quién y cuándo está compartiendo las imágenes. 

Y luego está el asunto medular: la eliminación del contenido en las páginas donde ha sido difundido, que no siempre es una tarea fácil. En general, aunque las páginas web de porno  no filtran si las personas que están en los videos han autorizado su publicación, sí cuentan con mecanismos relativamente rápidos para la eliminación de material no consensuado (normalmente las solicitudes reciben una respuesta transcurridas 72 horas). Esto, más que por una política de respeto a la dignidad y la intimidad, se debe al fortalecimiento de los mecanismos legales que en distintos países del mundo buscan proteger los datos personales y la información de sus ciudadanos, como el derecho al olvido en Europa, respaldado por la implementación en 2018 del Reglamento General de Protección de Datos (GDPR), o en Estados Unidos, donde más de cuarenta estados cuentan con leyes contra el porno de venganza. “Nuestras solicitudes se soportan en leyes. Y eso es lo primero que los usuarios deben saber”, señala Marino. 

Sin embargo, cuando estas  páginas no ofrecen mecanismos para la eliminación de porno no consensuado, el trabajo es farragoso porque requiere investigar los servidores, el hosting, contactarlos y apelar a diversas estrategias para disuadirlos en caso de que sean reticentes. Y en todo este proceso, la colaboración de los usuarios y el papel de la propia víctima son fundamentales. “Lo primero que debe hacer cualquier persona que quiera detener esto es identificar la URL del video. Debes saber exactamente dónde está. Suena básico, pero no lo es, porque sin ese link no es posible rastrear todas las réplicas”. Esto facilita que cualquier persona, no solo la afectada, pueda contribuir con la baja de un contenido en las páginas que proporcionen los canales para hacerlo. El asunto es que los usuarios, en lugar de juzgar, compartir o callar, actúen.

Entre el morbo y la moral

“Mucha gente dice que si esos videos le llegasen no los miraría, pero es en la intimidad del hogar cuando la gente consume ese material. La pregunta clave aquí es: ¿qué hacemos cuando no nos ve nadie?”, plantea  Armayones, para quien el porno de venganza es un asunto que debería hacernos reflexionar a nivel colectivo. En el estudio “El lado malévolo de la proclividad al porno de la venganza: rasgos de personalidad oscura e ideología sexista”, desarrollado en 2017 por la Universidad de Kent, un 99% de las personas encuestadas expresó al menos algo de aprobación hacia la publicación de pornografía de este tipo y un 87% de los participantes la consideraron una práctica divertida. Es esa actitud social lo que crea una atmósfera favorable para la persistencia del problema.

Incluso con todos los mecanismos legales y tecnológicos para rastrear direcciones en Internet y eliminar contenidos, los efectos más difíciles de mitigar se derivan de cómo actúan los usuarios comunes y corrientes. Los que consumen porno y los que no, los que lo comparten y los que lo utilizan para cebar discursos de rectitud y puritanismo sin importar las consecuencias. En donde la víctima debería encontrar respaldo o consuelo, enfrenta burla, juicio, condena y maltrato. 

“Esto continúa por el morbo que existe alrededor del tema”, señala Julia Mariano. “En cuanto se normalice culturalmente y legalmente como algo condenable, no para quien lo sufre, sino para quien publica, las cosas pueden cambiar un poco”. La lucha contra el porno de venganza se empezará a ganar cuando el victimario sea el recipiente del repudio, la vergüenza y la animadversión. Cuando participar en esos foros o compartir esos videos represente un riesgo para el sistema de relaciones sociales de quien lo hace y no de quien está siendo expuesto. Ni el sexo, ni el cuerpo, ni las prácticas íntimas destrozan la dignidad y la intimidad de un ser humano. Es la cultura digital que encubre pervertidos y estimula linchamientos.