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Ilustración de lenny_maya
Salud

¿Por qué el cuerpo colapsa cuando la mente está mal?

La idea de que la mente y el cuerpo son entidades separadas es del pasado y te explicamos por qué.
24.8.21

Recientemente, a raíz de los Juegos Olímpicos, la discusión sobre cuerpo y salud mental ha vuelto a la superficie. Pero no se trató solo de la salida de Simone Biles de la competencia por equipos, también hubo comentarios sobre otros y otras atletas, como la lanzadora de peso Raven Saunders, quien habló sobre su salud mental en el pasado. Tangencialmente también presenciamos las protestas de atletas femeninas contra la sexualización de sus cuerpos y el uso de los uniformes divididos por género. 

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Fueron unas olimpiadas emotivas y extrañas, con las graderías vacías y la escena futurista de atletas celebrando con sus familias, muchas veces con lágrimas, que les hablaban desde un tótem robot en una pantalla. Los Juegos Olímpicos de 2020 (en 2021) nos parecieron solitarios en medio de una crisis sanitaria global, lo que afectó el entrenamiento de muchos atletas, algo que también fue comentado. Fue extremadamente positivo que esta edición tuviera como centro discusiones sobre salud mental y en general la salud de los atletas, pero esa atención también reveló cómo hay una cierta incomprensión sobre lo que es la salud mental integral y los efectos que tiene un enorme entramado de presiones sobre las vidas humanas.

Las olimpiadas parecen a primera vista una competencia de cuerpos. Las medallas se ganan con actividades físicas, los récords se rompen haciendo mejor que la última vez lo que hizo otro cuerpo enfrentado a las mismas adversidades. Pero lo que quedó en primer plano en esta edición es que esos cuerpos no son ajenos a sus mentes, o que el éxito no depende apenas de un cuerpo sano y potente. 

Por supuesto que ya sabíamos de la resistencia mental que tienen que tener los atletas y el comentario del tenista Novac Djokovic (“la presión es un privilegio”) dejó de manifiesto la cultura del abuso psicológico al que se someten (y son sometidos) muchos atletas olímpicos en función de los récords y las medallas. Hay una cierta idea de que para ser el mejor debes aguantarlo todo: lesiones físicas y presiones emocionales y cognitivas. Y parte de esta idea viene de una compresión muy simplista de nuestra mente y nuestro cuerpo. 

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Culturalmente, nuestro sentido común está muy equivocado sobre lo que es la mente y, en consecuencia, sobre lo que es la salud mental. Heredamos de Descartes — de una lectura poco compleja de sus postulados — la idea de que la mente y el cuerpo son entidades separadas. La mente sería la productora de las ideas y del pensamiento racional, y el cuerpo sería el productor de procesos fisiológicos; el cuerpo sería la naturaleza y la mente la humanidad. 

Después, con la creación de los primeros computadores, se tomó la metáfora de ese aparato como descripción de los procesos cognitivos, y se asoció esa mente racional, que funciona como un computador, al cerebro. Es por eso que hoy en día todavía decimos cosas como que el cuerpo no responde a las instrucciones del cerebro, o que el ejercicio físico es bueno porque produce endorfinas (en el cerebro). Viene también de ahí la idea de que si un deportista logra aguantar las presiones psicológicas tendrá un cuerpo obediente y eficiente, y que el caso de Simone Biles ilustra de forma tan clara. Pero los científicos cognitivos y los filósofos hace mucho postulan comprensiones mucho más complejas y relacionales de lo que sería la mente humana. Y el escenario de los Juegos Olímpicos es un buen ca

mpo para explorarlas.

“El cuerpo es sociopolítico”, me dice Juan David Páramo, psiquiatra y profesor bogotano. “El sistema de producción capitalista ejerce una corporización y una subjetivación específicas”, explica. Las Olimpiadas no huyen de esto: siguen una lógica de la competencia, asociadas a una dinámica geopolítica muy particular. Además de esto, como vimos tan claramente en esta ocasión, es el escenario para la discriminación de género y la objetivización de la mujer. “Ese tipo de presiones ejercidas por una competencia globalizada y altamente financiarizada generan fracturas en el plano de lo subjetivo, que pueden expresarse en el sistema cuerpo-mente”, continúa Páramo. 

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Uno de los efectos de esas presiones ambientales es el burnout. Según Páramo, “la tecnificación del cuerpo, que lo convierte en un cuerpo-máquina para la disciplina en la cual se compite, o para el trabajo productivo, puede generar presiones que afectan cómo la mente rastrea y ocupa ese cuerpo. Un efecto común del burnout es que el cuerpo y la mente rechacen lo que se espera que hagan”. Algo similar a lo que reportó Simone Biles durante las Olimpiadas, cuando explicó lo que serían los twisties, una especie de pérdida de la orientación durante los saltos.  

Sabemos que el ejercicio físico es una actividad gratificante y necesaria para la salud en general, ¿entonces cómo es que algo que es gratificante puede llegar a hacerte daño? Esto se puede deber, según Páramo, a que “los procesos subjetivos son respuestas al desgaste que genera responder a esas presiones, porque la mente también es social, cultural, relacional”. O sea, nuestra mente es mucho más que nuestro cerebro y supera por mucho nuestras ideas o sentimientos. Las ciencias cognitivas llaman a esto mente corporizada y distribuida, o sea que la mente no apenas depende de un cuerpo y de unas relaciones con el ambiente sino que, en el extremo, es también ese cuerpo y esas relaciones. 

Páramo, que ha trabajado en temas de salud mental con pueblos indígenas colombianos, pone un ejemplo que ayuda a entender a lo que se refiere cuando dice que la mente es ‘relacional’: “cuando se habla con algunos pueblos indígenas colombianos sobre lo que se entendería en sus términos como ‘salud mental’ ellos hablan mucho de la ‘harmonía’ con el medio ambiente; enfermarse, en su sistema de valores, tiene que ver con el daño a sus territorios, lo que revela un intenso vínculo entre medio ambiente y salud mental.” 

En contraposición, nuestro sistema neoliberal extremadamente individualista refuerza insistentemente la idea del individuo y del mejoramiento de sí, y la práctica de ejercicio físico no está fuera de esta lógica: hacemos ejercicio para tener más valor en una sociedad que da carácter de mercancía a los individuos. Incluso cuando practicamos el autocuidado, muchas más veces se trata de experiencias individuales, prácticas solitarias que se reflejan en nuestro aspecto físico. Es lo que podríamos llamar la “ideología del bienestar”: una competencia por estar saludables y por parecerlo. “Es la lógica individualista del coaching”, explica Páramo, “donde sólo importas tú, tú, tú y nadie más que tú y donde, al mismo tiempo, eres responsable únicamente tú de tu bienestar”. 

Quizás si empezamos a hablar de salud mental en términos más relacionales y a entender la mente más como un proceso complejo que incluye nuestro cerebro, pero que lo supera por mucho, podremos establecer relaciones más saludables con nuestra propia salud mental y la de los otros. Quizás lo que vimos en las Olimpiadas pueda ser un alerta para que pensemos en sistemas más colaborativos y menos competitivos, en relaciones más amenas con nuestros cuerpos y con lo que le exigimos.