Política

Tenemos que esforzarnos por cambiar las cosas, aunque nunca lo conseguiremos

Necesitamos, frente a la conciencia del colapso inminente, de algo que dé sentido a nuestras vidas, por más que hasta el Coronavirus tenga más poder que nuestras manis y charlas.
04 Marzo 2020, 5:00am
HUELGA 27S 452
Fotografía por Luis H. Rodríguez/VICE

Vamos a contar mentiras (o lugares comunes): ser joven y no ser revolucionario vendría a ser una contradicción casi biológica. Esta frase no envuelve ella sola el gran altar de los clichés, claro: nuestras ideas e imágenes están teñidas por este tipo de pensamientos, tan fáciles de repetir como el más insulso de los versos de un poema en Instagram. La sangre roja y el corazón a la izquierda, evidentemente. Si nos acercamos a algo más serio, ponte Somosaguas o Podemos en sus inicios, el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad, todo es Gramsci y Siamo tutti. Mil reproches podrán aparecer de seguida; no obstante, la construcción de un imaginario bello está conseguidísima. La mitología izquierdista es la hostia. ¿Y esta melancolía, entonces?



La disyuntiva que nos plantea la crisis climática, como bien apunta Jorge Riechmann, es escatológica: estamos entre la extinción y la rebelión. La idea de colapso copa todo el imaginario colectivo de nuestras luchas sociales. Vivimos, en cierto sentido, en una prórroga, un tiempo concedido más allá del natural, y nuestra capacidad de actuación en este tiempo es mínima, tan, tan pequeña. Sabemos que, si no luchamos por cambiar el ritmo y dirección del mundo, no nos quedará un mundo en un futuro; ¿acaso tenemos certeza alguna de que nuestras luchas vayan a impedir o posibilitar algo?

Lo que hacemos hoy día se parece a una lucha ideológica de guerrillas. Todos los cambios que queremos traer al presente y todo lo que ansiamos provocar conlleva una reestructuración absoluta del sistema. La principal crítica que se le puede hacer al feminismo institucional (aquel que pareciera limitarse a dedicar una mayor cantidad de recursos como partidas presupuestarias a medidas para atajar la violencia machista) es que no busca o no desea una transformación de todo el sistema que subyace.

¿Acaso tenemos certeza alguna de que nuestras luchas vayan a impedir o posibilitar algo?

El patriarcado, somos bien conscientes, es un sistema en red: una malla infinitamente compleja de relaciones invisibles al ojo y de las cuales hemos de ocuparnos. Todo discurso sobre la violencia habla de esto: cómo no existen sólo sus puntos extremos, los momentos álgidos de violencia, sino todo un entramado y andamiaje que lo soporta y sostiene. Y de ello queremos ocuparnos sin tener el tiempo para hacerlo.

Variables que se mezclan: ni tenemos el tiempo como planeta y civilización para deshacerlo todo, ni lo tenemos como individuos que participan de estas luchas. La jornada laboral, aunque ni siquiera sea a nivel de cálculos matemáticos lo más productivo, sigue siendo de ocho horas (o más); se sale del trabajo y se llega demasiado cansado a casa, sin ganas de nada, sin poder hacer nada. Toda participación política, lucha o militancia es un sacrificio: es un sacrificio que implica también nuestra salud mental.

De hecho, la lógica del hombre hecho a sí mismo o del esfuerzo que el sistema económico impone rema también en esta dirección: mediante el esfuerzo y el sacrificio se podrá, aparentemente, alcanzar algún día unas cotas de bienestar suficiente como para disfrutar de la vida. Pero sabemos que una enorme parte de la gente no puede o tiene este derecho de disfrutar de sus vidas: la felicidad también es una ilusión.

Es ilusión, en parte, por cómo está construida. La felicidad propia que propugna el capitalismo no tiene por qué implicar la felicidad ajena: el bienestar que se quiere alcanzar es un bienestar individual. Y, en este sentido, estas luchas comunes suponen una forma de rebelión. Estas guerrillas climáticas, feministas o de cualquier otro tipo también permiten la construcción de un nuevo sentido de nuestras vidas.

"Todo pareciera infinitamente grande, el mundo demasiado para cada uno de nosotros atrapados en su red"

Comprendo muy bien cómo estos espacios autónomos de lucha, de fraternidad (o sororidad) que se construyen, y la vida en manifestaciones y huelgas abre la puerta hacia otra cosa y otra experiencia vital. ¿Pero cómo sacudirse esta sensación insoportable de que todo lo que hacemos es en vano? El pesimismo de la razón, en fin, tiene razones que el corazón no entiende.

Todo pareciera infinitamente grande, el mundo demasiado para cada uno de nosotros atrapados en su red. Nadar a contracorriente no es una sensación placentera, pero tiene sus ventajas frente a otra, otra que ha aparecido con tanta presencia en estos últimos tiempos: una enorme masa de gente remando en la misma dirección, sí, pero sin posibilidad de cambiar nada.

Las manifestaciones por el clima reclamando cosas tan dispares como otra dirección o una transformación de nuestra velocidad como sociedad podrían congregar millones, ciudades enteras… y quizá nada sucedería. Fíjate: ¿a qué porcentaje de la población estadounidense habría que convencer, magia mediante, de parar toda la maquinaria de producción hasta que se implementaran controles y medidas que hicieran al planeta irse un poco menos a la mierda?

En resumen: el Coronavirus ha hecho más por bajar las emisiones y contaminación en China de lo que puede hacerlo Greta Thunberg o ninguna manifestación. Esto es así y es desolador. Si el capitalismo devora a nuestro planeta, y si la lucha es entre el capitalismo y la vida, es infinitamente triste saber que cualquier cosa que hagamos nosotros desde nuestra diminuta potencia tendrá menos impacto que una crisis económica como la de 2008 o que la aparición de una epidemia. Bendita epidemia, bendito Coronavirus: ciudades vacías sin producción industrial. A lo mejor es esto lo que necesitamos. ¿Y qué sentido otorgar a nuestras vidas entonces?

Hay una pequeña organización, colectivo o grupo que se llama Contra el diluvio: publican, con cierta frecuencia, traducciones de artículos que hablan sobre caminos posibles, vías que tendría el futuro, la necesidad de imaginarnos otros mundos más allá de la crueldad de éste. No puedo evitar que me produzcan ternura. No puedo evitar odiar una parte de mí misma por la ternura que esos pequeños ensayos me producen. Claro que no puedo creer en sus utopías, ni en su firmeza, ni en sus gritos a actuar aquí, ahora, ya: se necesita una voluntad extraordinaria, un idealismo inquebrantable, y eso es algo que algunos ya no tenemos. Yo, con diecinueve, no puedo creer en todo eso. Sé que estamos infinitamente más lejos de que esas visiones se materialicen que del advenimiento de sus contrarios.

Pero no nos queda otra.

"Hay una parte de nosotros que necesita el fuego de esa esperanza para vivir, por ilusoria y falsa que sea"

No quiero que se interpreten mis palabras o mis quejas (todo aquello que digo sobre cómo algunos ya no tenemos esperanza) como un grito a la inacción, a quedarse en casa mientras todo va colapsando. Eso me parece irresponsable. Pero también hay un componente de farsa que se juega en todo esto: no podríamos vivir de otra manera que no fuera intentando cambiar aquello que vemos como injusto. Necesitamos de algo que dé sentido a nuestras vidas cuyo sentido se ve arrebatado por todas las circunstancias.

No sé si los huelguistas franceses que se manifiestan sacrificando sus salarios realmente creen que el gobierno neoliberal de Macron va a escuchar una sola de sus necesidades: yo no lo creo. Y no creo que sea más lista de ellos, o que me haya dado cuenta de cosas que ellos no. Hay una parte de nosotros que necesita el fuego de esa esperanza para vivir, por ilusoria y falsa que sea: es moverse hacia delante lo que da un sentido, por efímero, a lo que nos queda de vida. Claro que no hay un planeta B, pero tampoco tenemos otras vidas que no sean estas.

Qué decir: analicemos descarnadamente, con una frialdad brutal, sabiendo muy bien el sinsentido de los teatros que nos montamos, de la mayoría de las manis, comprendiendo que no van a llevarnos a nada (y que, algunas veces, las hacemos casi por lo que sentimos caminando dentro de la misma manifestación). Pero entendamos que tenemos que hacerlo. No podemos vivir resignándonos para la muerte. Vamos todas dirigidas al colapso y no tenemos el poder necesario para accionar los botones adecuados, dar con la palanca que frene al tren de la historia: ¿qué hacemos en el mientras tanto?

Está claro: quizá no lleguemos a parar el proceso ni afianzar victoria alguna. Pero a lo mejor esto es lo único que nos queda para seguir sintiéndonos vivos.