​Amor a la playera de la estrella solitaria: Un día con el fan club de los Cowboys
Fotografías por Carlos Álvarez Montero
las derrotas no terminan con el amor

​Amor a la playera de la estrella solitaria: Un día con el fan club de los Cowboys

El amor por un equipo es en las buenas y en las malas, así como es para estos Cowboys mexicanos.
18.1.17

Este artículo es presentado por Samsung.

Cuando llegué al Salón Sól a un costado de la Alameda Central de la Ciudad de México, los Cowboys de Dallas iban ganando 3 a 0. En el partido divisional, Dallas recibía a los Packers de Green Bay. A donde volteara había lo mismo, la estrella azul con bordes blancos, mesas llenas con la misma estrella que distingue a uno de los equipos de la NFL más populares en México. Cientos de estrellas en todo el bar. "Let's go Cowboys!", gritaban todos al unísono mientras algunos azotaban las palmas contras las mesas. Se les notaba seguridad en la mirada, la seguridad que deja tener cinco campeonatos de la NFL.

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En el bar se juntaban cientos de mexicanos, prácticamente todos de azul y plata. Afuera el sol deja caer su brutalidad sobre la Alameda Central, una manifestación transcurre y detrás del último manifestante viene un equipo de limpieza que no deja evidencias del paso de los ciudadanos inconformes.

Marco Antonio Serrano, presidente del Fan Club oficial de los Cowboys en México, es una voz principal en la organización de estos eventos, y la hace de MC, alienta a todos los presentes, los motiva. Con micrófono en mano grita "¡Da-llas", y todos contestan con "¡Cow-boys!". Hay dos hombres con máscaras plateadas de luchador, como la del Santo, pero con estrellas azules a los costados. Hoy están dispuestos a luchar con su equipo hasta las últimas consecuencias.

Aaron Rodgers, el hombre que surgió de los California Golden Bears, y lleva guiando a los Packers en una imparable racha que los llevó a los playoffs mandó un balón al aire y terminó en touchdown. Silenció el lugar durante unos instantes. Los jerseys del equipo de Dallas, que van desde Troy Aikman y Emmitt Smith hasta Dak Prescott, se notaban encorvados, con el ánimo algo caído. Parecía que vendría una noche lleno de bombazos del brazo de Aaron Rodgers.

A las doce en punto del día, la página oficial de este grupo de aficionados subió una foto en donde se ve un rallador de queso decorada con una estrella azul junto a un montoncito de queso rayado con el escudo de los Packers. El partido va 7-3.

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Hace ocho años se fundó este club de fans. En su primera reunión sólo hubo veinte personas. Luego hubo reuniones de tres o cuatro entusiastas. Llevan cuatro años trabajando de forma directa con la NFL México. Hoy en día tienen aproximadamente 40 mil seguidores en su página.

Marco Antonio Serrano, cuando era niño, buscaba en la tele por todos los canales el partido de los Cowboys. Un poco fastidiada de su hijo, la madre lo inscribió en un equipo de futbol americano. Casi toda su carrera de jugador la hizo como receptor abierto y safety. Jugó de los cinco a los dieciséis años, pero el futbol americano se convirtió en un permanente. Una de las principales intenciones, al fundar el club, era dejar en claro que los Cowboys son el equipo con más aficionados en este país, y por supuesto, convivir con gente que comparte la misma pasión.

En las pantallas, Rodgers luce inspirado. En tres ofensivas logra tres anotaciones. El marcador va 21-3 en el segundo cuarto. Las rostros en el bar expresan incredulidad. Durante toda la campaña, los Cowboys fueron ese equipo de ensueño, liderados por dos novatos en la ofensiva, el quarterback Dak Prescott y el corredor Ezekiel Elliot, quienes le daban al equipo frescura e inspiración. Pero Rodgers y los playoffs se entienden bien.

En todo el bar sólo hay un aficionado valiente vestido de verde con el emblemático gorro de queso que identifican a los cheeseheads, esos inconfundibles fans de los Packers. Es el único que disfruta en estos momentos.

Las alas y las papas fritas son lo que más se ve rolar en las manos de los meseros. Eso y claro, la cerveza, cerveza en tarros, yardas y bolas. Algunos fans visten hasta sus botellas con el uniforme de los Cowboys.

El partido sigue en el segundo cuarto, y esa inspiración y confianza que incitaba Prescott a lo larga de la temporada aparece. Prescott encuentra a Dez Bryant rebasando su marca y nada lo detiene en el camino, touchdown, 21-10. Los aficionados de Dallas gritan, se felicitan mutuamente, chocan vasos y palmas. En el sonido ambiental suena el éxito de Queen, We will rock you. Los Packers toman el balón pero el salón tiene nueva energía, y al unísono todos los portadores de la estrella azul gritan: "¡a parar, defensa a parar!".

Así lo hacen y unas jugada después está de vuelta Prescott con el balón, éste corre y lanza y antes de que termine la mitad, lleva a los Cowboys a la zona de gol de campo. Dan Bailey acierta la patada, y el marcador dice 21-13. El escenario es completamente otro al de hace unos minutos y a los Cowboys les queda terreno por andar.

"En el club no sólo somos amigos", dice Marco, "somos familia". Todos los partidos se juntan, temporada regular y postemporada. Han rolado por cinco sedes oficiales, pero es aquí donde mejor se sienten, en el Salón Sol del Centro Histórico. "Somos", dice de nuevo, "la afición más grande en México, según la NFL".

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Marco asegura que sólo ha faltado a una reunión y que su ídolo fue el número 40 de los Cowboys, el legendario Bill Bates, aquel safety que jugó en los 80 y 90 y que le daba seguridad en el campo a los de Dallas.

Las redes sociales son importantes para los diferentes clubes de fans en México. Con ellas realizan las convocatorias, pero no sólo para los juegos. Muchos de estos grupos al ver la fuerza que generan la aprovechan para causas altruistas como su apoyo a Fundación Posadas, entre otras asociaciones. Llevan cuatro años haciéndolo.

Tercer cuarto, Rodgers de nuevo, aparecen Randall Cobb, después Jared Cook. Otra vez son esos Packers de playoffs. Touchdown, 28-13. Los de verde celebran, los de azul otra vez contra las cuerdas, y esto en el campo y en el bar. El balón de vuelta con los Cowboys, avanzan bien y de repente una intercepción. Micah Hyde anticipa a Prescott y en el Salón Sol los aficionados de Dallas se desinflan, todo justo en el momento en que mejor atacaban.

"Mucha gente", dice Marco, "le tiene amor a la política o a una religión, nosotros le tenemos amor a una playera". La herrería de su casa tiene las cinco estrellas que simbolizan los campeonatos que han ganado los vaqueros de Dallas. El auto tiene su estrella. Tiene un jersey autografiado por Troy Aikman. "No es una pasión, es un estilo de vida".

En el salón hay un cumpleañero vestido de Cowboy, lo anuncian en altavoz, le dan de regalo una copa y un tarro que debe beber.

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Packers avanza pero Dallas les regresa el favor. Un pase de Rodgers es interceptado por Jeff Heath, el 38 de los Cowboys. Hace que los puños en las mesas se eleven, que los gestos de los rostros se contraigan, se arruguen y simulen una ferocidad festiva y desproporcionada. El ánimo está de vuelta. Anota Dallas en el cuarto cuarto y ahora están a un touchdown de diferencia, 28-20.

La defensa responde también, capturan a Rodgers, Prescott de nuevo al mando, avanzan en tierra con las burlas de Elliot a la defensa de los Packers, y en aire con la precisión de Prescott hasta encontrar a Bryant en la zona de anotación. Dos novatos que juegan como veteranos ante los Packers. 26-28 y los Cowboys necesitan una conversión de dos puntos. ¿Qué hacer? Prescott toma el balón, y un draw inesperado convierte. Gritos y abrazos, 28-28. Alguien en el salón grita: "¡caballo que alcanza gana!".

Una aficionada trae una playera que reza: "I may live in Mexico, but on game day my heart and soul is in Dallas". Todos gritan: "¡Da-llas, Cow-boys!".

Con cuatro minutos restando en el equipo cualquier cosa puede pasar y eso pasa. Green Bay avanza y meten un gol de campo de 56 yardas, 31-28. Queda minuto y medio y Prescott responde, Dallas avanza y con un gol de campo de 52 yardas empatan el partido, 31-31. El reloj marca poco más de 30 segundos y Rodgers se pone a trabajar. Los Cowboys lo captura, luego Rodgers apenas encuentra a Jared Cook, a punto de abandonar el terreno de juego, en un especie de milagro prodigioso, con los pies a penas tocando la zona permitida, atrapa el balón. Hay dudas si está adentro o afuera del campo, lo revisan y marcan la atrapada.

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Los aficionados del salón se mecen los cabellos, cierran los ojos, mueven la cabeza con incredulidad. Dan órdenes. Un aficionado, por más lejos que se encuentre de su equipo siempre tiene una opinión que podría salvar el juego.

El reloj dice :03. Mason Crosby anota de 51 yardas un gol de campo, pero Dallas pidió un tiempo fuera en un intento desesperado por hacer que el contrario se equivoque y salga de concentración. A pesar de que el balón cruza, el gol de campo no cuenta. La jugada se repite, y Mason Crosby también. El balón entra.

Sólo un par celebran en este lugar. El resto se lamenta. El número uno de la conferencia ha quedado eliminado. Se escuchan suaves aplausos al equipo. Aplausos que son como una lluvia que acaricia a los derrotados, pero agradeciendo la temporada que les brindaron los Cowboys.

Silencio. Un poco de llanto.

Todos estos portadores de una estrella deberán ver a los demás celebrar o caer en la siguiente ronda. Para ellos es hasta el próximo año para saber si les toca esa gloria o no. En Prescott y Elliott hay mucha esperanza, pero en todo el equipo de Dallas hay solidez. Hay rostros a los que claramente tardará en llegar la resignación. Adiós a los Cowboys, por lo menos para lo que resta de la temporada. Pero queda claro que las derrotas no terminan con el amor a un equipo.