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¿Por qué los clubes fueron cruciales para la comunidad gay en la crisis del SIDA?

"A menudo, me sentí aliviado al ver a la gente en las fiestas; yo había asumido que habían muerto".
3.12.15

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En el funeral de Tom Savage, mi pareja por casi doce años que murió de Sida, dije que esta enfermedad es como una piedrita que se suelta en un balde con agua pero filmado en reversa: lo que comenzó como una onda que tocaba solo a mis conocidos comenzó a acercarse a mis amigos, hasta que al final, con la muerte de Tom en mayo del 2001, llegó al centro de mi ser.

Tom, mi pareja (izquierda), y yo en Fire Island en 1994.

La primera onda comenzó con alguien con quien salí antes de dejar la ciudad de Nueva York en 1980 para obtener mi título como periodista en Missouri. Cuando volví de visita a la ciudad el año siguiente, su personalidad había hecho un giro de 180 grados, de ser un hombre tímido y callado a ser frágil y alocado. Se volvió devoto a un nuevo club gay sólo para miembros en East Village del cual todo el mundo estaba hablando. Se llamaba The Saint.

Cuando el club abrió sus puertas en 1981, la fila para entrar cubría varias cuadras. Los hombres bailaban desde la noche del sábado hasta la bien entrada la noche del domingo hasta el Dia de los Caídos, cuando buses ceremoniosamente recogían a los fiesteros que quedaban y los dejaban en el puerto para ferry en Fire Island. Incluso en la apertura, el poster de The Saint pareció ser un presentimiento del futuro: San Sebastián con láser saliendo de él en lugar de las flechas familiares de muchas otras pinturas. El club fue la razón por la que uno de los primeros nombres populares para lo que después se conoció como Sida fue "la enfermedad del Santo".

Las ondas comenzaron a acercarse en 1983, cuando apenas estaba comenzando mi carrera como periodista. Ese fue el año de la histeria del Sida, y la gente temía contagiarse con todo, desde baños públicos hasta mosquitos. Una de mis primeras tareas como editor de un semanario en el lado este de Long Island fue cubrir la primera gala benéfica a favor del Sida en los Hamptons, una fiesta que organizó el editor retirado de gastronomía del New York Times, Craig Clairborne. El dinero fue destinado al Gay Men's Health Crisis (ahora llamado GMHC), la primera organización enfocada al Sida.

Esa fiesta marcó el progreso del Sida de una enfermedad estigmatizada a una aceptada por la clase élite que hacía las donaciones. Antes de ella, la única beneficencia era la que los mismos hombres gays organizaban. Sin embargo, este apoyo económico no era más que un pañito de agua tibia pues información sobre la enfermedad era muy escasa, y la cura se veía muy lejos. De hecho, incluso con la ausencia de prueba científica, la gente se pegaba de cualquier tipo de régimen esperando que tenga un buen efecto. Para un trabajo anterior, atendí a una reunión en el centro LGBT de Greenwich Village en Nueva York en la que los hombres a los que entrevisté pensaban que una dieta con microbióticos podría retrasar la aparición de los síntomas del Sida.

Una fiesta en Gay Men's Health Crisis en 1988

Si eso suena extravagante, consideren que los científicos descubrieron el virus que causaba la enfermedad ese mismo año, 1983, y el gobierno de los Estados Unidos había comenzado a rastrear los casos hasta en año anterior. En consecuencia, los doctores frecuentemente sabían menos que la gente en las trincheras. Como me dijo años después el médico residente del centro de salud en Fire Island Pines (el destino playero preferido de los profesionales gays de Manhattan), "venían pacientes que habían leído todas las publicaciones médicas. Sabían mucho más del tema que yo".

Nueva York se mantuvo como el centro de la epidemia en sus años formativos, pero Fire Island Pines fue la primera comunidad atacada, y a la que el golpe le dio más duro. Fue ahí, en 1980, que el primer hombre homosexual contrajo los síntomas de lo que después se conoció como Sida.

Yo llegué a Pines en 1985, cuando un tipo que me estaba guiando dentro de la confusa y altamente estratificada maraña de la vida gay me invitó a una casa en el Fire Island Boulevard que compartía con otros siete hombres. Para ese entonces la isla había alcanzado su punto más bajo. Muchas casas estaban desocupadas pues sus dueños habían muerto sin dejar herederos.

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Sin embargo, tanto en Fire Island, como en Nueva York las fiestas continuaban. En 1985 era una regla nunca llegar al Pavillion, el centro de la vida nocturna de Pines, antes de las tres de la mañana. En la casa en la que me estaba quedando tomábamos la necesaria "siesta disco" después de la cena, y nos despertábamos a tiempo para llegar al Pavillion a las 3:30 de la mañana. Cuando tomaba el ferry de vuelta a tierra firme los domingos en la tarde a las dos de la tarde, todavía se veían hombres inclinados en el balcón del Pavillion, sus cuerpos bañados en sudor mientras la música salía desde el club.

En 1986 volví a Pines rentando mi propia casa. Al año siguiente, cuando me encontré con mi viejo roommate, me contó que alguien con quien se había acostado murió en el invierno. "Es el primero que conocía personalmente que murió de Sida", le dije.

No voy a olvidar el escalofrío que sentí con su respuesta: "no va a ser el último". En lo siguientes tres años, todos menos uno de los once hombres con quien compartí la casa del Fire Island Boulevard murieron.

Una fiesta en Fire Island

Las ondas siguieron implacables, acercándose cada vez más a mi vida. El resto de la década se convirtió en un eterno borrón de llamadas que comenzaban con un "¿escuchaste sobre..?", visitas a hospitales, funerales e intentos de ordenar los restos de una vida que se apagó tan rápido que no dejó tiempo de que se hiciera un testamento. En su obra de 1993 Jeffrey, la primera comedia sobre la epidemia en la que el dramaturgo Paul Rudnick satirizaba la manera en la que los neoyorkinos gay convertían un funeral en una elegante forma de arte— se criticaban los pasabocas y se ranquean los discursos. Así no pasó para mí: yo solo recuerdo reuniones semanales en las que compartíamos recuerdos entre lágrimas en funerarias anónimas o casas de alabanza, en donde el sacerdote o rabino apenas conocía al fallecido.

Como suele pasar en tiempos de calamidades, buscábamos un escape, por lo menos por una noche o fin de semana, en las luces parpadeantes, sonidos a todo volumen y pistas de baile llenas de los clubs y fiestas de Circuit. Al mismo tiempo, mientras el Sida fue abriendo su senda mortal entre la comunidad gay, una serie de eventos en todo el país, como el Palm Springs White Party, atraían hordas de hombres gay que comenzaron a conocerse como "The Circuit". Inevitablemente, muchos de estos eventos como el Black & Blue de Montreal, o el White Party de Miami que recaudaban fondos para las organizaciones locales de Sida.

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En Fire Island, la Morning Party comenzó con una cantidad de gente que cobraba un par de dólares para continuar la fiesta después que el Pavillion cerrara la mañana del domingo. La fiesta se convirtió en uno de los eventos para recaudar fondos para el Sida en el país. En Nueva York, fiestas como el Love Ball de 1989, o el Vogue Extravaganza de Susanne Bartsch también recogieron mucho dinero y crearon conciencia.

Mientras tanto, mi propia experiencia en los clubs incluía salones corrientes como el Palladium y Tunnel, entre semana en Chapel, la sección especial para gays del Limelight; fiestas gay en Bump at Club USA; eventos en festivos del Saint, y fines de semana veraniegos en el Pavillion de Fire Island. La cultura de club inevitablemente afectó y fue afectada por la epidemia. Muchas veces me aliviaba encontrarme con gente en el Saint porque asumía que habían muerto.

Hubo dos veces en mi vida en las que pensé que había contraído el virus del VIH. De la primera vez, en 1986, sólo recuerdo una llamada en la que me daban mis resultados, seguidos por una disculpa. Una asistente de investigación había confundido los números que identificaban a los participantes. Después de eso, se volvió una exigencia que cualquiera que se haga una prueba de VIH reciba los resultados en persona.

La segunda vez ocurrió a finales de 1993. Acababa de volver de un viaje de negocios cuando Tom me dijo que me sentara. Eso ya fue una revelación. Me dijo que él y su doctor habían concluído que fui yo el que le transmitió el virus. Inmediatamente llamé a un amigo que trabajó en el centro de sangre de Nueva York. "Vas a hacerme una prueba de VIH", le dije, "y no voy a esperar dos semanas por el resultado".

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Tom y yo nunca pudimos descubrir cómo pasó. ¿Pero saben algo? Lo único que importaba es que nos amábamos.

Aunque me he librado de la infección del VIH, este parece seguir encontrando maneras de atravesar mi corazón. Justo anoche, fui con mi sobrina a una presentación en la que el elenco estaba recibiendo donaciones en el lobby para el fondo de Broadway Cares para el Sida. Entré en shock cuando mi sobrina tranquilamente pasó de largo sin siquiera mirar al actor que cargaba el balde para las donaciones.

"¿Cómo puedes hacer eso cuando sabes lo que le pasó a la pareja de tu tío?", le pregunté. No me creo la excusa de su préstamo estudiantil y otros gastos después de ver su Instagram lleno de fotos de sus extravagantes vacaciones en Inglaterra, y de comidas en restaurantes caros. Pero por más bravo que esté, también entiendo que su generación ve al VIH como una "enfermedad manejable". Para ella, como para la mayoría de la gente, el Sida apenas se registra.

Me presentaron ese argumento hace varios años en una reunión de la universidad. Un investigador pediatra (uno que se especializa en enfermedades incurables en Detroit) me dijo, "no puedo ni imaginarme por lo que debiste pasar".

Probablemente nadie pueda.