Recorrido glotón

Recorrido glotón: Monterrey, de la fonda al restaurante

Recorrí Monterrey y sus alrededores con una premisa: desmentir a los que afirman que en el norte de México sólo hay cabrito.

por Mariana Castillo
19 Enero 2016, 5:00pm

Bienvenidos a una de nuestras colecciones más tragonas: Recorrido glotón, donde intentamos descubrir a qué saben las colonias y barrios de México.

Disfruto mucho comer. Me gusta echar el taco de pie afuera de un puesto callejero tanto como gozo que me consientan en un restaurante. No considero que ninguna de esas experiencias sea más valiosa que otra; creo que simplemente hay momentos y ánimos para todo.

Durante mi última visita a Monterrey, Nuevo León, guiada como todos mis viajes por el deseo de descubrir a qué sabe el lugar, me propuse evitar el cabrito (uno de los platillos típicos del norte de México) y comer sin planes, dejando que las sorpresas llegaran.

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Enchiladas de chile ancho con cerdo en Mima y Abdiel. Todas las fotos son de la autora.

Poco después de aterrizar mis días de tragadera regia comenzaron en Mima y Abdiel, uno de los lugares que me recomendaron para desayunar. Ahí se confirma la hipótesis de que es mejor tener una carta con pocos platillos siempre y cuando todos estén bien hechos. Las enchiladas de chile ancho con cerdo, acompañadas con papa y zanahoria guisadas, fueron mi elección y me encantaron por llenadoras y sabrosas. Mi amor pidió unos huevos con machaca, que también fueron abundantes y ricos. Lo único malo es que no había jugos naturales ni pan dulce pero ese hecho se compensó con su café y aguas frescas naturales.

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Desayuno en Mima y Abdiel.

Más tarde, buscando un plan romántico, caímos en Romero y Azahar. Nuestro chofer de Uber nos contó que antes, ir a ese restaurante era un problema, pues los vigilantes no daban paso a cualquiera. Supe a qué se refería hasta que llegamos y entramos a un condominio. En la planta baja, debajo de los edificios había restaurantes, entre ellos el del chef Alfredo Villanueva. Lo mejor de nuestra cena fueron los tacos de tuétano crujiente, de papada de cerdo y de lechón, así como el arroz azafranado con mariscos y chorizo que acompañamos con un Pancho Villa, un cóctel con licor de chile ancho, mezcal y cenizas de maíz y bitters de habanero.

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Arroz azafranado con mariscos y chorizo en Romero y Azahar.

Al día siguiente nuestra amiga Érika Sánchez, quien vive en San Pedro, nos llevó a Santiago, Nuevo León —a 45 minutos de Monterrey—. En el restaurante Las Palomas de Santiago tuvimos nuestro copioso desayuno de atropellado y frijoles con "veneno" (guisado de carne de cerdo en adobo con frijoles molidos y refritos). La gloria está en comer con tortillas de harina delgadas y mantequillosas. La rola El chubasco de Los Cadetes de Linares que interpretó un grupo en vivo y la decoración muy mexican curious lograron que viviéramos una mañana tradicional, de esas que las familias aprecian cuando salen juntas.

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Menudo en Las Palomas de Santiago.

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Frijoles con veneno y tortillas de harina en Las Palomas de Santiago.

Como plan nocturno: cenar en Pangea del chef Guillermo González Beristain. Me encantó que el servicio fuera tan coordinado y oportuno, nunca hostigoso. En un salón renovado y moderno, comí el menú degustación que fue espléndido y armónico. Sin duda, es de los mejores que he probado en México. Amé como una loca la pana cotta de hinojo con anchoas y jitomates, la codorniz deshuesada y rostizada con puré de cereza ahumada y jugo de sus huesos y el financier de chocolate semi amargo con queso de cabra y betabel ahumado. Cada peso pagado lo valió, tanto por la experiencia como por la creatividad de las combinaciones y las gamas de sabores que nunca me aburrieron. Éramos tres comensales y mis acompañantes probaron el menú del día y también estaban muy contentos.

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Pana cotta de hinojo con anchoas y jitomates en Pangea.

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Cordero de Coahuila y su reducción en Pangea.

Al salir decidimos ir a Cueva Carvajal por unas cervezas. La primera que pedí no fue la mejor (la carta decía Red Ale pero llegó algo que en nada se le parecía al estilo prometido). Empero, el mesero fue muy amable, atendió mi queja y me la cambió por una Finísima Belgian Golden Ale, que fue una buena elección por su frescura y calidad. Es un bar perfecto para ir a chelear con los amigos por su buen playlist y ambiente relajado.

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Taco de barbacoa regia que preparó mi amiga Erika.

La jornada siguiente amanecimos sin cruda pero sí con mucha hambre y comimos un almuerzo casero de domingo que mi amiga Erika se ofreció a prepararnos gracias a que el día anterior hablamos del célebre chicharrón de la Ramos, una carnicería tradicional que regios y visitantes tienen en su lista de imperdibles. Efectivamente, taqueamos con este manjar de cerdo y nos encantó por carnoso y grasoso. También comimos barbacoa de res regia (que es distinta a la del centro del país pues lleva lengua, cachete o cabeza). Para el desempance hubo pan de muerto y conchas de Panem, otro espacio regio que ofrece desayunos y pan dulce, que Yadira Ornelas, otra amiga tragona, llevó. Ella a su vez, nos recomendó tacos El Primo en donde cenaríamos esa noche.

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Chicharrón de la carnicería Ramos en casa de mi amiga Erika.

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Barbacoa regia en casa de mi amiga Erika.

Precisamente, al llegar nos encontramos con una fila enorme, pues las familias van ahí religiosamente como costumbre dominical. En su sistema, pides en caja y te dan un papelito que indicará el número de tacos y otro más que muestra aguas, "sodas" y "coquitas" que pediste para luego pasar por ellos. Elegimos probar machitos, cabrito y chamorro. Cada una de las tortillas está repleta de grasa y no, no nos arrepentimos en ningún momento de comer en esta taquería que puedes amar u odiar, sin términos medios. Si eres medio fresa (o fresa completo), abstente.

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Músicos tocando "El chubasco" de Los Cadetes de Linares en Las Palomas de Santiago.

Mi pareja partió la mañana siguiente y yo debía estar en un congreso gastronómico. A la hora de la comida decidí escapar e ir al Botanero Moritas en pleno centro de San Pedro con varias amigas. Antaño, a esta cantina, que data de 1939, no podían entrar mujeres y ahora que fue renovado su imagen estuvo a cargo de Anagrama, despacho creativo de la urbe. Todos sus platillos son para compartir y lo mejor es pedir al centro para probar más (¡oink!). El fideo seco y el lechón fueron los que más me gustaron, los demás no eran tan buenos. Que hubiera cerveza Carta Blanca ganó mi corazón.

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Fideo seco en Botanero Moritas.

El último día que estuve en Monterrey fue muy especial, pues me despediría de la ciudad y de mis amistades, así que temprano Erika y yo fuimos a Bread Panaderos Artesanales. Bebimos el merecido primer café de la mañana y fue muy placentero. El pan que probé fue el muffin de arroz con leche. Luego, llevé itacate de pain au chocolat y otros sabores de panqué como el de moras azules en masa de fermentación larga y agradecí empezar así el día pues Bernardo Flores y Alejandro Reyes son los masters del pan en aquellas tierras.

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Doña Mary.

Después Yadira nos llevó a Erika y a mi a comer a la"Fonda de Doña Mary"a la cual se llega a través de un largo y estrecho pasillo. Patricia Gómez, la cocinera del lugar, me contó en un momento muy emotivo que su mamá, Doña Mary, estuvo 25 años al frente de la cocina hasta su fallecimiento, hace cinco. Su sopa de habas, pastel de carne y enchiladas fueron amor puro, de ese que llena alma y barriga. Su comida es barata y deliciosa y llegas ahí gracias a algún comensal asiduo.

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Sopa de habas de doña Mary.

Esa misma tarde recibí como regalo una caja The Secret Donut Society, un proyecto de postres que entrega donas a domicilio en medio de una atmósfera entre cómica y clandestina. La de tocino con maple fue mi absoluta favorita.

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Donas de The Doughnut Society.

Y por si fuera poco, para cerrar con broche de oro la última cena fue en el restaurante Alodé del chef Dante Ferrero. Me enamoré de la empanada de cabrito lechal, los sorrentinos caseros con estofado de res, el taco de wagyu con puré de berenjenas y las carnes añejadas de 45, 60, 100 y 350 días. Quien me contó que ese era un restaurante argentino se equivocó, pues en mi opinión es un espacio en el cual se honra a la carne para mostrar sus múltiples posibilidades y condiciones de sapidez.

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Taco de Waygu en Alodé.
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Así, con unos kilos de más y muy buen sabor de boca dejé Monterrey con buenos argumentos para contradecir a quienes dicen que en el norte de México sólo se come carne y más carne. Lo mejor de todo no fue la comida, sino cada persona que quiso compartir conmigo su tiempo y sus antojos (¡arriba la comensalidad!).

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Merengues de romero con higo en Romero y Azahar.