Paellador, Cruji Coques: probé la comida precocinada de los bares
Comida

Paellador, Cruji Coques: probé la comida precocinada de los bares

¿Qué clase de persona come todo esto?
28.11.17

Ahora mismo llevas cinco horas deambulando por la ciudad y estás en ese punto en el que necesitas sentarte e ingerir algo sólido que alimente tu cuerpo y tu alma. Con una visión panorámica de tu alrededor descubres varios locales de restauración. Un par de ellos tienen un cartón publicitario al lado de la puerta que anuncia algo llamado “Paellador”. Vale, tienes muy claro que a estos sitios no vas a entrar.

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La verdad es que nunca has probado eso que algunos llaman “Paellador” y no sabes si realmente es una mierda o si, por lo contrario, es un producto delicioso. De alguna forma tu cerebro relaciona este tipo de productos con varios conceptos que te desagradan: comida precocinada, comida para guiris y comida poco saludable.

Todos hemos visto alguna vez este tipo de productos, una veces son paellas, otras veces son pizzas e incluso a veces cobran la forma de platos de pasta. ¿Quién en su sano juicio decidiría probar uno de estos manjares? Estos platos parecen formar parte de un decorado, no parecen verdaderos; para nosotros son como platos destinados a ingenuos turistas que no saben encontrar buenos restaurantes de comida casera.

Porque si algo define a España es el arte de la cocina. Tenemos a Ferran Adrià y a… y a muchos otros que cocinan de puta madre. España se define por lo que engullimos y es por esto que la existencia de estos productos parece una insensatez, es la traición más vil que se le puede hacer a nuestra cultura.

Para superar estos prejuicio e intentar descubrir qué se esconde detrás de estos manjares precocinados, decidí darles una oportunidad y catar todos los que me encontrara a mi paso.

PAELLADOR

Esta es la joya de la corona, ¿no? Todos hemos visto este logo y estas bandejas perfectamente ornamentadas que ya forman parte del paisaje urbano de nuestras ciudades. Pero, curiosamente, pese a tenerlas tan cerca, vivimos muy apartados de estas viandas. Pocas personas de este país se decantarían por pedir una paella de Paellador, antes irían a un bar de menús normal y se pillaría una paella casera.

Pero ahí están, las paellas de Paellador, esbeltas e impasibles como si fueran un grupo de superhéroes, cada una con sus habilidades especiales: la paella de marisco para los clásicos; la de verduras para los veganos; el arroz negro para los que les gusta defecar una limitada paleta de colores y, entre otras ofertas, la entrañable Fideguay, la paella más insalubre de todas para los más pequeños de la casa.

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Decido decantarme por la clásica paella de marisco, pues complementa perfectamente con mi escasa personalidad. Los minutos de espera se hacen eternos y empiezo a divagar sobre si lo que llegará a la mesa guardará algún parecido con la fotografía del menú.

Cuando me traen la paellera ardiendo no puedo sino sorprenderme, la realidad es exactamente igual que la ficción. Esta paella echa por los suelos las teorías platónicas del mundo de las ideas. En este caso, el referente es exactamente igual a las formas proyectadas contra la pared, es más, ¿cuál es el referente? ¿El origen está en la imagen o en la paella real? ¿Quién imita a quién?

Los elementos que se descubren en la paella parecen coincidir perfectamente con las de la foto promocional: el mismo número de calamares (2), gambas(1), cigalas(1) y mejillones(3). Sorprendentemente, el sabor es más que correcto y, por lo general, la cantidad es adecuada: ni sobra ni falta, es el equilibrio perfecto, es el Discóbolo en total armonía y proporcionalidad; una obra de arte.

Pero sin duda, lo más relevante de Paellador es que te ofrece la oportunidad de comer una paella en soledad. Eso del “mínimo dos personas” tan aberrante de las paellas caseras no existe en el universo de los platos precocinados. Paellador respeta a los solteros, a los viudos y a los marginados, cosa que dota a sus paellas de una humanidad sin igual, mucho más brillante y descomunal que la de una paella convencional. Resulta curioso que un producto elaborado por robots —ya me entendéis, se trata de meter un plato en un microondas sin ningún tipo de amor— sea mucho más humano que un plato cocinado poco a poco por una persona. ¡Menuda incongruencia más bella!

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El producto es caro, supera los 10 euros, cosa que me parece una auténtica barbaridad. El único punto negativo de todo este teatro.

CRUJI COQUES

Debo decir que a este producto le tenía muchas ganas. Por un lado estaba su nombre entrañable y esa tipografía casual que tanto llama la atención por su intento y fracaso de pretender anhelar un comercio tradicional al emular los trazos de una tiza encima de una pizarra.

Luego está toda esa puesta en escena de la maderita y el martillito para cortar. Nadie puede negarse a un producto tan completo y complejo. No solo se trata de venderte una pizza, la gente de Cruji Coques te vende “una experiencia Cruji Coques, la pizza crujiente”. Se trata de jugar con el producto, cortarlo, degustarlo, vivirlo.

Esto es lo más importante, uno no escoge este producto por los ingredientes o la necesidad de comer pizza, aquí se vende el acto de comer una pizza al estilo tradicional. Un “estilo tradicional” totalmente inventado, como si hubiera existido una cultura en la que la gente comía las pizzas cortándolas con una pequeña hacha afilada.

En fin, cuando me llega mi “Atúncrec” —todos los nombres de las cocas juegan con la idea de lo crujiente— estoy ansioso por utilizar mi instrumento tradicional. Este producto es un generado imparable de expectativas y es por esto que me deprimo tanto cuando descubro que el corte resulta ser muy poco preciso.

No sé si es por culpa de la superficie más bien gomosa de la pizza o por lo poco afilada que está la hoja del artilugio de corte. Por lo general cuesta horrores cortar el manjar, cosa curiosa, pues la gracia de este plato es precisamente el acto de cortar, esa sensación de que te están haciendo partícipe del mundo de las Cruji Coques, ese mundo en el que esa gente cortaba su pizza con pequeñas hachas antes de ir a, yo qué sé, cazar zorros para fabricar sus abrigos para el invierno.

Lo peor de todo es el sabor. Este producto se parece más a un bocapizza de panadería que no a una pizza de verdad.

Lo que sí que tienen estas Cruji Coques es que están bastante cargadas de ingredientes, cosa extraña porque normalmente en estos productos precocinadas siempre intentan abaratar costes a cualquier precio. La masa es gruesa, de hecho demasiado gruesa, y al ser más bien como un chicle, la abundancia de ingredientes termina siendo un mérito desagradable.

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La aventura Cruji Coques es divertida pero no resulta útil. Por lo general, es mucho peor que una pizza a domicilio de una franquicia o incluso peor que una pizza congelada de esas que se compran en los pakis. Cuesta unos 6 euros y sabe a poco, no creo que nadie pueda considerar que “haya comido” después de zamparse esto.

PASTAGHETTI

Mi aventura gastronómica está llegando a su fin y en este tercer acto me enfrentaré al monstruo final, la tagliatelle alla marinara.

El producto se toma su tiempo en cocina y es el que más tarde llega a la mesa de esta familia gastrointestinal. Como es costumbre, empiezo a generar expectativas, intentando proyectar lo que me llegará y si se parecerá a la imagen del menú.

Como en el caso de la paella, la similitud es extrema. Los tres mejillones de la foto son los tres mejillones que me han llegado pero, sorprendentemente, mi plato parece tener más gambas peladas de las que aparecen en su homónimo de papel. Por una vez la realidad ha superado los sueños, la fantasía.

La pasta está en su punto pero las gambas y los mejillones tienen un color blanquecino curioso, aunque nada que no pueda ser engullido con total tranquilidad. Por lo general el plato es más que correcto.

Debo decir que creía que me traerían un plato, como en la foto del menú, pero el caso es que me lo han servido en un plato de Paellador (manjar del que también disponen en este local). Desconozco si esto es siempre así o es que se han quedado sin platos de Pastaghetti por un exceso de demanda, cosa que dudo.

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En este caso la paellera es demasiado grande y la cantidad de pasta no ocupa todo el plato, cosa que crea una falsa sensación de escasez. La verdad es que para estar comiendo una tagliatelle alla marinara en una panadería —el sitio era un café de esos como los Granier, Vivari y todo eso— el resultado no está nada mal. Miro a mi alrededor y veo cruasanes y napolitanas y yo estoy aquí comiendo un jodido plato de pasta.

El plato cuesta unos 6 euros. Podría ser más barato, sin duda —al fin y al cabo es un plato precocinado— pero admito que su sabor es más que correcto.

§

Todos estos platos tienen la capacidad de deslocalizarse, no hace falta ir a un restaurante italiano para comer pasta y no hace falta ir a una pizzería para engullir una parmigiana. Aquí es el producto el que se independiza de su entorno, se empodera, y se deja consumir en cualquier otra parte, como en una panadería o un kebab. Es la globalización de los ingredientes, una especie de turismo en el que el turista es la comida y no el comensal. Lo comas donde lo comas, estos platos siempre van a tener el mismo sabor y un mínimo estándar de calidad.

Pese a que la mayoría de estos platos no están nada mal —el peor es la Cruji Coque— tienen el hándicap de que a la gente le da como vergüenza consumirlos, nadie quiere ser visto comiendo estas cosas. Los potenciales clientes se proyectan comiendo una paella de estas y encontrándose a unos amigos suyos que paseaban por ahí y viéndose obligado a DAR EXPLICACIONES de por qué está comiendo este producto de juguete: “No, no, estoy aquí comiendo así rápido que tengo una reunión en nada”.

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Paellador, Cruji Coques, todo esto genera un evidente rechazo social. A ver quién tiene agallas de decir alto y claro que se va a ir a comer una buena Fideguay. Nadie.


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El fastfood tradicional —McDonald’s, Burger King, Pans & Company— juegan a una liga de comida basura que la gente acepta y tolera pero Paellador y compañía se encuentran entre dos aguas, es algo que tiene un pie en la comida basura y otro en la comida casera —son productos caseros cocinados de forma grotesca—.

Estos productos tienen la desventaja de no concretar su target, necesitan definirse aunque quizás sea esta misma indefinición lo que hace que estos platos valgan la pena.
De hecho, es precisamente este fallo en la maquinaria lo que hace que todos estos productos sean sublimes. Su estética es impecable, su sabor, en la mayoría de casos, es más que aceptable, pero tienen un punto muerto que hace que sean el marco perfecto para el fracaso. Como decía Immanuel Kant en Lo bello y lo sublime: “Altas encinas y sombrías soledades en el bosque sagrado, son sublimes; platabandas de flores, setos bajos y árboles recortados en figuras, son bellos”.

La soledad, el vértigo, el rechazo y la incomprensión hacen de todos estos productos algo más que bello, son un producto con una profundidad especial. Es por esto que, desde aquí, os animo a reíros cada vez que veáis un plafón de Paellador o de Cruji Coques. Escupid comentarios jocosos, malditos, rechazad a todos aquellos que se aventuren a comer unos Pastaghettis. Mientras, yo, a lo lejos, sabré qué se oculta tras la fina cortina entre la verdad y la ignorancia. Sí amigos, yo habré probado Paellador.